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El sentido de la vida

cajetín de autor: Liberto Vagamundo

Nuestros mayores trabajaban en lo que fuera, atendían a su prole y apenas se cuestionaban el sentido de la vida; pero corren otros tiempos. Ahora deseamos ser especiales, auténticos, valiosos, queremos que nuestro paso por el mundo deje una hermosa huella.

Tiempo estimado de lectura: 10min.

El sentido de la vida: la película

El sentido de la vida, es el cuarto largometraje de los Monty Python, una sátira corrosiva sobre la vida y sus etapas que la Segunda Cadena no dejó de emitir, a horas intempestivas, desde mediados de los ochenta hasta finales de los noventa.

Yo era un chaval, demasiado joven para entenderla en toda su dimensión, pero estaba fascinado con El sentido de la vida y siempre que la emitían, trasnochaba.

Embelesado, no me cansaba de sumergirme en aquel despropósito de película, fuente inagotable de risas y admiración. Y tanto fue el cántaro a la fuente que, aquella extravagancia de los Monty Python, me hizo cuestionarme por vez primera el sentido de la vida.

Fue un cuestionamiento con altas dosis de ingenuidad, conforme a la inexperiencia de los años mozos, pero el caso es que desde entonces, una chispa filosófica se agitó en mi psique y, con el tiempo, la chispa se hizo llama y la llama, hoguera.

El sentido de la vida: cartelera película
El sentido de la vida (cartel promocional). Recuerdo con mucho cariño al gordo del bigote, protagoniza una de las escenas más hilarantes y dantescas de la historia del cine.

¿Por qué luchamos?

Todos necesitamos un combustible para levantarnos cada mañana y dar lo mejor de nosotros mismos. En tu caso, ¿qué gasolina te mueve?

Supongo que luchas, luchaste y lucharás por muchas cosas, porque la vida es una lucha permanente cuyo sentido o sinsentido determina nuestro grado de felicidad o desdicha.

De ahí la importancia de luchar por algo que merezca la pena. Algo que estimemos de verdad y nos haga sentir vivos.

En cualquier caso, el sentido de nuestra lucha está directamente relacionado con el sentido de la vida, la eterna pregunta que nos formulamos cuando nos sentimos confusos, perdidos, desmotivados o deprimidos. Sin razones de peso para seguir adelante, lo normal es que aparezcan esta clase de sentimientos.

¿A qué me refiero con razones de peso? Un ejemplo:

Un hombre aguarda en la sala de espera de un hospital. Su esposa ha sufrido un ictus y se debate entre la vida y la muerte. Aparece una enfermera, y el hombre no duda en abordarla:

«Oiga, necesito saber cómo está mi esposa». «Es muy pronto para saberlo», comenta la enfermera. «¿Ustedes tienen hijos?», pregunta. El hombre, desolado, asiente con la cabeza y la enfermera, desviándose del guion protocolario, afirma: «Entonces estoy segura de que saldrá adelante».

He aquí la razón más poderosa para luchar contra viento y marea: los hijos. Tal vez por eso, un alto porcentaje de hombres, y sobre todo de mujeres, sienten la imperiosa necesidad de procrear.

Hoy día, las parejas no tienen prisa para el asunto de los críos, se prioriza la libertad de acción y movimiento. Pero el reloj biológico avanza y, cerca de los cuarenta, la necesidad de procrear se convierte en urgencia. ¿Está el sentido de la vida detrás de estas urgencias?

El hartazgo, el aburrimiento y la falta de propósito generan un vacío que nos sentimos obligados a llenar. De lo contrario, el abismo amenaza con devorarnos, conque a llenar se ha dicho; llenamos los huecos que haga falta a punta de personas, mascotas, aficiones, objetivos, responsabilidades, bienes materiales y continúo movimiento. Es tan fácil dejarse llevar.

La quietud, sin embargo, la ahuyentamos de nuestras vidas; en Occidente representa estancamiento, soledad, depresión… y sin embargo, sin quietud no puede haber discernimiento, claridad, conocimiento personal.

El sinsentido de la vida

El sentimiento de que la vida, tal como la llevamos, no tiene mucho sentido es algo muy común en los tiempos que corren, aunque son pocos los que se atreven a admitirlo abiertamente.

Bajo mi punto de vista, todo el que ha vivido lo suficiente para desarrollar una conciencia más o menos lúcida, sabe que el vacío existencial está al acecho de manera permanente.

En la era del exhibicionismo, el envoltorio importa más que el contenido, pero sabemos que las cosas no son, ni de lejos, como las pintan los adeptos del entusiasmo desmedido y el ingenuo positivismo. En el mundo feliz de la apariencia y el postureo, una epidemia de ansiedad y depresiones se extiende como la peste negra.

Según la OMS, la depresión afecta a unos 350 millones de personas en el mundo. Es la principal causa de discapacidad. A esto habría que sumarle la inabarcable millonada de casos de ansiedad y otros trastornos mentales que aumentan en cada nuevo estudio.

El mismo artículo afirma que «cada año se suicidan más de 800.000 personas en el mundo». Un dato estremecedor.

CAMISAS DE FUERZA PSÍQUICAS

La respuesta de las farmacéuticas a los trastornos mentales

Pero los figurantes del escaparate social nos recuerdan a todas horas que la tristeza, el dolor o la vejez, no tienen cabida en el mundo ideal del consumismo. Error, el consumo es una euforia pasajera que ni produce felicidad ni mejora la calidad de vida. En términos materiales, nunca tuvimos tanto como ahora, y sin embargo…

No está de más añadir que esta felicidad enlatada la promueven los amos de las finanzas, ese puñado de inversores interesados en fomentar el materialismo, el atontamiento generalizado y la absoluta indiferencia por la problemática global.

Parece que de momento se han salido con la suya. No nos engañemos, en las charlas de arreglar el mundo nos encanta lucirnos, pero lo cierto es que nos interesa nuestro mundo, no los males del mundo. ¿Somos unos hipócritas? En la mayoría de los casos, sin duda.

Que nadie se ofenda, el ser humano es contradictorio por naturaleza; ni hace lo que dice, ni dice lo que piensa.

¿Tú también te has dado cuenta de que todo se va al carajo mientras nos dedicamos a contemplarnos el ombligo? Calla, calla, cada uno a lo suyo, para lo que nos quedan en el convento… sigamos progresando en el arte del fingimiento. Y luego, los de atrás, que arreen.

Bah, si nos culpan en un futuro, encontraremos mil excusas para justificar nuestro inmovilismo: «Pensábamos que lo del cambio climático, el deshielo polar, la degradación de los hábitat y la extinción de las especies era un cuento»; «Había muchos estudios que desmentían a los catastrofistas»; «Greta era una niña elitista y trastornada, una marioneta de los que pretendían instauran las energías renovables»; «Quién iba a imaginar que pasaría algo así. Bush, Aznar, Blair, Trump y compañía, aseguraron que…».

El sentido de la vida y el circo de la muerte

Ponemos mucho interés en proyectar una imagen cojonuda de nosotros mismos, pero el mundo, con tanta gente megaestupenda pululando por las calles, se ha convertido en un estercolero. Siempre habrá quien lo niegue, ávidos consumidores de ocio, arte o espiritualidad obnubilados por la belleza de la vida y al margen de todo aquello que les resulte tóxico.

No les culpo, la exposición a determinadas energías es altamente radiactiva. Personas, situaciones, medios de comunicación…

Cuando ocurre una desgracia dentro de nuestras fronteras, las redes se inundan de condolencias y las televisiones de tertulianos que, durante días, dan la matraca con lo mismo sin respeto alguno por las víctimas, que si no me equivoco, maldita la gracia que les hará estar en el punto de mira y ser la comidilla de la nación hasta que otro aciago suceso les aparte del foco mediático.

Hay un tufillo en todo este asunto que me revuelve las tripas…

¡Damas y caballeros, pasen y contemplen el drama humano!

Sentir empatía y asistir a los que sufren es algo loable, desde luego, pero los circos mediáticos que se montan en torno a determinadas desgracias, son un contubernio de lamentos, reiteraciones y rostros compungidos de manera artificiosa que rebozan por el lodo a los afectados y salpican escoria, disfrazada de periodismo y buena fe, a los compasivos consumidores de basura sensacionalista.

Cuando Franco murió —«Españoles… Franco, ha muerto». («Absténganse de lanzar confeti», le faltó decir.)—, emitieron tantas veces imágenes del entierro que mi difunta bisabuela no daba crédito: «¡Pero otra vez! ¡¿Por qué le dan tantas vueltas!? ¡Que lo dejen descansar en paz, por Dios!».

La pobre mujer, viuda de un rojo fusilado, se apiadaba del dictador porque pensaba, en su ingenuidad, que nunca terminaban de enterrarlo.

Hoy día, estamos tan acostumbrados a esas crónicas interminables de violaciones, homicidios, entierros y desentierros, que los televidentes se acomodan en las butacas y, palomitas en mano, disfrutan del morboso espectáculo.

¿Qué sentido tiene todo esto? No estoy seguro, pero este morboso interés radica en el dolor y, sobre todo, en la muerte, que para el caso que nos ocupa, tiene mucho que ver con el sentido de la vida.

Los que no eludimos pensar en la muerte, en ocasiones nos preguntamos por qué hacemos esto o lo otro, por qué invertimos tanto esfuerzo si nos vamos a morir. Para qué tanto despliegue, para qué tanto luchar y poseer y amasar y atesorar y demostrar y llegar a ser o convertirse en esto o lo otro, ¡si la vamos a palmar! La respuesta está en el Amor.

«El amor es la respuesta, pero mientras esperas la respuesta, el sexo plantea algunas preguntas bastante interesantes.»

Woody Allen

¿El sentido de la vida reside en el amor?

Todos buscamos amar y, sobre todo, ser amados. Hasta los psicópatas más sanguinarios desean que les amen (la psiquiatría moderna afirma que asesinan, principalmente, por la ausencia de amor en sus vidas). Por eso nos ajustamos al molde y hacemos lo posible para ser aceptados, respetados, admirados, queridos, amados.

¿Cuál es el sentido de la vida? Bajo mi punto de vista, el amor es la respuesta más coherente que podemos dar.

Muchos dirán que nos mueve el deseo, el deleite de los sentidos y su máxima expresión: el orgasmo. Discrepo, los placeres de la carne nunca acaban de saciarnos, siempre buscamos más. Estoy con Woody: el amor es la respuesta.

Los humanos somos anhelos de amor. El amor marca el sentido de nuestra existencia, es el instinto que nos empuja hacia adelante y nos impele a esforzarnos hasta el límite de nuestras fuerzas. Y al final, el amor que logramos experimentar es el premio que nos llevamos a la tumba.

Ahora bien, ¿qué entendemos por amor?

El amor pasional es lo primero que nos viene a la cabeza, pero existen varias clases y niveles de amor, y según los entendidos, el más intenso y supremo es el Amor Universal, la unión del uno con el Todo, un sentimiento más allá del ego que solo pueden experimentar los espíritus elevados.

Tales niveles amatorios no están a nuestro alcance, el común de los mortales aspiramos a ese regalo del destino que consiste en el encuentro de dos seres amados que se vuelven uno como por arte de encantamiento.

Y si esta comunión no se produce en nuestra vida, siempre nos quedará el amor hacia el prójimo, que aunque se da con más frecuencia entre amigos y familiares, puede extenderse al conjunto de los humanos y al resto de especies animales o vegetales.

¿Puedes evitar enamorarte de un bichito así?

El sentido de la vida: conclusión

Quién sabe. Supongo que se trata de simplificar, de no malograr el tiempo que nos fue concedido, de emplear nuestro instinto y seguir hacia adelante hasta el último viaje.

«Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.»

Antonio Machado

Puede que al final, a bordo de esa nave que nunca ha de tornar, encontremos una respuesta satisfactoria al sentido de la vida. Mientras tanto, vivamos.

Hablamos y hablamos como exóticos papagayos, sin parar de repetir lo que otros dijeron o escribieron. Los mensajes circulan de emisor a receptor, igual que nos enseñaron en la escuela. Un método infalible de propagar conocimiento, pero también estupidez. Muchísima estupidez.

Qué te voy a contar, seguro que ya lo sabes. Los adultos, con toda la importancia que nos damos, con toda la dignidad y grandilocuencia de nuestra pose, soltamos a todas horas morrocotudas estupideces y tan anchos que nos quedamos.

No sé, todo esto son reflexiones propias, no recurrí a San Google para redactar este libercuento. Ningún maestrillo me dictó lo que trato de expresar. ¿Una sarta de disparates? Puede ser, soy tan imperfecto como cualquier otro. Pero lo intento, y si logré que filosofaras con El sentido de la vida, me doy por satisfecho.  

Es más, el hecho de que leas esta última línea, para mí es un triunfo.

Recursos gráficos de pngtree y pixabay.

¡Y si me dejas un comentario, doble triunfo! Me encantaría conocer tu opinión.

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8 Comentarios

  1. Patricia Tomás Sáez
    13 noviembre, 2019

    Yo hace tiempo que dejé de ver la televisión. Soy una insurrecta del sistema, una oveja negra. Quiero pensar por mí misma y, por eso, reflexiono sobre la vida y sus gentes. Ésto me crea conflictos con el mundo y conmigo misma. Aún así seguiré buscándole sentido. Veo que tú también. Por cierto, te leí hasta la última palabra. Gracias.

    Responder
    1. Eugercio
      14 noviembre, 2019

      Hola Patricia, siempre es un gusto toparse con gente que se cuestiona el orden establecido. Creo que los que buscan su lugar, los que prefieren mirar con sus propios ojos, se exponen al conflicto permanente (tanto interno como externo) pero tienen la posibilidad de conocerse mejor y conseguir, al menos en el plano mental, un grado de libertad que no está al alcance de los que comulgan con el sistema y los valores predominantes. Te agradezco que me leyeras hasta el final y espero que tu búsqueda sea provechosa. Seguro que sí, porque responde a tu propia naturaleza y allá donde te lleven tus pies, al menos sentirás que fuiste libre de elegir. Un abrazo.

      Responder
  2. Miguel
    12 noviembre, 2019

    Estimado colega, en estos tiempos aciagos me encuentro preguntando al aire, una y mil veces, ¿qué estoy haciendo? He coqueteado con la escuálida y seductora señora de negro, implorando sentido a una existencia de fracasos. Estamos solos, ella y yo, y contemplamos esa inmensidad de probabilidades que llamamos vida y cada tanto nos miramos de reojo como adivinando lo que el otro piensa: «¿qué sentido tiene todo ésto?»
    Mientras llego a la conclusión de que la he cagado, de que he desperdiciado los 43 años que llevo en esta existencia, siento su mirada compasiva sobre mí. «¡Anda, que puedes hacerlo mejor!».
    Y, la verdad, lo intento, sin embargo…
    Me aturdo. Es la única manera por ahora. Al tiempo que en el silencio me hallo, la veo ahora de lejos, la cabeza ladeada, la hermosa mirada, la mano extendida…
    Estoy roto. No tengo amor ni para mí. Desperdicie esa dádiva en banalidades. Lo que creí brindar resultó veneno, y, como todo vuelve…

    Estoy seguro que, a pesar de todo, es algo positivo. Seguir es como nacer solo que con plena consciencia. El miedo es el mismo…

    Espero encontrar la vuelta.

    Es una locura. Estar en ese punto donde ya no eres y no saber qué hacer ahora. ¿Tendré tiempo de reconstruir? No ya una vida, sino un ser. Esa es la cuestión, solo que el cráneo que sostengo es el mío.

    Te mando un abrazo grande, colega.

    Responder
    1. Eugercio
      12 noviembre, 2019

      Los antiguos chamanes toltecas veían a la Muerte como una consejera que siempre nos acompaña, hasta el momento en que alza su índice para darnos su toque mortal. Esto, compañero, puede ocurrir en cualquier momento, y los que somos conscientes de ello acudimos a la propia Muerte en busca de consuelo. Cuando te sientas desamparado, angustiado, perdido, date la vuelta para encarar a la Guadaña y formula tus preguntas. Ella siempre contesta lo mismo: «Aún no te toqué».

      No sabemos cuánta, pero nos queda vida por delante, y cuando al fin se produzca ese toque final, según los toltecas, tendremos que danzar ante la Muerte para expresar lo que fuimos en vida. Será nuestro último acto en este mundo, y la señora de negro juzgará si nuestra vida mereció la pena o fue un desperdicio.

      Estimado compañero, tienes 43 años (compartimos edad) y sientes que los has desperdiciado, pero date cuenta que mucha gente siente lo que tú en la vejez, cuando ya es demasiado tarde. Hasta que el dedo huesudo se plante en tu frente, tienes tiempo para resurgir de tus cenizas y conseguir que tu vida merezca la pena.

      Me hablas de fracaso. Yo lo que percibo es un hombre honesto, al menos consigo mismo y con un servidor. Plantarte en este blog a pecho descubierto y desnudar tu alma como lo hiciste, está al alcance de muy pocos, créeme, y es algo que te honra.

      Te entiendo, nos enseñaron a medir nuestros logros en relación al molde social. Si no nos ajustamos, somos unos fracasados. Ambos sabemos que no es así. Un hombre que se atreve a denunciarse, que se enfrenta a la locura de renunciar a lo que fue con la esperanza de renacer de sus propias cenizas, es un triunfador.

      No importa que lo consigas o no, lo importante es el intento. En el intento encontrarás una nueva vida, el resurgir de un nuevo ser. Y cuando llegue la hora, ante las cuencas vacías de la huesuda señora, tu último baile será hermoso, valiente, cargado de sentido para ti y para Ella, que estará encantada de verte danzar.

      Viví un proceso similar al tuyo. No sabía qué demonios hacer. Había intentado muchas cosas durante décadas y estaba cansado. No encontraba mucho sentido a la vida que llevaba. Era incapaz de adaptarme a ciertos usos y costumbres sociales: el despertador, la rutina, la hipocresía, el sinsentido de la producción en cadena… Renuncié a ese proceso erosivo de continua formación y empleos decepcionantes.

      Durante un tiempo, me dediqué a observar. Miré sobre todo hacía el interior. Renunciando a mi pasado, pedí a la vida que me mostrara un camino auténtico. Me pregunté: «qué quiero hacer realmente». No lo sabía, pero fuera lo que fuera, tenía que tener sentido; de lo contrario, no merecía la pena.

      A mí me ocurrió, cuando dejé de buscar apareció el camino. Ten paciencia, colega, los que buscamos el sentido de la vida damos muchas vueltas, y según parece, hasta que no nos hartamos de darlas no llegan las respuestas. Intuyo que estás en ese punto.

      Pide, visualiza, aprecia lo bello que hay en ti. Pon ahí el foco cada día. Sé clemente contigo. Pide perdón, si tienes que hacerlo, y así podrás perdonarte a ti mismo. Pasea, respira hondo, deja que tus fragmentos se vayan reconstruyendo y no te cierres en banda, permite que la vida te muestre el camino… e inténtalo. Te lo debes.

      Un abrazo muy grande, Miguel.

      Responder
  3. Lorenita
    10 noviembre, 2019

    ¿El sentido de la vida? La pregunta más formulada después de ¿qué existió antes la gallina o el huevo? Todos hemos pensado alguna vez en esta frase y la verdad, no tengo la respuesta (para el huevo o la gallina sí la tengo). Ni siquiera podría decirte una idea general, nunca he sido buena filósofa, aunque sí comulgo con el mito de la caverna de Platón. Creo que hay que ver por uno mismo, vivir por uno mismo, sentir por uno mismo, pensar por uno mismo… con nuestras equivocaciones, sí, pero equivocaciones que, al fin y al cabo, también serán de uno mismo, y no de las luces y sombras que persiguen los demás; así, cuando llegue la hora de criar malvas (si el cambio climático no lo impide, intentaré alargarlo lo máximo posible) me iré con la certeza de haber elegido por mi misma, sin haberme enredado en la opinión ajena. ¡Y con el vestidor lleno, por supuesto!
    Me ha gustado mucho tu libercuento.

    Responder
    1. Eugercio
      11 noviembre, 2019

      Una estupenda reflexión. Comparto la idea. Aspiro a ser el fruto de mis errores y aciertos, y no un producto manufacturado por la familia o la sociedad. Me gustó que sacarás a colación el mito de la caverna. Lo dejo enlazado, muy interesante y relevante para el tema que nos ocupa.
      Por otra parte, hubiera estado bien que nos esclarecieras lo del huevo y la gallina. Para mí es un dilema irresoluble. Te animo a que compartas tan valioso conocimiento en este mismo hilo.
      Muchas gracias por comentar, Lore, tu presencia por estos lares siempre es motivo de alegría.

      Responder
      1. Lorenita
        17 noviembre, 2019

        Después de leer tu respuesta, comentaré la teoría de la gallina y el huevo por aclamación popular tuya, jeje (me ha resultado muy gracioso el interés). Este dilema surge en la antigüedad, los filósofos la formularon para explicar la teoría del Universo y el sentido de la vida (tema que nos ha llevado a terminar hablando de gallinas y huevos). Pues bien, Aristóteles afirmaba que el huevo fue anterior (desconozco su teoría) en cambio la teología afirma que fue antes la gallina, puesto que Dios creó el mundo y todo lo que en él existe. Según mi opinión, basada en el escepticismo religioso y mi adhesión las teorías darwinianas, antes de la gallina había huevos, puesto que hubo dinosaurios con picos y alas y por lo tanto fueron antepasados de las diferentes aves hasta llegar a la gallina. Otra cosa sería preguntar ¿qué fue antes, la gallina o el huevo de la gallina?, ahí lo dejo.
        Un saludo

        Responder
        1. Eugercio
          18 noviembre, 2019

          Se agradece tu disposición para aclarar el dilema del huevo y la gallina. No obstante, has desplazado la problemática de las gallinas a los dinosaurios. Para mí, a partir de ahora, el dilema será «¿Qué fue antes el huevo o el dinosaurio?». Gracias Lore, un abrazo incubador.

          Responder

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