Un profesor de instituto, una madre endiabladamente sexy y un robo capaz de joderte la vida. Madre que me follaría es un relato que aúna deseo, culpa, peligro, vergüenza y tensión sexual.
No es ningún secreto que las frutas prohibidas generan una atracción irresistible, pero a veces esa misma atracción contiene el germen de la perdición.
MADRE QUE ME FOLLARÍA
Relato de deseo prohibido
En la calle contigua a la cancha de baloncesto reconocí a Noemí Palochuli, una de mis alumnas. Agudicé la vista. Iba con dos chavalas de su edad y las tres pasaron de largo, dejando una estela libidinosa que encauzó mis pensamientos hacia la madre de Noemí Palochuli, un dechado de curvas y ángulos vertiginosos. Gracias a su admirable estado de conservación, más que su madre parecía su hermana.
Era pequeña, de bonitas facciones y carnosos labios. El brillante carmín que se aplicaba con esmero contrastaba con su cutis lechoso y combinaba, a las mil maravillas, con las gafotas de sol que lucía con presunción juvenil.
Los chavales la tenían fichada, era una madre que me follaría como la copa de un pino. Se presentaba al instituto con prendas escotadas, minúsculos shorts y zancudos tacones que compensaban su escasez de centímetros. Algunos docentes la confundían con una alumna y yo les sacaba de su error.
El conserje, un bromista empedernido, se lució al apodar «la Exuberante» a la madre de Noemí. A su paso, algunos compañeros reprimían el asombro, otros la lujuria y el resto las ganas de cachondeo. Los que reprimíamos el deseo carnal no siempre lo conseguíamos, era inevitable que nuestros ojos se posaran con fugaz lascivia en los muslos, nalgas o escote de la mami descocada, que, alargando sus morritos de fresón, se relamía de complacencia por el revuelo genital que iba dejando a sus espaldas.
Yo procuraba abstraerme de su excitante magnetismo, pero la proporción áurica volvía irresistible su estructura corpórea y componía unos andares de megadiva cuya geométrica oscilación me imantaba los globos oculares.
—¿Te has enterado? —me preguntó Pierre Sensei, un ceñudo funcionario de prisiones que ejercía de jugador-entrenador.
—Sí —respondí volviendo a la pista. En realidad, concluido el tiempo muerto, no tenía ni puta idea de cuál era el plan y estábamos doce puntos abajo.
Con la misma devoción que sentía por la geometría, me enfundaba la camiseta de Worthy —jugaba en un equipo de nostálgicos de los Lakers de Pat Riley— y sudaba la gota gorda en la cancha de baloncesto. Mi especialidad era el mate a una mano. Mi metro noventa y uno me ayudaba a emular a James Worthy, el mítico alero angelino. En mi caracterización, usaba unas gafas de basket que se ceñían al cráneo y me ayudaban a encestar. En el último trimestre, mi promedio anotador había subido cuatro enteros y siete décimas.
Desalojé a la Exuberante de mi calva cocorota y me centré en el partido. Rocco Chupperoni botaba el balón a media cancha y nuestro base, con el lenguaje corporal del hombre araña, lo marcaba sobándole el culo. Desde el poste bajo, divisé un movimiento sospechoso en la banda izquierda: un muchacho desgarbado se alejaba del banco en el que habíamos dejado nuestras cosas. Iba tenso; con cara de disimulo. Caminaba hacia un grupo de chavales que lo esperaban al otro lado de la verja con una mezcla de guasa, nervios y expectación. Al descubrir que portaba mi mochila en la espalda, reaccioné:
—¡Eh, ven aquí!
Salió corriendo. Todos los niñatos salieron de estampida y corrí tras el ladrón.
—¡Chaval!
Salió por la puerta del enrejado y, sin pensármelo dos veces, lo perseguí con la intención de no parar hasta atraparlo. Era rápido, pero aumenté la velocidad y mis largas zancadas estrecharon la persecución. Se introdujo en el Barrio Viejo, un laberinto de callejuelas que se aliaba con su propósito, pero no iba a consentir que se saliera con la suya.
Sin embargo, en las carreras de fondo, mi rendimiento dejaba mucho que desear y no tardé en comprobar que el niñato de los cojones, en el entramado callejero del Barrio Viejo, era más rápido que yo. En cada giro, mi corpulencia en relación con su ligereza se traducía en un aumento de la distancia persecutoria. Doblé a la derecha y, al verlo torcer a la izquierda en la siguiente encrucijada, apreté los puños y corrí más aprisa, pero, al llegar a la callejuela que había enfilado el niñato, lo perdí de vista.
Recobrando el aliento, caminé hasta el siguiente cruce. Podía haberse esfumado por cualquiera de las dos direcciones. ¿Izquierda o derecha? Indeciso, me rasqué la coronilla, clavé la vista en el suelo y descubrí una moneda entre mis pies. Una señal, sin duda, no era la primera vez que la providencia me asistía a la hora de tomar una decisión. Me agaché a por la moneda y, sin tiempo que perder, la lancé al aire y la estampé contra el dorso de mi zurda: cruz. Tomé la calle de la izquierda.
Tuve la sensación de que estaba en otra ciudad. Aunque mi ático alquilado no quedaba lejos, nunca me había adentrado en los anacrónicos pasajes del Barrio Viejo que observaba atentamente en mi lento transitar; botellas de butano en las puertas, gatos legañosos en los alféizares, macetas en los flancos de las calles, ropa tendida en cordajes destensados de ventanas añejas.
Un pueblo había engullido esta parte de la ciudad y mi look de Worthy, tan dorado como el plumaje de una oropéndola, deslumbró a un anciano con gorra y bastón que se detuvo al cruzarse conmigo. Me examinó con el estático descaro de los vejestorios seniles. Un negro vestido con la equipación de los Lakers, debía ser lo más parecido a un alienígena que habían contemplado sus ojos.
—¡De dónde has sacado eso! —oí por encima de mi cabeza.
—¡Calla!
—¡Cómo que calla! ¡No lo habrás robado!
—¡Shhhhhhh!
Las voces procedían de una ventana entornada que estaba a mi izquierda, a unos diez o doce metros de distancia. Parecía una discusión entre madre e hijo. La ventana, en la planta superior de la vivienda, se cerró abruptamente y até cabos; ¡te pillé, cabronazo! El vejestorio seguía mirándome con descaro. Pasé de su arrugado culo y, dispuesto a recuperar mi mochila, caminé hasta la puerta de la casa.
Sin pensármelo dos veces, llamé a un viejo timbre redondo del que salía un cablecito finústico que trepaba por la pared hasta una caja de plástico gris. Allí confluían otros cables de diferentes grosores, componiendo un peculiar entramado que dejé de observar cuando escuché, al otro lado de la puerta, un sonido metálico que tensó mi postura corporal. Supuse que abriría la madre y no me equivoqué, pero…
—Hola… —Me quedé pasmado—. ¿Te pasa algo?
—No, no —reaccioné.
—¿Qué quieres?
—Nada, es que tu hijo… Tienes un hijo, ¿verdad?
Era la Exuberante. Sin las gafotas de sol, sin las capas de maquillaje y con una bata rosa en lugar de las prendas ajustadas.
—No. No tengo ningún hijo. ¿De qué va esto?
Me quedé en blanco, pero supe salir del aprieto:
—¿No estabas riñendo a un chaval por algo que había robado?
—¡Lo sabía! Mierda de niño… —Disgustada, se frotó el rostro con ambas manos y se volvió hacia el interior de la casa—: ¡Leroy!
La bata que lucía, una breve y sedosa pieza con estampados florales, invitaba a contemplar la desnudez de sus piernas. Aunque llevaba unas zapatillas de estar por casa, no necesitaba tacones para exhibirse y me recreé en los contornos de sus pantorrillas.
—Es mi sobrino —me explicó al girarse—. Vive conmigo desde… —El sofoco había provocado que la bata se abriera por el escote; me fijé en el canalillo y supuse que iba desnuda y me excité, todo en un lapso de uno o dos segundos—. Un momento, pero si eres… —Me había reconocido—. Eres el profe de matemáticas de mi Noemí. ¡Qué vergüenza! —Se llevó las manos a la cara.
—No pasa nada. No tienes la culpa de que el chaval…
—Leroy, ¡baja ahora mismo con la mochila que robaste! Perdona, no puedo con este muchacho. No tiene un hombre que lo enderece. ¡Baja, Leroy!
El muchacho apareció en el marco de la puerta, vaciló unos segundos y extendió el brazo para devolverme la mochila.
—¡¿Qué se dice?! —requirió la Exuberante.
—Perdona —dijo el chaval con indiferencia.
Parecía gilipollas. Había dado clase a docenas como él. Recuperé la mochila con la certeza de que el chaval era fruto de un polvo inapetente. Esa desgana por la vida, esa actitud de flojera permanente debía tener su origen en el acto de la concepción. Cogidas sosas, rutinarias y carentes de entusiasmo que engendraban pasotismo y apatía.
—¡Vete a tu habitación! —ordenó la Exuberante.
—Lo llevas claro. —El niñato salió de la casa con el labio inferior caído.
—¡¿Adónde vas?!
—Me las piro. No me esperes despierta —habló con sorna y atusándose el flequillo-cortina.
—¡Te lo advierto, como vuelvas a robar algo te llevo al correccional! —La Exuberante volvió a reparar en mi presencia—. No puedo con él. Pero no es culpa suya, tuvo una infancia de mierda.
La seriedad le sentaba de cine; me recordaba a Sofía Loren. No tanto en las facciones, más bien en los gestos y en la clase de energía: sensual, impetuosa, arrebatadora. Para mi asombro, me contó que el padre del chaval cumplía condena por matar a su esposa. Leroy, traumatizado, se había quedado huérfano de madre y la Exuberante se había hecho cargo.
—Era mi única hermana… y ese cabrón la desgració.
Aunque estuviera narrando calamidades, cada vez que abría la boca me gustaba más. Con el pelo alborotado, estaba espectacular y me costaba creer que una mujer así viviera en una casa tan humilde. ¿Sola?
—Intento que Leroy sea un hombre de provecho, pero se niega a ir al instituto. Anda por ahí con una panda de gualtrapas… —Recordé que en el curso anterior tuve a un Leroy no sé qué Palochuli, pero faltó a clase desde el primer día. Cuando pasaba lista, sus compañeros aseguraban que era un fumeta—. Disculpa —añadió—, se ve que necesitaba desahogarme. ¿Te gusta el té de violetas?
—Nunca lo probé.
—Está muy rico. Te invito a uno.
—No hace falta.
—Pasa, es lo mínimo que puedo hacer para compensarte por lo del robo.
Me cogió del brazo y me introdujo en la casa. Me pareció que coqueteaba.
Lo que has leído es un fragmento de una obra narrativa todavía inédita. Se publica aquí como muestra parcial de un proyecto en curso.
¿El profesor hace bien en aceptar la invitación? ¿Lo arrastra el deseo o se deja arrastrar con demasiada ligereza? Te leo en los comentarios
Sigue leyendo
De una tentación con bata rosa a una voz interior empeñada en mandar la decencia al carajo. Continúa con Maquiavelo y Fortunato.

17 noviembre, 2021
Si debes incluirlo en el libro esta buenisimo y espero poder juntar dinero para leerlo algun dia por que es muy enganchador✍️🥇
18 noviembre, 2021
Me alegra saber que te enganchó el relato. Lo incluiré, seguro. Cuando lo publique, si no tienes dinero te regalo el libro en formato pdf. Solo tienes que escribirme para decírmelo. Un saludo.
16 noviembre, 2021
Pues no lo había leído y me está gustando mucho, solo que…, me has dejado con la miel en la boca y con ganas de saber como continúa.
16 noviembre, 2021
Hasta que alguna editorial competente se anime a publicar mi libro de relatos pasará algún tiempo, así que no te dejaré con la miel en los labios. Va de camino…
18 octubre, 2021
Yo no sé analizar el relato pero lo he disfrutado. Me gustaría leer la continuación. Gracias
19 octubre, 2021
Me alegra saber que disfrutaste con el relato. Entero no lo publicaré en el blog, ya que forma parte de mi siguiente proyecto, un libro de relatos cuyo primer borrador ya está listo. Ahora mismo estoy buscando editorial. De cualquier modo, como la cosa irá para largo, voy a premiar tu interés con un regalito…
18 enero, 2021
Tu relato fluye como la lividinosa imaginación de un adolescente y, a la vez, tiene la elegancia del que, emborrachado de literatura, sueña con arrugar sábanas ajenas. Creo que estás perfeccionando tu estilo y, me explico: tu estilo está claro que gana cuando te sumerges en el realismo sucio (se nota que disfrutas escribiendo y eso lo transmiten tus textos) pero, nunca dejas de lado tu vena literaria y eso es algo que se agradece. Por muy «soez» que estés siendo narrando siempre usas metáforas y figurar literarias con las que siempre logras embellecer el cuadro.
Este relato tiene todas las señas de tu estilo añadiéndole, además, una fluidez que provoca que la historia se devore con ansia. La interrupción final espero que sea un «hasta muy pronto» ya que creo que este relato debe ser incluido en tu libro . Enhorabuena Javier, has creado un texto muy completo. Un gran abrazo.
18 enero, 2021
Muchas gracias por tu comentario. Creo que tienes razón, en el realismo sucio me desenvuelvo como pez en el agua. No sé por qué, la verdad, pero lo cierto es que me lo paso pipa escribiendo en este registro. Cada vez me gusta más la frescura, la concisión, el humor ácido y los personajes marginales. Vislumbro que mi camino ya está marcado. El relato completo estará en el libro, cuenta con ello. Un abrazo, Fer.
17 enero, 2021
Muy bueno el Leroy, un puntazo: «Parecía gilipollas. Había dado clase a cientos como él. Recuperé la mochila con la certeza de que el chaval era fruto de un polvo inapetente. Esa desgana por la vida, esa actitud de flojera permanente debía tener su origen en el acto de la concepción». El diálogo con la madre genial. El elemento bata, también.
Lo del Barrio Viejo me ha gustado mucho, es el paso a otra dimensión, o incluso pareciera que se trata de un sueño, donde lugares distantes convergen y las fronteras entre distintas realidades se disuelven. Me ha gustado mucho ese tránsito.
Yo voto por saber cómo sigue!
18 enero, 2021
Bienvenidísima, estimada Hana. El pasaje que transcribes es uno de los momentos álgidos del relato. Desde mi punto de vista, Leroy representa a la generación nini al completo. El pasaje es un intento de explicar tanta apatía y falta de inquietudes. Que funcione un diálogo no es un asunto sencillo, conque me alegra que lo destaces. Por lo demás, lo que me cuentas del Barrio Viejo es posible que sea fruto de que esa parte está inspirada en un sueño. Un placer leerte, como siempre, un abrazo y hasta la próxima.
15 enero, 2021
Como siempre nos dejas con la miel en los labios. Me ha gustado el efecto sorpresa….No me esperaba a la Exuberante en la casa.
16 enero, 2021
Tu comentario también fue una sorpresa. Aquí tienes tu casita digital, pásate cuando quieras a probar estas mieles literarias😜