cadenas de papel: microrrelatos

BREVE INTRODUCCIÓN AL MICRORRELATO

La narrativa mínima es una práctica literaria cuyo fin es condensar en unas líneas el inicio, nudo y desenlace de una historia. ¿De cuántas líneas estamos hablando? Bueno, depende, la brevedad es una de las características principales del microrrelato, pero dicha brevedad es subjetiva.

Existen microrrelatos de una sola línea (incluso de un monosílabo) y otros que superan una página, pero la extensión más habitual oscila entre cincuenta y doscientas palabras. En cualquier caso, lo importante es que el narración conserve, de principio a fin, la intensidad y concisión que este género demanda.

Otra de las características del microrrelato es que precisa de un lector activo. En un espacio tan breve las explicaciones se reducen al mínimo, se omiten las palabras innecesarias y se generan espacios en blanco que el propio lector ha de completar en su mente para exprimir el jugo de la historia en cuestión.

Hasta aquí la teoría, he preparado una selección de microrrelatos de mi puño y letra para que pases a la práctica. Algunos fueron premiados en concursos literarios o publicados en diferentes antologías. ¡Anímate a sacarles el jugo!

 

 

microrrelatos: Beppo

 

Lleva una vida de aplausos y risas. En una caravana circense, nace su pequeña. Pero la dicha es breve, la leucemia se la lleva y él se instala en la perpetua pesadumbre del ayer. Aquel lánguido angelito que se tragó la tierra, aquella flor en ciernes a la que tanto adoraba, le empuja con su ausencia al laberinto del alcohol; deterioro, decadencia, extrema decadencia y trágico final.

En una lúgubre calleja, yace su cuerpo marchito junto a una botella de ron. De su pecho brotan gusanos y, de pies a cabeza, lo visten de seda. En el interior, brilla ambarina la luz de su alma. El capullo se quiebra y asoma un nuevo ser, que se eleva hasta lo invisible.

Entre las nubes, una carpa multicolor y una leyenda en su entrada: «Última función». Batiendo sus alas refulgentes, la recién nacida mariposa se cuela en la carpa, revolotea, desciende, se posa en el foso y transmuta: zapatones, maquillaje, narizota colorada; «¡Beppo!», claman las gradas. Emocionado, divisa a su niña… y llora de pura felicidad.

© Javier Eugercio

 

 

microrrelatos: Gazuza

 

Mi padre cayó en el frente de Aragón y a su padre le dieron el famoso paseíllo. Luego fue mi hermano el que murió de varicela. Esas cosas pasaban. Solo quedamos en pie las mujeres de la casa.

En aquellos tiempos de penurias y escasez subsistir era un asunto de lo más espinoso, pero gracias a las friegas de la abuela, que sobaba a los niños del pueblo para curarles el empacho, al menos teníamos algo que llevarnos a la boca.

Pero fuimos de mal en peor. Las limosnas que recibíamos en forma de comestibles se redujeron drásticamente con el aislamiento internacional, la terrible sequía de mediados de los 4o y los consecuentes años del hambre.

¡Qué calamidades pasamos, Virgen Santísima, cuántos insufribles dolores de barriga! De no ser por las tisanas de raíces, las mondas de patata, los bulbos silvestres y, cuando peor pintaba la cosa, los dos sacos de garbanzos que nos dio un compasivo estraperlista, nos hubieran tenido que enterrar.

De tantos garbanzos que comimos nos hicimos a ellos de tal modo que al volver a ingerir otro alimento nuestros cuerpos reaccionaron enfermando.

Los años pasaron y con ellos la miseria, pero la abuela nunca dejó de sembrar garbanzos. Intentamos persuadirla pero no hubo manera, murió sembrando.

© Javier Eugercio

 

 

microrrelatos: R.I.P.

 

Desparramado en el suelo cual grotesco fantoche, comprendí que había llegado mi hora: envuelta en una niebla atemporal, la enlutada emisaria de la muerte me señalaba con su índice huesudo.

Sigilosa, esparciendo la niebla a ras de suelo, la Parca se me acercó con el brazo extendido. Apreté los párpados y, aterrado por mi extinción inminente, deseé con todas mis fuerzas despertarme de aquella horrible pesadilla. Sin embargo, jamás me había sentido tan lúcido y consciente: de la punta de su dedo descarnado pendía mi punto y final.

Ante aquella visión de ultratumba, evoqué las palabras de un agorero evangelista que predicaba en la parroquia de los Caídos con lunático fervor: «¡Igual que venimos al mundo con un pan bajo el brazo, traemos bajo el otro una sentencia de muerte donde figura nuestra fecha de defunción! ¡Pese a ello, luchamos con uñas y dientes, nos aferramos con todo nuestro ser a esa ilusión de inmortalidad que de buenas a primeras se desvanece».

En el último estertor, recordar estas palabras y morir fue la misma cosa: el dedo de la Parca se había posado en mi frente.

© Javier Eugercio

 

 

microrrelatos: Redención

 

Con el paso de los años, una malsana creencia se había arraigado en su interior: la certeza de que se había vuelto mala. Pero nada de eso, más adelante comprendió que su ser había adquirido esa clase de inteligencia que, liberándola de cargas heredadas y culpas infundadas, la eximía de padecer a los demás. Llegado el momento, sacó la gente toxica de su vida como el que saca la basura y siguió su camino sin mirar atrás.

© Javier Eugercio

 

 

microrrelatos: Comerlas o dejarlas, he ahí la cuestión

 

Tras devanarse la sesera durante horas, los publicistas encargados de la campaña seleccionaron un total de diez finalistas y, siguiendo el ejemplo de genios de la talla de Miguel Ángel o Da Vinci, se decantaron por las piernas que más se ajustaban a la proporción áurica, teóricamente las más simétricas.

Aquellas bonitas piernas elegidas entre centenares, enfundadas en medias negras con florituras rojas, además de protagonizar un spot televisivo se exhibieron durante semanas en todo tipo de cárteles publicitarios. Así empezó Estefanía su carrera de modelo y actriz, que fue por buen camino hasta que cierto directivo de productora cinematográfica, al intentar sobrepasarse con ella, recibió una formidable patada que le hizo retorcerse por el suelo.

Tras aquel incidente, Estefanía concedió una entrevista para explicar lo sucedido. En aquella aparición televisiva (la última de su breve carrera), sorprendiendo a propios y extraños trajo a colación este histórico lance: «Pasó un ministro del emperador y le dijo a Diógenes: “¡Ay, Diógenes! Si aprendieras a ser más sumiso y a adular más al emperador, no tendrías que comer tantas lentejas”. Diógenes contestó: “Si tú aprendieras a comer lentejas no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador”».

© Javier Eugercio

 

 

microrrelatos: Marfil sobre fondo oscuro

 

El avance del tren sin retorno, el paisaje cargado de promesas y el libro que examinaba con nervioso entusiasmo, contenían la esperanza de una vida mejor. Lejos de la guerra, cada página era preciosa, cada frase era un mantra, cada palabra un jeroglífico que deseaba descifrar…

En torno a él, desconcertados por la franqueza de su abierta sonrisa, ojos indiscretos le observaban de soslayo. Ojos de personas libres. Personas capaces de leer y escribir en aquella lengua extraña cuyo amnésico sonido le hacía sentirse entre nubes de algodón. Para Foluke, al abrirse las puertas del cielo se habían cerrado las del infierno. Aunque no para siempre.

© Javier Eugercio

 

 

microrrelatos: En apuros

 

El resplandor del alumbrado público se colaba en el callejón, y desde alguna intersección de superficies se proyectaba una línea oblicua que partía en dos el suelo, una línea fantasmagórica que establecía la frontera entre lo oculto y lo visible. Al fondo del callejón, en el lado propicio para sus intereses, el sospechoso escrutaba sin ser advertido. En su primera noche a la intemperie, aun con ojos de rapaz nocturna, su mirada parecía la de una presa asustadiza. Veredicto: ¡culpable! El sospechoso era culpable de no adaptarse a la sociedad.

© Javier Eugercio

 

 

microrrelatos: Visita gromenauer

 

Una sombra alargada y siniestra se deslizó por la pared hasta reunirse con su legítimo propietario, un anciano mortecino de ojos abismales.

—Bienvenido a mi humilde morada —dijo—. Yo soy Drácula, y…

—¡No me reconoces, pecador —le interrumpió Chiquito—, soy el fistro que hizo de Brácula! ¡Ahora soy como tú de inmortal; te das cuen!

© Javier Eugercio

 

 

microrrelatos: First date

 

En el juicio posterior no nos sirvió de atenuante, pero habíamos consumido estupefacientes. Los hechos ocurrieron de madrugada. Ambos dormíamos en el cuchitril que teníamos por casa cuando de pronto me desperté sobresaltado y una silueta amenazante, en la penumbra, me obligó a frotarme los ojos dos veces consecutivas. No daba crédito, fuera quien fuera, aquel sujeto había allanado nuestra morada en mitad de la noche.

Lo increpé, pero no dijo nada, haciendo un ruidito inquietante permaneció inmóvil de espaldas a mí. Imagínate, con el miedo metido en el cuerpo avisé a mi compi de pocilga, pero el prenda ni se inmutó, y entonces procedí a levantarle a empellones auditivos y pescozones en las tibias y peronés para que viera con sus ojos que no le mentía. El muy majadero se pensó que estaba alucinando por culpa de las drogas, pero nones como jamones.

Como dos gallinas medrosas, prendimos una lámpara de pie que pese a estar vencida por el polvo que acumulaba se las arregló para sacar de las penumbras al angustioso sujeto que había violentado nuestro sueño e intimidad. Y no vas a creerte lo que vimos, un anciano senil se papeaba una naranja junto a la mesa y los taburetes que nos servían de comedor.

Joder, nosotros pensando que se trataba de un psicópata asesino y resulta que el pobre hombre se nos había colado porque, al regresar de parranda, ni nos habíamos preocupado de cerrar la puerta. «Y ahora ¿qué?», nos preguntamos con la mirada, y la sonrisa sibilina que afloró en nuestros semblantes preludió lo que estaba a punto de suceder.

Los dos en gayumbos lo tuvimos claro. Dedujimos que el anciano, prófugo de alguna residencia, sanatorio o delirante frenopático, había tenido la mala suerte de acabar en nuestro tugurio, conque podíamos porculizarlo las veces que quisiéramos antes de soltarlo donde más nos conviniera. Total, el pobre murmuraba no sé qué historias en francés sin enterarse de nada, de modo que nos pusimos a ello…

¿Te pasa algo? No me mires así, aquello sucedió hace mucho tiempo y lo pagamos con creces en el talego, ni sé la de veces que nos rompieron el ojete. ¡Pero chica, adónde vas, ni que hubiéramos perpetrado la masacre de Puerto Hurraco!

© Javier Eugercio

 

ACERCA DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

A la hora de firmar el anterior microrrelato me tembló ligeramente el pulso. Y es que para muchos, en los tiempos que corren, bagatelas como esta son aberraciones que atentan contra la moral. Una trastada literaria de este calibre no es compatible, por ejemplo, con el desempeño de un cargo público, a no ser que la enmascares bajo pseudónimo o que pretendas, de forma deliberada, que la opinión popular te sentencie y despelleje por ser una bestia deslenguada.

Las sensibilidades están a flor de piel. En público, tenemos que escoger nuestras palabras con cautela para evitar los linchamientos, amonestaciones, descréditos o condenas a las que se exponen los que osan a expresarse sin tapujos.

¿Que todo tiene sus límites? Por supuesto que sí, pero no creo que el humor negro merezca ser desterrado de la sociedad junto con todos sus practicantes porque algunos, quizá faltos de fibra alimentaria, carezcan de sentido del humor o no quieran entender que los humanos, desde la prehistoria, nos hemos pitorreado de nosotros mismos y de todo bicho viviente.

 

EN CONCLUSIÓN

Una de las secciones de esta web se llama Irreverencia Literaria, y por aquello de predicar con el ejemplo me he querido sumar, con el anterior microrrelato, a los autores que se rigen por su propia moralidad y, al margen de convenciones y formalismos, tratan de expresarse con la mayor libertad y valentía.

 

Si tratas de ajustarte a las distintas opiniones, sensibilidades o costumbres, tu libertad de expresión será pasto de las llamas.

 

Javier Eugercio

microrrelatos: libertad de expresiónImagen de Prettysleepy2 en Pixabay

 

¿Qué te han parecido los microrrelatos? ¿Te gustó alguno en particular? ¿Crees que somos libres a la hora de expresarnos? Me encantaría conocer tu opinión, ¿TE ANIMAS A DEJAR UN COMENTARIO?

2 Comentarios

  1. Dantesco L. Johanson
    27 junio, 2019

    ‘Beppo’ es un relato encantador, una mínima escritura que comprende un Universo. De la dualidad en la que se encuentra el Ser, a la Liberación más absoluta sin pasar por la aceptación… Recuerdo que leí este relato después de leer la introducción a este portal, esos otros recovecos donde nos cuentas más sobre el personaje, el escritor, las experiencias o lo que puede estar por venir. ‘Beppo’ me ha encantado.
    Reconozco que con ‘R.I.P.’ he sonreído, por el vocabulario usado, y poniéndome en situación. Esa mensajera divina, usada una y otra vez para inculcarnos los miedos, para someternos,para mantenernos sumisos y callados. Con lo sencillo que es dejarse llevar por ella.
    ‘First date’ me ha dejado (des)compuesto! Era evidente que dos individuos morando semejante ‘cloaca’ iban a dar con sus osamentas en presidio!!! Creo recordar un suceso allá por el sur que concluyó con mejores resultados, pero quizás no me contaron la verdad…

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    1. Eugercio
      28 junio, 2019

      Recuerdas bien, Dantesco, tiré de anecdotario personal para agitar el avispero y quebrantar la moralidad de la “gente de bien”, que no tardará en caer sobre mí con esa violencia disfrazada de tolerancia con la que encubren su rechazo a la libre expresión. Respecto a Beppo, comparto tu percepción y celebro que te haya encantado. Asimismo, me cuadra totalmente que paladearas el microrrelato R.I.P con una sonrisa puesta; como buen observador, supiste leer entre líneas para obtener tus propias conclusiones. Si te interesa la microficción, en mi página de Facebook publico todos los miercoles un microrrelato ilustrado. Muchas gracias por comentar, Dantesco.

      Responder

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