comando matarile tercera parte: portada

Relato: Comando Matarile (tercera parte)

cajetín de autor: Apurito Montoya

Un nuevo personaje irrumpe con fuerza en esta tercera parte de Comando Matarile, un relato corto de los que hieren sensibilidades y remueven entrañas. ¿Quieres saber más? Te lo explico en la introducción…

Tiempo estimado de lectura: 6-7min.

¿Por qué hay personajes que se nos quedan grabados en la memoria?

La respuesta es muy sencilla: porque son entrañables. En esta ocasión se trata de un entrañable hijo de perra. ¿Puede ser entrañable un auténtico hijo de perra? Para averiguarlo, tendrás que leer esta parte (la tercera) de Comando Matarile.

Si no leíste lo anterior EMPIEZA POR AQUÍ y disfruta del viaje.

En esta tercera entrega nuestro hombre asistirá a un cúmulo de despropósitos que le harán comprender lo jodidísimo que está.

Yo soy un libro y, acorde a mis observaciones, me expreso con esa clase de libertad que está a salvo de los juicios humanos.

Si te retuerces en tu butaca por lo que vas a leer a continuación, no será por tu almorrana (en caso de que la tengas) sino por la presión que ejercerán sobre tus globos oculares las distintas impiedades, dislates y vejaciones que estás a punto de leer.

El relato corto de hoy, se titula:

comando matarile 3: odio racial

Avanzamos por el corredor (en dirección opuesta a la entrada principal) y accedimos a la escalera de incendios. En la parte de atrás del edificio había una parcela vallada que usaban de parking. Conté un total de nueve vehículos: cuatro coches y cinco motocicletas. Aquellos cabrones estaban organizados. Lógica no mucha, pero tenían logística. Nos dirigimos a la valla y Marcel abrió el portón. Esperamos en silencio.

En la espera me pregunté para qué querría el gabacho el monopatín del demonio, y luego imaginé que Matarife sería un tipo alto y grueso y siniestro y muy hijo de la grandísima puta, uno de esos malnacidos a los que es mejor enterrar que meter entre rejas. Mala simiente.

—Quítate de en medio —me ordenó Marcel.

Entonces oí el rugido de un motor y el chirrido de un frenazo con derrape incluido. Me aparté, y Matarife irrumpió en escena al volante de un buga rojo con las lunas parcialmente tintadas. Era un Honda Civic de los nuevos y parecía diseñado para llamar la atención. «Ideal para el oficio de sicario», pensé.

—¡Mierda! —exclamó Marcel.

Nuestro hombre no venía solo. En el asiento del copiloto había una chica. También aprecié que Matarife, lejos de estar calvo, tenía una buena mata de pelo encima del cráneo y algo así como un… ¿tupé?

Sí, era un insólito tupé, el tipo aparcó junto a los coches del Comando Matarile y salió del suyo atusándose el tupé o lo que rayos fuera esa condenada cosa.

—¿Quién coño eres? —le preguntó Marcel.

Pensé que bromeaba, pero vi reflejado en su rostro que iba en serio.

—¿Aún sigues comiendo rabos? —dijo el supuesto Matarife.

Marcel lo examinó estupefacto, lo había reconocido por la voz pero no daba crédito.

—¡Joder, Matarife, qué cojones llevas puesto, a qué viene toda esa mierda rapera de los noventa!

Cierto, aquel esperpento que acababa de apearse del Civic parecía el puto Vanilla Ice, el mismo corte de pelo y la misma indumentaria de pacotilla: sudadera blanca, pantalón buzo color salmón, playeros Adidas y un colgante taoísta del yin y el yang (qué sabría de equilibrio un tipejo así).

—Las modas vuelven, franchute —afirmó Matarife.

—Vuelven a dar por culo. ¿Y quién coño es esa tía? Te presentas aquí con un deportivo rojo y una fulana rubia, ¿a dónde crees que vamos a Miami Beach?

Yo por mi parte respiré con cierto alivio, Matarife no era el siniestro psicópata que me había figurado, había algo en él que me parecía hasta simpático.

—Esa fulana —respondió Matarife— y su chulo me deben cinco de los grandes.

—¡Pero cómo se te ocurre traerla aquí!

—Oye cabronazo, Enterrador me ordenó que viniera YA, y eso fue lo que hice. Ahora mueve tu culo francés y abre el maletero de tu coche —Esto último lo dijo dirigiéndose hacia la puerta del copiloto de su Honda: la rubia permanecía en el asiento.

—¡Quieres dejarla en mi maletero! ¿Estás loco?…

Por fin algo de cordura, no podíamos dejarla en un maletero.

—¡Ni hablar —añadió Marcel—, ponla en el maletero de tu puto deportivo!

La presunta cordura se despidió de mí recordándome lo jodido que estaba, y mientras tanto, Matarife sacó una navaja e introdujo medio cuerpo en el Honda Civic por la puerta del copiloto. Pensé que rajaría a la chica y se me heló la sangre.

—Oye tío —intervine con los huevos de corbata—, ¿qué vas a hacer?

Al acercarme comprobé que la rubia estaba pegada al asiento con varias vueltas de cinta americana: respiré aliviado.

—¡Ah! ¡Ten cuidado hijo de puta, me haces daño!

Matarife no era muy delicado, la estaba desollando viva.

—¡Ah!

—¡Cállate puta!

—Ya me has oído —intervino Marcel—, pon a esa zorra en tu precioso maletero.

—Negativo, franchute.

—¡Me llamo Marcel, hijo puta, se te da cojonudo sacarme de quicio!

—¡Eh, eh, tranquilo! Tengo al chulo de esta furcia en el maletero, ¿dónde quieres que la meta? Venga, acabemos con esto de una vez, tenemos un asunto pendiente con esos putos chimpancés que jodieron a tu amigo. ¿Cuántos son?

—Siete —contestó Marcel, y se encaminó hacia su coche, un Chevrolet plateado con varios roces y abolladuras.

Matarife terminó de desatar a la chica y esta salió del Civic. Era joven, de unos veintitantos y no estaba nada mal, demasiado flaca para mi gusto. Había llorado, tenía el rímel corrido. Aunque puede que fuera de tragar pollas. Era puta, ¿no?; y su chulo, ahora en el puto maletero, puede que la estuviera prostituyendo cuando el puto Matarife apareció para joderles la puta vida.

El siguiente de la puta lista era yo, no veía la manera de escabullirme de esta larga serie de putadas; el operativo ya estaba en marcha y pasara lo que pasara, estaba jodido.

—¡Métete zorra!

—¡Te pagaremos Matarife, no lo hagas, deja que…

—¡Calla!

La bofetada fue de manual, una cosa terrible. Descarté que lo del rímel fuera de tragar pollas. La chica se metió en el maletero del Chevrolet con los ojos bañados en lágrimas y los condenados hijos de puta (tanto monta, monta tanto) dieron una exhibición de pericia manual en el uso de la cinta americana.

—Te canta el pozo a whisky —comentó Marcel—, ¿no estarás borracho?

—Ni de coña tío, yo controlo…

Matarife cerró la puerta del maletero. Estaba excitado. Parecía que todo aquel movimiento le había removido el alcohol del torrente sanguíneo y la coca del cerebro. Ya me había fijado anteriormente en sus espasmódicos movimientos de boca y sus vaivenes de lengua, de comisura a comisura estimulada por la farlopa. Iba fino, el pollo.

—… estoy en plena forma, mira…

Matarife se levantó la sudadera. Tenía un poco de pellejo pero nada de grasa: se le marcaban los abdominales.

—Eso no quiere decir nada —replicó Marcel.

—Ah sí, mira esto…

De repente hizo el pino y se puso a caminar con las manos.

—… que mi puentef, ¿eh? Ierdaputa sino. ¡Mira, binadeculo! ¡Putra madre!…

Sonaba como si tuviera una verga metida en la boca. Llegó hasta la trasera de su Civic y allí dejó de hacer el subnormal, se sacudió las manos y abrió el maletero. No mentía, allí estaba el chulo, amordazado y encintado de pies y manos.

—¡Escúchame bien, mamonazo —le agarró de los pelos—, voy a dejarte un ratito aquí metido para que pienses cómo vas a salir de esta! ¡Tú verás, si la pasta no está en mi bolsillo esta noche os llevaré a una bonita suite que reservé para los dos en un jodido vertedero infectado de ratas!

—¡Mmmm! ¡Mmmm!…

Antes de cerrar el maletero, Matarife sacó un monopatín de su interior. Era idéntico al de Marcel, por arriba pintado de franjas de colores y negro por abajo. Se acercaron el uno al otro y chocaron los monopatines como si fueran dos copas de champán. Matarife ofició el brindis:

—Salud, hermano, por los viejos tiempos.

—Acabaremos con esos malnacidos —dijo Marcel, con un esbozo de sonrisa que enseguida se disolvió en la hosquedad de su semblante—. Pero no empecemos a chuparnos las pollas —añadió (la frase era del señor Lobo, el tipo que ayudó a Jules y Vincent a deshacerse del fiambre y los trocitos de cerebro)—, los coches no pueden moverse de aquí.

—¿Por qué no?—preguntó Matarife.

—¡Llevamos gente en el maletero, capullo!

—No me refería a nuestros coches, aquel vejestorio de allí puedo puentearlo sin problema —Señaló un Ford Capri del 78, marrón metalizado, que no estaba para muchos trotes.

—¿En serio?

Lo hizo en dos minutos: introdujo dos cuñas de plástico por la rendija de la puerta del conductor, metió un alambre terminado en gancho, levantó el pestillo de la puerta, hizo el maldito puente y lo dicho, un minuto en abrir y otro en arrancar.

—Conque borracho —le dijo a Marcel con tono de reproche.

No vi que metieran armas en el Capri del 78, supuse que las llevarían encima. Dejaron los monopatines a mi lado (en el asiento de atrás) y salimos del recinto. Había llegado la hora de la verdad, Marcel cerró el portón de la valla y nos pusimos en marcha.

CONTINUARÁ…

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

¡Aquí tienes la última parte de COMANDO MATARILE!

Soy Apurito Montoya, ¿aún no me conoces?

Mi historia al completo

 

¿Qué te pareció la tercera parte de Comando Matarile? ¡Si compartes este relato o me regalas un comentario, mi corazón vegetal dará brincos de alegría!

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2 Comentarios

  1. Hana
    7 agosto, 2019

    Muy explícito, muy crudo, muy parental advisory. Jerga perfecta, diálogos bien construidos, parece la escena de una peli, un guión que podría haber firmado Tarantino. Esta es la parte más cinematográfica de todas, sin duda.

    Responder
    1. Eugercio
      7 agosto, 2019

      Muy bueno Hana, voy a incluir el «parental advisory» en la foto de cabecera de la primera parte, es una declaración de intenciones en toda regla que además aporta ese caché tarantinesco que pretende atribuirse el relato. Coincido contigo en que esta parte de Comando Matarile es la más cinematográfica, diálogos hilvanados que crean una atmósfera alocada, cruda y trepidante. Básicamente todo el relato funciona así, pero en otras partes la acción se detiene un poco más en los recuerdos y reflexiones del narrador.

      Responder

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