Mujer elegante sostiene una copa de vino mientras un diminuto falso patriota descansa sobre sus piernas durante una cena de lujo. Cabecera de "Falso patriota 2", un relato satírico sobre corrupción política, patriotismo de fachada, hipocresía, poder y crítica social.

Relato satírico: Falso patriota segunda parte

En «Falso patriota segunda parte», la bandera sigue ondeando sobre el mismo estercolero moral. El falso patriota ya no se conforma con besar la patria en público mientras la despluma en privado: ahora afila el discurso, reparte sermones y demuestra que la traición suele disfrazarse con los colores nacionales.

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Los patriotas se ocupaban de sus asuntos en la nueva normalidad. El de Felisa, envuelto en su bandera, había participado en diferentes caceroladas, pero ya no parecía tan preocupado por la deriva socioeconómica del país. «Está más tranquilo», aseveraba Felisa en sus charlas telefónicas, ocultando al mismo tiempo su creciente intranquilidad por la diaria ausencia de su muñeco patriota. «Desde el fin del confinamiento no para en casa —le contaba a su amiga Concha—. Dice que tiene mucho trabajo».

Su patriota era empresario y afirmaba tener constantes reuniones, trámites y compromisos, pero Felisa ignoraba los motivos reales de tanto trajín.

Los domingos iban a comer a la casa de los padres de Felisa. Y a veces salían al cine, al centro comercial o al bar taurino que tanto le gustaba al patriota por ser un feudo de los valores y costumbres que deben prevalecer en el barrio, en la ciudad y en todo el territorio español.

«¡La identidad nacional está en peligro!», protestaba encolerizado. El vino le soltaba la lengua y repasaba las medidas necesarias para salvaguardar la patria. «¡No empieces!», le rogaba Felisa, abochornada por el fanatismo del que hacía gala en el bar taurino, donde siempre encontraba aliados para despacharse a gusto contra moros, panchitos, radicales izquierdistas y miembros del colectivo LGTB. «¡Nos han invadido!», clamaba desde su púlpito improvisado.

Sandungueros y lenguaraces, los parroquianos celebraban sus arengas y bravuconerías. Allí fue donde aseguró públicamente que había dado el pelotazo, y desde entonces, las horas laborales del patriota de Felisa se alargaron de tal manera que los fines de semana dejaron de existir. Ella en casa, a vueltas con la limpieza o viendo Tele 5; el muñeco patriota en su nueva oficina, en la sede del partido o de viaje de negocios.

El maître del restaurante gallego que frecuentaba el patriota —un establecimiento con una estrella Michelin— lo vio llegar en brazos de su nueva querida, una exuberante colombiana que aparentaba, como poco, veinte años menos que el muñeco de cuarenta centímetros. La joven, ceñida en un vestido escotado y con un balanceo de tacones imposibles, era un surtidor gratuito de entretenimiento visual.

—¿Cómo está, señor patriota? —preguntó el maître al recibirlos y condujo a la parejita hasta la mesa con el histrionismo protocolario inherente a su oficio. 

Más tarde, el patriota y el maître intercambiaron unas palabras.

—Qué ganas tenía de recuperar la normalidad —comentó el patriota, con cara de haberse quitado una losa de encima—. El encierro me estaba matando.

Con la psicología adquirida en el desempeño de su profesión, el maître se ganaba la confianza de los clientes. Era un párroco de liturgias gastronómicas que, a base de confidencias y otras escuchas circunstanciales, conocía las intrigas, tejemanejes y contubernios de la clase política y empresarial. Dobles vidas de sujetos amargados en el ámbito familiar que encontraban un desahogo en sus vicios, lujos, queridas y chanchullos financieros. Estos prohombres compartían un amor incondicional por la patria y no se la quitaban de la boca, con una vanagloria que marcaba la diferencia entre ellos y el resto de españoles.

Los extranjeros, la subespecie, eran bienvenidos si se trataba de turistas o residentes adinerados. Los demás, con los mayores controles y restricciones posibles, podían establecerse en el país como mano de obra barata y a condición de adaptarse plenamente a las normas y costumbres. Gallego de nacimiento, el maître tenía familia en Argentina y allí proliferaban como setas las casas nacionales, regionales y clubes patrióticos que preservaban y fomentaban la cultura española. Para los patriotas alfa, cuando eran ellos los emigrantes, era normal que el país de acogida respetara su identidad y la diera honrosa cabida. En caso contrario, escrupulosa adaptación y confinamiento de las costumbres foráneas.  

El patriota de Felisa renunció a permanecer en la estantería. «¡En esta casa mando yo!», gritó encolerizado. Se instaló en el sillón orejero, se apropió del mando a distancia y desterró a Felisa a la cocina. La mujer, angustiada, se desahogó y sinceró con su amiga Concha:

—Esto no es lo que me esperaba. Me grita, me ningunea, me trata con desprecio y me utiliza de criada. Se ha convertido en un pequeño dictador.

Concha no daba crédito.

—El mío está chapado a la antigua; es celoso, cabezota, racista y tiene mucho carácter, pero es todo un caballero.

Explicó a su amiga que, además de compartir la misma cama, tenían un calendario de actividades en común: de lunes a viernes, paseo para cuidar la silueta y partida de chinchón; los miércoles, cena romántica; los martes y los jueves, pasodoble en el salón; los viernes, teatro; y los domingos, cine. También eran asiduos de las verbenas, las corridas de toros y otros festejos populares. Y como broche final, en agosto, los sacrosantos quince días en Benidorm. 

Consternada, Felisa empezó a sospechar que había recibido gato por liebre. Adquirió un muñeco patriota para ser más feliz… y nunca se había sentido tan desdichada. Para colmo, su patriota salió una mañana y no regresó. Transcurrieron tres días angustiosos para Felisa, hasta que denunció la desaparición del muñeco y, gracias al chip identificativo, no tardaron en encontrarlo. ¡Qué disgusto! Estaba en un club de alterne de alto standing encamado con una joven prostituta.

A raíz de este suceso, la Guardia Civil encontró indicios de que el patriota andaba metido en actividades ilícitas; lo acusaron de formar parte de una red de malversación y tráfico de influencias. La formación política implicada en el caso le retiró el carné de afiliado y lo tachó de indeseable. El juez estableció una fianza que el patriota abonó, pero Felisa, que a esas alturas se había quitado la venda de los ojos, se presentó con el muñeco en la tienda donde lo había comprado.

—Vengo a devolverlo. —Enojada, lo plantó en el mostrador.

—¿Qué ocurre, señora? ¿Le  salió defectuoso? 

—Le pedí un muñeco patriota, no un traidor a la bandera.  

—¡Traidor! —exclamó el patriota—. ¡Cómo te atreves! ¡Daría mi vida por la bandera!

—¿Esa bandera que usas para blanquear tus pecados? —objetó Felisa—. ¡No mereces llevarla encima! —Se la arrancó de un tirón tan violento que la cabeza del Salvapatrias estuvo a punto rodar por el suelo—. Tiene cuentas pendientes con la justicia —informó al dependiente.

—No se preocupe, señora, lo enviaremos al almacén de los falsos patriotas. ¿Quiere cambiarlo por otro de verdad?

—Ya tuve suficiente, prefiero que me devuelvan el dinero.

El muñeco, viéndose tratar de aquella forma, protestó por última vez:

—¡No consentiré que me calumnien, soy un auténtico patriota y luzco con orgullo la bandera nacional!

—La patria no es una bandera —sentenció un cliente que esperaba su turno—. Es un código ético, una decencia moral, una conducta provechosa para la nación. Tú eres un caradura que se dedica a saquear las arcas del Estado. Un verdadero patriota promueve la igualdad, la justicia, la libertad de expresión y la pluralidad política. Tú eres de los que afirman que con Franco se vivía mejor. Si por ti fuera, volvíamos a lo de antes: mano dura, caciquismo y dogma católico, abundancia para los secuaces del régimen, miseria para el obrero y lluvia de balazos para el opositor ideológico.

El patriota se quedó mudo. No esperaba la ofensiva del cliente entrometido, que siguió cantándole las cuarenta:

—Sois todos iguales, se os llena la boca de bandera y tradición, pero lo único que os interesa es llenaros los bolsillos. Despreciáis lo público con la misma intensidad que adoráis lo privado. En realidad, el país que os interesa a los falsos patriotas es un coto privado para vuestro uso y disfrute. Esa es la bandera que lucís con tanto orgullo; la del egoísmo, la hipocresía, el clasismo y el sectarismo.

Con el muñeco patriota en estado de shock, Felisa prorrumpió en aplausos.

—¡Tiene usted más razón que un santo! —admitió, consciente de que se había tragado, durante décadas, los cuentos y embustes de los falsos patriotas—. Esto me ha quitado la venda de los ojos —concluyó.

El muñeco patriota, humillado por el rapapolvo recibido en la tienda, tuvo que despedirse de su lujoso tren de vida y acabó en el almacén de los falsos patriotas, donde estuvo retenido hasta ingresar en prisión. Felisa tuvo suerte: el cliente que amonestó al falso patriota le invitó a cenar. Se entendieron, contrajeron matrimonio y no tuvieron hijos por culpa del reloj biológico, pero adquirieron un bonito westie por un precio inferior al del Salvapatrias. En el pasaporte canino figuraba que el cachorro era esloveno y puede que sus ladridos sonaran diferente, pero ningún perro del barrio lo juzgó o marginó por su nacionalidad u otras cuestiones raciales.


Cuéntame en los comentarios si este falso patriota te parece una caricatura grotesca o un retrato demasiado reconocible

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8 Comentarios

  1. Juana Castilla
    19 diciembre, 2020

    Cuánta ironía en la descripción y el camino de ese falso patriota. Ricas imágenes, mujeres desencantadas ante litros de falsedad. Una pintura de la sociedad franquista, materialista y retrógrada digna de O. Wilde. Excelente! Te felicito, Javier. Muy original la forma de denunciar una sociedad sin escrúpulos.

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    1. Eugercio
      20 diciembre, 2020

      Aquí, el falso patriota es una figura muy fácil de caricaturizar y veo que en Argentina es fácilmente reconocible. Supongo que esta clase de falsos patriotas proliferan como setas en cualquier lugar del mundo que haya padecido una dictadura. Muchas gracias por tu valoración, Juana.

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  2. Fernando
    27 junio, 2020

    Que grandes verdades y que bien contadas. De verdad que algunos se llenan la boca de palabras como patria y nación que moldean para su propio beneficio. Pensándolo fríamente creo que la palabra patria es de las que más acepciones se le otorgan socialmente, el problema son todos aquellos que se la agencian para sí con toda la caradura del mundo. Muy bien descrito el falso patriota y su forma de actuar, además de las dos caras que tienen muchos de ellos. Gran relato, que hace pensar y de una rabiosa (nunca mejor dicho) actualidad. Y por cierto, yo también voto por la de devolución en estos casos que me parece una gran idea. Un gran abrazo y enhorabuena por el relato  .

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    1. Eugercio
      28 junio, 2020

      Ahí quedó el retrato, Fernando, creo que es una historia de interés general, de las que no dejan a nadie indiferente. Me alegra que te haya gustado, muchas gracias por comentar. Un abrazo!

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  3. Mariangeles Prat
    27 junio, 2020

    Ojalá pudiéramos devolver a todos los falsos patriotas como en tu relato!
    Me ha parecido genial.

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    1. Eugercio
      27 junio, 2020

      Seguro que hay muchas mujeres deseando hacerlo. Muchas gracias, Mariángeles.

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      1. Hana
        29 junio, 2020

        Esos falsos patriotas tan bien retratados en este relato son los mismos que habiendo alcanzado ciertas cotas de poder observan la realidad de «su patria», su condición de títeres de la deuda y fomentan el discurso ideológico con el único objetivo de dividir el rebaño y repartirse el pastel con los verdaderos dueños de esa patria, que no son ellos precisamente. Y esto bien lo saben. La patria que defienden no es tal patria, porque esa patria dejo de existir hace tiempo, si por patria nos referimos a soberanía nacional. Somos un país esclavo, como otros tantos, y esos discursos obsoletos y arcaicos no tienen ya cabida, y bien lo saben. De ahí que, sin escrúpulos, arramblen todo lo que puedan, total, si no son ellos ya lo harán los progres, como ellos dicen. Y esa bandera que defienden, bien saben que es la bandera de la deuda, el robo y la mentira. Y que gracias a ella, tendrán el apoyo necesario para seguir saqueando y dejando saquear una patria que sólo existe en la imaginación de quién no quiere ver. Excelente relato para pensar y debatir en estos tiempos de pandemia y chips del nuevo orden mundial progre.
        Pdta: Esto con Franco no pasaba.

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        1. Eugercio
          29 junio, 2020

          Fue un gusto leer tu estupendo análisis, Hana. No hace falta que te diga que estoy de acuerdo. Aun así te lo digo: estoy de acuerdo. Pienso que, muchos de los simpatizantes de estos falsos patriotas, son conscientes de que la patria es un supermercado donde se permiten los saqueos a los más astutos, por eso se arriman a ellos con la intención de pillar lo que puedan. Los mayores sinverguenzas y psicópatas del país, con cero empatía por el prójimo, se amparan en banderas y discursos patrióticos para hacer su agosto particular, en este prostíbulo llamado España, donde si no te espabilas te la meten por detrás. Los votantes tenemos el culo como un abrevadero de patos. O como Lenny Kravitz o los Red Hot Chili Peppers cuando dejaron de hacer rock para lucirse, y forrarse, en los circuitos comerciales de público masivo.

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