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Relato: ¡Mierda! (Realismo sucio)

imagen de autor: Javier Eugercio
También estoy por aquí…


Durante los últimos meses estuve liado con la publicación de mi ópera prima y apenas tuve tiempo para el blog. A partir de ahora, espero aumentar la producción literaria y la frecuencia de publicación. Empezamos con «¡Mierda!», un relato englobado en el realismo sucio que, seguramente, formará parte del libro de relatos que publicaré en 2021.

Tiempo estimado de lectura: 6-7min.

Antes de meternos en la «¡Mierda!» te hablaré del PROYECTO BACANAL, nombre que asigné de manera provisional a mi primer libro de relatos.

Mira, desde la primavera de 2019 publico regularmente relatos de temática diversa. Toqué diferentes palos: parodia, sátira, terror, distopía, costumbrismo, existencialismo, hard-boiled, realismo sucio…

Algunos de estos relatos los incluiré en el PROYECTO BACANAL.

Otros serán inéditos o, mejor dicho, parcialmente inéditos.

Mi planteamiento inicial es publicar en el blog un fragmento (entre 1000 y 1200 palabras) de los textos candidatos a figurar en el libro.

Así pretendo evaluar la acogida de los relatos y para ello necesito tu opinión (la tendré muy en cuenta). Al final te invitaré a dejar un comentario. Simplemente para saber si te quedaste con ganas de más.

Al grano, aquí tienes una sesión de buena «¡Mierda!» servida en la bandeja del realismo sucio.

¡Mierda!

(Realismo sucio)

Ayer cumplí 36 y trabajo en un puto McDonald´s. Ilusión: cero. Necesidad: toda. Se acaba mi turno. Adiós, hijos de perra, hasta la próxima función. Me sumo a los frenéticos viandantes de la cochina urbe. No tengo buga y vivo en la periferia; tardo una hora en desplazarme al apestoso lugar donde acepto que me exploten a cambio de un sueldo de mierda.

Me dirijo, pensativo, hacia la parada del bus y alguien me rebasa por el costado izquierdo. Con una pajita, sorbe el culo de un refresco del Burger King. Me fijo en su rostro: ¡mierda! Miro al frente y disimulo, pero el mamón me reconoce.

—¡Coño! —exclama.

No me doy por aludido.

—¡Casper! —Me da un toque en el brazo—. ¿No te acuerdas de mí?

Finjo sorpresa:

—¡Coño, no te había reconocido! —Nos damos un apretón de manos.

Lo último que supe de Tobías es que estaba sidoso. Al parecer, lo habían porculizado en la trena. Siempre fue una escoria de persona.

—¿Cómo te va? —le pregunto, y me cuenta que curra el Burger King de Roquefokin Picadilly. Mierda, mi ego se retuerce malherido, me hallo en las cloacas del escalafón social. Por debajo solo queda la indigencia.

—¿Tú qué haces? —me pregunta.

Humillado por compartir estatus laboral con un excremento como él, recurro a la mentira:

—Nada; estoy en el paro.

La ropa que viste Tobías parece una donación de la Cruz Roja. No se esfuerza en disimular que es un paria. En el insti le iba mejor. Con chupa de cuero y camiseta de Nirvana, se hacía el enigmático y daba el pego. No decía gran cosa, pero ponía cara de malote y sacaba partido a su linda mirada de ojos azulados. Con el rollo de tipo duro desvirgó a unas cuantas. Luego se metió en las drogas y perdió el sexapil. En la trena, por lo visto, lo había recuperado.

—¿Nos fumamos una pipa de crack? —me dice.

—No me meto esa mierda. ¿De qué coño vas?

—Yo tampoco, ¿por quién me tomas?

—Por alguien que acaba de proponerme fumar crack.

—Bromeaba. Veo que perdiste el sentido del humor. ¿Ves a aquel tipo?

—¿Cuál?

—Ese montón de estiércol —Señala a un indigente que está apoyado en la pared.

—¿El vagabundo?

—Claro. ¿Cuántos montones de estiércol ves delante de ti?

Unos cuantos, la verdad. El sujeto en cuestión tiene una botella en la mano, metida en una bolsa de papel tan arrugada y mugrienta como su careto de mierda. Se dedica a empinar el codo y observa a los peatones con ojos de chacal.

—Es Jimmy Canalla, un tipejo que pasaba crack en la trena… ¿Por qué me miras así? No he probado esa mierda en mi vida. Solo me interesa la hierba.

Tobías se acerca al sujeto.

—¿Cómo te va, Canalla?

El tipo, impasible, lo mira con unos aires de superioridad que contrastan radicalmente con su miserable fachada.

—¿Qué clase de deficiente firmó tu salida del trullo? —pregunta el mellado exconvicto luciendo una sonrisa de piños cariados.

—El mismo soplapollas que tuvo la ocurrencia de soltarte —dice Tobías—. Estoy reinsertado, pedazo de cagarruta, trabajo en una gran multinacional.

—¿No te porculizaron lo suficiente en el trullo? —contraataca Canalla.

—Estoy a una palabra de reventarte la tocha. Solo puedes hacer dos cosas para impedirlo: cerrar esa bocaza de mamarrabos y pasarme un poco de hierba.

—¿Cuánta pasta llevas encima?

—Veinte pavos.

—Da una vuelta a la manzana, vuelve por aquí y mételos en el bote. —Tiene uno entre los pies—. Dentro encontrarás lo tuyo.

Astuto hijo de perra, se disfraza de vagabundo para atender a la clientela sin levantar sospechas.

—No se te ocurra jugármela —dice Tobías, y nos ponemos en marcha.

Caminamos hasta la siguiente esquina y allí nos despedimos. Ya no vive en el extrarradio. Él y su chica alquilaron un tugurio en Lorailand, un barrio céntrico pero de escasa reputación.

—¿Seguro que no quieres un canuto? —insiste—. Te vendrá bien relajarte después del curro.

—¿Qué curro? —finjo—. Ya te dije que estoy en el cochino paro.

—No te hagas el loco, sé que curras en el McDonald´s de Alfumado Street.

¡Mierda! Me tiene calado.

—Me lo dijo Sindy —añade.

—¿Qué Sindy?

—Mi chica. La Sindy del instituto.

No podía ser ella. Imposible, jamás se rebajaría a emparejarse con un despojo como Tobías.

—¿Me tomas el pelo?

—¿Por qué iba a hacerlo? Sindy te vio en el Mc Donald´s y me lo dijo en casa.

Una parte del cuento era cierta. Hace unas semanas, Sindy estuvo almorzando en mi curro. Qué vergüenza, tuve que eludirla hasta que ella y su trasero salieron por la puerta del local. Al despedirme de la diana que obsesionó a mi dardo durante años, pensé que no me había reconocido, pero estaba equivocado.

—¿Tu chica es Sindy Rabidovic? —No salía de mi asombro.

—¿Cómo quieres que te lo diga? ¿En griego?

—¿Quieres decir que te la estás follando?

—¿Por qué clase de imbécil me tomas, Casper, crees nos dedicamos a jugar al parchís? Me la follo, como mínimo, una vez cada 12 horas. Sigue teniendo el mismo pandero. Un poco más grande, quizá, pero igual de redondo y morboso. Una locura, chico, el mejor culo del instituto. ¿Te acuerdas?

Me la había machacado cientos de veces pensando en el culazo de Sindy.

—Tampoco te pases. No era para tanto. —Trato de ocultar mi rabia y humillación—. Me largo, Tobías, voy a perder el bus.

Nos despedimos y, pensativo, me encamino hacia la parada con las tripas revueltas. En el McDonald´s me había escondido como una rata para que Sindy no descubriera que soy un perdedor. Desde entonces, reactivada la obsesión de mis años adolescentes, había husmeado en la vida de Sindy para estudiar las posibilidades de acceder a sus nalgas.

En el instituto, el capullo que logró aparearse con Sindy la acaparó durante toda la adolescencia y la llevó al altar. Darren Powerdoping, quaterback del equipo del instituto, se agenció el glorioso trasero y puso rumbo a la gloria, pero sus malas prestaciones futbolísticas le impidieron pasar el corte universitario y acabó de lavacoches.

Harold Simplemind, uno de los integrantes del antiguo séquito de Powerdoping, me contó por Messenger que Sindy se había desecho hace tiempo del malogrado quaterback. Cojonudo, vía libre, solo me quedaba averiguar el paradero de Sindy para entrar en acción. El famoso truco del antiguo compañero que, casualmente, se cruza con ella y la invita a tomar un café.

Estaba ilusionado con mi plan, pero acababa de colarse por el retrete. ¡Venga, no me jodas, con ese caraculo! No compares, el McDonald´s tiene el doble de clase que el apestoso Burger King. ¡Maldita sea! ¡Un puto exconvicto sidoso! ¡Joder, joder, me cago en el copón bendito…!

La rabia y la frustración me corroían las entrañas y mi esfínter era sensible a esta clase de excitaciones. Sentí un agudo retortijón. ¡Mierda, me lo estaba haciendo encima! Rodeado de transeúntes, busqué la mejor opción y corrí hacia el bar más cercano.

CONTINUARÁ…

Recursos gráficos de pngtree y pixabay.

¿Qué te pareció el relato? ¿Te gustaría que lo publicara completo en mi próximo libro?


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8 Comentarios

  1. SARA MARTIN HAAG
    8 diciembre, 2020

    Si si….. “Mierda” para tu próximo librito de relatos.

    Responder
    1. Eugercio
      9 diciembre, 2020

      Cuenta con ello, eres la cuarta persona que me anima a publicar este relato en el libro. Además, tengo grandes ideas para la continuación. ¡Un besazo, Sara! Coronavirus sugar free.

      Responder
  2. Mariángeles Prat
    8 diciembre, 2020

    ¡Bravo, Javier! Esto promete. Me encanta los nombres que utilizas, como Simplemind. Quedan que ni pintados.
    Un abrazo

    Responder
    1. Eugercio
      8 diciembre, 2020

      Gracias por comentar, Mariángeles, veo que los nombres ayudan a potenciar el carácter satírico del texto. Otro abrazo para ti.

      Responder
  3. Hana
    7 diciembre, 2020

    Con semejante título ya te engancha desde el principio. Sí, yo voto porque aparezca en el libro. El humor es directo y brutal, como siempre. Es un relato con tu sello y estilo. Los nombres jocosos de las calles y barrios, la jerga de los losers, el detritus social, McDonalds vs Burguer King… una no puede dejar de sentirse identificada con ciertas cosas. No deja de representar una clara realidad, o mejor dicho, sucia realidad. Me gustaría ver cómo acaba esta “mierda”.

    “—¿Cómo te va? —le pregunto, y me cuenta que curra el Burger King de Roquefokin Picadilly. Mierda, mi ego se retuerce malherido, me hallo en las cloacas del escalafón social. Por debajo solo queda la indigencia”.

    Responder
    1. Eugercio
      8 diciembre, 2020

      Oído cocina, ¡Mierda! tiene todas las papeletas de figurar en el libro. Tengo algunas ideas muy interesantes para la continuación. Un giro a lo escatológico con tintes filosóficos y algunas cosas más. Cosas sucias, cómicas y violentas. Muchas gracias, Hana, elegiste un párrafo exquisito para cerrar el comentario.

      Responder
  4. Fernando
    4 diciembre, 2020

    Pues solo puedo decir que por supuesto que me has dejado con ganas de seguir leyendo. Ese final que dejas abierto y, que parece, va a dar nombre al relato me parece magnífico. Además que me has sacado una sonrisa.

    El realismo sucio es uno de mis género favoritos y en este fragmento del relato lo realizas con gran destreza. Las situaciones supuestamente cotidianas las conviertes en interesantes y lo aderezas con una buena dosis de humor negro. Mención aparte los nombres que salpimentan la historia como “Simplemind”, “Powerdoping” o “Alfumado” que le dan un toque aún más sarcástico a la historia.

    En definitiva, me ha gustado muchísimo y espero poder seguir leyéndolo en ese próximo, y seguro que, fantástico libro de relatos que solamente con el título ya has conseguido despertar todo mi interés. Un gran abrazo y enhorabuena por este texto y tu gran versatilidad escribiendo.

    Responder
    1. Eugercio
      4 diciembre, 2020

      Te agradezco mucho la valoración, Fernando. La mierda, en efecto, estará muy presente en lo que queda de relato. Los miserables la invocan y ella acude al reclamo. En cuanto al próximo libro, espero recompensarte con una buena colección de relatos repletos de antihéroes y jocosos dilemas existenciales. Gracias por tu confianza y un gran abrazo.

      Responder

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