la química del amor: imagen de cabecera

La química del amor (segunda parte)

cajetín de autor: Liberto Vagamundo

Todos llevamos la cuenta de los amores que fueron, pero ¿qué hay de los que no pudieron ser? Algunos se perdieron entre miradas, silencios, miedos o prejuicios. En el caso que nos ocupa, la segunda parte de la química del amor te sacará de dudas.

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Tiempo estimado de lectura: 6min.

La química del amor

(segunda parte)

Más tarde, en la cama, en vez de contar ovejitas repasé mentalmente sus gestos y contornos. Estaba convencido de que la química era bidireccional, pero, más allá de mi persona, ¿qué podía ofrecerle un tipo como yo? Estaba aferrado a la idea de vivir del arte y, en pos de mis sueños, había renunciado a todo. Puede que mi valía personal cotizara a la alta en el mercado del ser, pero era un cero a la izquierda en el mercado del tener.

Al día siguiente, amanecí con inquietud. No podía sacármela de la cabeza. ¿Por qué no di un paso al frente? Debí entregarle una nota con mi número de teléfono, pero no hice nada. Bloquearme, como siempre.

El cuerpo me pedía establecer contacto. Pero ¿cómo? ¿Dónde encontrarla? Ignoraba si seguía en el pueblo, podía vivir en cualquier otro lugar. Encendí el ordenador, estiré los músculos y me entregué a mis labores cotidianas.

El icono cuadrado de Facebook encendió una bombilla en mi cabeza. Accedí a mi perfil y tecleé su nombre.

No conseguí dar con ella, pero Toni Gandumbas había dado al like en mi última publicación y una nueva bombilla se encendió en mi cabeza: Lara podía figurar en la lista de amigos de Gandumbas. Accedí al perfil de la criatura del averno. Tenía 647 amistades facebucianas. Con un nudo en el estómago, inicié la búsqueda… y no tardé en encontrarla: lub, dub; lub, dub; lub, dub…

Del muro de Lara Fraile no podía extraerse demasiada información; buen síntoma. Nada de política, religión, tauromaquia o banderitas nacionales; excelente síntoma.

Saqué en claro que viajaba. Subía algunas fotos de los sitios que ensanchaban sus límites y horizontes. Por otra parte, deduje que le gustaba la moda. Aunque no parecía vanidosa.

En resumidas cuentas, mis juicios apenas tenían donde agarrarse. ¿Seríamos compatibles? Éramos dos cables de extremos pelados que al rozarse producían chispazos, pero la química del amor, para consolidarse, tenía que superar la intervención del intelecto; todas esas creencias, opiniones y valores que integran la idiosincrasia de cada hijo de vecino.

A lo largo del día, revisé varias veces sus fotos. Me encantaba, pero mis prejuicios no dejaban de poner reparos, eran dedos en las llagas de todo lo que podía distanciarnos, que, dada mi situación, se me antojaba un mundo.

La osadía de internarme en el laberinto de las letras, me había reportado una existencia espartana que entrañaba dedicación y reclusión permanente. Los escritores de corte ermitaño vivimos a medias. En nuestro régimen de aislamiento, creamos mundos ficticios y apenas nos relacionamos con el mundo real: ver, oler, escuchar y sentir rodeados de personas de carne y hueso.

Lara suponía regresar al escenario de ese mundo real donde es posible vivir de manera completa. Exponerme de nuevo a compartir, confiar e intimar. En el peor de los casos, me rechazaría, pero si no me arriesgaba seguiría confinado en los mi concha de tortuga.

Pulsé el botón Enviar mensaje y se abrió la ventanita del Messenger de Lara. «Un amigo en común: Toni Gandumbas», decía junto a la foto de perfil. Ubiqué el cursor sobre el aspa de cierre y di un toque a la pantalla táctil. Me levanté, y caminé hasta a la ventana del salón.

Vivía en un barrio pintoresco. Desde mi puesto de observación tomaba nota de personas, animales, comportamientos y sucesos que luego convertía en literatura; nimiedades cotidianas que contenían las semillas de los entresijos, metáforas y ocurrencias que mi cerebro procesa con afán creativo.

Escribir es un asunto que implica observar, percibir, cavilar y moldear las palabras para establecer multiconexiones a través de la ficción o los hechos reales. No hay límites de espacio y tiempo, solo imaginación, documentación y sentimientos.

Hermoso, pero como oficio está idealizado. Roberto Bolaño afirmó que «escribir es un oficio miserable»; estoy de acuerdo. Los únicos que cobran por los esfuerzos realizados son los superventas. Los demás a sacrificarse por el arte, a comer de la ilusión, a preocuparse por llegar a fin de mes y en resumidas cuentas, cuando los sueños se estrellan contra el muro de la frustración, a buscarse un trabajo de verdad.

El gato blanco y negro que merodeaba por el barrio se paseaba por la acera. Algunos vecinos le daban comida, incluso lo dejaban entrar en sus casas. El animal permitía que le pasaran la mano por el lomo. Se ponía meloso. Luego lo ponían de patitas en la calle y seguía vagabundeando por ahí. Era mi ídolo.

El portátil me esperaba. Regresé a la habitación donde pasaba buena parte del día. Había llegado la hora de la verdad; tenía que decidirme. ¿Merecía la pena renunciar al amor por perseguir un sueño?

¿Qué sabía de Lara Fraile? Ni siquiera había escuchado su timbre de voz. Puede que la química no fluyera, puede que rechazara mis ideas o mi forma de ser. Solo sabía que nuestros ojos, como guiados por la ley de la atracción, se buscaban con intenciones carnales. Lo demás era incertidumbre.

Temía volver a exponerme. Era más cómodo y seguro permanecer en el caparazón, donde mejor se encuentran los complejos y vulnerabilidades. Contactar con Lara Fraile suponía regresar al escenario de la vida, preocuparme otra vez de mi aspecto, de la falta o exceso de pelo, de las partes flácidas de mi anatomía, de la crónica desactualización de mi vestuario, de lo bien o mal que me sentaba una prenda u otra.

Comenzar una relación implica describirse desde cero, esforzarse en ocultar defectos y mostrar virtudes. De nuevo ese proceso de mutua idealización con fecha de caducidad. Sin embargo, es tan bonito cuando la chispa se hace llama. La vida me brindaba otra ocasión, ¿iba a sabotearla porque no entraba en mis planes?

¿Por qué me preocupaba tanto? Lo más probable que después de un paseo o una taza de té, salieran a relucir las incompatibilidades. Las expectativas, sobraban. Se trataba, simplemente, de probar. Atreverme y punto. Asumir lo que el destino me deparase si me dejaba llevar.

Tecleé: «Hola, Lara, me disculpo de antemano por la intromisión. No nos conocemos, pero…».

Recursos gráficos de pngtree y pixabay.

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4 Comentarios

  1. Mariángeles Prat
    17 junio, 2020

    ¡Pobre Gandumbas! Espero que al final, por lo menos, llegara a encontrarse con Lara.
    Me ha gustado tu relato.

    Responder
    1. Eugercio
      17 junio, 2020

      Al final, quién sabe, si alguna vez decido continuar el relato sabremos qué ocurrió en esta historia de amor que no acabó de arrancar. Muchas gracias, Mariángeles.

      Responder
  2. Camueso
    29 noviembre, 2019

    Muy identificado en muchos de los sentimientos. De nuevo enhorabuena. Toni Gandumbas tuvo la llave del amor.

    Responder
    1. Eugercio
      29 noviembre, 2019

      Tenía que dar relevancia a Gandumbas para contentar a mi reducida pero selecta audiencia. Me alegro de que te gustara, Camueso, gracias por leer y comentar.

      Responder

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