Un fracasado con un curro de pacotilla, un expresidiario afortunado y una ciudad podrida que apesta a trapos sucios. Si buscas realismo sucio español o ejemplos de realismo sucio con mugre, derrota y mala leche, no te pierdas «¡Mierda!», un relato corto sobre precariedad, bajos fondos y humillación social.
¡MIERDA!
Realismo sucio
Ayer cumplí treinta y seis y trabajo en un puto McRoband’s. Ilusión: cero; necesidad: toda. Se acaba mi turno. Adiós, hijos de perra, hasta la próxima función. Me sumo a los frenéticos viandantes de la cochina urbe. No tengo buga y vivo en la periferia; tardo una hora en desplazarme al apestoso lugar donde acepto que me exploten a cambio de un sueldo de mierda.
¿Cuánto tiempo podré soportarlo? Me dirijo, pensativo, hacia la parada del bus y alguien me rebasa por el costado izquierdo. Con una pajita, sorbe el culo de un refresco del Burger Shit. Me fijo en su cara: ¡Mierda! Miro al frente y disimulo, pero el mamón me reconoce.
—¡Coño! —exclama.
No me doy por aludido.
—¡Casper! —Me da un toque en el brazo.
Me giro y finjo sorpresa:
—¡Hombre, Tobías! —Nos damos un apretón de manos.
Lo último que supe de él es que estaba sidoso. Al parecer, lo habían porculizado en la trena. Siempre fue una escoria de persona.
—¿Cómo te va? —le pregunto.
Me cuenta que curra en el Burger Shit de Roquefokin Picadilly. Mi ego se retuerce malherido, me hallo en las cloacas del escalafón social. Por debajo solo queda la indigencia.
—¿Tú qué haces? —me pregunta.
Humillado por compartir estatus laboral con un excremento como él, recurro a la mentira:
—Nada. Estoy en el paro.
La ropa que viste Tobías parece una donación de la Cruz Roja. No se esfuerza en disimular que es un paria. En el insti le iba mejor. Con chupa de cuero, tejanos de marca y camiseta de Nirvana, se hacía el enigmático y daba el pego. No decía gran cosa, pero ponía cara de malote y sacaba partido a su linda mirada de ojos azulados. Con el rollo de tipo misterioso desvirgó a unas cuantas. Luego se metió en las drogas y perdió el sexapil. En la trena, por lo visto, lo había recuperado.
—¿Nos fumamos una pipa de crack? —me dice.
—No me meto esa mierda. ¿De qué coño vas?
—Yo tampoco, ¿por quién me tomas?
—Por alguien que acaba de proponerme fumar crack.
—Veo que perdiste el sentido del humor. ¿Ves a aquel tipo?
—¿Cuál?
—Ese montón de estiércol —señala a un indigente que está apoyado en la pared.
—¿El vagabundo?
—Claro. ¿Cuántos montones de estiércol ves delante de ti?
Unos cuantos, la verdad, pero el sujeto en cuestión es el peor de todos. Tiene una botella en la mano, metida en una bolsa de papel tan arrugada y mugrienta como su careto de mierda. Se dedica a empinar el codo y observa a los peatones con ojos de chacal.
—Es Jimmy Canalla, un tipejo que pasaba crack en la trena… ¿Por qué me miras así? No he probado esa mierda en mi vida. Solo me interesa la hierba.
Tobías se acerca al sujeto.
—¿Cómo te va, Canalla?
El tipo, impasible, lo mira con unos aires de superioridad que contrastan radicalmente con su miserable fachada.
—¿Qué clase de deficiente firmó tu salida del trullo? —pregunta el mellado exconvicto luciendo una sonrisa de piños cariados.
—El mismo soplapollas que tuvo la ocurrencia de soltarte —dice Tobías—. Estoy reinsertado, pedazo de cagarruta, trabajo en una gran multinacional.
—¿No te porculizaron lo suficiente en el trullo? —contraataca Canalla.
—Estoy a una palabra de reventarte la tocha. Solo puedes hacer dos cosas para impedirlo: cerrar esa bocaza de mamarrabos y pasarme un poco de hierba.
—¿Cuánta pasta llevas encima?
—Veinte pavos.
—Da una vuelta a la manzana, vuelve por aquí y mételos en el bote. —Entre los pies tiene un bote abollado—. Dentro encontrarás lo tuyo.
Astuto hijo de perra, se disfraza de vagabundo para atender a la clientela sin levantar sospechas.
—No se te ocurra jugármela —le advierte Tobías.
Caminamos juntos hasta la siguiente esquina. Me cuenta que ya no vive en el extrarradio. Él y su chica alquilaron un tugurio en Lorailand, un barrio céntrico pero de escasa reputación. Me invita a fumar hierba en su apestoso hogar.
—Paso. Hasta la vista, Tobías.
—¿Seguro que no quieres un canuto? —insiste en que lo acompañe a su tugurio de Pececito Street—. Te vendrá bien relajarte después del curro.
—¿Qué curro? —finjo—. Ya te dije que estoy en el cochino paro.
—No te hagas el loco, Casper, sé que curras en el McRoband’s de Alfumado Street. Me lo dijo Sindy.
—¿Qué Sindy?
—Mi chica. La Sindy del instituto.
No puede ser ella; jamás se rebajaría a emparejarse con un despojo como Tobías.
—¿Me tomas el pelo?
—¿Por qué iba a hacerlo?
Una parte del cuento era cierta: Sindy estuvo almorzando en mi curro hace un par de semanas. Tuve que eludirla para que no me descubriera, pero me había reconocido por estar al acecho. Mis ojos de buitre siguieron el vaivén de su glorioso trasero hasta la salida y, desde entonces, no pensaba en otra cosa.
—¿Tu chica es Sindy Rabidovic? —No salía de mi asombro.
—¿Cómo quieres que te lo diga, en griego?
—¿Quieres decir que te la estás follando?
—¿Por qué clase de imbécil me tomas, Casper? ¿Crees que nos dedicamos a jugar al parchís? Me la follo, como mínimo, una vez cada veinticuatro horas. Sigue teniendo el mismo pandero. Un poco más grande, pero igual de redondo y morboso. Qué suerte la mía, chico: ¡el mejor culo del instituto! ¿Te acuerdas?
Me la había machacado cientos de veces pensando en el culazo de Sindy.
—Tampoco te pases; no era para tanto. —Trato de ocultar mi rabia y humillación—. Me largo, Tobías, voy a perder el bus.
Me encamino hacia la parada con las tripas revueltas. En el McRoband’s tuve que esconderme como una rata para que Sindy no descubriera que soy un perdedor. Desde entonces, reactivada la calentura, había husmeado en la vida de la Rabidovic para estudiar las posibilidades de acceder a sus nalgas.
En el instituto, el capullo que logró aparearse con ella la acaparó durante toda la adolescencia y selló su conquista en el altar. Darren Powerdoping, quarterback del equipo del instituto, se agenció el admirable trasero y puso rumbo a la gloria, pero sus malas prestaciones futbolísticas le impidieron pasar el corte universitario y acabó de lavacoches en la empresa de un primo suyo.
Harold Simplemind, uno de los integrantes del antiguo séquito de Powerdoping, me aclaró por Messenger que Sindy se había deshecho del malogrado quaterback. Cojonudo, vía libre, solo tenía que cruzarme con ella para poner en práctica el famoso truco del antiguo compañero que te invita a tomar un café. Sin embargo, mi plan acababa de colarse por el retrete. ¡Venga, no me jodas! ¿Con ese caraculo? ¡El McRoband’s tiene el doble de clase que el apestoso Burger Shit! ¡Maldita sea! ¡Un exconvicto sidoso! ¡Me cago en el copón bendito…!
La rabia y la frustración me corroían las entrañas y mi esfínter era sensible a esta clase de excitaciones. Sentí un agudo retortijón. Mierda, ¡me lo estaba haciendo encima! Rodeado de transeúntes, busqué la mejor opción y corrí hacia el bar más cercano.
Lo que has leído es un fragmento de una obra narrativa todavía inédita. Se publica aquí como muestra parcial de un proyecto en curso.
Cuéntame en los comentarios a qué te ha sabido esta mierda y dime si te apetece leer la continuación

8 diciembre, 2020
Si si….. «Mierda» para tu próximo librito de relatos.
9 diciembre, 2020
Cuenta con ello, eres la cuarta persona que me anima a publicar este relato en el libro. Además, tengo grandes ideas para la continuación. ¡Un besazo, Sara! Coronavirus sugar free.
8 diciembre, 2020
¡Bravo, Javier! Esto promete. Me encanta los nombres que utilizas, como Simplemind. Quedan que ni pintados.
Un abrazo
8 diciembre, 2020
Gracias por comentar, Mariángeles, veo que los nombres ayudan a potenciar el carácter satírico del texto. Otro abrazo para ti.
7 diciembre, 2020
Con semejante título ya te engancha desde el principio. Sí, yo voto porque aparezca en el libro. El humor es directo y brutal, como siempre. Es un relato con tu sello y estilo. Los nombres jocosos de las calles y barrios, la jerga de los losers, el detritus social, McDonalds vs Burguer King… una no puede dejar de sentirse identificada con ciertas cosas. No deja de representar una clara realidad, o mejor dicho, sucia realidad. Me gustaría ver cómo acaba esta «mierda».
«—¿Cómo te va? —le pregunto, y me cuenta que curra el Burger King de Roquefokin Picadilly. Mierda, mi ego se retuerce malherido, me hallo en las cloacas del escalafón social. Por debajo solo queda la indigencia».
8 diciembre, 2020
Oído cocina, ¡Mierda! tiene todas las papeletas de figurar en el libro. Tengo algunas ideas muy interesantes para la continuación. Un giro a lo escatológico con tintes filosóficos y algunas cosas más. Cosas sucias, cómicas y violentas. Muchas gracias, Hana, elegiste un párrafo exquisito para cerrar el comentario.
4 diciembre, 2020
Pues solo puedo decir que por supuesto que me has dejado con ganas de seguir leyendo. Ese final que dejas abierto y, que parece, va a dar nombre al relato me parece magnífico. Además que me has sacado una sonrisa.
El realismo sucio es uno de mis género favoritos y en este fragmento del relato lo realizas con gran destreza. Las situaciones supuestamente cotidianas las conviertes en interesantes y lo aderezas con una buena dosis de humor negro. Mención aparte los nombres que salpimentan la historia como «Simplemind», «Powerdoping» o «Alfumado» que le dan un toque aún más sarcástico a la historia.
En definitiva, me ha gustado muchísimo y espero poder seguir leyéndolo en ese próximo, y seguro que, fantástico libro de relatos que solamente con el título ya has conseguido despertar todo mi interés. Un gran abrazo y enhorabuena por este texto y tu gran versatilidad escribiendo.
4 diciembre, 2020
Te agradezco mucho la valoración, Fernando. La mierda, en efecto, estará muy presente en lo que queda de relato. Los miserables la invocan y ella acude al reclamo. En cuanto al próximo libro, espero recompensarte con una buena colección de relatos repletos de antihéroes y jocosos dilemas existenciales. Gracias por tu confianza y un gran abrazo.