relato:bacanal de antihéroes

Relato: Bacanal de antihéroes

imagen de autor: Javier Eugercio

Para celebrar que Ficción Literaria supera las 50 publicaciones (con esta van 51), te traigo una historia de antihéroes con final feliz (sin masturbaciones ni eyaculaciones, lo aclaro para que nadie se sienta decepcionado).

Tiempo estimado de lectura: 8min.

Los relatos y microficciones de FICCIÓN LITERARIA son un cúmulo de historias que aúnan diversión, impacto, introspección y crítica social.

En estas historias de náufragos y antihéroes abordo cuestiones como la soledad, la incertidumbre, la demencia, el pasado y el destino, el miedo y las heridas internas, el vacío existencial y la búsqueda de sentido.

Hurgo en la superficie de las apariencias para retratar personajes grotescos, inadaptados, paranoicos, desamparados o incomprendidos que, erosionados por la vida, se enfrentan a la absurdez cotidiana bajo el prisma de sus traumas y obsesiones.

En el mundo periférico de los náufragos sociales no abundan los finales felices, pero en esta ocasión, como dije al principio, los antihéroes protagonistas de este relato divisarán un espléndido arco iris en mitad de su borrascoso firmamento.

No es lo más habitual, pero los parias pueden llegar a redimirse.

Bacanal de antihéroes

El impecable billete, cual hermoso pajarillo, se meció con mansedumbre hasta posarse en el fondo de su lata limosnera, que hasta entonces contenía noventa céntimos de euro. Ojiplático, levantó la cabeza, pero no alcanzó a ver el rostro del espléndido caballero que, guardándose la cartera, siguió caminando sin volver la vista atrás. Reaccionó a destiempo: «¡Muchas gracias, que Dios se lo pague!».

Con el corazón palpitante, confirmó que se trataba de un billete de cincuenta euros. Lo acarició, y se lo llevó a la nariz. Tenía ese característico olor a recién salido del cajero que le trajo recuerdos fugaces de una bonanza perdida en el tiempo. Visiblemente emocionado, se puso en pie y, guardándose el tesoro en el bolsillo derecho de su raída pelliza, dio por concluida la jornada pedigüeña.

El resto de la tarde lo dedicó a pasear, sin rumbo ni descanso, por las blancas y garbosas calles de Jerez, sembradas de solera y arte flamenco. Se le pasaron muchas cosas por la cabeza, hasta que al fin resolvió que la limosna concedida por la diosa Fortuna, le serviría para sacarse una espina de las muchas que tenía clavadas.

¿Cuánto tiempo llevaba malviviendo en la calle? Había perdido la cuenta, pero a pesar de la endeblez de su materia gris, sabía que llevaba muchos años sin catar un solo trago que fuera digno de recordarse.

«Vino peleón» era un apelativo demasiado benévolo para el nauseabundo brebaje que estaba condenado a ingerir un día sí y otro también. Bautizado con agua ponzoñosa, el tiznao era un tintorro —por llamarlo de algún modo— más oscuro que el carbón, maltratador de tragaderas y entrañas, que debido a su bajo coste era muy demandado por toda clase de pobretones.

No podían aspirar a otra cosa, tanto él como su compañero de penurias eran asiduos de la bodega de Herminio y, todas las tardes, cuando el sol maduraba sobre la línea del horizonte, se entregaban a la amnesia del tiznao en la entrada de un comercio clausurado que les servía de cobijo.

Para más inri, frente a sus propias narices, una renombrada taberna hurgaba en la llaga de su desdicha con los caldos que servía, los más selectos de la comarca. Añorando tiempos mejores, con el regusto avinagrado y amargo de la pócima de Herminio, anhelaban las mieles ambarinas, áureas o caobas de los vinos de Jerez que la gente de ley degustaba tras las puertas de aquel ignoto paraíso.

Decaídos, resignados, indignos, derrotados por sus respectivos devenires, dirigían melancólicos vistazos a la puerta de la taberna al tiempo que los clientes entraban o salían con gozosas sonrisas e impecables vestimentas.

Interrumpiendo su diálogo interno, el vagabundo quiso asegurarse por enésima vez de que el billete anaranjado seguía en el bolsillo de la pelliza. En efecto, no se trataba de un sueño, espejismo, paranoia o cualquier otra clase de jugarreta mental. Imaginó la cara que pondría su compadre al ver el flamante billete.

«Se va a quedar de piedra», pronosticó.

Había visualizado la escena con anterioridad, y al hacerlo de nuevo, mientras cruzaba la plaza Salvador Allende, una espaciosa sonrisa agració su marchito semblante de náufrago marginal.

Por fin se reunió con su socio de charlas y borracheras, que ya había empezado a empinar el codo, como cada tarde, en la parcela donde ambos pernoctaban.

—Compadre —le dijo al llegar—, deja pa’ otro momento ese tiznao del demonio; hoy tenemos mejores planes.

El aludido compadre estaba enfrascado en sus pensamientos. Sujetaba una mugrosa botella de cristal verduzco y, con la otra mano, se atusaba el intrincado pelaje de unas barbas cenicientas que podían confundirse con un nido de rapaz diurna.

Levantó la mirada del suelo y, con el ceño fruncido, observó con extrañeza la sonrisa que hermoseaba la catadura de su compadre. El portador del billete, disimulando la euforia, le pidió que se levantara y, a base de rogativas y palmaditas en la espalda, le condujo al otro lado de la calle.

—¡Quieto parao! —le detuvo con un gesto imperativo—. Nos toca pulverisarnos. Sin dar explicaciones, extrajo un aerosol del interior de la pelliza y se dispuso a fumigar a su compadre.

—¡Pero qué hostias haces! ¡Quita, quillo! ¡Cough, cough! —tosió y reculó con gesto asombrado—. ¡¿Qué carajo es eso?!

—No te quejes tanto, malaje, solo quiero sacarte el tufillo de encima. —¡Qué tufillo ni qué niño muerto!

—¿Tú no eres consiente de lo mal que hueles?

—¡Estás pa’ hablar!

—Ya lo sé, por eso compré este espray desodorante. Atiende, pisha… —Durante unos cómicos segundos se roció las axilas, el pecho, el cuello, la bragueta, los pies, otra vez las axilas y, con una sonrisa de oreja a oreja, añadió—: Ele, ya estamos apañaos.

—¡Apañaos pa’ qué! ¡Se pue’ saber a qué viene tanto misterio!

El enojo de su compadre le provocó la risa. Doblado por la mitad, abrió la puerta acristalada de la lujosa taberna a la que nunca habían accedido.

—Adelante —le indicó sin parar de reír.

—¡¿Te has vuelto loco?! ¡¿Acaso quieres que nos echen a patás?!

—Tranquilo, miarma, no te sulfures; traigo una carta de recomendasión —sacó a relucir el incorrupto billete de cincuenta euros.

—Pe-pero… —balbució acarajotado el barbado vagabundo—. ¡Pero de onde has sacao eso, muchacho!

—Lo dejó un bienhechor en mi lata. Así que vamos a trincarnos unos vinos de Jeré como Dios manda. ¿Cuál prefieres? ¿Fino? ¿Oloroso? ¿Amontillao?

Su compadre seguía perplejo, pero no tardó en reaccionar:

—Mejor una Mansanilla de Sanlúcar.

—¡Ea, vamos pa’ dentro!

Los desastrados compadres se internaron en la taberna. Miraban a su alrededor con rostros ilusionados y expectantes a partes iguales. Dejaron a su derecha el comedor y se fijaron en el botellero de madera envejecida que, a modo de mural, engalanaba la pared del fondo.

A su izquierda, junto a los ventanales, barricas de roble americano componían una hilera de mesas, y los clientes, reunidos en torno a ellas, bebían y picoteaban entre animadas conversaciones que se interrumpían por un instante conforme avanzaba la pareja de vagabundos.

La barra estaba animada, parroquianos acodados marcaban los límites de los diferentes corrillos. Tuvieron suerte, encontraron un hueco y dos taburetes libres. Dispuestos en batería, jamones de pata negra colgaban del techo. Ante los ojos inquisitivos del camarero, el propietario del billete de cincuenta se recreó en la contemplación de los referidos jamones y, con gallarda firmeza, plantó de un manotazo su tesoro en el mostrador.

Con una mijilla de petulancia, pidió una ración de jamón ibérico y una botella de Manzanilla. El camarero, receloso, cogió el billete de la barra, comprobó su autenticidad y lo introdujo en la caja registradora. Cuando regresó con el platillo del cambio, los vagabundos conversaban:

—Dicen que el dinero no da la felicidad.

—Compadre —replicó el de la barba cenicienta—, semejante disparate solo pueden decirlo los que nunca durmieron en la calle.

Oído al parche, el camarero se dispuso a servir a los erráticos sujetos que pernoctaban en la acera de enfrente (los había reconocido), que por algún milagro o fechoría habían transcendido su misérrima condición y de pronto, con ojos chispeantes, formaban parte de la clientela.

Le gustara o no, aquellos espantajos tenían los mismos derechos que cualquier otro cliente, por mucho que acabara de pasarse por el forro los susodichos derechos cobrándoles primero y sirviéndolos después.

En calidad de narrador, me permito hacer un inciso para indicar lo siguiente: solemos percibir a los vagabundos como seres habituados a la miseria, sumidos en la indolencia, insensibles a los rigores climatológicos y devastados por los efectos de la soledad, como si todo lo mencionado fuera inherente a su propia naturaleza, como si fuera lógico y normal que padezcan lo indecible mientras el resto disponemos de lo esencial para llevar una vida digna.

De ahí las caras de asombro: que dos zarrapastrosos brindaran con cristal fino, era una insólita estampa que no pasó inadvertida para los clientes de la taberna.

O bien abiertamente, o bien de soslayo, todos presenciaron la extravagante escena, y el que más o el que menos se alegró de presenciar el alborozo de los sin techo. ¿Acaso no merecían tanto como cualquiera que un caldo selecto regara sus entrañas? ¿No merecían que las lonchas de ibérico impregnaran sus papilas gustativas?

Los vagabundos no tardaron en percatarse de que eran el centro de atención. Las empáticas miradas de los presentes les causaron un regocijo que, sumado a las nobles virtudes de la Manzanilla que degustaban, sacaron a relucir la mejor de sus versiones.

—¡Quillo, ven aquí! —vociferó el vagabundo de la barba cenicienta.

Al acercarse el camarero, su acaudalado compadre tomó la palabra:

—Mira a ver, majo… —Puso los cuartos que le quedaban sobre la barra—: ¿Nos llega pa’ otra botella?

—De sobra —contestó el camarero—. ¿Os pongo lo mismo?

Se lo pensó un instante.

—Vamos a cambiar de tersio. Sírvenos una de Fino bien fresquito.

—Estupendo. ¿Queréis algo de comer?

Vaya que sí, metiéndose entre pecho y espalda media ración de carne mechá y seis tortitas de camarón, dieron matarile a los cincuenta euros.

Dentro de la taberna se respiraba una atmósfera de gozo y compadreo. El avanzar de las manecillas del reloj se volvió irrelevante: el tiempo dio paso al hechizo de la noche jerezana.

El alegre murmullo de la clientela, cual primitiva plegaria, convirtió el momento presente en una pagana apoteosis orquestada por la poesía del saber popular, por las notas de una guitarra jacarandosa, por el canto de un espontáneo que se arrancó por bulerías y por el milagro de las vides del Marco de Jerez.

Los sin techo habían dejado de serlo. Dentro de aquel mágico paréntesis se sentían como en la casa que nunca debió faltarles. Congratulados, celebraban cada sorbo y mordisco entre risotadas, perspicaces comentarios y divertidos coloquios que entablaban con los parroquianos más sandungueros de la taberna.

El espíritu del vino tomó posesión de la concurrencia, y, rodeados de bienestar y concordia, los vagabundos se concedieron una tregua para dar rienda suelta a sus quimeras: tuvieron la certidumbre de que la vida les tenía deparado un halagüeño porvenir.

Tres semanas después, la Junta de Andalucía les proporcionó una vivienda digna, se incorporaron a una terapia para tratarse el alcoholismo y se sintieron dichosos por tener una nueva oportunidad. Al fin y al cabo, no eran tan invisibles como se figuraban.

Recursos gráficos de pngtree y pixabay.

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6 Comentarios

  1. Hana
    16 agosto, 2020

    Gran relato y exquisito estilo, como siempre. El tema de la integración me ha recordado a cuando nos decían en la tienda que había que tratar a todos los clientes por igual, porque hasta el más zarrapastroso que viniera en chándal y bici, podía ser el jefe de cualquier empresa, o de estas de internet que llevan los modernos ahora… Pero con los vagabundos que venían a por las yonkilatas hacían una excepción: a estos hay que despacharles rápido pa que se vayan, que nos espantan a la clientela. Yo a mis clientes “vagamundos” no los trataba ni peor (como hacía la mayoría) ni por igual, de hecho los trataba mejor que al resto de clientes, en pleno barrio de Salamanca. Considero que se merecían mucho más respeto y consideración que la mayor parte de la clientela que solía entrar allí. Y este relato me ha hecho recordar a esos clientes y cómo era muy poca la gente que los trataba con respeto. Yo incluso los trataba con cierta admiración, escuchándolos sin intentar darles mucha coba tampoco, aguantando sus pestilencias a alcohol y orines (que eran evidentes). Mis compañeros no entendían cómo podía estar más de un minuto cerca de ellos hablando; yo lo que no entendía era cómo podían estar ellos más de 30 segundos aguantando las tonterías de todo el pijerio de la zona, sin limitarse a cobrarles y ya. En fin, entrañable y bonito relato. Espero que mis clientes vagabundos hayan corrido la misma o parecida suerte. De entre todos los clientes fieles de la tienda, son los mejores, sin duda, y de los que más me acuerdo a pesar de los años.
    Este es un tema del que poco se escribe, muy estigmatizado, y que aún así es muy necesario. Pocos consiguen ponerse en la piel de esas personas, intentando darles voz y una merecida dignidad, pues no dejan de ser parte de nosotros y de la sociedad. Así que sigue así.

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    1. Eugercio
      17 agosto, 2020

      Muchas gracias por tu testimonio, Hana. Entiendo perfectamente la simpatía que te despiertan las náufragos sociales. Ya sabes que en este blog tienen un lugar privilegiado. Aquí se les respeta, se les permite expresarse y bienvenidos los que quieran escuchar y comentar. Tengo una novela dedicada en exclusiva a los vagamundos. Algún día saldrá a la luz; será mi homenaje particular a los eternos desarraigados que no encajan en el molde social. Como escritor tengo claro que una de mis prioridad es expresar las grandezas y miserias de los que estamos al margen. Sí, me incluyo, vivo en permanente riesgo de exclusión social. Soy una voz acreditada.

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  2. Mariangeles Prat
    1 agosto, 2020

    El mundo es un poco mejor con dos sintecho rehabilitados. Buen relato. Un abrazo

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    1. Eugercio
      1 agosto, 2020

      Sin duda, los que logran salir del pozo forman parte del éxito colectivo. Nadie sale sin ayuda. Asimismo, los que caen en el pozo son víctimas de sus malas decisiones, pero también de la indiferencia social y de los traumas que genera relacionarse con los distintos entornos sociales. En buena parte, la inadaptación es un fracaso colectivo. Gracias por comentar, Mariángeles, un abrazo.

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  3. Camueso
    30 julio, 2020

    Pero que bien gastaos fueros esos 50 euros!! seguramente mejor que otros 50 que tú y yo sabemos. Bonito y entrañable relato.

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    1. Eugercio
      30 julio, 2020

      Tengo una vaga idea de esos 50 que mencionas, pero… el número clave de nuestra camaradería es 1000 euros. Esta cifra provoca en nuestros cerebros, de manera automática, una imagen mental de cierto rostro enjuto y ojiplático que tú y yo sabemos… ¿1000 eurooos? Me alegra que disfrutaras con el homenaje que se dieron los vagamundos. Muchas gracias, Camu.

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