la teoría de la conspiración 2.0: imagen de cabecera

La teoría de la conspiración 2.0

cajetín de autor: Liberto Vagamundo

La liberación de la mujer y su lucha por la igualdad ha generado una contienda entre los partidarios del feminismo y sus detractores. No entraré en este agrio debate, con La teoría de la conspiración 2.0 lo voy a dinamitar.

Machistas, feministas, progres y retrógrados del mundo, me complace dedicaros esta parodia: La teoría de la conspiración 2.0, un exterminio masculino a escala mundial perpetrado por feministas radicales.

Tiempo estimado de lectura: 9min.

El origen de La teoría de la conspiración 2.0

Sancho Panza percibe el mundo de manera dual. Por un lado, participa de la realidad tangible (es un labriego afanoso que se preocupa primordialmente del sustento); y por otro, en su rol de escudero, interactúa con la realidad ilusoria que le dibuja a cada paso su señor don Quijote de La Mancha.

Mundialmente conocido por su ingenuidad y simpleza, Sancho da sobradas muestras de ser un mentecato, pero también es un receptáculo de sapiencia popular que prorrumpe de su boca en forma de refranes o dimes y diretes. Pongamos como ejemplo esta breve y juiciciosa sentencia: «Tripas mueven pies».

Ley de vida, cuando el hambre aprieta hacemos lo que haga falta por un mendrugo de pan. Hasta el más pasmarote se espabila. Supongo que estamos de acuerdo, procurarse el sustento fue, es y será nuestro mayor trajín y desvelo.

La teoría de la conspiración 2.0: tripas mueven pies
Oficinista ganándose las habichuelas, que con el correr de los tiempos han devenido en grasas trans.

El arcipreste de Hita, desempolvando la sabiduría de la antigua Grecia, agregó un elemento más a lo dicho por el bueno de Sancho. He aquí sus palabras:

 «Como dijo Aristóteles, es cosa verdadera / el hombre por dos cosas trabaja: la primera / por haber mantenimiento, y la segunda / por haber yacimiento con hembra placentera.»

Arcipreste de Hita

Desde esta perspectiva, no somos muy diferentes a cualquier otro mamífero. Y sobre todo en el caso de los hombres, portadores de esos genes o impulsos de macho cavernario que en los miembros más desbocados se traducen en violencia de género. 

Según parece, los milenios de evolución no han impedido que estemos en las mismas: «tripas mueven pies» y «por haber yacimiento con hembra placentera» siguen siendo el leitmotiv de muestas idas y venidas.

¿Significa esto que el hombre es un animal primitivo? Pienso que no, pero cualquiera convence de lo contrario a una feminista radical.

Preludio de La teoría de la conspiración 2.0

Feministas del mundo, os comprendo y os apoyo, pero el feminismo radical empieza a preocuparme. Aquellas que nos ven como enemigos ¿se estarán movilizando? ¿Planearán nuestro exterminio en asambleas clandestinas de una nueva religión donde el hombre encarna al mismísimo diablo?

No quiero alarmar a nadie, pero si el denominado sexo débil encontrara el modo de reemplazarnos, ¿nos aplastaría como a vulgares insectos? Tras milenios de crímenes, violaciones y abusos patriarcales, motivos no les faltan a las mujeres empoderadas.

Y además, son más listas que nosotros, si quisieran aniquilarnos harían los preparativos sigilosamente…, puede que esté pasando y ni siquiera lo sospechemos.

Pero lo dicho, que nadie vaya a alarmarse con este inocente libercuento de… ¿ficción?

la teoría de la conspiración feminazi: canibalismo

Todos los miércoles por la tarde se ausentaba durante dos o tres horas y me daba una vaga explicación. Cuando no era el dentista era el ginecólogo o sino la peluquería, las quedadas con las amigas o unas compras de no sé qué.

Empecé a sospechar que me la pegaba. No eran solo las ausencias de los miércoles, había detectado un enfriamiento progresivo de la relación. Estaba más distante, cada vez más ajena a mí persona y a nuestro tiempo y actividades en común.

Contraté un detective privado y me armé de paciencia: el divorcio se perfilaba en mi horizonte personal. Por suerte, pese a mi insistencia en tener hijos, Paula se había negado en redondo. Decía que éramos jóvenes, que antes disfrutaríamos de la vida. Ahora me preguntaba si no estaría disfrutando a mis espaldas, porque conmigo disfrutar, lo que se dice disfrutar…

El detective tardó tres semanas en pasarme el tranquilizador informe. No había nada que temer, mi esposa se estaba reuniendo con otras mujeres en el bajo derecha de un céntrico edificio. Me sentí aliviado, pero una intriga creciente me llevó a relevar al detective en sus pesquisas de los miércoles por la tarde.

Paula dobló la esquina con las prisas metidas en el cuerpo, la divisé desde el ventanal de la cafetería La Tertulia. Tras veinte minutos de espera, había presenciado el desfile de unas treinta o cuarenta mujeres (me faltaba la meticulosidad del detective) de aspecto y edad desiguales pero con un denominador común: sus mímicas expresaban seguridad y fortaleza.

Paula pasó frente a mi puesto de observación y se detuvo en el portal previamente franqueado por las asiduas a las misteriosas reuniones. Picó al timbre. Llevaba esas gafotas oscuras que le tapaban media cara. Empujó la puerta y la perdí de vista.

En casa, la dinámica de pareja no funcionaba. Apenas discutíamos, pero la indiferencia de Paula hacía mí canceraba lentamente nuestra vida conyugal. Mis cábalas a este respecto, apuntaban a las reuniones de los miércoles por la tarde.

Una mañana descubrí una anomalía en mi tazón del desayuno. Por su aspecto y color parecía una garrapata, pero un examen más concienzudo me convenció de que se trataba de un fragmento de cereal requemado. Eso quise pensar.

Más adelante detecté un sabor extraño que se repetía en algunas comidas, y esa acre sensación activó mis suspicacias. Me acordé de la especie de garrapata que encontré en el desayuno. ¿Cabía la posibilidad de que Paula me estuviera envenenando con toda suerte de ponzoñas, toxinas o parásitos? ¿Explicaba esto los problemas estomacales que me aquejaban de un tiempo para acá?

En una de esas reuniones de los miércoles, sentado junto al ventanal de La Tertulia, concebí una inverosímil teoría de la conspiración. Aquellas feminazis habían lavado el cerebro a Paula. Se dedicaban al adoctrinamiento de nuevas adeptas. Eran unas locas sectarias que planeaban exterminar a cuantos hombres pudieran empezando por sus maridos. Me reí de mi propia imaginación.

Tras una de sus reuniones, las feministas radicales (estaba convencido de que lo eran) salieron del portal y me fui tras una de ellas. Mi intención era robarle la carpeta que llevaba bajo el brazo a todas las reuniones. Lo haría por el método del tirón.

La mujer entró en un bar. Fue un movimiento inesperado. Dubitativo, pensé en darme la vuelta, pero seguí adelante. Estaba en la barra. Pidió un café con leche, esperó a que la sirvieran y ocupó una mesa.

Yo la imité y permanecí a la expectativa a tres mesas de distancia. Alta, corpulenta, de unos cincuenta años y con el pelo corto y casi blanco, la mujer se acercó a la barra y pidió un vaso de agua. No me lo pensé dos veces, me acerqué hasta su mesa, cogí la carpeta y salí escopetado del local.

El término «ciencia ficción» se quedaba corto para definir el material que encontré en la carpeta. Había dos informes. Ambos escalofriantes. Uno hablaba de fecundación informática. No entendí demasiado por la complejidad del lenguaje y los tecnicismos empleados, pero un organismo que respondía a las siglas WRF, pretendía poner en marcha una red de distribución de ovarios fecundados para que las mujeres, en sus propias casas, pudieran concebir retoños sin el concurso de los hombres.

Se mencionaban almacenes ultrasecretos de esperma congelado y experimentos encaminados a clonar dicho esperma. Una auténtica locura.

El informe no lo decía literalmente, pero el uso reiterativo del término «hembra» implicaba un exterminio del género masculino orquestado a través del control de natalidad. Aquello era terrible, pero la irrealidad de que algo así pudiera materializarse anulaba su trascendencia.

Más alarmante todavía, el segundo informe estaba escrito en inglés. Unos estudios llevados a cabo en Massachusetts hablaban de canibalismo selectivo. Al parecer, habían modificado genéticamente una hormona masculina con el fin de controlar el sentido del gusto.

Asimismo, habían sintetizado un compuesto químico capaz de alterar los impulsos nerviosos que las papilas gustativas envían al cerebro. El resultado de estas técnicas combinadas era la depredación entre los miembros masculinos de la raza humana.

Me tomé todo aquello como una sarta de sandeces, pero mi preocupación por Paula y las reuniones de los miércoles se elevó a tales límites que decidí interrogarla, aunque salieran a la luz mis pinitos en el campo del espionaje.

Lo negó todo. Me habló de una compañía de teatro de ideología feminista, en efecto, pero se rió en mi cara de las conclusiones a las que había llegado. «Lo has tergiversado todo —me dijo—, los informes que leíste son ficticios, forman parte de una obra distópica que estrenaremos a finales de año».

Una plaga de intoxicaciones alimentarias empezó a extenderse por el mundo. Los medios informativos no hablaban de otra cosa: ¿cómo era posible que solo afectara a los hombres? La comunidad científica teorizaba al respecto pero las muertes se sucedían y el enigma y las tensiones no paraban de crecer.

Al mismo tiempo, un incremento espectacular en todo el mundo de la natalidad femenina y de las madres solteras, me hizo plantearme seriamente acudir a la comisaría más cercana con el informe de andar por casa (La teoría de la conspiración feminazi, lo había titulado) que recogía mis pruebas y sospechas. Descarté la iniciativa por miedo al ridículo.

Fuera de lo meramente funcional, Paula y yo apenas nos dirigíamos la palabra. De sexo, ni hablar. Las copas de vino, en el mueble. Los tiempos muertos, en el Facebook o el Wasap. Los sentimientos de aprecio, desaparecidos en combate. Los mimos y atenciones se los llevaban las plantas. Me hacía sentir como un cero a la izquierda. Al parecer, no estábamos en el mismo bando.

La paranoia me indujo a controlar los alimentos que ingiero, pero tanta precaución no ha impedido que acabe en el hospital. Por suerte mi organismo ha reaccionado al tratamiento y mañana me darán el alta. Llevo cinco días hospitalizado y mientras tanto, asisto a una oleada mundial de ataques indiscriminados que solo afecta a los hombres. Los medios informativos hablan de asesinatos múltiples y, con mucha precaución, de canibalismo.

Doctores o enfermeros no traté con ninguno y las enfermeras me despidieron con frialdad, sin darme detalles de lo que me aguarda en el exterior. Durante mi estancia no tuve visitas y las líneas telefónicas no estuvieron operativas. La tele fue un continuo de noticias aterradoras, pero el último día se canceló la emisión en todos los canales.

Paula no estaba en casa cuando llegué. Se había largado, supuse, a la casa de su madre o de alguna amiga. Me dirigí a la comisaría más próxima pero ni rastro de presencia humana. Aquí me hallo, indeciso, aturdido, atenazado por el miedo y sin embargo, consciente de que debo reaccionar.   

Las calles están vacías. Camino hacía casa con la esperanza de que algún canal haya retomado la emisión. Un energúmeno aparece de la nada y corre hacia mí. Su rostro refleja unas ansias homicidas que me ponen en guardia. Combatimos a vida o muerte…

Llevo cuatro días encerrado en casa. No tengo escapatoria. Ningún hombre en el mundo la tiene. Las mujeres están a salvo y aguardan a que todo acabe. Han tomado el control mundial mientras nosotros nos devoramos.

Un canal televisivo retomó la emisión. En el margen superior derecho aparecen las siglas WRF. A partir de ahora, solo nacerán niñas en el mundo. Los viejos seniles, morirán; los niños vivirán con un destino prefijado: devorarse entre ellos cuando la pubertad dispare sus ansias carnívoras.

Cuando observo mis dedos y los huelo, me siento como un pescadero o como un mecánico: llevo el oficio incrustado en las uñas y la piel que las enmarca. Soy un asesino. Un caníbal. Lo tengo clavado en la pituitaria, ese aroma a carne humana que me hace salivar.

Soy un monstruo sediento de sangre, todos los hombres lo somos. Descongelo pedazos del tipo que descuarticé y apenas los cocino. A este ritmo, dentro de tres o cuatro días tendré que salir de caza.

Mi teoría de la conspiración feminazi dejó de ser una teoría. Durante dos décadas más, el hombre seguirá siendo un lobo para el hombre, pero nunca más para la mujer.

Recursos gráficos de pngtree y pixabay.

¿Qué opinas de la guerra de los sexos? ¿Qué sentimientos te despertó La teoría de la conspiración 2.0? ¡Anímate a dejar un comentario!

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2 Comentarios

  1. Maria Poccard
    17 octubre, 2019

    El cuento vibra en su in crescendo. Cortazariano por momentos, describe con ironia impecable el feminismo actual. Es un gran hermano, un 1984 de Orwell donde el hombre tiende a desaparecer. Muy logrado !!!! Un humor que sube hasta el abandono y el miedo del agotado personaje. Felicitaciones: logradisimo !

    Responder
    1. Eugercio
      17 octubre, 2019

      Hola María. Cuando un irónico recalcitrante se mete a parodiar un tema tan delicado sabe que está pisando arenas movidizas (aunque mi insignificante repercusión mediática me mantiene en la superficie). No obstante, cuando alguien degusta mis cuentos y los valora como tú, siento que merece la pena exponerse. Te lo agradezco de corazón. Los referentes literarios que empleaste, como puedes imaginar, me enorgullecen. Y en cuanto al feminismo, soy partidiario de la igualdad y queda mucho por recorrer para que TODAS las mujeres disfruten del mismo reconocimiento y derechos que los hombres. Ahora bien, satanizar el rol masculino no ayuda en absoluto. Tenemos que avanzar en buena sintonía, transcender el patriarcado sin que el hombre sea el enemigo. Un amistoso abrazo!

      Responder

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