comando matarile primera parte: portada

Relato: Comando Matarile

cajetín de autor: Apurito Montoya

El odio entre razas es uno de los grandes problemas de la humanidad. ¿Por qué se produce? Es una cuestión que se me escapa al entendimiento. Se supone que el ser humano es inteligente, pero no deja de demostrar lo contrario. Vamos con la introducción de Comando Matarile, un de relato corto estructurado en cuatro partes que dará mucho que hablar…

Tiempo estimado de lectura: 8min

¿Por qué la propaganda xenófoba tiene tantos adeptos en el mundo?

No hace falta ser muy listo para entender que el odio racial lo genera la manipulación, los nacionalismos y las fronteras, la diferencia de clases y la falta de oportunidades para los que menos tienen. 

Todo esto provoca delincuencia, suburbios, clases marginales y un flujo migratorio que casi nunca es bien recibido en los países receptores. No se trata de que una piel o una sangre sea mejor que otra. Tampoco es cuestión de carácter, olor corporal, estatura, color de pelo, idioma, religión o de cualquier otro factor diferencial…

SE TRATA DE DINERO.

Los poderosos, conforme a sus criterios económicos, establecen la distinción entre ciudadanos de primera y morralla prescindible, por eso las naciones más vulnerables son explotadas sistemáticamente y sus habitantes, obligados a emigrar por guerras o hambrunas, se encuentran escenarios donde no son bienvenidos por culpa de discursos xenófobos que calan muy hondo en las distintas poblaciones y culturas.

Poco más puedo añadir, el trasfondo de este relato quedó bosquejado en los párrafos anteriores: pobreza, marginación, delincuencia, odio racial y gente sin escrúpulos.  

El relato corto de hoy, se titula:

relato comando matarile: pandilleros

El que tenía mi cartera en sus zarpas era negro zaíno, pero también los había mulatos, tostados, horneados, sofritos, vuelta y vuelta y sus putísimas madres, seguramente recocidas o como poco pasadas por agua. En cualquier caso, saltaba a la vista, eran delincuentes de poca monta que se ganaban la vida con hurtos y trapicheos.

Olían a perritos calientes, a callejón salpicado de pis, a piorrea progresiva y dentadura postiza, a camisetas sudadas y pantalones cagados, a inmundicia bajo suelas de playeros, a suma indiferencia por los demás, a desvergüenza y barbarie, a ignorancia atrevida y lacra social, a trastornos y carencias infantiles de toda índole, a banda callejera del mismísimo sur de Compton y, en definitiva, a hijos de perra apandillados que ante mis ojos lastimeros se mofaban de mi desgracia.

El negro zaíno, con pánfila sonrisa de piños carcomidos, husmeaba en mi cartera con sus dedos roñosos y uñilargos.

—A ver lo que llevas aquí, blanquito…

Deseé con todas mis fuerzas pisotearle el gaznate.

—Eh, mirad esto.

Mostró mis billetes en alto (270 pavos) y sus compinches lo celebraron con mímica subnormal de tipos duros que concluyó con estólidos choques de nudillos y manos. Ante mi rictus desolado, la recompensa de una semana insufrible se coló en el bolsillo de aquel negrazo zaíno que quise fulminar en ese mismo instante. Hubiera sido un placer reducir a picadillo aquella tocha de orangután.  

Años atrás, un violento franchute llamado Marcel había tenido la deferencia de explicarme que las partes más duras del cuerpo eran los codos y las rodillas. Marcando el golpe en mi cara, su codo se había detenido a escasos centímetros de mis ojos.

Recordaba cada una de sus palabras: «Le das en este punto y le partes el tabique, no falla». Luego me mostró cómo tenía que ejecutar el mismo golpe usando la rodilla. «Es muy sencillo —me dijo—, le agarras de los pelos así y le hundes la rodilla en la tocha».

Yo por aquel entonces era pacífico (aún lo soy), pero tengo un pronto mu’ malo que me obligó a poner en práctica, hace unos meses, los consejos matarifes del franchute descerebrado.

Mi chica y yo nos habíamos tomado unas birras y la acompañaba a casa (vivía con sus padres), pero antes de llegar nos dimos cuenta de que yo iba a perder el último bus. «Corre, no importa, no va a pasarme nada», dijo mi chica. Tenía razón, debíamos estar a menos de cien metros de su casa, conque me fui cagando leches pero un instante después, una voz en la distancia detuvo mi estampida.

Afiné el oído y escuché mi nombre: ¡mi chica estaba en peligro! Segregando adrenalina en cantidades industriales, corrí en su dirección y agudicé la vista: un tipejo de mala catadura increpaba a mi chica junto a la puerta de su casa.

Distinguí que el agresor era delgado y de estatura media. «Puedes con él», me dije, y entonces el tipejo propinó una patada en el culo a mi chica. Craso error, algo muy chungo y oscuro saltó como un resorte en mis adentros y ya no importaba su tamaño, raza o antecedentes penales: estaba sentenciado.

Mis zancadas energúmenas atrajeron la mirada del agresor, que depuso su actitud con semblante demudado. Al verme llegar cual potro salvaje, mi chica se apartó, y con toda la rabia que mi cuerpo almacenaba (cuantísima mierda llevamos dentro), marqué los últimos pasos y salté en el lugar adecuado…

Lo demás ocurrió en unas décimas de segundo. Como si otro mirase a través de mis ojos, observé que mi codo impactaba en un rostro moreno: ¡pimba! El tipo salió despedido por la inercia de mi golpe letal, se empotró contra una puerta de madera que tenía a sus espaldas e impactó contra el suelo.

Me lancé a patearlo, pero las voces de mi chica me sacaron los demonios del cuerpo. «¡Que lo matas!», escuché. Entonces salí de mi trance homicida. El miserable, adolorido, se levantó con el rostro ensangrentado —tenía la ceja partida— y se largó con la banda sonora de mis insultos y amenazas.

Dejó un rastro sanguinolento dibujado en el suelo y yo volví a ser el de siempre. Mi chica, impresionada por mi rotundo proceder, me besó devotamente en la puerta de su casa, y al despedirnos, con ojos chispeantes preñados de admiración, me dijo que me quería. Amaba al puto héroe que acababa de salvarla el culo.

Ahora sin embargo, el héroe estaba atado de pies y manos. Ganas no me faltaban de reventar al hijo puta zaíno, pero mi sentido común me decía que si tumbaba de espaldas al gorila sus colegas chocolatitos me harían pedazos. Al parecer, para que el resorte de mi locura saltara por los aires era indispensable que agredieran ante mis ojos a un ser querido. La locura que se encierra en cada hombre y mujer es un monstruo que hiberna en nosotros y puede que jamás se manifieste, pero si lo hace, ¡sálvese quien pueda!

En fin, los negratas de mierda habían tenido suerte, podían seguir jactándose de su propia estupidez sin que un blanquito enajenado les reventara la tocha. Hubiera sido un gustazo, un saciarse de sangre en estado demencial. Antes de sucumbir a sus mandobles y navajazos, me hubiera llevado por delante todas las tochas simiescas que mis codos y rodillas hubieran conseguido alcanzar.

Pero no, una semana de mierda y este nuevo revés no bastaban para desatar mi ira, conque tuve que suplicar al negro zaíno que al menos me devolviera el billete del bus para no quedarme tirado en la putísima Filadelfia.

Bla, bla, bla, expliqué por segunda vez mi delicada situación a esos tipejos colocados mientras ellos fumaban, pimplaban y reían. Hice cuanto pude pero el relato de mis penas y tormentos, lejos de enternecer los corazones de aquel hatajo de chacales, fue caldo de cultivo de carcajeos y comentarios maliciosos, de observaciones jocosas y chistes de mal gusto que acabaron con uno de ellos rompiendo en pedacitos el billete que había adquirido en la estación esa misma mañana.

A las cuatro salía mi autobús, y sin dinero para comprar otro billete estaba pero que bien jodido. Tan abochornado como sonrojado, recogí los pedacitos de papel que simbolizaban mi infortunio. Qué remedio, sin esos pedacitos de billete me quedaba en la estacada.

Me guardé los papelitos del demonio y, metiéndome por el ojete la poca dignidad que me quedaba, volví a suplicar al cabecilla. Era una pérdida de tiempo, el bastardo zaino tampoco estaba por la labor de devolverme el carné de identidad.

—Considéralo tuyo —me dijo—; si me haces una mamada te lo devuelvo.

¡Qué hijo de…! Estaba muy lejos de ser racista, pero en ese momento deseé que unos mamones neonazis se pasaran por aquí con sus botas de punta de acero. Impotente, observé los gestos mamelucos de aquellos chimpancés tatuados y escuché sus infames risitas y burlas, pero entonces caí en la cuenta de que aún conservaba el móvil. La recua de reses moruchas había olvidado sustraérmelo. Salí escopetado de allí.

—¡Sois una puta cagada de negratas hijos de puta! —proferí mientras me largaba.

Por suerte no se tomaron mi improperio como una ofensa, aprovecharon la coyuntura para volverse a descojonar. ¡Puta piara de monos! Algunos erguidos y otros doblados de la risa, algunos con piercings o pendientes y todos con anillos, colgantes, gorrillas o pañuelos cubriendo sus cráneos mongoloides.

Bien a salvo de la pasma estaban, los condenados hijos de perra, en esta bocacalle del diablo que tendría que haber evitado, la mierda de lugar donde se hartaban de canutos y cerveza barata congregados en un banco de cochina madera.

Tras el desahogo, lo primero que hice fue llamar al banco (anulé la tarjeta que los negratas me habían afanado) y, nada más colgar, evalué mi peliaguda situación. Estaba sin blanca, sin lugares adonde ir y sin nadie a quien poder recurrir. Y todo por andar por ahí como una cosa boba, sin tomar las precauciones más elementales.

Diablos, tenía que haber dejado la pasta en la consigna de la estación, dentro el bolso de viaje o en la mochila montañera. «¡Por qué no me quedé en la estación! —me dije—. ¡Pero yo qué coño sabía! ¡Mataré a esos jodidos cabrones!»…

Total, el garbeo por las calles de Philly me había salido por 270$, pero el daño ya estaba hecho y de poco me servía mortificarme, solo me quedaba rezar para que el conductor del autobús diera por buenos mis trocitos de billete. Por lo demás, no podía permitirme ni un maldito emparedado, y joder, tenía mucha hambre, las situaciones angustiosas me producían ansiedad y esa ansiedad se traducía en condenada hambruna. Estaba realmente jodido.

Por qué a mí, yo era un amante de los negros; amaba el trasero de Beyonce, me chiflaban las fintas y encestes de Curry, el juego de pies del mítico Alí, el rap transgresor de Public Enemy, las cojonudas interpretaciones de Samuel L. Jackson, los solos electrizantes de John Coltrane, las pelis raciales de Spike Lee. ¡Yo qué coño iba ser racista, admiraba a Malcom X y a Martin Luther King, me habían inspirado y servido de ejemplo desde mis años adolescentes!

El problema es que esos negros carteristas desprovistos de humanidad eran unas putas alimañas, ese era el problema. No se trataba de racismo, poco me importaba que la escoria en cuestión fuera negra, amarilla, paya, gitana, morisca, india, caucásica o mesopotámica, el caso es que me habían jodido pero bien jodido y estaba en mi derecho de estar jodidamente enfadado con esos negros de mierda, que tan solo merecían una pronta ejecución.

CONTINUARÁ…

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

¡Aquí tienes la segunda parte de COMANDO MATARILE!

Soy Apurito Montoya, ¿aún no me conoces?

Mi historia al completo

 

¿Cómo te dejó el cuerpo el relato corto de hoy? ¿Qué sentimientos te despertó? ¡Si compartes este relato o me regalas un comentario mi corazón vegetal dará brincos de alegría!

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8 Comentarios

  1. Lorenita
    6 agosto, 2019

    La ejecución es excelente, está perfectamente narrado, pero… desde mi gusto personal no es el relato que más me ha enganchado, me leeré igualmente las siguientes entregas, y entenderás que tus comentaristas anteriores difieren mucho a mi gusto literario y que géneros como el tuyo nunca habían sido parte de mis lecturas, pero es un inicio.

    Responder
    1. Eugercio
      7 agosto, 2019

      Hola Lore, gracias por tu comentario, entiendo que no estés familiarizada con este género literario (sé que te inclinas por otros) pero estoy casi seguro de que Comando Matarile te acabará enganchando a base de asombro y humor corrosivo. Si continúas leyendo querrás saber más y cuando llegues al final tus horizontes literarios serán más espaciosos. Esto es realismo sucio (o ficción transgresiva, segun Chuck Palahniuk)y se distingue por el empleo de ese lenguaje avispado y soez propio de los ambientes marginales, por poner el foco en la acción sin florituras descriptivas y por abordar temáticas controvertidas de forma visceral y sin tapujos. Un abrazo y hasta la próxima.

      Responder
  2. Hana
    1 agosto, 2019

    Nada que debatir ni opinar del tema, nada que ahondar ni analizar, ha sido expresión de arte puro y un estallido. Ha sido poesía. Cuando alguien lee algo así “calla y asimila”, como dirían los malotes del barrio. Perfecto.

    Responder
    1. Eugercio
      1 agosto, 2019

      Qué bien sienta un halago así, Hana. Hace unos días publiqué en Facebuk (me encanta este vulgarismo) el enlace de este relato y el resultado fue un triste like. Sí, ya sé que los likes en un mundo como este donde acaparan la atención los memes y las frasecitas inspiradoras, no significan nada, pero fustra ver como trabajas un par de días para currarte un buen relato y darle difusión y un cagado pinchado en un palo que cualquiera comparte con un solo clic obtiene 167 me gusta. ¡Porca miseria!…

      Responder
  3. Sabrina
    28 julio, 2019

    Mis tripas aplauden!
    Las mantuviste en vilo durante todo el relato.

    Responder
    1. Eugercio
      28 julio, 2019

      Me apunto un sobresaliente en tensión narrativa? Supongo que sí y lo celebro, gracias por ser una de esas lectoras que me demuestran que hay vida más allá del meme.

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  4. Dantesco L. Johanson
    27 julio, 2019

    Petróleo, abre la muralla. Oro, abre la muralla. Coltán, abre la muralla. Diamantes, abre la muralla. Seres humanos expoliados y masacrados por Europa y aliados, cierra la muralla… Hay dos maneras de cerrar esa muralla, de manera literal, y la más sutil (o descarada), sembrando la semilla del odio a base del discurso del miedo que alimenta el EGO de aquellos que han decidido creer en la separación, en los que no son capaces de ver que Todo es Uno, y Uno es Todo… Por que aquellos que rebuznan contra las víctimas no saben ni sabrán nunca que su racismo es únicamente el producto de un EGO que les hace vivir acojonados. Y cualquiera se pone a hacerles ver o les hace entender que ellos son una víctima más, una víctima de ellos mismos…
    Me encanta la enorme cantidad de adjetivos usados para describir la morralla que aborda al acobardado muchacho. Cualquiera que no conozca al ‘escritor maldito’ que redacta los hechos lo acusará de racismo, e incluso al leer ese maravilloso (y conocido por mi) Flashback, correrá raudo a etiquetar las líneas como producto del patriarcado presente en cada instante del día a día cotidiano.
    Pues querido escritor, que les den! A mi ya jamás me va a doler la boca de intentar explicar, dar a entender, razonar, con quien no quiere entender el concepto de cada cosa o situación. Es un relato cojonudo, incluso a la hora de describir esos pensamientos que se nos pasan por la cabeza ante una situación como esta, aunque seamos las personas menos racistas del planeta, sabiendo que simplemente es una reacción de ese EGO que mencionaba al principio de mi comentario.
    Nada más, aquí lo dejo, es lo que hay. Quédome esperando el próximo relato de tu pluma y mano. No se si me he inventado una palabra, pero sabes qué? Me importa una soberana mierda!

    Responder
    1. Eugercio
      28 julio, 2019

      Queridísimo Dantesquísimo, la segunda entrega de Comando Matarile estará disponible el próximo jueves. Aún tengo que redactarlo, pero todo sea por complacer a mi escueta pero valiosísima audiencia. Como siempre te agradezco tu extenso y certero comentario, ahondó en la llaga de ese cajón desastre llamado xenofobia. El jueves próximo veremos como concluye esa incursión en los bajos fondos de Filadelfia. No te adelanto nada, pero como puedes imaginarte, el famoso (entre nosotros) Comando Matarile hará acto de presencia. ¿De qué manera? Ya se verá…

      Responder

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