Don nadie vive atrapado en la derrota, la humillación, la impotencia y la certeza de haber sido expulsado del banquete de los demás. Sin embargo, aún conserva la esperanza de redimirse con el amor de una mujer, y su plan es aprender a bailar salsa. Una Nochevieja miserable, un vigilante nocturno en apuros y una venga enigmática presencia que irrumpe en la oscuridad.
DON NADIE
Relato de fracaso y redención
Nada más entrar en la garita, encendí el calefactor. La última noche del año había coincidido con la más fría. Las mínimas previstas eran de echarse a temblar. Al llegar al polígono, había tapado el coche con la manta zamorana de los picnics. El pobre estaba en las últimas y era tan vulnerable a las inclemencias como cualquier infeliz en alto riesgo de exclusión social.
Me senté a calentarme las manos en el chorro de aire caliente. El calefactor era una birria, pero su escasa potencia evitaba que mi compi y yo nos quedáramos tiesos. La inmensa nave que custodiábamos, un almacén de maquinaria industrial, era una cámara frigorífica que estábamos obligados a recorrer a razón de una ronda por hora. Las oficinas tenían un pase, pero en la nave te congelabas.
A menos de una hora para las uvas, me puse el tres cuartos y el pasamontañas, cogí los bártulos —porra, linterna y juego de llaves— y salí de ronda. Primero recorrí las oficinas. Luego volví a patearme, a cinco o seis grados bajo cero, los trece mil metros cuadrados de nave y, como de costumbre, entre los pasillos formados por maquinaria pesada, imaginé toda clase de amenazas acechándome en la penumbra.
Escuchaba chirridos, murmullos, ecos, crepitaciones, inquietantes rumores —terrenales o paranormales— que me tenían con el alma en vilo. Nunca pasaba nada, pero mis nervios, sobresaltos y giros repentinos con enfoques de linterna se sucedían cada noche durante las rondas.
De vuelta en la garita, encendí la tele, un cacharro de dieciocho pulgadas que me ayudaba a soportar las noches interminables. Me chupaba doce horas los fines de semana y los festivos. Mi compi, el vigilante titular de la empresa, tenía catorce pagas, treinta días de vacaciones y cesta de Navidad; a mí me pagaban por horas, vía ETT y a Dios gracias. Luego me buscaba la vida con trabajos eventuales que me permitían, a duras penas, apoquinar la manutención de los niños y llegar a fin de mes.
Era lo que había.
Para amenizar la Nochevieja, me había traído unas uvas enlatadas y una botella de champán —el más barato del Carrefour Express—. Llegaron las campanadas y completé el deprimente ritual. Me acordé de los niños y recreé la escena familiar en la casa de mis exsuegros. Todos felices; mi exmujer la que más, en compañía de mi sustituto, que habría ocupado mi exasiento. Y aquí no ha pasado nada. ¡Que siga la juerga! Me sacaron de su vida con una facilidad pasmosa.
De un año para otro, las cosas pueden cambiar hasta el extremo de volverse irreconocibles. Mi familia política pasaba de mi culo. Mis dos cuñados se construyeron sendas casas en la parcela, una a continuación de la otra y ambas con mi ayuda. ¿Cuántos fines de semana había sacrificado a cambio de unas cervezas, unos bocatas de chistorra y unas palmaditas en la espalda?
Qué imbécil había sido. Ellos, con dos viviendas por cabeza; yo, expulsado de la mía por decreto judicial. Y gracias a mis padres, que si no me habría podrido en un albergue para indigentes. ¿Ella? Ella ni se hubiera inmutado. Desde el momento en que me dijo «tenemos que hablar», me trató como si fuera un despojo. Solo importaba el piso, el divorcio y la manutención.
Completé la primera ronda del año, regresé a la garita y me ventilé lo que quedaba de champán. Estaba asqueroso, pero no me sentó peor que los especiales de Nochevieja, que acabaron de deprimirme con toda esa gente guapa, exitosa y feliz. A su lado yo era una mierda de persona. Había fracasado en todo y me hallaba en el culo del mundo, muriéndome de frío y de miedo por seis euros con ochenta la hora.
Apagué el televisor y traté de animarme. ¿Qué había sido de mis propósitos para el nuevo año? Juanqui me había pasado un juego para aprender a bailar. Salsa para principiantes, se llamaba. El misérrimo kit, más viejo que la tos, incluía una cinta de audio y una alfombra plastificada con rayas, dibujitos y círculos numerados. Yo era reacio a estas cosas, pero llevaba cerca de un año sin catar mujer y empezaba a desesperarme. No tanto por el hecho de mojar en caliente: necesitaba una conquista que me subiera la moral.
En mis condiciones actuales, estaba bastante lejos de ser un buen partido, pero Juanqui tampoco lo era y, con la vaina del bailoteo, se había ligado a una ecuatoriana. Distaba mucho de ser el «bombón» que Juanqui proclamaba, pero la chica no estaba mal y todo gracias al jueguecito —con él aprendió lo básico— y a las clases de salsa que seguía recibiendo en una academia.
Sin demasiada convicción, puse la cinta en el radiocasete que me había prestado Juanqui —estaba chapado a la antigua—. La cosa no tenía mucho misterio; se trataba de ir poniendo los pies, a ritmo de salsa, en los círculos que indicaba la voz magnetofónica. Me faltaba el espejo, pero el cristal semiahumado de la garita reflejaba con suficiente nitidez mis intentos de ejecutar los pasos de baile.
Arrítmico por naturaleza, un tanto contrahecho y con el traje de segurata —me quedaba grande— que me había proporcionado la empresa, me sentí un auténtico mamarracho. Avergonzado de serlo, quité la música de un manotazo y volví a sentarme.
Definitivamente, no era mi Nochevieja. Tampoco había sido mi año, y… me cago en la puta de oros, no estaba siendo mi vida. Esto explicaba mi inclinación por el hinduismo: tenía la esperanza de resarcirme en la próxima reencarnación.
En la siguiente ronda, los efectos del alcohol apaciguan mi habitual inquietud. Ya no me preocupan esos rumanos, búlgaros o albanokosovares que se ocultan tras la maquinaria, listos para asestarme un nutrido repertorio de garrotazos, pedradas o navajazos. La imaginación, en un lugar como este, te juega malas pasadas a diario.
En los hangares, paseo la luz de la linterna por los vehículos pesados. Camiones, en orden. Retroexcavadoras, en su sitio. ¿Dónde coño iban a estar? Lo mismo de siempre. Vuelvo sobre mis pasos, sumergido en una oscura melancolía que me induce a pensar en lo solo que estoy en el mundo, y… ¡joder, qué susto! Dos ojos amarillos, intensos, luminosos, sibilinos, me observan a unos metros de distancia.
Es un animal. Tiene que serlo. No puede ser otra cosa. El hipnótico intercambio de miradas nos mantiene paralizados. Solo distingo una silueta que se perfila en las tinieblas. Distintos grados de oscuridad y, sobre los ojos encendidos, unas orejas acabadas en punta.
Cuando la tensión del hallazgo me permite reaccionar, levanto la linterna hacia los ojos que me escrutan: ¡es un zorro! Respiro aliviado. Parcialmente aliviado, no deja de ser una alimaña peligrosa. Me envalentono, doy unos pasos al frente y el zorro retrocede. Zigzaguea, me observa y mantiene las distancias. Creo que se divierte; corretea, se esconde y aparece en cualquier parte. Es un acecho en toda regla. Estoy helado, aprieto el paso de camino a la garita y el zorro me sigue. Cuando me giro, se detiene entre las ruedas, engranajes o soportes metálicos de la maquinaria.
—¡Fuera de aquí!
Alzo la porra, amago con embestirlo y el zorro se aleja. Antes de meterme en la garita, diviso una vez más el baile de ojos amarillos que no deja de acecharme.
—Ahí te quedas, mamón —murmuro mientras cierro.
La historia continúa
No te pierdas la segunda parte de Don nadie.

1 abril, 2026
no me desagrada el relato, en realidad me parece interesante y me invita a seguir leyendo. En lo que estoy completamente en desacuerdo es en la atribución como relato satírico (aunque quizá es que desconozco el sustrato de tu cuento, para entender que quizá satirizas otro cuento); el hecho es que, yo mexicano de 58 años, hasta el momento no encuentro lo satírico; veo más bien un tono existencial, enfocado en un velador; un proletario (que vive de la fuerza de su trabajo) y que tiene una vida en general miserable; me parece mucho más enfocado al realismo que a la sátira; cuya característica principal es ser una burla y que por tanto debe buscar un tono humorístico. Saludos.
2 abril, 2026
Hola, Ray, gracias por tu valioso comentario. No te falta razón, quizá sea más precisa la etiqueta «relato realista» o «relato costumbrista». A veces elijo las etiquetas de cara al buscador de Google, como parte de una estrategia SEO para posicionar mis textos. De hecho, ahora mismo estoy revisando la estrategia SEO en todas las entradas de mi web y es bastante factible que siga tu consejo. Un saludo.
14 enero, 2020
«Esta no era mi Nochevieja. Tampoco había sido mi año, y… me cago en la puta, no estaba siendo mi vida. Esto explicaba mi inclinación por el hinduismo, tenía la esperanza de resarcirme en la siguiente reencarnación».
Frases célebres de ayer y hoy.
14 enero, 2020
A veces me ocurre que releyendo mis propios textos, me digo: «Coño, qué bueno», como si lo hubiera escrito otra persona. Esto debe ser porque los escritores desconocidos tenemos la autoestima baja, o quizá porque a la hora de escribir nos aflora en la mente el bagaje de nuestras lecturas y, de manera consciente o sin pretenderlo, cada vez nos acercamos más al genio y figura de los autores que admiramos. De cualquier modo, gracias por incluirme en Hall of fame de las frases célebres.
19 noviembre, 2019
Excelente relato una vez más. Giro inesperado de la oscuridad a la luz. Nos has vendido el producto de la mediocridad de ser un ‘don nadie’, y lo hemos comprado.
Cuando nos creíamos mejor que nadie, a salvo de ser un ‘don nadie’, Dios nos libre, nos damos cuenta de que nuestra compra es un error…
Glorioso sería dar una soberana patada en los huevos a ese EGO limitador y ser un ‘don nadie’. Una patada en los huevos a la mente concreta que habita el sótano y subir a la planta más elevada de la casa y ver 360°.
19 noviembre, 2019
Tú lo has dicho Dantesco, la clave reside en ese giro inesperado de la oscuridad a la luz. La derrota del EGO, la renuncia a lo que se espera de nosotros, la consciencia que se abre paso entre el materialismo imperante y la vorágine laboral. Cuando nos resbala por la piel la etiqueta de don nadie, cesa la frustración y… ancha es Castilla.