portada relato: gótico sureño

Relato: Sesenta segundos (gótico sureño)

imagen de autor: Javier Eugercio
También estoy por aquí…

Sigo escribiendo relatos para mi próximo libro. Sesenta segundos, firme candidato para el PROYECTO BACANAL, está englobado en el gótico sureño, un subgénero de la narrativa gótica.

Como en otras ocasiones, el relato está inconcluso y tendré muy en cuenta tu opinión para incluirlo o no en mi próximo libro. Si eres tan amable, me lo puedes indicar en los comentarios.

Tiempo estimado de lectura: 6-7min.

Por si no lo sabes, te aclaro que el gótico sureño es originario de las zonas deprimidas del sur de Norteamérica, pero que puede extrapolarse a esa España profunda donde resuenan los ecos de los crímenes de Puerto Hurraco.

Los referentes culturales son distintos, pero los personajes extravagantes y los sucesos macabros de los pueblos perdidos forman parte del patrimonio universal e inspiran historias de seres atrapados por la tierra, la familia y la tradición.

Sesenta segundos es un relato ambientado en la América profunda y está hermanado con el gótico sureño, pero el texto mantiene la frescura e independencia que garantizan los relatos made in Eugercio. Sin más, te invito a comprobarlo…

SESENTA SEGUNDOS

(Gótico sureño)

Constantinopla, Tenochtitlán, Damasco, Persépolis, unos apestosos calamares en salsa americana, una lluvia dorada sobre el muslo de una emperatriz austrohúngara y el lamento de una irlandesa cocainómana sentenciada a muerte. Parecen inconexos, pero estos ingredientes articulan una historia cuyo final es la silla eléctrica. Malaquías me habla de salvación y me pide que actúe, pero la salvación no se consigue arrojando al lago el cuerpo del delito.

Esta vez no lo haré.

—Olvídalo. Hasta aquí hemos llegado. —Se ajusta el sombrero de cowboy y se quita las gafas de sol. Sus ojos de animal nocturno me miran con extrañeza. Es la primera vez que desafío su autoridad.

—Nos mandarán a la silla eléctrica, tenemos que…

—¡Cállate!

Le ordeno que se aparte de mi vista y se queda estupefacto. Una gran luna amarillenta se refleja en el lago Pontchartrain y Malaquías, con las gafas en una mano y la guitarra en la otra, se evapora con sus pintas de cantante country.

De ninguna manera, no me desharé del cuerpo y no pienso moverme de aquí, quiero que me descubran y que me lleven al patíbulo de una maldita vez. Estoy cansado de escuchar los lamentos del viejo. Cansado de sentirme como una alimaña emboscada.

Algo no anda bien en mi cabeza, pero estoy en condiciones de asegurar que Constantinopla, Tenochtitlán, Damasco, Persépolis y las cientos de maravillas que naufragaron en la antigüedad, son una mierda pinchada en un palo.

¿Quién se atreve a negármelo?

La gente de hoy se preocupa de su aspecto, del dinero y las posesiones, de los penes y los chuminos o de los putos aifones. ¿Quién se acuerda de Persépolis? Cuatro historiadores zumbados, otros tantos arqueólogos trasnochados, los frikis del National Geographic y para de contar.

La gente se equivoca conmigo, me juzgan sin saber que soy un dios estepario con cabeza de chacal. Deberían analizar mi cerebro, es un templo de atrocidades y misterios arcanos. Maté legalmente en la Guerra del Golfo y no debí regresar a este agujero, pero no fui capaz de apretar el gatillo cuando mi propio fusil me encañonaba.

En este condenado mundo, si eres un tipo que vio mundo estás a un paso de convertirte en un loco de atar. De momento, ando suelto por ahí gracias a los milagros de la química moderna. Camisa de fuerza psíquica, cuchicheos, dedos acusadores y discursos moralistas que intentan amaestrarme, planean crucificarme, pretenden convertirme en un pelele arrodillado ante el altar de la podrida religión.

Pero yo no lo consiento, me atrinchero en mi mundo interior y recorro los escenarios baldíos de mis antiguas existencias. Hace poco me llevaron preso y le dije al gilipollas que me esposó: «¿Te imaginas compartir piso con un conductor de grúas en el extrarradio de Teherán?».

Me miró con la consabida arrogancia que atesoran los necios y me dijo: «Haga el favor de subir al coche». ¡Sí, sí, Teherán, la puta capital de la antigua Persia! ¡Qué sabrá de la vida un palurdo uniformado!

En Teherán me alojé con la intención de explicarles a los persas cosas brutales que no comprendiesen, ideas que les cabrearan hasta el extremo de despertar su furia ancestral. Aquella gente todavía lapida y quise ponerles a prueba, pero se ve que perdieron facultades porque en vez de aniquilarme a pedradas, me extraditaron.

¡Maricones! Quería llevar mi cuerpo a extremos críticos para emular al Mesías y besar el polvo en tierras extrañas, pero se lavaron las manos como el puerco Pilatos y me privaron de la agonía de la carne.

En Teherán ocurrió algo espantoso, Malaquías me obligó a descuartizar a un kurdo alienado de cuyo nombre no consigo olvidarme. Se llamaba Abdul y compartíamos piso y cada noche se repetía la misma escena.

Abdul llegaba aturdido, hastiado de tráfico y soledad. No hablaba; creo que ni siquiera pensaba. Sin quitarse el mono de trabajo, se ponía unos mugrosos pantuflos, arrastraba los pies por el pasillo y, soportando el peso de sus trescientas mil canas, se encerraba en el servicio y emitía una larga serie de repugnantes ventosidades y esputos.

Cada noche lo mismo, se deshacía de la ponzoña acumulada durante el día y luego se encaminaba a la cocina, donde vertía el contenido de una lata en un plato de cristal que introducía en el microondas.

Yo, sentado en el sofá del salón, contaba los segundos que duraba el cancerígeno ritual. Sesenta abrasivos segundos y sus ojos de pez muerto flotando en un mar de abstracciones. Mientras el micro irradiaba, lo imaginaba esperando su ración de bazofia y, dentro del aparato, formidables explosiones enfangaban las superficies que nunca se molestaba en limpiar.

Aquel minuto era deprimente. Capa sobre capa, salpicaduras de chapapote alimenticio se adherían cual moluscos a las rocas del mar y formaban un estucado de costrones infectos que rezumaba pestilencias inenarrables.

Sesenta segundos clavados y el micro anunciaba que la cena estaba lista. Mis dientes chirriaban, mis brazos se tensaban y mis napias padecían el nauseabundo hedor que se propagaba por el piso cuando el kurdo abría la puerta del microondas.

Cada noche lo mismo: me apestaba con su puta lata de calamares en salsa americana. Los irradiaba, se los zampaba y se bebía una botella grande de Persa Cola que no tardaba en traducirse en nuevas pestilencias. Una y otra vez, sus eructos envilecían la atmósfera del salón y los incontables cigarrillos que se fumaba sin decir ni mu volvían irrespirable el ambiente.

Antes de quedarse frito, miraba la tele en su lado del sillón y yo lo detestaba en silencio. Malaquías me susurraba al oído que tuviera clemencia: «¿No te da pena?»; «es un pez de ojos muertos que flota a la deriva»; «sálvale del insufrible automatismo»; «aplícale en el cogote el cuchillo redentor»…

La noche del crimen, soñé que mi primera novia ocupaba un trono; era la emperatriz del imperio austrohúngaro y trataba de conmoverme con sus delirios y obsesiones.

Me repetía que sofocara las revueltas y me ofrecía su muslo desnudo. Excitado, desenfundaba el miembro viril y mi orina humeante, como un torrente selvático, impactaba en el muslo y descendía por la pierna sagrada hasta formar un charco a los pies de la emperatriz, un venero cristalino donde mi rostro se reflejaba…, pero aquel no era yo, era el rostro del mal.

Tuve la sensación de que, efectivamente, el mal fulguraba en mis ojos y solo había un modo de expulsarlo. En el sueño, el perfume embriagador de la emperatriz cedió al empuje del apestoso calamar en salsa americana y Malaquías apareció de la nada con un cuchillo de matarife.

Sueño y vigilia se entremezclaron en mi psiquismo nebuloso y me colé en el cuarto de Abdul empuñando el arma homicida. Lo demás habita en las brumas del pasado, junto a una colección de atrocidades que solo conocemos Malaquías y yo.

El lamento de mi viejo al acostarse es resignado, mortecino, espeso y acre, como un agujero negro que te abduce y te aplasta el alma. Mi viejo, una vida de trabajos forzados que se dirige a la tumba a lomos de la enajenación.

La cabaña sobrecoge, huele a grito estrangulado y a penitencia estéril. Cuando mueren los días, mi viejo emite suspiros inquietantes acompañados de gemidos que se conjuran con la quietud de la noche para roerme el cerebro y las entrañas. Recurro al Valium y lo mezclo con whisky barato, pero el mejunje no es infalible y a veces me pongo neurasténico.

¿Qué hora es? Hoy no consigo pegar ojo. Me ronda por la cabeza la cena que organizaron mis antiguos compañeros de la escuela elemental. Alguien se acordó de mí y me incluyeron por lástima, pero qué pintaba yo con esa panda de cretinos.

Sé lo que piensan de mí. ¡Meapilas del sistema explotador! Piensan lo mismo que los persas, pero si allí no me lapidaron, en este agujero de Luisiana no podrán pararme los pies y alguien pagará los platos rotos antes de que me lleven al patíbulo.

Un persistente tufo a calamar se instaló en mi pituitaria y alguien pagará por ello. Esta noche tengo ganas. ¿Ganas de qué? Ya veremos, mi viejo se consume y suspira y gime como una perra malherida y yo quiero dormir y necesito olvidar, deshacerme de esta capa de pesadumbre que me asfixia cuando el sueño es derrotado por los suspiros que nunca mueren.

Esta noche tengo ganas y me pongo en marcha.

El plenilunio ilumina la camioneta y corre una brisa tibia que me insufla vigor. La euforia intensifica los volantazos y acelerones que concluyen en la tasca donde mis antiguos compañeros celebran que son imbéciles. Imitando al estúpido vulgo, tuvieron la ocurrencia de reunirse para ver qué tal les fue en la cochina vida.

Quince o veinte años no son nada cuando Facebook se empeña en que los necios se emborrachen y se pongan al día.

La pasma no estaba en el cruce y, por su culpa, alguien se cagará las patas abajo.

CONTINUARÁ

Recursos gráficos de pngtree y pixabay.

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6 Comentarios

  1. Hana
    27 febrero, 2021

    Pues tiene todas las papeletas para convertirse en mi nuevo género preferido. Si que conocía a los autores pero nunca me he puesto con ellos. Lo que sí recuerdo es haber visto pelis o series que resuenan un poco a todo esto. Incluidos grupos musicales e intérpretes, de música country por supuesto.
    Así que nada, me lo apunto.
    Pinta bien la cosa y te animo a que sigas escribiendo más relatos así, combina a la perfección con tu estilo. Y nada, espero que lo incluyas en el proyecto, bueno no lo espero, lo exijo!

    Responder
    1. Eugercio
      28 febrero, 2021

      Descuida, leerás el relato completo sí o sí. Se mandaré a Anagrama y a editoriales por el estilo, junto con otros relatos recientes y antiguos. A ver si apuestan por el mestizaje de mi voz gamberra, visceral y desinhibida. No es país para viejos es un ejemplo de gótico sureño llevado al cine. Otro ejemplo es la serie True Detective (sobre todo la primera temporada). En fin, ya hablaremos de la naturaleza de toda esta mierda😆

      Responder
  2. Hana
    27 febrero, 2021

    Por cierto, nunca lo digo pero los montajes de imágenes que haces para introducir los relatos son geniales y no desmerecen nada al relato que viene a continuación.

    Responder
    1. Eugercio
      27 febrero, 2021

      Los montajes requieren su tiempo y, ya me conoces, me gusta dedicárselo a todo lo que hago y no despacharlo con las primeras imágenes que encuentro por ahí. Me gusta hacer montajes, forma parte del proceso creativo y es plus añadido que algunos apreciáis. ¡Gracias, Hana!

      Responder
  3. Hana
    27 febrero, 2021

    Ha sido creo el relato que más me ha gustado de los candidatos al proyecto. Voy a tener que profundizar más en este género porque me ha encantado. No obstante, lo que me ha encantado es ver todo tu estilo elevado a la máxima potencia en este relato. La prosa es magnífica, cada una de las frases rezuman una esencia que te invita a volverlas a leer. El párrafo con el que comienza el relato es sublime, no hay otro adjetivo. El estilo genial, las ideas y expresiones magníficas como siempre. Así como los flashbacks, los escenarios, las situaciones, etc. Me ha gustado la complejidad del protagonista, el cómo nos introduces en su mundo interior, lleno de capas, o más bien costrones, como los del mismo microondas del kurdo. Es la mente de un “asesino”, pero sobre todo, la de un suicida. La de un perdedor atrapado una y otra vez en la rueda del destino. Se puede entrever un mundo completamente enturbiado y lleno de traumas que está a punto de estallar y cuyo desenlace espero conocer en el proyecto bacanal.
    Destacaría algunas escenas como el flashback de Irán y su actual situación con el padre, donde toda esa maquinaria destructiva (y autodestructiva) de la mente del protagonista está ya en marcha.

    “Algo no anda bien en mi cabeza, pero estoy en condiciones de asegurar que Constantinopla, Tenochtitlán, Damasco, Persépolis y las cientos de maravillas que naufragaron en la antigüedad, son una mierda pinchada en un palo”.

    Y que no falten los momentos cómicos, tan apreciados y esperados en tus relatos.

    Responder
    1. Eugercio
      27 febrero, 2021

      Muchas gracias, Hana, por el detallado análisis del relato. Coincido, es de lo mejores que escribí hasta la fecha.
      En cuanto al género literario, se trata de una incursión en el gótico sureño, un subgénero de la narrativa gótica que se da principalmente en las zonas deprimidas del sur de Norteamérica, pero que puede extrapolarse a esa España profunda donde resuenan los ecos de los crímenes de Puerto Hurraco. Los referentes culturales son distintos, pero los personajes extravagantes y los sucesos macabros de los pueblos perdidos forman parte del patrimonio universal e inspiran historias de seres atrapados por la tierra, la familia y la tradición.
      Otra de las características de este subgénero es la constante presencia de los freaks; personajes deformes, decrépitos, chiflados o con cualquier otra tara física o mental que genera rechazo y conflictos internos.
      Algunos autores destacables que podrían englobarse en el gótico sureño (southern gothic), son: Harry Crews, Carson McCullers, William Faulkner, Donald Ray Pollock, Flannery O’Connor, Joe R. Lansdale, Harper Lee, Truman Capote y Tennessee Williams. Te recomiendo encarecidamente mi última lectura: El cantante de Gospel (Harry Crews).
      Volviendo al relato, leíste unas 1300 palabras y la totalidad del relato ronda la 5300, así que prepárate para el plato fuerte. Estoy muy contento con el resultado y me alegra que lo tengas en tan alta estima. Al menos hasta donde pudiste leer. Un abrazo.

      Responder

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