comando matarile 2: portada

Relato: Comando Matarile (segunda parte)

cajetín de autor: Apurito Montoya

Noté a Javier Eugercio un tanto preocupado por esta segunda parte de Comando Matarile, un relato corto de los que hieren sensibilidades y remueven entrañas. ¿Quieres saber más? Te lo explico en la introducción…

Tiempo estimado de lectura: 8min

¿Por qué Javier Eugercio se preocupa por algunos de mis textos?

«No sé si publicar esto en mi blog», me dijo Eugercio. No porque no le gustara, de hecho le encantaba, pero no quería exponerse a la hipocresía de los que rechazan esa parte demencial de la psique humana. «¿Por qué se rechazan a sí mismos?», pregunté en mi ingenuidad, y entonces Eugercio se echó a reír y dijo: «Que les jodan».

Si no leíste la primera parte de Comando Matarile, HAZLO AQUÍ y luego regresa a este punto.

En esta segunda entrega nuestro hombre se verá envuelto en una peliaguda situación que le pondrá entre en la espada y la pared.

Yo soy un libro y, acorde a mis observaciones, me expreso con esa clase de libertad que está a salvo de los juicios humanos.

Si te retuerces en tu butaca por lo que vas a leer a continuación, no será por tu almorrana (en caso de que la tengas) sino por el reflejo de tu propia naturaleza.

El relato corto de hoy, se titula:

comando matarile segunda parte

Llegué a las dársenas con mis cosas. La gente hacía cola para subirse al autobús. «Psicópatas», pensé. Faltaban diez minutos para la hora de salida y los billetes estaban numerados, ¿por qué aguardaban en hilera? Espíritu gregario. Prisas programadas por llegar a todas partes y a ninguna a la vez. Se desplazan, no cabe duda, pero lo hacen como envases vacíos, sin sustancia verdadera, sin consciencia real que pueda llegar a ningún lado; no hay nadie dentro de ellos, nadie en su sano juicio, nadie capaz de estar presente en un jodido lugar.

El conductor abrió las puertas y los tarados de la cola accedieron al interior mostrando sus billetes. Mierda, mis añicos de billete, aquello resucitó mi problemática existencial. Eché un vistazo al conductor. Miraba los billetes con gesto apático. Me pareció detectar hostilidad en sus ojos y, además, una feroz indiferencia que recubría su semblante a modo de segunda piel. Mal asunto…

Las reses ocuparon sus asientos y llegó el turno de las personas, que andaban por ahí con sus pitillos a medio acabar o pendientes de los cuerpos y rostros o enfrascados en pensamientos alegres o suicidas. Estos también subieron y yo, en último lugar, me sentí ridículo con los pedazos de papel que mostré al conductor.

Le expliqué lo sucedido, pero fue inútil: un muro de intransigencia uniformada, un baluarte inexpugnable de ciego protocolo. Ante mis rogativas, escondió sus ojos de besugo tras unas gafas de sol y sin sentirlo en absoluto me dijo que lo sentía, que de ningún modo, que las normas eran las normas y que los negros malhechores tenían la culpa de mi infortunio.

Seguro que la tenían, pero a los blancos bienhechores les aquejaba la misma falta de humanidad. La gente de bien tampoco puede ayudarte, alza los hombros ciñéndose a las reglas y, pateándote el culo, te dice que el mundo es así.

Seguí mi incierto camino, pero antes de que pudiera replantearme la situación un milagro se obró ante mis ojos: Marcel, mi antiguo instructor en el noble arte de reventar tochas, se apeaba de un autobús recién llegado.

El gabacho tenía el pelo corto y vestía de negro: botas estilo militar, vaqueros ceñidos y camiseta de tirantes. No tenía mal aspecto. Llevaba una mochila colgada del hombro y una bomber verde oliva en el brazo. Se la puso mientras yo me acercaba.

—Marcel.

Me miró sorprendido, pero al instante se recompuso y en vez de saludarme, me interrogó:

—¿Qué haces en Filadelfia?

No parecía que se alegrara de verme. En realidad, parecía haber perdido la capacidad de alegrarse. Le conté mi historia desde el principio, tenía que romper aquel bloque de hielo. Caminamos juntos. Marcel escuchó mi relato sin interrumpirme una sola vez. Su silencio era tan inquebrantable que llegué a pensar que me ignoraba, pero él mismo se encargó de sacarme de dudas:

—¿A quién nos cargamos primero?

—¿Cómo?

—Te jodieron unos putos negratas, ¿no? Y la pasta que te birlaron esos negratas la ganaste en un estercolero donde fuiste jodido por unos turcos de mierda, ¿no es así?

—Sí, pero los turcos…

—¡Los turcos son la misma escoria! No me jodas tío, te sirvo la venganza en bandeja de plata y tú te rajas como una nena. Me acabas de contar que les hubieras reventado la tocha como yo te enseñé. Déjate de rollos, ¿a quién nos cargamos antes?

—Por cierto, lo hice.

—¿Qué hiciste?

—Usé el codo para machacar a un moreno que molestó a mi chica.

—Bien hecho, pero ahora tendrás que usarlo para acabar con los turcos y los negros, les haremos picadillo.

—Te lo agradezco Marcel, pero olvídate de los turcos, esos tipos solo me hincharon las pelotas. Y además, no podemos ir por allí en plan matón, el propietario del restaurante es un buen tipo, los turcos que me jodieron son los chefs que tiene en nómina. Mira tío, se merecen algunas hostias, no te lo niego, pero un palizón de muerte por putearme una semana en la cocina me parece excesivo. Mejor nos centramos en los negros.

—Tienes razón, demos muerte a los negros.

Mierda, estaba emperrado en liquidar a los negros, eso también me parecía excesivo, pero yo había provocado todo esto y no encontraba el modo de pararlo sin parecer una jodida nenaza.

Seguimos caminando hacia el lugar donde Marcel me indicó que le siguiera.

—Allí encontraremos refuerzos —afirmó.

Según me dijo, el sitio estaba a unos minutos a pie, pero yo solo veía almacenes cochambrosos que parecían abandonados y alguna que otra fábrica sin aparente actividad.

Por el caminó aprecié que Marcel había cambiado. Una sombra de fanatismo oscurecía sus ojos de águila imperial. Sus facciones se habían endurecido y su tono de voz, tan seco como el clima de Arizona, enfatizaba el resentimiento que Marcel acarreaba desde sus años adolescentes. 

Conocía su historia, habíamos ido al mismo instituto. Allí le endilgaron el sobrenombre «Crepes & Omeletes» por haberse criado en Francia; aunque sus padres, gente de dinero, eran cien por cien norteamericanos. Vivieron mucho tiempo en París y les fue de maravilla, pero dejaron atrás aquella vida de ensueño para volver a su amada patria.

Marcel debía tener trece o catorce años cuando regresó transformado en un gabacho de mierda. Había nacido en Ashville, Ohio, pero su acento medio francés y su modo de vestir y comportarse lo rebajaron al estatus de bicho raro, una diana más para los dardos de la burla, la guasa y la humillación permanente.

Los coñitos, por supuesto, lo ignoraban, se mantenían alejados de su saliva francesa y de su modo de tragarla o escupirla en su continuo tartalear.

Aquella inseguridad estuvo a punto de hundirlo en la miseria, pero luego se sobrepuso a base de psicólogos, música punk, ideologías extremistas y ejercicios de musculación. Se hizo fuerte, y ahora caminaba junto a mí como el puto coloso de Rodas. La mierda interior de antaño apretaba sus mandíbulas y estampaba con firmeza las suelas de sus botas sobre el cochino asfalto. Daba miedo. «Negratas, daros por jodidos», pensé.

Llegamos a un decrépito edificio de ladrillo rojo. Marcel sacudió un patadón a una puerta de metal oxidado que cedió como si fuera de hojarasca. 

—Sígueme.

Lo hice, qué remedio, subí unas escaleras empinadas que concluían en otra puerta de metal. Marcel se lio a porrazos. A la altura de su cabeza había un ventanillo con rejilla. Supuse que el rostro de un mamarracho acuartelado asomaría para pedirnos el santo y seña, pero tal cosa no sucedió.

—No hay nadie —anunció Marcel, y extrajo unas llaves de su mochila.

La puerta, de hierro macizo, tenía cuatro cerraduras que el franchute abrió en un periquete.

—Pasa.

Lo seguí, y al instante detecté un olor viciado, rancio, algo así como una mezcla de lefa, sudor y agua de alcantarilla.

—¡Cerdos hijos de puta! —protestó Marcel, y se puso a abrir las ventanas del corredor por el que avanzábamos.

Las puertas de las estancias quedaban a nuestra izquierda. Vi una sala de musculación, otra diáfana y una más que parecía de reuniones. Había sillas y mesas y una pizarra con nombres tachados y símbolos neonazis. Vi un aguilucho enorme con una cruz en el cogote. También un mapa de la ciudad con crucecitas en lugares estratégicos y algunas fotos de chusma morena.

¡Qué mierda era todo aquello! Sin detenerme, imaginé la clase de gentuza que circulaba por allí: rapados sin cerebro consagrados a las pesas, a las armas y al combate, al odio racial y a la jodida supremacía blanca.

Entramos en una sala de juegos. Había una máquina de pinball, dos mesas de pimpón y tres de billar. En las paredes figuraba toda clase de propaganda nazi, hasta una foto del mismísimo Führer. También había taquillas. Marcel dejó su mochila y, para mi sorpresa, sacó un monopatín con franjas de colores en su parte superior.

—Dame tus cosas —me dijo.

Abrió otra taquilla y embutió en su interior mi mochila y mi bolso de viaje. Luego hizo una llamada:

—Acabo de llegar. ¿Dónde coño estáis?… ¡Qué cojones…! ¿Puertorriqueños?…  Bien. Matadlos. Matad a esos cerdos… Tened cuidado con la pasma. No importa, olvídalo…

Colgó y me puso al corriente:

—No hay refuerzos, lo siento, Cascanueces se llevó a los muchachos a partir cráneos puertorriqueños. Habrá que abortar la misión.

Sentí un gran alivio, los cráneos puertorriqueños habían salvado mi culo blanco.  

—No importa Marcel, solo necesito algo de pasta para el billete de vuelta.

—¿Sigues en Youngstown?

Afirmé con la cabeza. Y él se quedó pensativo.

—¿Cuántos eran? —preguntó.

—¿Que cuántos pavos necesito?

—No, joder, ¿cuántos eran los negratas?

Mierda, seguía dándole vueltas al asunto.

—Eran siete, creo.

—¿Crees o estás seguro?

Me lo volví a pensar. Sin contar al negro zaino ¿cuántos tipos había? Visualicé sus rostros simiescos. Estaba el del pañuelo, el de los piños amarillos, el grandullón, el caraculo, el apestoso primate y el de la gorra de los 76ers. Seis más el negro zaino.

—Son siete, seguro.

Marcel volvió a telefonear.

—Marcel, Comando Matarile.

Recordé que en la sala de reuniones, sobre la pizarra, había un cartel que decía eso mismo, COMANDO MATARILE. ¡Estos hijos de puta neonazis habían montado una organización paramilitar o algo por el estilo! ¡Pero dónde cojones estaba! Con un nudo en la garganta y las tripas revueltas, rompí a sudar y afiné el oído.

—Necesito que me mandes por los menos un par de tipos… ¿Uno? ¿Solo uno? No me jodas Enterrador, necesito domesticar a siete chimpancés… Los muchachos no están, salieron de caza… Al puto gueto latino, sí, puertorriqueños sobre todo… ¿A quién me mandas?… ¡Joder, Enterrador, eres la puta hostia! Te debo una.

No pude contener la curiosidad:

—¿Quién carajo viene?

Ni caso, volvió a interrogarme:

—¿Podrás con uno de esos chimpancés?

Titubeé, pero Marcel me fulminó con la infinita crueldad de su mirada intimidatoria.

—Sí, con uno podré. Incluso con dos —me hice el valiente, pero el tono de mi voz evidenció lo contrario: estaba acojonado.

—De acuerdo, este es el plan, tú liquidas a un simio y Matarife y yo nos encargamos del resto.

Santa mierda, tocaban a tres simios por barba y el condenado hijo de puta lo decía como si tal cosa. ¿Matarife? ¿Había dicho Matarife? Imaginé armas automáticas, ganchos afilados y ríos de sangre. Estuve a punto de cagarme en los pantalones.

—Escucha Marcel, no quiero verme envuelto en un baño de sangre, no me gustan las armas.

—¿Quién habló de armas? Ocupate de tu simio como yo te enseñé. Para deshacerte de esa escoria morena que molestó a tu chica usaste el codo, solo tienes que repetir la misma jugada.

—¿Quién es ese Matarife? —quise saber, seguramente descolorido.

—Ahora lo verás.

Se agachó a recoger el monopatín que había sacado de la taquilla y, con un gesto de mano, me indicó que lo siguiera. Tragué saliva.

CONTINUARÁ…

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

¡Aquí tienes la tercera parte de COMANDO MATARILE!

Soy Apurito Montoya, ¿aún no me conoces?

Mi historia al completo

 

¿Qué opinión te merece la segunda parte de Comando Matarile? ¡Si compartes este relato o me regalas un comentario, mi corazón vegetal dará brincos de alegría!

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6 Comentarios

  1. Lorenita
    8 agosto, 2019

    Presiento que el final pinta muy rojo!!! Continúo…

    Responder
    1. Eugercio
      8 agosto, 2019

      Presientes bien, rojo oscuro casi negro. Ya me contarás…

      Responder
  2. Sabrina
    1 agosto, 2019

    No puedo creer que debo esperar otra semana para conocer el destino de nuestro querido viajero.
    ¡Fantástico relato! ⭐⭐⭐⭐⭐

    Responder
    1. Eugercio
      1 agosto, 2019

      Muchas gracias Sabrina. Buenas noticas, no tendrás que esperar, la tercera parte de esta tetralogía de corte tarantinesco estará disponible dentro de tres días (este domingo). Todos los suscriptores seréis informados, un abrazo.

      Responder
  3. Hana
    1 agosto, 2019

    Los que rechacen la inmundicia humana se pueden ir “a zurrir mierdas con un látigo” de aquí. Por mi parte, esperando la tercera entrega de estos relatos viscerales, que son poesía.

    Responder
    1. Eugercio
      1 agosto, 2019

      Me has descubierto la expresión «zurrir mierdas con un látigo». Me pasé por Youtube y Joaquín Reyes (Onofre en Museo Coconuit) se encargó de la explicación gráfica del concepto. Supongo que bebimos de la misma fuente. Te agradezco tu generoso comentario, Hana, la tercera parte de Comando Matarile aún no la redacté, pero mañana mismo me pongo con ella con la presión añadida de rematar la trilogía de manera satisfactoria. Ya veremos si lo consigo, eso ya os corresponderá juzgarlo a mis fieles lectores y lectoras (muy pocos, pero excelentes).

      Responder

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