comando matarile 4: final

Relato: Comando Matarile (cuarta parte)

cajetín de autor: Apurito Montoya

En esta cuarta parte de Comando Matarile, la traca final, nuestro hombre se verá atrapado en un callejón sin salida y el odio y la violencia harán estragos en cada uno de los personajes del relato. Nadie podrá librarse de la sinrazón homicida, pero vamos primero con la introducción…

Tiempo estimado de lectura: 10min.

¿Pueden liberarse los humanos de las cargas y ataduras que les impiden vivir en paz?

Los humanos, cada cual a su manera, anheláis ser libres y buscáis un espacio de libertad entre la marabunta de tareas, obligaciones, responsabilidades y compromisos que os mantienen encerrados en sistemas claustrofóbicos de los que a veces es imposible escapar.

En el relato de hoy, nuestro hombre entenderá que por mucho que intente abstraerse de cualquier sistema, la relación que mantenemos los unos con los otros nos acaba enredando en juegos de espejos, dados y naipes donde todos somos portadores de creencias, ideologías, frustraciones, rencores, ambigüedades y contradicciones que generan conflicto y dolor.

Esta cuarta parte de Comando Matarile promete emociones fuertes, pero si no leíste las entregas anteriores EMPIEZA POR AQUÍ y disfruta del viaje.

Yo soy un libro y, acorde a mis observaciones, me expreso con esa clase de libertad que está a salvo de los juicios humanos.

Si te retuerces en tu silla, butaca o lo que sea, no será por tu almorrana (en caso de que la tengas) sino por la presión que ejercerá sobre tus globos oculares lo que estás a punto de leer…

El relato corto de hoy, se titula:

comando matarile cuarta parte: la traca final

Eché la mirada atrás preocupado por mis cosas. Se quedaban en aquel apestoso antro de ladrillo rojo, la sede del cabronazi Comando Matarile.

—Conduce con cuidado —comentó Marcel dirigiéndose a Matarife—, Foster el Caballa se disgustará si le jodemos el coche. Lo cuida como a su propio bebé.

—¡Que le jodan a Foster! ¡Nunca me gustó el puñetero Foster! ¡Qué clase de neonazi se hace llamar el Caballa! Lo entendería si fuera carterista o estafador, pero resulta que es un MAMÓN NEONAZI a cuyas hermanas me follaba mientras él jugaba a la Nintendo y se mataba a pajas. ¡Comando Matarile, no me jodas, menuda panda de pringaos!

—Mucho cuidado con lo que dices.

—Vamos Marcel, tú eres inteligente, sabes perfectamente lo que pasa ahí dentro. Ese congresista mamahuevos… ¿cómo se llama? No importa, ese gilipuertas trajeado lava la cabeza al puto Cascanueces y el hace lo mismo con vosotros, es una repugnante lavandería de materia gris.

—Te recuerdo que hasta hace poco llevabas el cráneo rapado y saludabas a lo nazi.

—Pero desperté, y ahora me va de puta madre, ¿por qué no haces lo mismo? Enterrador nos cuida, es un tío legal y nos da buenos curros y consejos, sin nada de esa mierda racial. Venga tío, despierta, ya sé que formas parte de la cúpula, pero esos cuentos supremacistas no van a ninguna parte. Son para retrasados.

—Será mejor que cambies de tema.

Marcel parecía encabronado, decidí intervenir para enfriar los ánimos:

—Entonces ¿cuál es el plan?, ¿cómo joderemos a esos negros hijos de perra?

—Ya te lo dije antes —respondió Marcel—, tú te ocupas de uno y nosotros del resto.

Matarife me pidió que le explicara la situación con los negratas. Se lo conté, pero en buena lógica, omití la parte de los turcos que me habían puteado durante toda la semana, no fuera a ser que quisiera liquidarlos. Marcel, por su parte, permaneció en silencio, hasta que Matarife se sacó del bolsillo un CD y le dijo que lo pusiera.

—¿Qué es esta mierda?

—¡Ponlo, coño!

—¡Ni hablar, es el puto Vanilla Ice!

—¡Qué tiene de malo! Eres un inculto, fue el primer rapero blanco. ¿Lo conoces? —preguntó dirigiéndose a mí.

—Claro tío; en mi opinión…

—Qué clase tenía —mi opinión le importaba un huevo—, les dijo a los negratas «Besad mi culo blanco» y se puso a bailar y a rimar mejor que cualquiera de ellos. Ice, ice, baby: tintontin-tirorito; ice, ice, baby: tintontin-tirorito Vanilla Ice, ice, baby…

—¡Cállate joder! —Marcel puso el CD de la discordia. Ahora sí que estaba encabronado.

—¿Por qué no te gusta Vanilla? ¿Sabes que se follaba a Madonna? Claro, es eso, envidia cochina. Debí suponerlo. Aunque supongo también que en los noventa todo el mundo se follaba a Madonna. Iba con esas mierdas puntiagudas en las domingas, ¿os acordáis? Maldita sea, debía comerse los rabos a pares. No sé ahora, puede que ya piense en buscar asilo, pero antes buscaba rabo…

Imaginé que el asilo de Madonna tendría una sala de valet petada de espejos donde podría rebozarse por el suelo y las paredes embutida en unas mayas y subida en unos tacones mientras los otros viejitos tragaban puré y jugaban al bingo.

—… a Vanilla fue a buscarlo al camerino tras uno de sus conciertos y allí mismo se lo folló y fue el comienzo de su idilio. Luego salieron esas fotos guarras que publicaba Madonna en sus libros y Vanilla se encabronó. Dicen que rompió con ella por todo ese putiferio que tenía montado con blancos, negros, asiáticos, pieles rojas y qué se yo. Aunque tampoco despreciaba los coñitos, nada de eso…

—¡Cierra el pico, Matarife!

—… era de buen comer. Escuchad esta parte: ice, ice, baby… —nos fustigó con el estribillo y siguió con la matraca—: ¿Por qué creéis que estoy tan en forma? ¿Queréis saber cómo me lo monto? En mi choza pongo en bucle este mismo tema y me meto un chupito de bourbon y un tiro de coca, bailo como un poseso hasta el final de la canción y cuando vuelve a sonar me casco otra ronda y así hasta que llego a diez…

Me puse el cinturón de seguridad y eché un vistazo a los monopatines. No lograba imaginármelo encima, lo veía tirado en el suelo con las costillas amoratadas.

—… diez rondas de bourbon y coca, el puto número mágico, la perfecta combinación en su justa medida, sudar como un condenado mientras me pongo a gusto me deja en un estado óptimo para ocuparme de mis asuntos. Hoy sin ir más lejos, antes de salir a por la furcia y su chulo completé el ritual, me di una buena ducha y lo demás rodó como un ovillo de lana.

—Métete por aquí.

Matarife dobló a la derecha y luego siguió las instrucciones de Marcel hasta llegar al lugar donde aparcamos, supongo que el más propicio para nuestros intereses.

Nos apeamos del coche. En la acera había un tipo en cuclillas que berreaba no sé qué movidas en español. Distinguí algunas palabras y expresiones: «puerca»; «te mato»; «me odio»; «Dios»; «esa puta»; «matadme por favor», esto último lo dijo dirigiéndose a nosotros pero Matarife y Marcel actuaron como si el tipo no existiera y yo me limité a seguirlos.

Caminaban muy serios y erguidos. Cada uno llevaba su monopatín a modo de carpeta. Aún no sabía qué papel jugaban los puñeteros monopatines en la naturaleza de toda esta mierda, pero formaban parte del plan (en caso de que hubiera algún plan).

Marcel había dejado su chupa bomber en el coche. Sus músculos brillaban al sol. Aquella musculatura estaba predestinada a reventar una buena suma de tochas simiescas y luego a reposar, entre rejas, en un colchón infectado de chinches. Confié en recuperar mi cartera y recé por no acabar enchironado. Solo quería recuperar lo mío y que los negros rodaran por el suelo retorciéndose de dolor y que acabaran, como mucho, en el hospital, pero en ningún caso en la maldita morgue.

Nos cruzamos con un tipo corpulento que llevaba tres canes atados en corto. Dos de los perros eran unos mastodontes y el otro ridículamente pequeño. Los grandullones tiraban con fuerza y el tipo se empleaba a fondo para mantenerlos bajo control (necesitaba algunas lecciones de César Millán). Sujetaba la correa con una sola mano y, con la otra, fumaba. La boquilla debía estar como la boca del infierno, el estrés al que estaba sometido le obligaba a succionar una y otra vez.

Aquello me hizo reflexionar. ¿Por qué nos empeñábamos en convertir nuestras vidas en una estéril concatenación de mierdas estresantes? Estaba el trabajo, la familia, las endiabladas mascotas, todas esas fuentes de problemas que se alían para jodernos la existencia.

—¿Seguirán ahí los putos negratas? —preguntó Matarife a Marcel.

—Dónde si no, solo saben pimplar y darle a la hierba. Permanecen en los bancos porque odian sus vidas de mierda. Odian a sus mujeres de culo gordo, por eso esperan a que ellas se acuesten para dormir la mona en el sillón.

—¡Oye tío —exclamó Matarife—, te das cuenta de que les hacemos un favor! Si nos cepillamos a esos negratas ellos pasan a mejor vida y nosotros corremos el peligro de acabar en chirona.

—Yo pienso lo mismo —aproveché la coyuntura—, no deberíamos ensañarnos con los putos negratas, una buena paliza sería más conveniente para evitar que nos enchironen. Os agradezco mucho vuestra ayuda, pero no quiero que os metan en el trullo por echarme un cable con toda esta mierda.

—Cierra el pico —me ordenó Marcel—, ya hemos llegado.

Mis palabras de mierda habían caído en saco roto. Marcel asomó la gaita por la esquina y luego se giró hacia nosotros:

—Siguen ahí. Están a unos cincuenta metros.

Se volvió para echar otra mirada.

—Cuatro tienen su culo pegado al banco —dijo al volverse de nuevo—. Los otros están erguidos y parecen subnormales, será más fácil de lo que pensaba. Este es el plan: Matarife y yo nos deslizamos hacia ellos y tú, cuando estemos a unos diez metros del objetivo, doblas la esquina, te pones a correr, seleccionas a tu simio sobre la marcha y lo revientas de un codazo.

—Descuida —añadió Matarife—, los negratas estarán tan jodidos que ni siquiera te verán venir. Serás el factor sorpresa.

—Te equivocas —replicó Marcel—, tenemos la suerte de contar con el puto imitador de Vanilla Ice, nuestro auténtico factor sorpresa.

—¡Que te jodan musculitos, tú serás el puto factor con esas pintas de mamarracho! ¿De dónde sacaste la camiseta de tirantes, del armario de Van Damme?

Por vez primera, la sonrisa de Marcel salió a relucir y con ella su parecido razonable a Jean Cloude Van Damme. Qué arte tenía Matarife, había que reconocérselo.

—Parece que tenemos tres factores sorpresa —dijo Marcel—, esos negratas están más acabados que el auténtico Vanilla Ice. Les aplicaremos lo que pone en tu sudadera.

Matarife se fijó en la sudadera que llevaba puesta.

—Mort Subite —leyó en voz alta—. ¿Qué significa esta mierda?

—¿No lo sabes? —preguntó Marcel—. ¿Me tomas el pelo?

—¿Por qué cojones tendría que saberlo?

—¿No te importa lo que pone en tu ropa, cabronazo?

—Sí joder, claro que me importa, ¡me importa un huevo!

—Ah sí, ¿te importaría un huevo si pusiera «Soy un puto subnormal negrata»?

—Es imposible que ponga eso, nadie compraría una sudadera así.

—¿Nadie? Los tipos como tú la comprarían, vais por la vida sin saber lo que dicen vuestras putas sudaderas.

—¡Y qué pone, tío listo!

—¡Pone ‘muerte súbita’, mamonazo, es una marca de cerveza belga! ¿Te parece normal que un matón a sueldo lleve esa propaganda encima sin saber lo que significa?

—¡Mierda, no me jodas, Mort Subite significa ‘muerte súbita’! —Empezó a reírse—. ¡Esta sudadera es la puta hostia —añadió—, me la pone más tiesa que una viga!

Marcel se arrimó a la esquina y volvió a asomarse.

—Se acabaron las chorradas —dijo al volverse—, carguémonos a esos pedazos de mierda.

—Bien dicho —convino Matarife—, demos «Mort Subite» a esas cagarrutas.

—¿Estás preparado? —me preguntó Marcel.

No lo estaba en absoluto pero dije que sí y ellos echaron a rodar calle abajo. Me asombró su destreza en el manejo del monopatín, parecían dos jodidos skaters.

Se acercaron al objetivo describiendo pequeñas eses y los negros empezaron a increparles: «¡Eh, mirad esos putos blanquitos!»; «¿Por qué no bajáis de ese trasto y nos coméis la verga?»…

Matarife y Marcel mantuvieron su rumbo sin inmutarse y yo estuve a punto de correr en dirección contraria, pero consciente de que no tenía escapatoria salí de la esquina y corrí hacía los negros…

En mitad del subidón adrenalínico, contemplé la escena: a la altura de los simios, mis compinches ejecutaron una hábil maniobra y los dos monopatines pasaron de sus pies a sus manos en menos de un segundo y, al unísono, se estamparon con estrépito en sendas caras negratas.

En mi vida había presenciado algo tan dantesco y letal. Los negros agredidos cayeron a plomo («¡Se los han cargado!», pensé) y a los del banco no les dio tiempo a reaccionar, una tormenta de mandobles descargó sobre ellos al mismo tiempo que se cubrían con los brazos y chillaban de dolor.

Pero quedaba otro simio fuera del banco y, por mi puta culpa (en vez de ocuparme de él me quedé paralizado a unos metros de distancia), sacó una navaja y se la hundió a Matarife en el costado izquierdo (le pilló desprevenido).

Marcel, que seguía sacudiendo a los negratas del banco, condensó todo su odio en una mirada para ordenarme que interviniera y yo reaccioné: el simio de la navaja puso de rodillas a Matarife con una nueva puñalada pero no tuvo tiempo de rematarlo, lo siguiente que vio fueron las estrellas.

Tras reventar a mi simio con el codo, evalué la situación: cinco hijos de perra estaban fuera de combate (dos se movían, los otros estaban inconscientes o habían estirado la pata), Matarife se retorcía sobre un charco de sangre y Marcel se enfrentaba a los dos negratas que habían logrado levantarse del banco.

Comprendí que estaba acabado, Matarife se desangraba por mi culpa y me lo harían pagar. No me lo pensé dos veces, corrí como si el diablo me persiguiera y al llegar a la esquina, eché la vista atrás: Marcel sacudía rodillazos en la jeta al negrata zaino que me había birlado la cartera, los demás estaban game over.

Un recuerdo fugaz se paseó por mí cabeza: en Youngstown, cuando Marcel padecía a los abusones del instituto, me habló de que su nombre, de origen latino, estaba relacionado con Marte, dios de la guerra en la mitología romana.

Ahora sus membrudos brazos, salpicados de rojo frenesí, brillaban poderosos a la luz del sol, y realmente pensé que el gabacho hijo puta era un perro de presa nacido para lucirse en el campo de batalla. Con un cohete prendido en el culo, corrí en dirección al Capri del 78 que Matarife había puenteado.

Pisándole a fondo, me dije que no había marcha atrás. En uno o dos segundos, había tomado la decisión de convertirme en un fugitivo y salía de la ciudad en el Capri con la certeza de que mi vida, a partir de ya, tenía menos valor que la palabra de un congresista.

Impactado todavía por la bacanal de fracturas de cráneo y sangre derramada, deseé que los negratas sobrevivieran (había participado en aquella masacre), recé para que Matarife no acabará en la morgue y volví a pensar en Marcel, que a estas alturas habría telefoneado para informar de lo sucedido.

La maquinaria estaba en marcha, ya no podría regresar a Filadelfia y tampoco a Youngstown, mi ciudad natal. Allí estaban mis padres, mi exnovia, mis mejores amigos y, a partir de ahora, las alargadas sombras de Marcel, de Matarife (de él o de su fiambre) y del maldito Comando Matarile.

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

Soy Apurito Montoya, ¿aún no me conoces?

Mi historia al completo

 

¿Lo has pasado bien? ¿Qué te ha parecido en su conjunto Comando Matarile? ¡Si hablas de esta saga o me regalas un comentario mi corazón vegetal dará brincos de alegría!

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6 Comentarios

  1. Dantesco L. Johanson
    10 agosto, 2019

    Sinceramente, no se que comentario esperas de un personaje que se denomina a sí mismo Dantesco. Después de leer el relato completo, ese realismo sucísimo proveniente de los estertores de las entrañas, solo puedo ponerle el adjetivo de entrañable! Sí, entrañable, pues como comentas, los personajes del relato hasta me caen simpáticos, aunque es evidente que en la vida real no iría con ellos ni a la esquina…
    Decirte que se me ha hecho corto el relato, lo que más me va es esa ‘preparación’ hasta el momento cumbre, hasta la escena de la reyerta, como dos mastuerzos sin consciencia se van encendiendo poco a poco, y cual olla a presión, se alivian con improperios entre ellos mismos. Curiosa relación entre los dos. Genial! Hay material para un cortometraje, sin duda. Después está ese muchacho que, sin comerlo ni beberlo, se va viendo inmerso en el monumental embrollo entre un mar de dudas y miedos. Genial por dos!
    Detalles como el uso de monopatines para reventar cráneos, o la ‘escena’ de la camiseta Mort Subite, entre muchos otros, le dan a la acción ese punto a lo Tarantino. Una conversación entre los personajes que parece absurda durante los instantes previos a realizar el cometido… Pues eso, recuerdo por ejemplo la conversación entre Jules y Vincent, dos sicarios con pocas luces, sobre ‘el cuarto de libra con queso’ en Pulp Fiction, eso es lo que he visto y leído en tu relato.
    El personaje Marcel es un homenaje a Marcellus, de esa misma película? Solo hay una cosa que me ha ‘sabido a poco’, y es la recreación en detalles de la reyerta, se me ha pasado muy rápido esa parte, eché en falta muchos más detalles escabrosos, como escoria escupiendo muelas, por ejemplo… Eso si, es una crítica positiva, quizá una invitación por mi parte a, cuando sea su menester, un nuevo relato ‘sucísimo’.
    Para concluir, decirte que recuerdo nuestras conversaciones de juventud con cerveza en mano, cuando ese ‘Comando Matarile’ radical, iba de puerta en puerta destrozando cuerpos, sin miramiento de sexo o raza, a aquellos que no eran de su ideal político, entre muchos otros motivos. Nos reíamos a base de bien, era una época dorada para nosotros, creo que entender la cosas así era un ‘arte’.
    Nada más, enhorabuena por el relato!

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    1. Eugercio
      11 agosto, 2019

      Un placer tenerte de nuevo por aquí, Dantesco, y más aún tratándose de este relato, cuyo título se gestó en la cumbre de nuestras mocedades, en aquellas reuniones al amor de las birras, calimochos y otros mejunjes más o menos virtuosos que volvían más interesantes, y disparatados, nuestros mundos conceptuales, todas aquellas personas y situaciones que al pasar por el filtro de nuestras mentes se volvían rocambolescas como por arte de encatamento.
      Diste en el clavo, la escena de Mort Subite la compuse al final y fue precisamente buscando esa pausa surrealista que comentas, esa despreocupación que antecede a la tempestad y que Tarantino plasmó magistralemte en el diálogo que mencionas del cuarto de libra con queso. Lo de Marcel no fue por Marcellus Wallace (hasta después de elegir el nombre no reparé en el nuevo guiño tarantinesco), necesesitaba un nombre francés y elegí esté por su elegancia y simbolismo bélico (Marcel proviene de Marte, dios de la guerra en el antiguo imperio romano).
      Respecto a lo breve que se te hizo la escena final, fue algo premeditado, aceleré el ritmo para acentuar la sensación de irrealidad que experimenta el protagonista, que sin comerlo ni beberlo ve como su vida se precipita al abismo. La decisión tenía que tomarla en uno o dos segundo, por eso tuve que ajustar el tiempo espacial al mental del narrador, que se vuelve vertiginoso conforme al vertigo que experimenta.
      Aquí lo dejo Dantesco, ya platicaremos a nuestras anchas sobre la naturaleza de todo esto. Muchas gracias por tus reflexiones y preguntas, dan mucha vidilla a las entradas del blog.

      Responder
  2. Lorenita
    8 agosto, 2019

    Después de leer las cuatro partes, felicitarte por tu gran trabajo, como te dije en mi primer comentario no soy muy fan de los relatos sangrientos ni de las batallas callejeras, pero creo que narras con gran realismo la historia, como sacado de un guion de Tarantino en sus inicios, en estos inicios si te soy sincera tampoco era muy seguidora suya, así que tómatelo como un cumplido.
    P.D Finalmente me ha dado hasta pena el pobre Matarife.

    Responder
    1. Eugercio
      8 agosto, 2019

      Hola Lore, teniendo en cuenta que el realismo sucio no te interesa demasiado, celebro tu valoración positiva. Al menos conseguí que llegarás hasta el final y que sintieras empatía por un tipo tan infame como Matarife, hasta las personas más deleznables nos pueden resultar simpáticas por su modo de ser o comportarse.
      Como bien dices, Comando Matarile rezuma parentesco con ese primer Tarantino de Reservoir Dogs, Asesinos natos o incluso Pulp Fictión. . Aunque me sigue gustando, yo prefiero el Taratino de los comienzos; ya veremos que tal está su última peli, el trailer tiene buena pinta pero los críticos no se están deshaciendo en elogios, más bien lo contrario. Gracias por comentar, un abrazo Lore.

      Responder
  3. Hana
    7 agosto, 2019

    El final no ha defraudado en absoluto, no obstante aquí lo importante no era el final, era conseguir transmitir una serie de sensaciones y evocar unos sentimientos para lo cual debíamos unos minutos salirnos de nosotros mismos y observar otra realidad dejando a un lado el pudor y atendiendo a una realidad cruda, sin filtros. Los sentimientos podían ser diversos (asco, desasosiego, repulsión, ira, incomodidad), según cómo de reconciliados estuviéramos con nuestra propia hipocresía, pero en definitiva el relato en su conjunto te transporta a un mundo de sensaciones que son la esencia del arte mismo, la poesía, más allá de la trama en sí. Así mismo, el juego de imágenes, la evocación de las escenas… era totalmente cinematográfico, así como los diálogos, muy tarantinescos. Esta serie de relatos es un guiño al cine por lo bien construidos que están los diálogos, por el uso conveniente de la jerga y sobre todo un guiño a la poesía por su poder evocador: sin hipocresía, sin filtros. Me ha gustado mucho.

    Responder
    1. Eugercio
      7 agosto, 2019

      Me alegro de que te haya gustado mucho, Hana, parece que he conseguido lo que me había propuesto. Era mi primera incursión seria en el terreno del realismo sucio. Como puedes imaginar, para escribir algo así es necesario abstraerse del juicio ajeno, escribir desde las entrañas y no dejarse intimidar por el censor interno, que aparece de vez en cuando para exclamar con las manos en la cabeza: «¡Eso no lo puedes poner!».
      Tarantino, desde luego, es una fuente de inspiración que se aprecia en el relato, pero tiene más peso quizá la de Charles Bukowski, el escritor norteamericano más querido (y odiado) por esa prosa irreverente y visceral que le llevó al estrellato de los escritores malditos.
      Si el jodido Tarantino leyera este relato, diría: «¡Qué buena mierda, tío, hagámoslo! Y luego me obligaría a redactar otras 80 o 100 páginas para completar el guion y evaluar sus posibilidades comerciales. Pero en el mundo de los escritores noveles date por satisfecho si te leen 20 personas y tienes la suerte de recibir comentarios tan valiosos como este. Muchas gracias, Hana, me diste mucha información y titulares para ensalzar mis escritos en el apartado de lo que opinan mis lectores, seguiré trabajando para proporcionarte buena mierda como esta.

      Responder

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