Cocinero agotado descansa frente a facturas, notas y un viejo álbum mientras la cocina permanece en silencio. Cabecera de "La Pandilla Basura", un relato sobre inadaptación, precariedad laboral, agotamiento y renuncia.

La Pandilla Basura: relato sobre inadaptación, renuncia y naufragio laboral

Los cromos de La Pandilla Basura conquistaron a los chavales a mediados de los ochenta. Eran una parodia de las famosas Muñecas Repollo. En algunos países latinoamericanos recibieron el nombre de Basuritas.

En los cromos figuraban caricaturas de niños repugnantes, marcados por deformidades descabelladas. Sus nombres eran la monda: juegos de palabras que vinculaban a los engendros con sus dantescas patologías y crueles destinos.

álbum de cromos: la pandilla basura
Este es el álbum de la versión española. ¿Lo recuerdas?

Entre fogones, Tripadvisor, servilismo, cansancio y sueños de vida vagamunda, los cromos de La Pandilla Basura se transforman aquí en una fábula sucia sobre trabajo, alienación y ganas de desertar.

Otra larga y fatigosa jornada laboral. Desde la calma de mi sillón orejero y con los ojos cerrados, visualizo la danza demencial que realizo a diario, un sinfín de tareas en un tiempo sin reloj y en continua paramnesia de hámster enjaulado. Soy un puto cocinero y detesto la hostelería, pero qué puedo hacer: bocas que alimentar y facturas que pagar. Toda esta mierda era soportable cuando le encontraba sentido a dejarme la piel; la satisfacción del cliente, el reconocimiento, el orgullo por el trabajo bien hecho y los demás caramelitos que el ego chupetea hasta que el cuerpo, la mente e incluso el alma dicen basta.

«Este oficio es muy duro —nos dijo en su día la profe de cocina—. Mucha gente se quema y lo acaba dejando. Y el que lo deja no quiere verlo ni en pintura: lo deja para siempre». Cuánta razón tenía, pero el auténtico drama reside en quemarse, no tener el coraje de dejarlo y, aun no queriendo verlo ni en pintura, permanecer como un zombi en el meollo del martirio. 

Para adaptarse a la sociedad es necesario encontrar el modo de ganarse las habichuelas. Mi método consiste en llenar estómagos, pero elevándolo al exponente del culinario rito social. Quieren que dance para ellos con pasión y frenesí, que cada gota de sudor que resbale por mi espalda signifique algo. El apetito ajeno activa mi baile, un eterno vaivén que responde a las demandas de los melindrosos comensales. ¿De dónde salió tanto imbécil ilustrado? Esperan sabores agradables, olores estimulantes, colores vistosos, texturas firmes y a la vez delicadas; cada percepción determina un juicio y cada juicio tiene su importancia… en el puto Tripadvisor.

No hay dos paladares iguales. Cada comensal demanda una experiencia conforme a su gusto y sus nociones culinarias. La temperatura de servicio, el punto de cocción, la cantidad, la presentación, cada parámetro exige habilidad, concentración, coordinación, constancia; me pagan para que dance y debo sacrificarme.

Antes merecía la pena; aunque fuera agotador, resultaba gratificante, pero ya no puedo hacerlo más de un día sin desear que me fulmine un rayo o que el cochino planeta reviente. Dejó de importarme la satisfacción de las excelentísimas damas y caballeros que frecuentan el restaurante donde cumplo condena. En el servicio de hoy, el presidente de no sé qué y su delegado adjunto se empeñaron en felicitarme personalmente. Querían estrecharme la mano. Yo deseaba retorcerles el pescuezo para luego trocearlos, enharinarlos, freírlos y servirlos en la próxima función. 

Las camareras entran y me ponen al corriente de lo que ocurre en la sala. Son buenas chicas, personas consideradas que hacen bien su trabajo y la gente se lo agradece, aunque no siempre, resulta inevitable lidiar con los cretinos de turno. Las chicas escuchan sandeces, se muerden la lengua, se arman de paciencia y, cuando entran en la cocina, escupen la rabia que retuvo la compostura y regresan a la sala con agridulces sonrisas de fingida amabilidad. No molestan, no enturbian, no desestabilizan, son chicas buenas con sueldos no tan buenos y propinas que se ganan con talante servil. 

Hace tiempo que mis pupilas se tiñeron de cinismo. Odio el acatamiento y me encrespo con extrema facilidad. No podría ser camarero. Puede que cometiera un crimen. Estoy pasadísimo de rosca y ya veremos lo que pasa, mi profesión me infla las pelotas al máximo y, si no lo remedio, acabará conmigo. De momento me ciño a mi danza sin hacer concesiones. Es duro, pero lo hago de espaldas a todo lo demás, subido a mi púlpito de fuego, azufre, sudor y condena: un buen lugar donde aborrecer, cuando me place, a los tiquismiquis, pindongas y tragaldabas que se congregan en la parroquia de la gula, los antiácidos y las infusiones digestivas. Soy un reverendo de misas gourmet que oficia las ceremonias con un cuchillo entre los dientes.

Detesto el teatrillo social, por eso busco el aislamiento. Aquí, en el sillón orejero, mi cuerpo no se estremece y encuentro momentos de paz, pero mi mente se empeña en torturarme con destellos y emanaciones de formas, recuerdos y visiones perturbadoras. Ya veremos si esta noche regresan las pesadillas. Prisas oníricas, estrés pasivo y angustia creciente que se traduce en sobresalto, desvelo y sábanas empapadas. 

Uno se pregunta si no será más fácil para los vagamundos. Suelo pensarlo cuando estoy en el sillón. «Arquímedes —me digo—, lánzate a la vida vagamunda». Podría currarme un cartelito en un viejo y percudido cartón. Podría fabular mi propio epitafio, una lista de calamidades capaz de enternecer a los mismísimos ideólogos del Tercer Reich.

Como un refugiado de guerra, con el cartel de marras bajo el sobaco, agarraría el primer tren a Cincinnati y me plantaría en la puerta de cualquier antro de Dios con un gorrión impedido para el vuelo posado en mi mano. A mi izquierda, un perrito tumbado con la cabeza sobre las patas; a mi derecha, contra la pared, el cartel de las penurias y una lata limosnera junto a los pies.

Al fin podría dedicarme a la vida contemplativa…, pero me faltan agallas.

Admiro a los tipos que lo hacen; los desahuciados, denostados o rehuidos como la peste que viven a duras penas pero en paz. Aunque la limosna golpee en el fondo de sus latas, envidio su libre albedrío. Quién pudiera ser detritus social, paradigma de miserias y fracasos. No puedo, me falta valor para renunciar al empleo indeseable que consume a fuego lento mi digna pero tediosa existencia.

Para los estados, los vagabundos son provechosos y por eso se les tolera. Ellos ejemplifican, interpretando el papel de los que están al margen, las consecuencias de no adaptarse al modelo capitalista. Si no fueran útiles, los borrarían del mapa, como ocurre en los países prósperos donde se prohíbe la mendicidad. Los servicios sociales mantienen limpias las calles y los ciudadanos, satisfechos con sus vidas, no necesitan asistir a la tragedia del náufrago para cumplir con sus obligaciones cotidianas. 

La gente de bien mira a los marginales por encima del hombro, pero ¿acaso no es más digno un vagabundo que un títere de la infamia mercantil? Por lo que a mí respecta, es preferible estar al margen que plenamente adaptado al látigo del capataz. Qué lejos estamos del discernimiento y libre albedrío que prometía la evolución al concluir su proyecto cumbre: el sobrevalorado homo sapiens sapiens. ¿Dónde queda el paraíso terrenal? Aún estamos lejos; demasiado lejos…

De pequeño me fascinaba La Pandilla Basura. Completé la colección y todavía la conservo. Mi cromo preferido era el de «Víveres Arquímedes». Una gigantesca mamá pájaro apresaba en su pico a un chaval llamado Arquímedes y, en la parte inferior de la imagen, dos polluelos reclamaban su ración de proteínas. ¡Cómo sudaba el condenado Arquímedes!

Aún repaso aquel álbum desfachatado con la sonrisa congelada en el tiempo. El bebé que se come sus propias costillas, el niño con aspecto de huevo de cuya cabeza emerge un pequeño aguilucho, el muchacho que vomita sus órganos vitales o el que lame una rata muerta a modo de helado; observo las grotescas ilustraciones con una mueca de regodeo que rememora la alegría de aquel niño de los ochenta que falleció al convertirse en el adulto que soy.

«Víveres Arquímedes», me decían en el barrio.

No me importaba, estaba orgulloso de ser tocayo de uno de los ilustres miembros de La Pandilla Basura. Sin embargo, quién iba a decirme que mi destino figuraba impreso en mi cromo preferido: un par de bocas que alimentar, dos poderosas razones para asumir el sacrificio.

Me cuestiono si la cabeza me funciona como es debido. Estoy en ese límite donde puede consumarse la entera resignación, pero también es posible que estalle y lo mande todo al carajo. La Pandilla Basura me reclama como la patria al soldado. Quién sabe, puede que no sea tan malo ingresar en las filas de la escoria social y, puestos a elegir, prefiero alistarme por voluntad propia.

Al fin y al cabo, para los que manejan los hilos, somos un atajo de vagabundos sumisos con techo y empleo. Programados para ser incapaces de llevar una vida contemplativa. Por eso no podemos ser auténticos vagabundos. Aguantando mecha, trabajamos, consumimos y somos depredados por el sistema. Es la triste realidad, mirar Netflix es lo más cerca que estaremos de esa vida contemplativa que muchos anhelamos en nuestro fuero interno.

Un primo de mi mujer decidió mover ficha. Cansado de sentirse ninguneado, se alió con un amigo de la infancia y juntos colgaron los hábitos del eterno don nadie. No hicieron mal trato, cambiaron la esclavitud de la urbe por la costa levantina y, compartiendo una casa rodante, recorren pueblos, playas y paseos marítimos con un puesto de artesanía y un oficio complementario que aprendieron sobre la marcha: constructores de castillos de arena. Entre unas cosas y otras, se las arreglan para vivir a su manera, y sé de buena tinta que no les sobra nada, pero tampoco les falta.

Seguro que se acuerdan de La Pandilla Basura.

Este relato dialoga con «Don nadie», donde la fuga del mercado laboral toma otro camino posible.

¿Quién es más sensato: el que se adapta al mercado laboral y vive amargado o el que decide renunciar y apechuga con las consecuencias?

8 Comentarios

  1. MARÍA FERRER
    7 abril, 2022

    Hola. ¿Quién no se acuerda de la Pandilla Basura? No es mi estilo, ya sabes… pero, en la variedad hay gusto.

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    1. Eugercio
      8 abril, 2022

      Bienvenida, María Ferrer! La Pandilla Basura nunca fue un plato de buen gusto, pero la variedad de engendros que figuraban en aquellos míticos cromos enamoraron a una generación de chavales. No sé cómo describir aquel amor, pero el secreto consistía en traducir al lenguaje infantil lo macabro y lo esperpéntico. Gracias!

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  2. Mariangeles Prat
    17 septiembre, 2020

    Una realidad plasmada con elocuencia y crudeza. Me ha parecido un relato excelente y que da para reflexionar sobre la sociedad en la que vivimos.
    No conocía a La Pandilla Basura pero sí a su versión moderna: los Superthings, que viene a ser por el estilo pero en lugar de cromos son muñecos.

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    1. Eugercio
      17 septiembre, 2020

      Muchas gracias, Mariángeles. Ya sabes que mi estilo es mover a la reflexión a través, sobre todo, de la crítica social. No conocía a los Superthings. La Pandilla Basura es más grotesca y aberrante, pero es posible que tengan algunos puntos en común.

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  3. Hana
    15 abril, 2020

    No merezco tal honor, aunque agradezco que consideres mis comentarios como una colaboración en la obra. En verdad así debería ser la relación entre el escritor y el lector. Yo escribo en los comentarios lo que me inspira el texto, y el hecho de que inspire y suscite en el lector querer ir más allá, es lo mejor que le puede suceder al relato y a aquel que está detrás de todo ello, con todo su trabajo, esfuerzo y corazón. Muchas gracias por el comentario y por los relatos!

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    1. Eugercio
      15 abril, 2020

      Claro que lo mereces, solo con el hecho de considerarlo un honor demuestras que lo mereces. Desde mi punto de vista, no hay nada más valioso para un escritor que remover sentimientos y provocar reflexiones y debates. El dinero es vital, pero no se escribe por dinero (al menos los escritores de verdad), sino por una necesidad de transmitir y conectar. Sin esta comunicación, aunque esté fuera del espacio y el tiempo, dedicarse a escribir no tendría sentido. Así que gracias a ti por dar continuidad a este hermoso vínculo lector-escritor. Me gustaría que leyeras este relato, no está publicado en el blog. Ya me dirás qué te parece.

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  4. Hana
    17 marzo, 2020

    Yo no viví el furor de la pandilla basura, pero me han hablado (muy bien) de ella. Yo viví el furor de otros monstruos, los pokemones… pero sobre todo sabes qué furor viví… el de las masas enaltecidas comprando y comprando en los centros comerciales dentro de una vorágine de psicopatía alentada por los de arriba. Esas mismas masas que ahora están recluidas en sus casas o haciendo colas en el Mercadona por una triste barra de pan. Yo servía a toda esa gente en mi humilde puesto de trabajo, puesto que has logrado como siempre describir a la perfección. Esa era la historia antes de la hecatombe, trabajos mal pagados, esfuerzo, sacrificio, bruxismo nocturno, a veces incluso pesadillas, todo eso que te incitaba a convertirte en «detritus social». Vuelvo a releer el relato desde aquella vez que lo leí, en la que aún conservaba mi puesto junto a los de la masa que acudía despreocupada todos los fines a consumir, dándome quebraderos de cabeza. Y ahora pienso, y todo ese sufrimiento que describes, suscitado por algo que está completamente mal y podrido en el sistema, y siempre ha estado, y que estamos viendo ahora mismo cómo se desmorona delante de nuestras narices… todo eso era para qué. Recomendada lectura para leer y recordar, ahora con nostalgia, los tiempos de consumo desmedido, el trabajo a destajo para alimentar a esa horda de energúmenos que ahora no tienen posibilidad ni de conseguir una triste botella de Fairy en los lineales del Mercadona.
    Vamos a ingresar en las filas de la escoria social pero no por voluntad propia, porque eso hemos sido siempre para ellos, vagabundos con casa y trabajo obedientes, con un mínimo sueldo que permita pagar dicha casa y salir los fines a consumir, pero un día eso se acaba y cuando las fichas del dominó caen, caemos los primeros. Y este sistema que parece que pretenden resetear, este sistema que ahora está cayendo en el caos, que parece que ya no va a poder alimentar esas masas, ni generar pesadillas de alienación, ese mismo, a ver en qué forma vuelve. La gente tiene 15 días para reflexionar esos sinsabores, para tomar conciencia de qué esto no iba a durar eternamente, y lo gracioso de todo, tienen miedo de no volver a esa pesadilla laboral que magistralmente has descrito, para reconocer en el fondo que les encanta esa pesadilla, que sin ella no pueden vivir (literalmente). No todos están hechos para ser vagabundos, ni para llevar una vida contemplativa, a no ser que entiendan por contemplativo mirar el Netflix y la Sexta all day.

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    1. Eugercio
      14 abril, 2020

      Es la primera vez en la breve historia de este blog (10 meses) que me encuentro un comentario más valioso que el propio relato al que hace alusión. Es un ensayo corto dentro de un relato corto. Me reí mucho con las ácidos discernimientos y apreciaciones, la divina comedia de la debacle occidental, con ese tufo que mencionas en la forma de explotar los cuerpos y violentar los espíritus de los seres humanos, que en realidad somos amor en potencia y lo demostramos, pero agarrados por el cogote nos convertimos en seres iracundos y despreciables que envenenamos la convivencia, y así perpetuamos la ruleta de hostia que te doy y devuélvesela al siguiente que se cruce en tu camino, así acabamos apaleados casi todos, aunque sonriamos, aunque colguemos no sé qué mierdas en Facebook (o en Instagram, que por lo visto apesta más), aunque finjamos que todo esta bien en mitad del caos y la barbarie disfrazada de humanidad. En fin, un deleite de comentario que te agradezco de corazón, querida Hana-hermana.

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