Hoy tengo ganas de sembrar la inquietud con «Mala simiente», un relato de terror psicológico sobre la herencia familiar, la violencia doméstica y el monstruo interior. Fue finalista en la sexta edición del concurso Historias de familia.
Si te interesan los relatos oscuros en primera persona, esta historia explora el peso de la herencia familiar desde una mirada turbia y sórdida.
Los traumas, los personajes atormentados y el malestar creciente emparentan este cuento de terror psicológico con mi novela Terrorhome, donde también conviven el humor negro, el costumbrismo rural y la crítica social.
Llegó la hora de entrar en la guarida del monstruo…
MALA SIMIENTE
Relato de terror psicológico
Sus palabras eran ratas que se colaban por mis oídos y me roían las entrañas. Un esmalte de usura recubría sus ojos: dos canicas blancas con el símbolo del dólar. En ocasiones me preguntaba: «¿Cómo te va?», pero era inútil gastar saliva con un incapacitado para interesarse por el prójimo. El cerebro del Usurero, impedido para la escucha, era un baile de cifras, quejas, cálculos y artimañas que apuntalaban su egocentrismo patológico.
Siempre me hablaba de posibles escenarios donde el dinero le caía del cielo como una lluvia ácida que me abrasaba la piel. Devastado por la ruina y la oscuridad de mi porvenir, tenía que soportar aquel discurso de necesidades cubiertas, indemnizaciones por cobrar, ahorros a plazo fijo y planes de pensiones.
El Usurero hablaba por los codos y mi aversión no paraba de crecer, aunque a veces me invitara a una cerveza mientras el Monstruo me ordenaba: «¡Acaba con esa sucia gusarapa!». Tras quince años de condena logré que me soltaran a base de repetir que estaba arrepentido. En realidad, le hice el favor de acribillarle a navajazos y, sin el peso de sus finanzas y bienes materiales, pasó a mejor vida.
El verdugo del Usurero me sigue atormentando dentro de mi cabeza. Madre fue su segunda víctima. El Monstruo caviló, se armó de paciencia y, con pequeñas dosis de veneno para ratas, se salió con la suya. El mismo método que usó madre para escapar de la tiranía de padre. Yo era pequeño, pero no tonto, sabía que el aderezo mortal estaba reservado para los platos del patriarca.
Padre no valía para jardinero. En su tumba crecen malvas albinas que se marchitan enseguida. Madre, mi hermano y yo también nos mustiábamos con su mano dura. Psicoepisodios de violencia irracional. Tenía los nudillos de piedra, el condenado. Sus capones eran impactos súbitos que me fundían los fusibles. Cuando amainaba el dolor y recobraba la vista, no entendía el motivo de la agresión y me quedaba en silencio con la cabeza gacha, como un gorrión desvalido. En mi defensa, madre echaba leña al fuego de la sinrazón: «¡¿Por qué le pegas?!».
Cuando me afeité la cabeza por primera vez, comprendí que me atizaba con el anillo de boda. Delante del espejo, examinando las finas grietas que me surcaban el cráneo, el brillo dorado del instrumento ejecutor resucitó del olvido. Desde entonces, el anillo se pasea alrededor de mi cabeza como la aleta de un tiburón.
Los fusibles quemados para siempre.
Bebo para olvidar y miro la tele. La silueta de mi culo se estampó en el tresillo de escay donde madre hacía ganchillo. Me alimento de conservas y patatas fritas. La mugre, ovillada en el suelo, perdió la esperanza de ser recogida. El polvo y el moho son la epidermis de la casa. Las cucarachas corretean, las arañas celebran orgías y las chinches proliferan en mi colchón. Si madre levantara la cabeza… ¡Con lo limpia que era!
No debió provocar al Monstruo.
En la planta de arriba sobrevive Champán. Llevo meses sin recoger las cagadas que se acumulan en su pocilga y nunca lo saco a pasear. Las garrapatas, hinchadas como alubias en remojo, se lo beben a sorbos; festejan a diario el Año Nuevo con burbujas sanguíneas. Todos los moradores de la casa están de juerga menos Champán y yo.
A mi hermano y a mí nos gustaban los animales. Padre venía a buscarnos a la cama para que viéramos El hombre y la tierra. Una vez, entró en la habitación y se llevó a mi hermano; luego vino a por mí, que temblaba de miedo. Me cogió en brazos, descubrió que me había vuelto a mear y me cruzó la cara. «¡No le pegues!», gritó madre. Logró rescatarme de sus garras y me dio un Nesquik con rosquillas; unas que parecían flores azucaradas. Sabía que el azúcar me atemperaba los nervios.
En casa las pesadillas podían ser reales. Escándalo nocturno y terror visceral. Por la mañana, el pasillo cubierto de añicos de loza y restos de comida. Llantos y lamentos. Madre, con un ojo morado, fundida con la abuela en un abrazo que mi hermano y yo imitamos en el umbral de nuestro cuarto. Un cursillo improvisado de consuelo familiar ante la tragedia.
Tenía cinco años cuando padre me preguntó: «¿A quién quieres más, a papá o a mamá?». Di la respuesta equivocada, pero mi hermano acertó y padre se lo llevó en el coche a buscar golosinas. No volví a verlo. La colisión le reventó la cabecita y, para mayor desgracia, padre salió ileso. El muy hijo de puta conducía bebido.
Tras aquello, el valor de la honestidad se me quedó grabado a fuego en el cerebro y el corazón. Me adherí a la verdad y padecí las consecuencias. Niño problemático, me decían, por no cerrar el pico y rebelarme ante la injusticia y la tiranía. Padre, tigre borracho con dientes de sable, te hubiera matado a hostias, pero no hizo falta: madre te borró del mapa.
Salgo a la calle y camino sin rumbo. Un grupo de ancianos realiza la fotosíntesis en el patio de una residencia. La encargada de entretenerlos alza la voz:
—Consuelo, ¿a qué día de la semana estamos hoy?
—A miércoles —responde Consuelo.
—¡Hoy es jueves! —ladra otra vieja.
¿Miércoles? ¿Jueves? ¿Viernes? Ni lo sé ni me importa, pero el Monstruo pide sangre y me alejo angustiado: augurios teñidos de rojo frenesí.
De nuevo en casa, me miro en el espejo. ¿Qué porvenir me espera? La soledad, la vejez, la senectud, el culo manchado de mierda y orín. Sujeto con firmeza la navaja de afeitar y me limito a obedecer.
Primero me ocuparé de Champán. El Monstruo pide sangre; mi alma, redención; y mi cuerpo, tierra.
Se acabó la mala simiente.
Recursos gráficos: pngtree y pixabay.
Intenté escribir un relato de terror psicológico sobre la huella de la violencia familiar y el monstruo interior. ¿Crees que lo conseguí? Te leo en los comentarios

7 abril, 2025
Excelente, que difícil caso, tener hijos tendría que ser una desición menos tomada a la ligera
22 abril, 2025
En efecto, traer hijos a este mundo debería implicar que los padres cumplieran unos requisitos mínimos, pero la sociedad fabrica sus propios monstruos cuando falla la educación, la protección del menor y la igualdad de oportunidades. Muchas gracias por comentar, Jesús. Un abrazo.
17 febrero, 2025
Excelente. Super bien escrito, creas una atmósfera perturbadora. Te felicito desde Ecuador.
1 marzo, 2025
Muchas gracias, Aminta. Me alegra que lo hayas disfrutado.
20 diciembre, 2020
Me recuerda a Crimen y Castigo. Invalorable el diálogo interno, las idas y venidas, el olor insoportable de la usura.
Mis felicitaciones por un relato tan realista y oscuro y tan pero tan visceral. Logradísimo, te felicito !
21 diciembre, 2020
Muchas gracias por comentar, Juana. Muy interesante la relación que estableces con uno de los clásicos de la letras universales. Sí que aprecio la misma atmósfera oscura de actos viscerales y pensamientos condenatorios. Un abrazo.
9 julio, 2020
Muy buen relato de terror. El monstruo de adentro al final termina ganando ¿o perdiendo? Saludos.
9 julio, 2020
Gracias por leer y comentar, Joaquín. El Monstruo se sale con la suya, pero en este relato solo ganan los lectores como tú. Un saludo!
3 junio, 2020
Simplemente, FANTÁSTICO.
Muchas gracias.
4 junio, 2020
Ana! Qué alegría recibirte y saber que aprecias mis letras. Un abrazo.
2 junio, 2020
Como cada vez que buceo en una historia tuya, emerjo con la sensación de haberme transportado a un mundo onírico. Tu estilo inigualable, lleno de humor negro, dureza y realismo, brota en cada línea. Felicidades.
3 junio, 2020
Encantado de recibirte, amiga, me transmites muchas ganas de seguir por esta línea. Mi hermana suele decirme que mis relatos son pura poesía. Creo que la sensación que te producen mis historias tiene mucho que ver con esta poesía de la oscuridad. Muchas gracias, Estrella.
2 junio, 2020
Felicidades por ese merecido reconocimiento y puesto! Este es sin duda uno de tus relatos top, en el estilo que te caracteriza. Cruel y conmovedor, entrañable, pero a su modo oscuro y desolador, y sobre todo como siempre digo, poesía en estado puro. Me parece una buena introducción para irnos abriendo boca a lo que será Terrorhome, en ese estilo tan crudo y visceral que te caracteriza ya.
Esperando entonces hasta octubre!
2 junio, 2020
Querida, Hana, se agradece la felicitación, la lectura y el comentario. En efecto, este descamoche de la institución familiar es un preámbulo de Terrorhome. Las espadas del thriller esperpéntico y el humor desfachatado están en todo lo alto. Se avecinan dedos en llagas y críticas feroces hacía mi persona del sector conservador. Preparado para subirme a la palestra.