El fútbol moderno convierte a sus ídolos en máquinas de facturar y estampitas sagradas para millones de creyentes con bufanda. Pero en esta parodia de Messi, el astro argentino cae del firmamento y acaba empujando carros, colocando latas y esquivando fans entre pasillos de supermercado.
En «El verdadero Messi» apenas hablo de goles, trofeos ni milagros balompédicos, prefiero encasquetar al mito la bata de reponedor y observar lo que sucede cuando un dios del fútbol se mezcla con la plebe.
EL VERDADERO MESSI
Parodia surrealista de Leo Messi
En sus comienzos en el Barça, tuvo que recurrir al pluriempleo para ganar todos los meses cuatrocientos euros más. Según me dijo, con los millones del fútbol no le alcanzaba para vivir. Así pues, en plena crisis, con medio país dándose de leches por un trabajo cada vez más precario, le llovieron las palabras gruesas.
En los programas de entretenimiento se mofaban de él. Los memes y cotilleos inundaban las redes. En la prensa, sobre todo en la deportiva, corrían turbulentos los ríos de tinta. Y en las calles, el vulgo le dedicaba dichos vejatorios: «La Pulga desollaría a un piojo para obtener su piel y venderla»; «Dios, en el estadio; en la calle, tacaño»; «Amor verdadero, el de Leo por el dinero»…
Menuda lata tenerlo a mi cargo. Los paparazzi merodeaban a todas horas por el súper y la gente no dejaba de incordiar: nervios, risitas, cuchicheos, corrillos, sofocos, sobresaltos… Lógicamente, el muchacho acabó hasta el último pelo de la cabeza. Pero no le quedaba otra. Para conservar su estatus de ídolo de masas debía esforzarse en complacer a su legión de admiradores: besos por aquí, autógrafos por allá, fotos por acullá y, mientras tanto, a sus espaldas, reproches y comentarios cargados de malicia.
Pobre chaval. Con tantos viajes, traslados, entrenos, partidos y compromisos publicitarios, estaba tan cansado que no le quedaban fuerzas para librarse de los pelmazos que le abordaban en el súper.
«Chicos, dejadlo en paz —me tocaba intervenir cada dos por tres—. ¿Cómo? ¡A ver, por favor, no habléis todos a la vez! ¿De cañas? ¡Pero cómo os lo vais a llevar de cañas! ¡De eso nada! Esta noche tiene partido de Copa; en cuanto salga de aquí, coge un vuelo y derecho a Bilbao». Así estaban las cosas. Más que su jefe, parecía su manager.
La presión mediática le minaba la moral y en el súper no rendía lo suficiente. «Estoy de bajón, míster», solía decirme, y yo procuraba animarlo: «No te preocupes, seguro que este año volvéis a ganar la Champions y con las primas y eso podrás colgar la bata de mozo reponedor».
El chaval me agradecía los ánimos y consejos, aunque he de decir en su contra que solo de boquilla. Nunca hizo un triste ademán de regalarme unas entradas. En diferentes ocasiones lo tanteé: «A ver si voy a verte al Camp Nou, figura». «Cuando quiera, míster», respondía, y luego se rascaba la coronilla, murmuraba boludeces y clavaba la vista en lugares indeterminados. Así era el verdadero Messi, tan virtuoso del balón como experto en hacerse el loco.
A decir verdad, muchos de los apelativos que el vulgo le dedicaba no los merecía en absoluto, pero otros, como judío, usurero o miserable, se los había ganado a pulso. Pero bueno, nadie es perfecto, y aquí estoy yo para atestiguar que al diez de la albiceleste jamás se le cayeron los anillos por laburar —como él decía— de reponedor a media jornada.
«Vamos, figura —le ordenaba—, hermoséate el pasillo de las conservas». «Lo que usted mande, míster», respondía servicial. Le tenía dicho que no me llamara míster, pero él porfiaba y al final transigí.
Otro punto a su favor eran los golpes que tenía. En cierta ocasión, al percatarme de que erraba por los pasillos más paliducho y cabizbajo de lo normal, me interesé por su estado anímico: «¿Estás bien, figura? No tienes buena cara». Lo atribuí a la eliminación de las semis de la Champions —habían caído contra el Inter—, pero nada más lejos de la realidad.
«Míster —estas fueron sus palabras—, tenga cuidado con las minas que invita a su cumpleaños, no vaya a ser que le birlen los regalos». Atónito, me limité a hacerme una idea de la clase de pindongas que lo frecuentaban.
Ese mismo día, al concluir la jornada laboral, el crack se pasó por mi oficina y me habló de las restricciones sexuales que los clubes imponían a los futbolistas. Él lo llevaba bien, pero algunos muchachos, según me contó, se pajeaban en los aseos de los hoteles mientras hablaban por teléfono con sus novias, amantes o esposas. Por lo visto, era una práctica habitual entre futbolistas de élite.
Supuse que Piqué debía figurar en esa lista de pajilleros. Motivos no le faltaban. Se había oficializado su romance con Shakira y algo tenía que hacer, digo yo, para mantenerlo candente entre tanta gira musical y concentración futbolística. Recuerdo que, invadido por la malsana curiosidad que genera el famoseo, intenté sonsacar al nuevo dios de los culés, pero me cambió de tema. Ya mencioné que era un experto en hacerse el loco.
Más adelante, la prensa sorprendió a cuatro futbolistas blaugranas en el reservado de la discoteca Pacha. Normal que los ataran en corto. Eran un polvorín de billetes, fama y hormonas fuera de control; unos auténticos pichabravas. No debe existir madame de alto copete que no haya recibido a una piara de futbolistas en su chalet de festejos o club nocturno.
Con la misma intención de sonsacarle, abordé al figura en el pasillo de los productos de limpieza, pero su cautela me volvió a defraudar. «Entiéndalo, míster —me dijo—, los pibes necesitan airearse».
Razón no le faltaba. La vida de un futbolista profesional es más dura de lo que parece: continuos desplazamientos y exigencias deportivas, la presión de la hinchada y los medios informativos, el peso de la celebridad…
No debe ser nada fácil para un veinteañero enfrentarse al reto de ser un crack del balón. Hay demasiadas esperanzas depositadas en sus piernas y pueden surgir muchos problemas: las lesiones, las malas rachas de juego, la ansiedad de cara al gol, la mierda que arroja la prensa, los silbidos del graderío por los malos resultados, las desdeñosas miradas de los que empiezan a impacientarse, la soledad y el desarraigo del futbolista en cuestión…
Todo esto deprime a cualquiera. No me extraña que algunos se aficionen a las juergas y busquen consuelo, por ejemplo, en las putas de lujo. A ver quién se resiste. Primero: están al alcance de su mano. Segundo: están más preparadas que un astronauta. Tercero, cuarto y quinto: son hermosas, exquisitas y discretas.
Así que no me sorprendería que los jugadores más experimentados echaran un cable a los novatos que anduvieran bajos de moral indicándoles a qué puta recurrir para salir del bache. Mano de santo.
La historia continúa
No te pierdas la segunda parte de El verdadero Messi.
