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Relato: El verdadero Messi

cajetín de autor: Apurito Montoya

Los humanos se esfuerzan en proyectar una buena imagen de sí mismos, pero nadie como los personajes públicos a la hora de ennoblecerse ante los ojos de los demás. Sin embargo, en esta parodia humorística de dos entregas, el verdadero Messi no se toma la molestia de ocultar su principal defecto.

Vamos con la introducción…

Tiempo estimado de lectura: 6min

¿Por qué hay tantas crisis en el mundo de los humanos?

Las crisis económicas son mecanismos reguladores que utilizan los poderosos para mantener a raya a la clase trabajadora. De este modo, las diferencias entre ricos y pobres se perpetúan.

Nadie sabe como funciona la economía, pero sí que en tiempos de crisis abundan los despidos, la pérdida de derechos y las reducciones salariales. ES LO QUE HAY.

Sin embargo, algunos colectivos no se ven afectados por las crisis financieras. Que les pregunten a los futbolistas.

Llueva, truene, haga frío o brille el sol, los futbolistas de élite cobran auténticas millonadas. Entre salarios, primas e ingresos por publicidad, pueden embolsarse 20, 30, 40 o 130 millones anuales en el caso de Leo Messi, el jugador mejor pagado del planeta.

Lógicamente, para llegar a esta cifra astronómica tuvo que ganar muchos trofeos y batir un buen número récords, pero en sus inicios…

El relato corto de hoy, se titula:

leo messi: relato el verdadero messi

En sus primeros años en el Barça, los peores de la crisis, tuvo que recurrir al pluriempleo para ganar todos los meses cuatrocientos euros más. Según me dijo, con los millones del fútbol no le alcanzaba para vivir. Así pasó, con medio país dándose de leches por un trabajo cada vez más precario, le llovieron las palabras gruesas.

En los programas de entretenimiento se mofaban de él. Los memes y cotilleos inundaban las redes y en la prensa, sobre todo en la deportiva, corrían turbulentos los ríos de tinta.

En plena crisis, el repertorio de dichos o refranes que le dedicaban, crecía al mismo ritmo que el número de desahucios: «La Pulga desollaría a un piojo para obtener su piel y venderla»; «Dios, en el estadio; en la calle, tacaño»; «Amor verdadero, el de Leo por el dinero»…

Menuda lata tenerlo a mi cargo, los paparazzi merodeaban a todas horas por el súper y la gente no dejaba de incordiar: nervios, risitas, cuchicheos, corrillos, sofocos, sobresaltos…

Lógicamente, el muchacho acabó hasta el último pelo de la cabeza. Pero no le quedaba otra, para conservar el estatus de ídolo de masas debía esforzarse en complacer a su legión de admiradores: besos por aquí, autógrafos por allá, fotos por acullá y mientras tanto, a sus espaldas, reproches y comentarios cargados de malicia.

Pobre chaval, con tantos viajes, traslados, entrenos, partidos y compromisos publicitarios, estaba tan cansado que no le quedaban fuerzas para librarse de los pelmazos que le abordaban en el súper.

«Chicos, dejarle en paz —me tocaba intervenir cada dos por tres—. ¿Cómo? ¡A ver, por favor, no habléis todos a la vez! ¿De cañas? ¿¡Cómo se va ir de cañas con vosotros!? ¡De eso nada, esta noche tiene partido de Copa, en cuanto salga de aquí coge un vuelo y derecho a Bilbao!» Así estaban las cosas, más que su jefe parecía su mánager.

La presión mediática le minaba la moral y en el súper no rendía lo suficiente. «Estoy de bajón, míster», solía decirme, y yo procuraba animarlo: «No te preocupes, seguro que este año volvéis a ganar la Champions y con las primas y eso podrás colgar la bata de mozo reponedor».

El chaval me agradecía los ánimos y consejos, aunque he de decir en su contra que solo de boquilla: nunca hizo un ademán de regalarme unas tristes entradas.

En diferentes ocasiones, lo tanteé: «A ver si voy a verte al Camp Nou, figura». «Cuando quiera, míster», respondía, y luego se rascaba la coronilla, murmuraba no sé qué historias y clavaba la vista en lugares indeterminados. Así era el verdadero Messi, tan virtuoso del balón como experto en hacerse el loco.

A decir verdad, muchos de los apelativos que el vulgo le dedicaba no los merecía en absoluto, pero otros como judío, usurero o miserable se los había ganado a pulso. Pero bueno, nadie es perfecto, y aquí estoy yo para atestiguar que al diez de la albiceleste jamás se le cayeron los anillos por laburar —como él decía— de reponedor a media jornada.

«Vamos, figura —le ordenaba—, hermoséate el pasillo de las conservas». «Lo que vos mande, míster», respondía servicial. Le tenía dicho que no me llamara míster, pero él porfiaba y al final transigí.

Otro punto a su favor eran los golpes que tenía. En cierta ocasión, al percatarme de que erraba por los pasillos más paliducho y cabizbajo de lo normal, me interesé por su estado anímico: «¿Estás bien, figura?; no tienes buena cara». Lo atribuí a la eliminación de las semis de la Champions (habían caído contra el Inter), pero nada más lejos de la realidad.

«Míster —estas fueron sus palabras—, tenga cuidado con las minas que invita a su cumpleaños, no vaya a ser que le birlen los regalos». Atónito, me limité a hacerme una idea de la clase de pindongas que lo frecuentaban.

Ese mismo día, al concluir la jornada laboral, el crack se pasó por mi oficina y me habló de las restricciones sexuales que padecen los futbolistas por parte de los clubes.

Él lo llevaba bien, pero algunos muchachos, según me contó, se pajeaban en los aseos de los hoteles mientras hablaban por teléfono con sus novias, amantes o mujeres. Por lo visto, era una práctica habitual entre futbolistas de élite.

Supuse que Piqué debía figurar en esa lista de pajilleros. Motivos no le faltaban. Se había oficializado su romance con Shakira y algo tenía que hacer, digo yo, para mantenerlo candente, entre tanta gira musical y concentración futbolística la cosa corría el peligro de enfriarse.

Recuerdo que, invadido por la malsana curiosidad que genera el famoseo, intenté sonsacar al nuevo dios de los culés, pero me cambió de tema. Ya mencioné que era un experto en hacerse el loco.

Más adelante, la prensa sorprendió a cuatro futbolistas blaugranas en el reservado de la discoteca Pachá. Normal que aten en corto a estos lascivos chicarrones, son un polvorín de billetes, fama y hormonas; unos auténticos pichabravas. No debe existir madame de alto copete que no haya recibido a una piara de futbolistas en su chalet de festejos o club nocturno.

Con la misma intención de sonsacarle, abordé al figura en el pasillo de los productos de limpieza, pero su cautela me volvió a defraudar. «Entiéndalo, míster —me dijo—, los pibes necesitan airearse».

Razón no le faltaba, la vida de un futbolista profesional es más dura de lo que parece: continuos desplazamientos y exigencias deportivas, la presión de la hinchada y los medios informativos, el peso de la celebridad…

No debe ser nada fácil para un chaval de veinte años enfrentarse al reto de ser un crack del balón. Hay demasiadas esperanzas depositadas en sus piernas y pueden surgir muchos problemas; están las lesiones, las malas rachas de juego, la ansiedad de cara el gol, la mierda que arroja la prensa, los silbidos del graderío por los malos resultados, las desdeñosas miradas de los que empiezan a impacientarse, la soledad o desarraigo del futbolista en cuestión…

Todo esto deprime a cualquiera, no me extraña que algunos se aficionen a las juergas y busquen consuelo, por ejemplo, en las putas de alto standing. Cualquiera se resiste. Primero: están al alcance de su mano. Segundo: están más preparadas que un postulante a la Casa Blanca (esto es una evidencia desde que Trump irrumpió en escena). Tercero, cuarto y quinto: son hermosas, exquisitas y discretas.

Si dicen que las putas normales son buenas consejeras, supongo que las de lujo serán más terapéuticas que las termas de Ourense o que el mismísimo bálsamo de Fierabrás. Así que no me sorprendería que los jugadores más experimentados echaran un cable a los bajos de moral indicándoles a qué puta recurrir para salir del bache. Mano de santo.

SEGUNDA ENTREGA DE EL VERDADERO MESSI

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

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