nochebuena y mala vida: relato de santa claus

Relato: Nochebuena y mala vida

cajetín de autor: Apurito Montoya

Cadenas de papel quiere sumarse al espíritu navideño con el presente relato doble, pero lo hará a su manera. Nochebuena y mala vida es una historia de perdedores, rateros y chiflados que arman el belén y la de Dios es Cristo.

Espera, espera, primero la introducción…

Tiempo estimado de lectura: 8min

¿Por qué los humanos son proclives a los ritos y tradiciones?

El ser humano es un animal de costumbres, no descubro nada nuevo. En cada país, raza, étnia, pueblo o religión se decretan festividades que los humanos celebran con mayor o menor entusiasmo. Están habituados a ello.

Desde que nacen, los hombres y mujeres se empapan de la cultura que moldea su mundo conceptual. Reciben, por tanto, la transmisión de unos conocimientos que para la inmensa mayoría constituyen la Verdad.

Las religiones, amparadas en los libros sagrados, han transmitido durante siglos sus verdades irrefutables y en Occidente, como fruto de esta labor, el 25 de diciembre se celebra el nacimiento del Mesías.

Para los auténticos católicos, la Navidad es el acontecimiento más relevante y sagrado del año. Para el resto, la excusa perfecta para entregarse con desenfreno al consumo y a los pecados capitales:

  1. Lujuria: lencería roja y desenfreno en Nochevieja.
  2. Pereza: acudir a los actos religiosos de la Santa Iglesia, da mucha pereza.
  3. Gula: del norte, del centro, del sur y de los archipiélagos; todos hasta las cejas.
  4. Ira: aglomeraciones y precios abusivos en las fechas clave.  
  5. Envidia: la que padecen en sus carnes los ganadores de la Lotería de Navidad.
  6. Avaricia: los intoxicados en los cotillones por amortizar el precio de la entrada.
  7. Soberbia: la competencia por adornar las casas y lucir las mejores galas.

Nochebuena y mala vida es un relato navideño, pero no tiene nada que ver con esta normalidad de hábitos consumistas y liturgias religiosas (extraña combinación). Es una historia de personajes invisibles que van a materializarse en cuanto empieces a leer…

El relato corto de hoy, se titula:

Sobre sus cabezas, las estrellas fulguraban rebosantes de energía pero no habían presenciado en su vida una noche estrellada. Una densa boina de gases contaminantes, se lo había impedido. Las penas y alegrías de ambos nunca habían rebasado el perímetro de la urbe que les vio nacer, el lugar donde vivían y morirían.

Sus abuelos, sin embargo, en los tiempos en los que iban y venían en alegre y bulliciosa comparsa de carretas itinerantes, hubieran echado en falta a las estrellas al declararse la noche. Sin tener pajolera idea de luminotecnia o de emisiones de carbono, hubieran suspendido sus ritos ancestrales de cantos, palmas y guitarras para contemplar el firmamento con gesto preocupado.

Con el correr de los tiempos, el pueblo romaní finiquitó su errabunda existencia para establecerse donde los payos consintieron y como buenamente pudieron, de manera que en nuestros días, extinguido el nomadismo de sus abuelos, a los hermanos Alderrama les importaba un comino que la citada luminotecnia o los gases contaminantes les impidieran ver el cielo de aquella gélida Nochebuena.

Otros quehaceres más punibles reclamaban su atención, y se empleaban con diligencia según lo planeado. La escasez de luz artificial se aliaba con ellos en el estratégico esquinazo donde habían aparcado el vehículo de sus amores, un estridente armatoste al que llamaban «Fumata negra» por los excesivos y tiznados arrojos del tubo de escape.

Intercambiando sucintos bisbiseos, terminaban de cargar la mercancía recién sustraída cuando uno de ellos, al percatarse de que alguien se acercaba, dio la voz de alarma:

—¡Mira, tano!

Fijándose bien, el de mayor raciocinio de los dos puso cara de sorpresa.

—¡Ay, Dios, pero si es el papa! —exclamó con sigilo.

—Cómo va a ser el paaapa—objetó su compañero de fatigas—, si está en la barriá con la Merche y los churumbeeeles.

—¡Es que estás gili, que no digo nuestro paaapa!

—Entonces quién, compai, ¿el Sumo Pontiiifo?

—¡Bueno, el del Vaticano vaser! —gruñó el cabecilla de la operación,  aguantándose las ganas de arrear una colleja al mentecato de su hermano—. ¡Endebé, mi arma, es que no estás viendo que es el Papa Nuez!

—¡Anda la Viiirgen, es verdá, si es el Santa Clooo!

—¡La de veces que te habré dicho que te pongas unos luuupos! ¡Tienes la vista más chunga que el jumento del tío Celerino!

Sin atender a la reprimenda, el menor de los Alderrama se atusó las greñas leoninas y alzó la barbilla hacia Santa.

—¿Qué se le habrá perdio —preguntó— a este lilailo por aquí?

Pero vamos a ver, arma mandril, esta noche es Nochebuena y mañana Navidad. Este lilailo es el payo filandés que reparte los regaaalos.

—Pobrecillo. Es un currante, como nusotros. El pequeño de los Alderrama observó a Papá Noel con gesto compasivo—. Pos siendo tan mayor y con tanto biruji, en vez de hacer el gamba por ahí tendría que estar arrimao al braseeero, digo yo. ¡Mira, compai —añadió soliviantado—, va derechito a la garita que acabamos de limpiaaar!

El mandamás verificó las palabras de su estólido hermano.

—Al piro vampiro —ordenó—, no vaya a ser que nos den por el bul…

—… de Estambul. —Dicho esto, el gitano subalterno cerró el portón de la fregoneta y ocupó el asiento del copiloto. Su hermano se puso al volante. Estaban listos para largarse de aquel periférico barrio de nueva construcción.

Las calles estaban desiertas. La mitad de los adosados suspiraban por la ausencia de inquilinos. Los demás, aun bendecidos por el calor humano, experimentaban por vez primera el éxodo navideño. Santa Claus había aparcado el trineo al comienzo de la urba y llegaba al otro extremo, jadeante, con el saco mágico a cuestas.

—¡Se piensan que soy una mula de carga! —refunfuñaba—. ¡Cuándo van a buscarme un sustituto, por el amor de Dios, que ya no estoy para estos trotes! ¡La explotación laboral, el frío incrustado en los huesos y el estrés al que estoy sometido por entregar los regalos a tiempo, acabarán conmigo!

Acercándose a la última casa, reparó en la precaria iluminación de aquel extremo de la urba. Levantó la cabeza. Las dos últimas farolas estaban rotas. Jamás hubiera sospechado que un par de chaborrillos, armados con tirachinas, se habían pasado por allí esa misma tarde para ocuparse de cierto encargo.

La cancela exterior de la vivienda estaba abierta de par en par. Le pareció extraño, pero lo realmente insólito fue la irrupción de una furgoneta que apareció de la nada haciendo rueda. Envuelta en una espesa y negruzca humareda, se alejó como un fantasma en mitad de la noche.

Con el susto en el cuerpo, permaneció unos segundos estático, pero las pérdidas de tiempo eran un lujo que no podía permitirse. Comprobó que el adosado no disponía de chimenea y se dirigió a la entrada principal. Reconcentrado, se detuvo ante la puerta con la idea de traspasarla, y al intentarlo se dio de bruces contra ella.

—¡Maldita sea! —exclamó—. ¡Lo que me faltaba!

Estaba tan fatigado que no le quedaba energía para transformarse en cortina de humo, truco al que recurría para colarse en las casas por la chimenea (cuando la había), por la puerta principal o por alguna ventana.

—¡Tendré que forzar la puerta! —se lamentó.

Se había dejado los aparejos en el trineo, debajo del asiento del conductor. Al percatarse de ello le volvió la rabieta:

—¡Por los clavos de Cristo, menuda nochecita!

Miró por si acaso debajo del felpudo, pero no hubo suerte. Por ahorrarse el viaje al trineo, se encaminó hacia la ventana que juzgó más accesible, que según sus cálculos estaba a cuatro metros del suelo.

Santa Claus, resignado al bajón de la vejez, soportaba los rigores de la Nochebuena con la ingesta de ginseng siberiano, levadura de cerveza y jalea real. Pero con tanto trajín, los suplementos energéticos eran insuficientes. A veces se quedaba sin fuerzas, y hasta recobrarlas, era incapaz de transformarse en beatífico humo.

Ciñéndose al cumplimiento de sus funciones, Santa se olvidó de sus pesares y miró hacia arriba con talante escrutador. Para su sorpresa, la ventana que debía alcanzar estaba ligeramente entreabierta. «Adelante», se dijo.

Por enésima vez, se veía en la obligación de trepar a riesgo de ser descubierto. Trataba de contenerse, pero estaba hasta el gorro y su enfado prorrumpía a borbotones en forma de lamentos:

—¡Qué bochorno más grande! ¡Qué ignominia! ¡Yo, una inminencia a la altura de pontífices y monarcas, un bienhechor de la humanidad!

Agarró con firmeza el canalón e inició el ascenso. Las fachadas de ladrillo visto le daban mala espina. En un escenario similar lo sorprendieron trepando cual simio achacoso y sufrió todo tipo de vilipendias y humillaciones.

—¡Si cojo a esos canallas! —murmuró.

Los mismos desaprensivos que lo grabaron, subieron el vídeo al condenado Facebook y desde entonces se había puesto de moda el urticante espantajo, replica suya, que la gente colgaba en las fachadas, balcones o ventanas de sus viviendas.

¡Qué vil atropello! ¡Qué flaca justicia le hacían con aquel burdo colgajo made in china que parodiaba, bufonesco, su penosa decadencia! Así le pagaban los estoicos esfuerzos que hacía para que los niños y mayores de Occidente recibieran sus regalos navideños.

Con el saco mágico a cuestas, alcanzó su objetivo. Aferrándose al alféizar, empujó la ventana y terminó de abrirla. Entonces comprobó que la persiana, además de semiabierta, estaba un tanto combada, como si la hubieran forzado. Todo aquello resultaba muy extraño, pero el tiempo apremiaba.

A duras penas, amoldó e introdujo el saco mágico en la vivienda. Era su turno. Estimó que había hueco suficiente para su orondo cuerpo de anciano mofletudo. No obstante, penosamente enfrentado a las leyes de la gravedad, bregó hasta quedar aprisionado.

Con ambas piernas colgando —la derecha por dentro y la izquierda por fuera—, su torso oprimido quedó bocabajo, y su espinazo encajado en la curva de la persiana.

De tal guisa, le costaba respirar y empezó a maldecir como un poseso. Aunque no por mucho tiempo, comprendió que su actitud empeoraba la situación. Necesitaba invertir su escasa energía en liberarse. Lo intentó, pero sus movimientos de cachalote barbudo tan solo liberaron ciertos gases malolientes que no soportaron la presión.

Nada, ni para un lado ni para el otro, comprendió que estaba atrapado en aquel deshonroso cepo. Pensó en pedir auxilio, pero enseguida desestimó la peregrina idea. Si alguien lo descubría en tales circunstancias, decenas de millones de reproducciones lo convertirían en el fenómeno viral más celebrado del endiablado YouTube.

Ni hablar, no podía correr semejante riesgo, aunque el marco inferior de la ventana se le clavará en el pecho. Si tenía que elegir entre aire y dignidad, se decantaba por la segunda opción.

El último intento de liberarse le sumió en la frustración. Arreciaba el frío. Tanto las barbas como las ideas, se le congelaban. Con el cuerpo entumecido, escuchó el motor de un automóvil. La fuente del sonido se acercaba a su posición, sin duda. Con el flujo adrenalínico reactivado, se desahogó:  

—¡Por fin, Dios mío, gracias por escuchar mis plegarias!

AQUÍ TIENES EL DESENLACE DE NOCHEBUENA Y MALA VIDA

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

Cadenas de papel en Facebook

¿Me sigues?

¿Te gustó la primera parte de Nochebuena y mala vida? ¡Si compartes este relato o me regalas un comentario, mi corazón vegetal dará brincos de alegría!

Soy Apurito Montoya, ¿aún no me conoces?

Mi historia al completo

 
BOLETÍN DE CADENAS DE PAPEL

Recibe cada 15 días la mejor narrativa breve de la blogosfera

Y de regalo, RELATOS CORTOS ONLINE, la guía de los blogs de relatos y las plataformas literarias.

Te garantizo que protejo tus datos y que no hago spam
¿Te gusta lo que hago? ¡Si compartes mis historias me ayudas a crecer!☺

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Para publicar un comentario debes aceptar la Política de Privacidad.
Responsable: los datos que proporciones mediante este formulario serán tratados por Javier Sánchez López. Finalidad: gestionar los comentarios. Destinatario: los datos que facilites estarán almacenados en los servidores de Webempresa, dentro de la UE (política de privacidad de Webempresa). Legitimación: tu consentimiento expreso. Derechos: puedes ejercer tus derechos, entre otros, a acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos enviando un correo a info@javiereugercio.com. Para una detallada información sobre protección de datos consulta mi Política de Privacidad. Información adicional: este sitio utiliza Akismet, una herramienta que combate el spam; aprende como se procesan los datos de tus comentarios.

Scroll to top