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Relato: Madre que me follaría

imagen de autor: Javier Eugercio
También estoy por aquí…

Sigo escribiendo relatos para mi próximo libro. Madre que me follaría es otro candidato para el PROYECTO BACANAL y no es un relato erótico ni pornográfico, pero tiene su punto picante.

Como en otras ocasiones, el relato está inconcluso y tendré muy en cuenta tu opinión para incluirlo o no en mi próximo libro. Si eres tan amable, me lo puedes indicar en los comentarios.

Tiempo estimado de lectura: 6min.

En el ámbito académico, nunca han faltado los escándalos entre profesores y alumnos. O entre profesores y padres de alumnos. No es ningún secreto que la fruta prohibida genera atracción y tensión sexual. Madre que me follaría se interna en estos morbosos lodazales y te invita a remangarte las perneras…

Madre que me follaría

La madre de Noemí Palochuli era un dechado de curvas y ángulos vertiginosos. Gracias a su admirable estado de conservación, más que su madre parecía su hermana. No obstante, las matemáticas indicaban que como poco tenía treinta años. Era pequeña, de bonitas facciones y carnosos labios. El brillante carmín que se aplicaba con esmero, contrastaba con su cutis lechoso y combinaba a las mil maravillas con las gafotas de sol que lucía con presunción juvenil.

No dejaba a nadie indiferente; algunos compañeros la confundían con una alumna. Se presentaba al instituto con camisetas escotadas, minúsculos shorts y zancudos tacones que compensaban su escasez de centímetros. Algunos profesores la llamaban la Exuberante. Dicho apelativo procedía del magín del conserje, un sujeto de agudeza excepcional en lo tocante a endilgar apodos.

La Exuberante obligaba a reprimirse a los docentes en el ámbito laboral. Algunos reprimían su admiración, otros su deseo carnal, otros su indecencia y el resto sus ganas de guasa.

Los que reprimíamos los instintos sexuales no siempre lo conseguíamos, era una madre que me follaría como la copa de un pino y a veces resultaba inevitable que nuestros ojos se posaran con fugaz lascivia en los muslos, nalgas o escote de la mami descocada, que, alargando los morritos de fresón, se relamía de pura complacencia por el revuelo genital que iba dejando a sus espaldas.

Yo procuraba no mirarla, pero la proporción áurica volvía irresistible su estructura corpórea y componía unos andares de megadiva cuya geométrica oscilación me imantaba las corneas.

Con la misma pasión que sentía por la geometría, me enfundaba la camiseta de los Lakers y sudaba la gota gorda en la pista de baloncesto. Mi especialidad eran los ganchos a tablero. Mi metro noventa y uno me ayudaba a emular a Kareem Abdul-Jabbar, el mítico pívot del equipo angelino.

En mi caracterización, para conseguir un efecto más realista usaba unas gafas de basket que se ceñían al cráneo y me ayudaban a encestar. En el último trimestre, mi promedio anotador había subido cuatro enteros y siete décimas.

Dejé de pensar en la Exuberante y me centré en el partido. Rocco Chupperoni botaba el balón a media cancha y nuestro base lo marcaba con el lenguaje corporal del hombre araña. Desde el poste bajo, divisé un movimiento sospechoso en la banda izquierda; un chaval se alejaba de la zona donde dejábamos las mochilas. Iba tenso, con cara de disimulo. Caminaba hacia un grupo de chavales que lo esperaban con una mezcla de guasa, nervios y expectación.

—¡Eh, ven aquí! —reaccioné al descubrir que portaba mi mochila en la espalda.

Salió corriendo. Todos salieron de estampida y corrí tras el ladrón.

—¡Chaval, párate!

Comprendí que no iba a pararse y aumenté la velocidad. Era rápido, pero mis largas zancadas no tardaron en estrechar la persecución. Se introdujo en el Barrio Viejo, un laberinto de callejuelas que se aliaba con su propósito, pero no iba a consentir que se saliera con la suya.

Doblé a la derecha y, con el rabillo del ojo, lo vi torcer hacia la izquierda en la siguiente encrucijada. Apreté los puños y corrí más aprisa, pero, al llegar a la bocacalle, comprendí que me había quedado sin mochila: ni rastro del chico.

Caminé hasta el siguiente cruce. Podía haberse esfumado por cualquiera de las dos direcciones. ¿Izquierda o derecha? Lancé una moneda al aire: cruz. Tomé la calle de la izquierda.

A los cinco minutos, tuve la sensación de que estaba en otra ciudad. Mi barrio no quedaba lejos, pero nunca me había paseado por el anacrónico rincón del Barrio Viejo que observaba atentamente en mi lento transitar. Botellas de butano en las puertas, gatos legañosos en los alféizares, macetas en los flancos de las calles, ropa tendida en cordajes destensados de balcones y ventanas…

Un pueblo había engullido esta parte de la ciudad y con mi look de Kareem Abdul-Jabbar me sentía muy extraño. Un anciano con gorra y bastón se detuvo al cruzarse conmigo. Me examinó con ese estático descaro tan propio de los vejestorios seniles.

—¡¿De dónde has sacado eso?! —oí.

—¡Calla!

—¡Cómo que calla! ¡No lo habrás robado!

—¡Shhhhhhh!

La voces procedían de una ventana que estaba abierta de par en par. A mi izquierda y a unos diez metros de distancia. Parecía una discusión entre madre e hijo. La ventana, en la planta superior de la vivienda, se cerró abruptamente y até cabos.

—Te pillé, cabronazo —murmuré.

Sin pensármelo dos veces, caminé hasta la puerta de la casa y llamé a un viejo timbre redondo del que salía un cablecito finústico que trepaba por la pared hasta una caja de plástico gris. Allí confluían otros cables de diferentes grosores, componiendo un peculiar entramado que dejé de observar cuando escuché, al otro lado de la puerta, un sonido metálico que tensó mi postura corporal.

Supuse que abriría la madre y no me equivoqué, pero…

—Hola… —Me quedé pasmado—. ¿Te pasa algo?

—No, no —reaccioné.

—¿Qué quieres?

—Nada, es que tu hijo. Tienes un hijo, ¿verdad?

Era la Exuberante. Sin las gafotas de sol, sin las capas de maquillaje y con una bata rosa de satén en lugar de las prendas ajustadas.

—No. No tengo ningún hijo. ¿De qué va esto?

Me quedé en blanco.

—Pe-pero… ¿No estabas riñendo a tu hijo por algo que había robado?

—Ah, Leroy. ¡Lo sabía, el puto Leroy! —Se frotó la cara con la diestra. Parecía disgustada y se volvió hacia el interior de la casa—: ¡Leroy! ¡Mierda de niño!…

La bata era corta y llevaba unas zapatillas de estar por casa. Me recreé en los contornos de sus esbeltas pantorrillas. No necesitaba tacones para lucirse.

—Es mi sobrino —me explicó al girarse—. Vive conmigo desde…

El sofoco había provocado que la bata se abriera por el escote y me fijé en el canalillo y supuse que iba desnuda y me excité, todo en un lapso de uno o dos segundos.

—Un momento, pero si eres… —Me había reconocido—. Eres el profe de matemáticas de mi Noemí. ¡Qué vergüenza! —se llevó las manos a la cara.

—No pasa nada. No tienes la culpa de que el chaval…

—¡Leroy, baja ahora mismo con la mochila! Perdona, de verdad, no puedo con este muchacho. No tiene un hombre que lo enderece. ¡Baja, Leroy!

El muchacho apareció en el marco de la puerta y extendió el brazo para devolverme la mochila.

—¿¡Qué se dice!? —requirió la Exuberante.

—Perdona —dijo el chaval con indiferencia.

Parecía gilipollas. Había dado clase a cientos como él. Recuperé la mochila con la certeza de que el chaval era fruto de un polvo inapetente. Esa desgana por la vida, esa actitud de flojera permanente debía tener su origen en el acto de la concepción. Cogidas sosas, rutinarias y carentes de entusiasmo que engendraban pasotismo y apatía.

—¡Vete a tu habitación! —ordenó la Exuberante.

—Lo llevas claro.

El chaval salió de la casa con el labio inferior caído.

—¡¿Adónde vas?!

—Me piro. No me esperes despierta —dijo el niñato con sorna y atusándose el flequillo-cortina.

—¡Te lo advierto, como vuelvas a robar algo te llevo al correccional! —La Exuberante volvió a reparar en mi presencia—. No puedo con él. Pero no es culpa suya, tuvo una infancia de mierda.

La seriedad la sentaba de cine; me recordaba vagamente a Sofía Loren. No tanto en las facciones, más bien en los gestos y en la clase de energía: sensual, arrebatadora. Me contó que el padre del chaval cumplía condena por matar a su esposa. Leroy, desamparado y traumatizado, se había quedado sin madre y la Exuberante se había hecho cargo.

—Era mi única hermana y ese cabrón la desgració.

Aunque estuviera narrando calamidades, cada vez que abría la boca me gustaba más. Con el pelo alborotado, estaba espectacular y me costaba creer que una mujer así viviera en una casa tan humilde. ¿Sola?

—Intento que Leroy sea un hombre de provecho, pero se niega a ir al instituto y anda por ahí con una panda de gandules.

Recordé que hace dos o tres cursos tuve a un Leroy no sé qué Palochuli, pero no llegué a conocerlo y sus compañeros aseguraban que era un fumeta.

—Disculpa. Me he desahogado contigo. ¿Te gusta el té de violetas? —preguntó.

—Nunca lo probé.

—Está muy rico. Te invito a uno.

—No hace falta.

—Venga, pasa, es lo mínimo que puedo hacer para compensarte por lo del robo.

Me cogió del brazo y me introdujo en la casa. Me pareció que coqueteaba.

CONTINUARÁ

Recursos gráficos de pngtree y pixabay.

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6 Comentarios

  1. Fernando
    18 enero, 2021

    Tu relato fluye como la lividinosa imaginación de un adolescente y, a la vez, tiene la elegancia del que, emborrachado de literatura, sueña con arrugar sábanas ajenas. Creo que estás perfeccionando tu estilo y, me explico: tu estilo está claro que gana cuando te sumerges en el realismo sucio (se nota que disfrutas escribiendo y eso lo transmiten tus textos) pero, nunca dejas de lado tu vena literaria y eso es algo que se agradece. Por muy «soez» que estés siendo narrando siempre usas metáforas y figurar literarias con las que siempre logras embellecer el cuadro.

    Este relato tiene todas las señas de tu estilo añadiéndole, además, una fluidez que provoca que la historia se devore con ansia. La interrupción final espero que sea un «hasta muy pronto» ya que creo que este relato debe ser incluido en tu libro . Enhorabuena Javier, has creado un texto muy completo. Un gran abrazo.

    Responder
    1. Eugercio
      18 enero, 2021

      Muchas gracias por el atento y detallado comentario. Creo que tienes razón, en el realismo sucio me desenvuelvo como pez en el agua. No sé por qué, la verdad, pero lo cierto es que me lo paso pipa escribiendo en este registro. Cada vez me gusta más la frescura, la concisión, el humor ácido y los personajes marginales. Vislumbro que mi camino ya está marcado. El relato completo estará en el libro, cuenta con ello. Un abrazo, Fer.

      Responder
  2. Hana
    17 enero, 2021

    Muy bueno el Leroy, un puntazo: “Parecía gilipollas. Había dado clase a cientos como él. Recuperé la mochila con la certeza de que el chaval era fruto de un polvo inapetente. Esa desgana por la vida, esa actitud de flojera permanente debía tener su origen en el acto de la concepción”. El diálogo con la madre genial. El elemento bata, también.
    Lo del Barrio Viejo me ha gustado mucho, es el paso a otra dimensión, o incluso pareciera que se trata de un sueño, donde lugares distantes convergen y las fronteras entre distintas realidades se disuelven. Me ha gustado mucho ese tránsito.
    Yo voto por saber cómo sigue!

    Responder
    1. Eugercio
      18 enero, 2021

      Bienvenidísima, estimada Hana. El pasaje que transcribes es uno de los momentos álgidos del relato. Desde mi punto de vista, Leroy representa a la generación nini al completo. El pasaje es un intento de explicar tanta apatía y falta de inquietudes. Que funcione un diálogo no es un asunto sencillo, conque me alegra que lo destaces. Por lo demás, lo que me cuentas del Barrio Viejo es posible que sea fruto de que esa parte está inspirada en un sueño. Un placer leerte, como siempre, un abrazo y hasta la próxima.

      Responder
  3. Gema
    15 enero, 2021

    Como siempre nos dejas con la miel en los labios. Me ha gustado el efecto sorpresa….No me esperaba a la Exuberante en la casa.

    Responder
    1. Eugercio
      16 enero, 2021

      Tu comentario también fue una sorpresa. Aquí tienes tu casita digital, pásate cuando quieras a probar estas mieles literarias😜

      Responder

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