relato corto: castillo de Drácula

Relato: Mugrelandia

cajetín de autor: Apurito Montoya

Hoy te traigo un relato corto de humor, se trata de una parodia perfectamente reconocible por los humanos de los cinco continentes. ¿Quién no tiene en su linaje familiar un espécimen de homo limpius limpius como el que estás a punto de conocer?

Pero vamos primero con la introducción…

Tiempo estimado de lectura: 6min.

¿Por qué vivís más estresados que las hormigas obreras?

relato corto de humor: hormigas obreras
¡Los niños, la oficina, el coche, la limpieza, los recados, los viajes, el wasap, los compromisos, las visitas, las mascotas, las comidas, las compras, la colada, la basura, la higiene personal...!

Los humanos actuales estáis perdiendo la sana costumbre de contemplar el firmamento, los entornos naturales o, simplemente, lo que ocurre en vuestra realidad cotidiana. Acumuláis experiencias, conocimientos y bienes materiales de forma caótica y compulsiva.

A menudo, cuando todo está en perfecto equilibrio vosotros demandáis agitación. Sois propensos al caos, adictos a las emociones fuertes, por eso os cuesta tanto vivir en armonía.

Necesitáis tranquilizaros. Tenéis que aprender a observar sin la constante interrupción del diálogo interno.

Tú ahora mismo cómo estás. Párate un momento a pensarlo. ¿Tienes algún problema de envergadura que te impida disfrutar del momento presente?

Piensa que, tarde o temprano (la vida corre que se las pela), la enfermedad o la vejez llamarán a tu puerta y entonces lamentarás no haber disfrutado, sin tanta prisa y preocupación, de todo lo que el tiempo se llevó.

Una de las cosas que más me asombra de los humanos es vuestra enorme capacidad para preocuparos. He observado en vuestros rostros y maneras de comportaros que os resulta casi imposible abstraeros de los problemas, ya sean propios, ajenos o del mundo en general.

De ahí que os cueste tanto disfrutar del momento presente, vuestra cabeza no deja de proyectarse en cuestiones pasadas o futuras, un maremágnum de recuerdos o situaciones que mana de esa fuente aflictiva a la que estáis amorrados al pilón.

Las amas de casa de toda la vida, las denominadas «marujas», son el perfecto ejemplo de lo que digo, mujeres programadas para absorber problemas y sacrificarse por los demás que pueden llegar al extremo de anularse como personas.

Por norma general las marujas son serviles, chismosas y complacientes, viven en función de la gente que les rodea y, ante todo, tienen una gran obsesión: ¡LA LIMPIEZA!

El relato corto de hoy, se titula:

relato corto: limpieza del castillo

La puerta se abrió sola. Envuelta en una nube de neblina y extrañeza, accedí al vestíbulo principal. Primero percibí una sombra, alargada y siniestra, que se deslizó por la pared hasta reunirse con su legítimo propietario, un anciano majestuoso con aspecto de emperador austrohúngaro.

Vestía una túnica blanca con ribetes bordados en oro y una bata carmesí con al menos cuatro metros de cola arrastrándose por el suelo como una lengua con vida propia.

Se detuvo a unos pasos de mí. Portaba un farol de hechuras moriscas y vidrios tintados que iluminaba su rostro de ojos abismales. Su cutis mortecino impresionaba sobremanera. Y sus níveos cabellos, componiendo un insólito moño, se erigían cual promontorios gemelos sobre una frente labrada de arrugas que, al erguirse del todo, destapó la sibilina fealdad de aquel anciano de mal agüero.

—Bienvenida a mi humilde morada —me recibió con voz de ultratumba—. Yo soy Drácula, y…

—¡Tú eres un guarro, eso es lo que eres!…

Se quedó petrificado.

»¡Qué barbaridad, qué de mugre! ¡Pero tú eres consciente de la mierda que tienes aquí!…

Mis ojos alarmados saltaban de un lado a otro mientras él, sin pronunciar palabra, me observaba con atónita expresión.

»¡Qué desbarajuste, todo cubierto de capas de polvo, repleto de telarañas y roña incrustada! ¡Pero muchacho, cuánto tiempo llevas sin limpiar esta zahúrda!

—No sé… —titubeó—. Supongo que siglos.

Me santigüé estupefacta.

—¡No hagas eso! —gruñó, cubriéndose el rostro con sus zarpas uñilargas.

Lo que me faltaba por ver, puse el grito en el cielo:

—¡Ay qué uñas por Dios, qué poca vergüenza! ¡Pero córtate esos mejillones, criatura, que te van a sacar cantares en toda la comarca!

Por otra parte, el intenso olor a rábanos fermentados que sobrecargaba aquella atmósfera perniciosa fue la gota que colmó el vaso.

—¡No se hable más —decreté—, ahora mismo dejo este antro como una patena!

—Pero…

—¡Ni pero ni leches, dónde queda el cuarto de la limpieza!

Ojiplático, se pronunció con voz apagada:   

—No estoy seguro, hace siglos que me deshice de la servidumbre. Creo que las doncellas guardaban sus aparejos en el trastero de las cocheras.

Dicho y hecho, armada de un arcaico escobón, unas gamuzas apolilladas y un endeble plumero del año Maricastaña, me puse manos a la obra. ¡Y cuánta mierda limpié, yo en mi vida! En los aposentos, bajo las camas, la mugre se atrincheraba de tal modo que al arrastrar el escobón hacía mí me dio un principio de infarto, como aquel que dice.

Qué horror, Jesús, debajo de aquellos lechos medievales guarnecidos con pomposos doseles que de viejos se caían a pedazos, hallé pelusas como guijarros.

Y lo mismo bajo las sillas, butacas y canapés, en cada uno de los rincones y al correr cada grueso cortinaje. Y debajo de las alfombras: ¡ácaros como caniches! Y los armarios y tocadores mejor ni mentarlos, ¡qué polvareda, la Virgen Santísima, la de veces que me pude persignar!

Por muy ajena que fuera, jamás había sentido tanta vergüenza; madre de Deus, qué ganitas tenía de echármelo a la cara. Y por fin, entre tanto desbarajuste y rezongo, al pasar de una alcoba a otra me topé con aquel sinvergüenza.

—¡Oye, oye, ven aquí!

Casi se escabulle, pero logré echarle el guante y le conduje, de la oreja, hasta la causa de mi bochorno.

—¡Pero muchacho, has visto cómo tienes las alcobas: eres un guarro! ¡No lo entiendo, de verdad, cómo puedes vivir entre tantísima porquería! Pero estate tranquilo —añadí por lo bajini—, no pienso contárselo a nadie…

En vez de justificarse, el mortecino carcamal me observó con suma extrañeza, como si aquellas barreduras que le mostraba no fueran motivo de gran espanto.

—¿Qué te pasa —quise saber—, estás deprimido?

No encontraba otra razón para tanta dejadez y soberana indolencia.

—¿Cómo dice? —balbució, con una hierática pesadumbre de ojos confusos y huraños que acabó de confirmar mis sospechas: tenía una depresión de caballo.

Incapaz de morderme la lengua, lo espeté de riguroso modo:

—¡Pero vamos a ver, calamidad, eres consciente del careto que tienes! ¿Cuánto tiempo llevas sin mirarte al espejo?

Lo agarré con firmeza del brazo y arrastras lo conduje hasta el espejo plateado que levitaba, sin lustre ni gracia, en la rancia moqueta adherida a la pared.

—A ver —le dije—, ¿quién se ocupa en Transilvania de los asuntos sociales, por qué no te han llevado a un asilo? ¡Qué falta de humanidad, por amor de Dios, cómo consienten que un centenario senil viva solo en un castillo tan inmenso y percudido! ¡Ay qué apaños, la Virgen, tú me contarás!

Al percatarme de que en lugar del vejestorio, la nada se reflejaba en el espejo, mi reprimenda se vio interrumpida.

—¡Santo Dios! —exclamé.

El espejo estaba tan roñoso que de tantísima mugre acumulada sobre cepas prehistóricas de moho había llegado al extremo de negarse a reflectar.

Y ahí no quedó la cosa, al retomar el zafarrancho descubrí horrorizada que aquel estercolero con fachada de castillo, amén de estar sumido en la peor de las inmundicias, resultó estar infectado de toda suerte de bicharracos: ratas, arañas, cucarachas, murciélagos…

Menuda bronca le eché al viejales, que encima tuvo el valor de soltarme esta grotesca parrafada:

—Cómo se atreve, no consentiré que vitupere de manera tan soez a unos seres tan adorables. Usted los repudia sin reparar en su hermosura, pero ellos son mis hermanos, los hijos de la noche, los que comparten conmigo el reino de las sombras, y…

—¡No digas bobás! —proferí, y dejándolo pazguato reanudé mis labores de limpieza.

Más tarde, cuando me ocupaba de adecentar el subsuelo: ¡qué susto, por Dios, descubrí un aposento con tres ataúdes! Y no me había vuelto la color cuando advertí con el rabillo del ojo que el anciano husmeaba a mis espaldas. Le volví a llamar la atención:

—¡Oye, oye, ven aquí!… —Se acercó como levitando—. ¿¡Qué significa todo esto!?

—En esta cripta reposan mis concubinas, las vampiresas.   

Entonces caí en la cuenta: Dios mío, cómo había podido ser tan obtusa, se trataba del mismísimo conde Drácula, el célebre vampiro, que al verme palidecer intentó calmarme:

—Tranquila, usted no me interesa en absoluto, le aseguro que saldrá sana y salva de mi honorable castillo. Es más, si no es mucho pedir, le agradecería que se marchara con la mayor presteza posible.

—A sus órdenes, señoría.

Un segundo después salí por la puerta haciéndome cruces.

—¡Lo mato! —farfullé mientras huía— . ¡Pero cómo se le ocurre enviarme a este aquelarre de vampiros!

El malandro de mi yerno me la había vuelto a jugar. Ya me parecía a mí, ¿a cuento de qué iba a invitarme a un PARQUE DE ATRACCIONES? ¡Con que me lo iba a pasar en grande! ¡Me va a oír!

— ¡Esta vez lo mato! ¡Juro que lo mato!

Soy Apurito Montoya, ¿aún no me conoces?

Mi historia al completo

 

¿Qué te ha parecido la parodia? ¿Viste retratado en ella a algún espécimen de tu linaje familiar? ¡Si compartes este relato o me regalas un comentario mi corazón vegetal dará brincos de alegría!

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10 Comentarios

  1. Fran
    16 julio, 2019

    Muy, muy bueno.

    Responder
    1. Eugercio
      17 julio, 2019

      Gracias Fran, un elogio siempre es bien recibido. Un saludo.

      Responder
  2. Sabrina
    8 julio, 2019

    Vaya, te has vuelto millonario esta misma noche a punta de centavos por carcajada.
    Llegué un poco a tropezones sin saber si un relato sobre marujas era lo que necesitaba a estas horas. Y me he ido como su señoría, el conde Drácula (como levitando).
    Que genio tienes para capturar los colores de tan pintoresca dama, es que casi la abrazo para calmarla y le ayudo a sacudir bajo los ataúdes… Eres tú, mamá?

    Responder
    1. Eugercio
      8 julio, 2019

      Al ponerme los pantalones esta mañana los sentí más pesados, y mira tú por dónde, los bolsillos estaban llenos de centavos. Luego eché un ojo a mi cuenta bancaría y marcaba unos dígitos de más. Esto va por buen camino, me centraré en escribir humor a partir de ahora. Sabrina, tu comentario me ha convencido de que las marujas de toda hispanoamérica tienen la misma obsesión por la limpieza. Muy generosa tu disposición de calmar y ayudar a esta pobre sufridora, aunque, bajo mi punto de vista, el que realmente necesitaba ayuda era el de los colmillos afilados. Allá ellos con sus historias y nosotros a la nuestras. Un abrazo.

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  3. Hana
    21 junio, 2019

    Súblime, el retrato de dos generaciones 😉 Me gusta mucho el registro de la señora, que podría ser mi madre… o quizás yo misma también, pues alguna vez me he sorprendido lanzando alguna de estas sentencias al aire. Esto se transmite de generación en generación como una especie de software malintencionado. El sacrificio, la penitencia, la cruz, la culpa… el cuerpo de Cristo. No hace falta que vayan a misa ni recen a Dios, tienen la misa montada en el templo que son sus propias casas. ¿Qué habría pasado en casa de Nietzsche con esta señora? Le hubiera dado para dos ladrillos filosóficos más.

    Camiseta para hoy, trapo para mañana.

    Responder
    1. Eugercio
      21 junio, 2019

      Jajajajajajajajaja… Un «software malintencionado» es una expresión que, con tu permiso, me apunto. Has retratado la esencia misma de este relato. Toda la contricción de la que hablas representa, en efecto, los pecados a expiar mediante el cuerpo de Cristo, de ahí el sacrificio y la eterna condena, limpia que te limpia de manera irracional. Yo me divertí muchísimo escribiendo este relato de dramático trasfondo y chistosa superficie, con ese contrapunto de un Drácula pasmado e impotente al que solo le queda armarse de paciencia, igual que los polis de este chiste:
      -Soy García, de homicidios. ¿Quién es usted?
      -Agente Escobar.
      -¿Qué ha pasado?
      -Asesinato de un varón de 38 años. Su madre le dio 6 puñaladas por pisar lo fregao.
      -¿Han detenido a la madre?
      -No, todavía esta mojado.

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    2. Tomas
      12 julio, 2019

      Pero qué clase de madre nos habrá criado!!!!! Si pilla una bodega con solera quita hasta las aladas más antiguas😂😂😂😂 igual que nosotros bajando esos caldos. Cuando quieras😜

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      1. Eugercio
        12 julio, 2019

        Ambos sabemos que una madre mu limpia, nos ha tocado, pero que mu limpia. Buena elección, La bodega del conde de Montecristo, por ejemplo, hubiera sido un excelente escenario para este relato. Me voy a plantear una segunda entrega. Ay, quién pillara esos caldos selectos cubiertos de aladas o tras ser mancillados por un trapo blanco, nuestros gaznates lo recibirían con el mismo gusto y regusto, y sí, a ver cuando nos ponemos a gusto😜

        Responder
  4. Dantesco L. Johanson
    2 junio, 2019

    Reconozco más de una y de dos expresiones, por descontado! Por su puesto que se de varios especímenes, con ese nutrido argot propio de personas de una misma posición o alcurnia. La introducción al relato deja muy a las claras lo que acontece en el mismo!
    Incapaces de degustar el momento del instante presente, echándose, sin reparo alguno a las espaldas, cada desgracia del noticiero diario, haciendo suyo cada dolor ajeno que ni le va ni le viene… Y no, no es cuestión de empatía, eso es otra cosa, es cuestión de no dejar de echar gasolina a ese dialogo interno atroz.
    De vorágine están servidos compañero! Excelente ese Drácula que no sabe ni por donde le venían dadas!

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    1. Eugercio
      3 junio, 2019

      Dantesco L. Johanson, muchas gracias por tu comentario (es el primero que recibe esta web recién nacida). Me alegro de que te haya gustado la caracterización de Drácula y supongo, por lo que me cuentas, que alguna vez te quedaste tan pazguato como él ante la cruzada antimugre en la que están embarcadas las marujas del mundo, a las cuales tenemos que agradecer el librarnos de buena parte de las bacterias que amenazan con exterminarnos. Mirándolo así, puede que lo hagan por amor a la humanidad. Las marujas saben mucho de sufrir, pero también de amar.

      Responder

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