Soy Apurito Montoya, y voy a contarte la historia de mi vida:

Cuando salí de imprenta, agitado y expectante, corrí junto a los demás para llegar de los primeros al mejor punto de venta posible. Buscábamos relevancia, celebridad, deseábamos acaparar el interés de los lectores y para ello debíamos posicionarnos en los escaparates o expositores de los puntos de venta más emblemáticos: Casa del Libro, Fnac, El Corte Inglés (que fue precisamente donde mis prisas me condujeron)...

La mujer que me adquirió como regalo de Reyes, no debió tener en cuenta los gustos de su pareja, un individuo de manos frías que me recibió con agrado fingido. Nunca me leyó, aunque en cierta ocasión afirmara lo contrario. Al principio me echó un vistazo con falta de interés y eso fue todo, quedé relegado al olvido durante años, criando polvo en un estante junto a otros libros que, más tarde lo entendí, fuimos usados como meros adornos o atributos del ego al que estábamos asociados.

Una buena parte de los seres humanos son irreflexivos, actúan de manera caprichosa y sin medir las consecuencias de sus actos. Empecé a sospecharlo cuando fui expulsado de mi primer hogar. Me metieron en una caja junto con unos compañeros y, abandonados como perros y malvendidos como esclavos (aún me llevan los demonios), acabamos en una tienda de libros de ocasión. Aquello me produjo un malestar indescriptible, los libros también tenemos sentimientos.

 

Apurito Montoya abandonado y vendido
Imagen de freepik - www.freepik.es

Con el paso del tiempo mi suerte cambió, mis compañeros de balda me ayudaron a rehacerme con sus consejos y enseñanzas. Eran libros antiguos, sobrios, elegantes, encuadernados con tapa dura, con ese aroma característico que desprende la combinación de vejez y sapiencia. Ellos me hicieron ver que lo más importante para un libro es tener un contenido de provecho.

«No importa el autor que te parió —me dijo un ejemplar de La montaña mágica— o el precio que te pusieron, la feria o librería donde fuiste exhibido, el número de ejemplares que compuso tu tirada o lo citado que fuiste en los medios. Escúchame bien, el mensaje que llevas dentro ha de servir para aliviar las cargas que soportan los humanos. Lo importante es llegarles al corazón. Ayudarles a comprender y sobre todo a comprenderse.»

Nunca había reparado en mi contenido. Había dado por hecho que sería de interés, puesto que yo y mis tocayos, durante varias semanas, estuvimos codeándonos con los superventas en las grandes superficies comerciales.

 

Apurito Montoya recordando su pasado

 

Qué ingenuidad la mía, pensaba que mi porte, diseño y colores podían abrirme las puertas del estrellato; nada más lejos de la realidad, mi contenido era un acopio de palabras estériles destinado a perderse en el olvido de los libros mediocres.

Lo siguiente que me ocurrió fue la lógica consecuencia de mi vacuidad: fui adquirido por dos cincuenta y corrí la misma suerte, nadie me leyó. Abandonado de nuevo, acabé en una cabina de intercambio de libros, pero nadie me intercambió, un churumbel me echó el guante y me entregó a su papá, un gitano que al domingo siguiente, en un bullicioso mercadillo, me puso a la venta por un triste leuro.

Pensé que había tocado fondo, pero no, una nueva fatalidad me esperaba a la vuelta de la esquina. Mi nuevo patrón me introdujo en una caja y allí permanecí, durante meses, junto a libros de paupérrima calidad (incluso peores que yo) cuya insulsa compañía me hundió en la miseria.

Eran libros mustios y decrépitos. Olían a moho. Romances con tapas abombadas, historias de vaqueros con esquinas dobladas, odiseas intergalácticas de hojas amarillentas y reliquias por el estilo. En definitiva, PERDÍ LA ILUSIÓN DE SER COMPRADO; lo peor que le puede pasar a un libro.

Aquellos meses transcurrieron deprimentes. Presenciaba con suma indiferencia aquel eterno desfile de orugas procesionarias y, de cuando en cuando, dedos presurosos se deslizaban por mi lomo y sujetos impasible ojeaban mi portada.

Finalmente, el energúmeno que me trasladaba de un mercadillo a otro, tuvo la ocurrencia de utilizarme para calzar el tenderete donde exhibía a los cautivos de mi especie.

 

Apurito Montoya en el mercadillo

Cada vez que me acuerdo de aquello se me saltan las lágrimas

Fue un varapalo tan grande que, al domingo siguiente, cuando el gitano se dispuso a desmontar el instalache, encontró un charco de tinta en el lugar donde me había dejado. Me fui vacío, harto de llorar y con todas mis páginas en blanco. No obstante, aquello fue lo mejor que pudo sucederme. Empecé a sentirme liviano, inédito, depurado; decidí volver a empezar.

Sin más expectativa que vagar por el mundo de los humanos, me eché un hatillo al hombro y me puse en marcha. Ya no me acordaba ni siquiera de mi título. Mis antiguos ideales y esperanzas se habían desvanecido, solo me importaba viajar y aprender, mezclarme con la vida desde lugares estratégicos donde nadie pudiera descubrirme.

Me colaba en las viviendas por las trampillas para gatos o si no por las ventanas, me camuflaba entre los libros y observaba. Así fue como ideé, con el paso del tiempo, LAS HISTORIAS QUE FIGURAN EN MI CUERPO VEGETAL.

La casa de Eugercio fue mi último destino. Allí se agotó mi capacidad y, con todas mis páginas escritas, me establecí en la estantería del salón, entre Las mil y una noches y Cien años de soledad.

Eugercio no tardó en encontrarme y me llevó de vacaciones. Con extrañeza y admiración, devoró mi contenido en la orilla del mar. Aquello fue maravilloso. Sentí el tibio contacto de sus dedos en cada una de mis páginas. Detecté una variedad de emociones que fueron desde la risa hasta la rabia contenida. Por vez primera, pude asomarme al alma de un lector y sentir su gozo y empatía.

 

Eugercio leyéndos los relatos de Apurito
Imagen de Mohamed Hassan en Pixabay

Tras aquella lectura fugaz regresé a la estantería con la urticante expectativa de que Eugercio quisiera releerme más adelante, pero no lo hizo. El tiempo pasó y yo me impacienté, quería llamar su atención del modo que fuera. Piensa que te piensa, una noche se me ocurrió adentrarme en los tesoros de Las mil y una noches y froté la lámpara de Aladino para pedir un deseo que me fue concedido: poder comunicarme con Javier Eugercio.

Al igual que ahora, Eugercio se pasaba las horas muertas delante de la pantalla de su portátil. Yo presenciaba sus esfuerzos cotidianos, la cruzada que consume casi todo su tiempo y energía desde que, años atrás, decidiera convertirse en escritor. Pobre hombre, lo veía tan inmerso en su proyecto web que no encontraba el modo de abordarlo. El genio de la lámpara me había garantizado que podía comunicarme con él, pero temía darle un susto de muerte.

Existen puentes invisibles que los libros tendemos con el fin de comunicarnos y evolucionar. Se trata de una sinergia telepática que eleva nuestra consciencia colectiva y, en el plano individual, nos permite acceder a nuevas dimensiones. Supongo que los humanos, cuando habláis de «espíritu», «alma» o «Dios», os referís a procesos similares que se dan entre los miembros de vuestra especie.

Pero volviendo a la historia que nos ocupa, los personajes de Cien años de soledad me hicieron saber que en su dimensión, el realismo mágico, todo era posible, puesto que todos aceptaban lo que fuera con total normalidad. Eso fue lo que me animó a dirigirme a Eugercio, y fue maravilloso, desde entonces sentí en mi celulosa los benéficos efectos de aquello que los humanos llamáis «amistad», un diálogo confidente que se adentró en el terreno psicológico cuando los traumas de ambos salieron a relucir.

Yo me sentía bien conmigo mismo, pero no me valoraba lo suficiente, creía que cualquier otro libro importaba más que yo. Estaba equivocado, Eugercio me hizo ver que mi nuevo contenido era valioso, digno que difundirse por la red.

 

historia de Apurito Montoya: matrix

 

Al principio me mostré reacio, pero luego comprendí que Internet era una ventana por la cual podía colarme (con la ayuda del genio, que aún me debía dos deseos) para ser leído de forma ilimitada. Aquello fue una epifanía, un gozo inconcebible para alguien como yo, encerrado toda su vida en los límites del papel, vejado hasta unos extremos tan lamentables como bochornosos.

Internet me sirvió en bandeja la oportunidad de redimirme. Al fin y al cabo, el cometido de un libro es llegar al mayor número de lectores posible, y, sin embargo, yo era un libro autodidacta incapaz de transmitir mi contenido más allá de Eugercio, mi valedor, que me hizo recordar el verdadero sentido de mi existencia y, bautizándome con el nombre de Apurito Montoya, me puso a disposición de los internautas a través de esta web. Esos sueños y esperanzas traspapelados en algún lugar de mi juventud, volvieron a nacer.

¿Te ha gustado la historia de Apurito Montoya? Házmelo saber regalándome un comentario.

¿Te quedaste con ganas de más? Te remito a sus relatos cortos.

Javier Eugercio

4 Comentarios

  1. Dantesco L. Johanson
    13 junio, 2019

    Excelentes los devenires de Montoya, ese proceso mediante el cual cambia, se va haciendo a si mismo. Un devenir por el cual cada uno de nosotros ha pasado, o continua pasando cada día. Es cierto leyendo vuestros comentarios que solemos proyectar muchas ilusiones, cuando no deberíamos hacerlo, pues hay que vivir única y exclusivamente el presente.
    Podría y debería decir lo mismo, lo siento compañero Montoya, siento que te acercaras a mi una y otra vez, y siento que no supiera verte. Pero hay una cosa que debo decirte, cuando las vibraciones han sido las idóneas he sabido comprenderte, verte, saber de ti, por que las personas y cosas preciosas de la vida solamente nos llegan cuando estamos realmente preparados, y es ese el momento de comenzar el camino…

    Responder
    1. Eugercio
      17 junio, 2019

      Estimado Dantesco, Apurito Montoya agradece tu comprensión y empatía. Y descuida, el te reconoció entre la multitud cuando estuvo en el mercadillo y sintió tu respeto e interés por los miembros de su especie. Sabe que la gente como tú no calza mobiliario con la gente como él. Entiende que no le salvaras del infierno que padeció. Somos demasiados. Demasiada gente, demasiados libros, demasiados estimulos y demasiada agitación. Sin embargo, ya sabes la de vueltas que da la vida, ahora Apurito y tú os habéis encontrado en el plano digital y estáis compartiendo pedacitos de alma.

      Responder
  2. Lorena
    12 junio, 2019

    Me ha gustado mucho tu historia, amigo Apurito, y lo siento si alguna vez rocé tus lomos y no fuiste el elegido, creo q tampoco te hubiera podido entender como te entiendo ahora, espero nuevas aventuras tuyas pronto.
    P.D Yo creo que todos nos hemos sentido libros abandonados en algún momento, en nosotros está el reescribirnos.

    Responder
    1. Eugercio
      12 junio, 2019

      Hola Lorena, tus palabras demuestran que captaste la esencia de Apurito Montoya. Todos tenemos sueños e ilusiones y sin ellos nos quedamos en nada. Pero no hay que perder de vista que los más importante no son los logros, sino el cariño de las personas que nos importan. Todos necesimtamos que nos pasen la mano por el lomo. Apurito seguirá publicando sus historias, con todo el cariño de su cuerpo vegetal, para lectores y lectoras como tú. ¡Un abrazo!

      Responder

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