el rap es la música de la gente desesperada

Rap, poesía y gente desesperada en tiempos de crisis

cajetín de autor: Liberto Vagamundo

Voy a marcarme un rap. O mejor dicho, voy a regalarte una satírica poesía para que te marques un rap recitando mentalmente (si lo haces en voz alta, cojonudo).

Tiempo estimado de lectura: 8min.

El rap es poesía

Recuerdo que empecé a interesarme por el rap a los quince años. Por entonces escuchaba hip-hop norteamericano, pero no me animé a componer mis primeros versos (o al menos no recuerdo que lo hiciera) hasta que, una década después, me aficioné a la poesía.

Espera, espera, no pongas fin a esta movida, no me traiciones cual Judas ni me liquides cual Pilatos que no te pido que agarres un micro o que la líes a los platos, solo quiero que entones a la hora de recitar como si fueras un rapero de verdad.

Liberto in da house

Algunos opinan que el rap está lleno de ira y que incita a la violencia. Discrepo, son los abusos de los que ostentan el poder los que provocan la reacción de los eternos pisoteados.

El rap es una mezcla de poesía, provocación y protesta, versos y ritmos sincopados que impactan como una bola maciza en las fachadas de la injusticia, la discriminación y la hipocresía.

El rap es la respuesta, el catalizador de los oprimidos, un bálsamo sonoro para gente segregada y a menudo desesperada.

Llegados a este punto, dejo a un lado el rap (por el momento) para hablar de un fenómeno muy común en tiempos de crisis: la gente desesperada.

EN PRIMER LUGAR…

¿Hasta dónde puede llegar una persona desesperada?

Mi vida no es compatible con ver la tele, pero hago excepciones cuando algo me interesa. ¿Te acuerdas del programa Encarcelados? Lo emitieron hace unos años en La Sexta.

De la mano de los intrépidos reporteros Jalis de la Serna y Alejandra Andrade (admiro el trabajo de ambos), los espectadores de Encarcelados asistimos al calvario que padecen los presos en algunas de las cárceles más hostiles del mundo.

Lo que más me impresionó, además del hacinamiento y la porquería, fue escuchar a los reclusos españoles que fueron entrevistados. Tenían que ser precavidos por miedo a la represalias, pero se las arreglaban para denunciar su lamentable situación en aquellos ecosistemas patibularios.

A los presos españoles les acusaban de traficar con estupefacientes. Ellos no lo negaban, era tanta su desesperación que por unas causas u otras se habían visto obligados a ejercer de correos de la droga. Eran carne de cañón, la promesa de sanear sus números rojos acabó siendo el anzuelo en el que estaban atrapados, una horrible pesadilla de la que no podían despertar.

¿Quién dice que los sueños y las pesadillas no son tan reales como el aquí y ahora?

John Lennon

Recuerdo que, impactado por lo que veía, no dejaba de preguntarme cómo demonios se habían metido en semejante berenjenal. Analizando sus declaraciones y circunstancias personales, llegué a la conclusión de que ninguno de los entrevistados había medido las consecuencias de sus actos.

Antes de ser arrestados, desconocían la realidad de aquellas cárceles del demonio. Nadie en su sano juicio se expone a que lo encierren en uno de esos antros infernales cuyos horrores destaparon los reporteros de la Sexta.

Si estuvieras en una situación desesperada, ¿serías capaz de ejercer de correo de la droga? Para llegar a tales extremos hay que tener la imperativa necesidad de jugárselo todo a una carta, ¿no crees? Si la cosa funciona salvas el pellejo, la casa, la empresa o lo que sea, pero si todo se va a la mierda comienza la interminable película de terror.

El origen de la desesperación

La gente que se la juega de este modo no es víctima de su mala cabeza, de las redes de muleros o de la precariedad de los sistemas penitenciarios, su perdición se gestó mucho antes de que les diera por esconder polvito blanco bajo su ropa, en su equipaje o en las cavidades de sus cuerpos angustiados.

Su perdición, en definitiva, radica en el naufragio social al que todos estamos expuestos, y más aún en tiempos de crisis.

¿Cuánta gente hipotecada o con bocas que alimentar carece ahora mismo de empleo? ¿Cuántos han sido embargados o desahuciados? ¿Cuántos propietarios de empresas quebradas están hasta las cejas de deudas y pagamentos? ¿Cuántos se han quitado del medio para siempre?…

Y en definitiva, ¿cuántos han mordido el anzuelo? Me refiero al sueño rosa que yanquis y europeos propagaron por el mundo convirtiéndolo en un campo de batalla donde, como reza el famoso tango Cambalache:

El que no llora no mama y el que no afana es un gil.

Enrique Santos Discépolo

Pero pongamos la lupa sobre las personas honradas, justas, decentes, honestas, íntegras, cualquiera de estos sinónimos nos vale. A cambio de la anhelada prosperidad, ¿cuántos han pagado sus impuestos religiosamente, han cumplido con los deberes y obligaciones propios de la gente de ley, han confiado en la sociedad de bienestar y han comulgado con el discurso de valores dominantes para luego acabar chamuscados, derrotados, asqueados, deprimidos o enajenados?

Una satírica poesía en clave de rap

Como ves, di tantas vueltas a todo esto que al final me animé a componer unos versos. El resultado es el rap del que te hablaba al principio. Léelo o recítalo con todo el flow de tu verborrea. ¿Are you ready?

el rap del hombre honrado

El rap del hombre honrado

Era mi pareja muy bonita y recatada,
a su lado disfrutaba de una vida relajada:
por el día en la oficina, por la tarde a pasear,
por la noche a ver la tele y de vuelta a madrugar.
Fuera de todo esto, sin mucho que contar,
echábamos los ratos en el centro comercial
contemplando escaparates y ojeando al personal,
nos íbamos al pueblo los fines de semana
y de cañas a menudo con su prima y su hermana.
Así pasaban los días, sin pena ni gloria,
pero las cosas empezaron a cambiar…
 
Bien lo sabe Dios que a mí me hubiera bastado,
pero ella se emperró en comprar el adosado.
Los gemelos por venir le sirvieron de pretexto:
«¡En este cobertizo no habrá sitio para ellos!».
Cuando hablaba de aquel patio ajardinado
sus ojos miel cobrizo chispeaban atontados;
mal asunto, desde luego, no pintaba bien la cosa,
aun así mordí el anzuelo del hediondo sueño rosa.
¡Mi piso, la herencia de mis padres malvendida!:
huraño el hombrecillo, con la espalda encorvada
y mirando de soslayo por encima de sus gafas,
rubricó los documentos que así lo atestiguaban.
¡Maldita sea la hora! ¡Maldigo aquí mi estampa!
 
Paseaban con sus perros por calles afaroladas,
regaban las plantas, husmeaban tras los visillos
y salían a los porches a fumarse sus pitillos;
trasteaban en los garajes, lavaban los coches,
sonreían por el día y discutían por la noche.
Aquellos palacetes de ladrillo rimbombante
cuyos muros no te aislaban de los pedos colindantes
se fueron convirtiendo en un barrio trashumante.
No tardé demasiado en cerciorarme,
acudíamos los becerros con la pasta por delante;
y de paso, sin apenas darte cuenta,
los del banco te cambiaban de volante:
«¡Nada hombre, no hay problema,
te lo cargamos a la hipoteca!».
Germán tenía un Mercedes y era un simple celador,
Alfredo tenía un Audi y era un mero electricista;
yo no iba ser menos, siendo licenciado,
¡pero estaba condenado a ser un puto mileurista!
 
Cuando menos lo esperaba, llegó la crisis…
y el sueldo de mi esposa se esfumó de una estocada.
También llegó el euríbor con el mazo, ¡uf!,
lo que antes era mucho ahora ya me superaba.
Se instalaron de repente los dolores en mi testa y
llegar a fin de mes se convirtió en toda una gesta.
Con la cruz de los gemelos y al pie del precipicio:
deudas, restricciones, sacrificios,
la cruda realidad del superhábit familiar,
los gastos , las facturas, la hipoteca,
una auténtica jodienda y para colmo sin recreo:
ni pueblo, ni cañas, ni cine, ni cenas,
lo importante era pagar todas las pellas.
 
Como no podía dormir y sufría pesadillas
el doctor me recetó cierta clase de pastillas.
El mal rollo era creciente y la congoja diaria:
la morosa incertidumbre de recibos impagados,
los vinos más baratos de sabor adulterado,
el hartazgo de patatas, cuando no de macarrones
y la pelma de mi suegra que tocaba los cojones.
Pero lo más doloroso, lo más fulminante,
sus ojos cobrizos cada vez más distantes.
Flechas envenenadas y continuos reproches,
¡acaso no fue ella la que quiso el nuevo coche!
 
En la empresa presionaban y yo tuve que tragar
como tragan los polluelos cuando viene su mamá;
menor rango, menor sueldo, desamparos sindicales,
muchas horas de trabajo en jornadas demenciales.
Apechugo, qué remedio, o lo hago o me cuelgo,
con mi nómina no alcanza y hace falta un sobresueldo.
Llegando hasta el extremo de vender «a puerta fría»
me pateo cada calle como furcia sin esquina.
Dios mío, qué bajeza, vendedor de pamplinas,
¡y no vendí aquel humo ni siquiera a mi vecina!
Y haciendo aquellas cosas tan horrendas y rastreras
¡encima me aseguran que mi esposa me la pega!
Aquello lo encajé cual sablazo en pleno vientre
y fue la consecuencia de que odiara a la gente:
a mi jefe y compañeros, a mis vecinos sonrientes,
a los currelas del subsuelo y a la perra de mi esposa,
a cualquier bicho viviente y por cualquier ligera cosa.
 
El doctor me dio la baja y otro tipo de pastillas
porque estaba como ido buena parte del día.
En la inopia me quedé, por un tiempo indefinido,
cambiando los canales cada vez más abatido.
La morralla trajeada que salía en los noticieros
sustraía y desviaba a sus cuentas el dinero.
La rabia comenzó a invadirme…
«¡Se reparten el pastel y se quedan tan campantes!»,
maldecía e injuriaba a esos seres repugnantes.
Y los demás, por las migajas excedentes,
a rompernos las costillas como pobres penitentes:
sacrificio, fatiga, desdén, lucha sin cuartel,
¡y los papeles del divorcio que me entrega mi mujer!
El colmo: «¡Yo me cargo a un diputado!»,
me cagaba en todo quisqui y chillaba endemoniado.
 
Otra clase de pastillas suavizaron la caída
tras la orden judicial que me tuve que zampar:
de patitas en la calle, a pagar lo decretado
y en la casa de mis padres desperrado.
Y como broche final, la puntilla del tormento:
¡quedaba despedido por escaso rendimiento!
Pero fue llegar al fondo y verlo todo superclaro,
se acabó estar abatido y humillado:
¡que se ocupen los subsidios de criar a los chiquillos,
de la parte que me toca del infame adosado
y del pago del colchón donde se tira al otro pavo!
 
Partí para Colombia y me jugué todo a una carta,
cargándome de coca, bien llenito, hasta las trancas,
y por fin cambio mi suerte cuando Dios más apretaba.
Aquel vuelo caliente arrojó sus dividendos y
entre narcos y mafiosos me aprendí muy bien el cuento.
Resumiendo, ingresé en la corruptela de organismos
estatales y ahora curro en las cloacas bien contento:
reuniones clandestinas, comisiones fraudulentas,
blanqueos a tutiplén, concesiones y preventas.
Y en mi trono, cuando veo el televisor ya no me altero,
ahora tengo los bolsillos atestados de dinero.

Ya lo viste, opté por un final venturoso para el pobre penitente. No todos los muleros acaban entre rejas, supongo que algunos se labran un brillante porvenir entre apestosos sumideros donde converge lo más selecto de la engañifa, el crimen, la hipocresía y la desvergüenza.

Qué falta de respeto, qué atropello a la razón;

cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón…

Extracto del tango Cambalache, Enrique Santos Discépolo

Es lo que hay, la abominable moral que nos gastamos premia al malhechor con un buen fajo de billetes y en no pocas ocasiones con prestigio social.

Soy Liberto Vagamundo; ¿aún no me conoces?

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