don nadie (segunda parte): portada del relato

Relato: Don nadie (segunda parte)

cajetín de autor: Apurito Montoya

La garita donde dejamos al don nadie representa la prisión que constituyen nuestros miedos. En esta segunda parte (si no leíste la primera, EMPIEZA POR AQUÍ), el simbolismo y lo metafórico irán ganando peso en el transcurso del relato.

Tiempo estimado de lectura: 10min

La bestia que figura en la portada augura un peligro inminente para nuestro hombre, ¿te pica la curiosidad?…

Te lo garantizo, la segunda parte de Don nadie no te defraudará.

El relato corto de hoy, se titula:

don nadie (segunda parte): cabecera del relato

¿Cómo pudo colarse? Por el portón, seguro. Atraído por el olor de los táperes y bocatas que traen los empleados para reponer fuerzas. Aunque estos bichos son muy curiosos, puede que se colara por el impulso irrefrenable de husmear. Para un zorro, una aglomeración de maquinaria pesada debía ser como un parque de atracciones.

Desde la silla giratoria, eché un vistazo al exterior. No localicé los ojos amarillos. El animal estaría buscando una salida. Le quedaban unas horas de incertidumbre, no estaba autorizado a abrir el portón salvo en caso de emergencia. Tampoco lo hubiera hecho, a saber qué legiones de yonquis, malhechores, degenerados o adoradores de Satanás merodeaban por el descampado colindante.

La alfombra plastificada de Salsa para principiantes seguía invitándome a mover el esqueleto. Bah, tonterías, no necesitaba recurrir a esa clase de artimañas. Me imaginé en la pista de baile de la disco Bachata Mix, el coto de caza de Juanqui.

Pobrecillo, trataba de contrarrestar sus carencias como buenamente podía. Muy chistoso, muy majo, pero a pajas desde los catorce. En realidad, su falta de atractivo chocaba frontalmente con las apetencias sexuales de las mujeres, que al verlo venir, le otorgaban el estatus de bicho carroñero en la cadena alimentaria de la fauna nocherniega.

Pero el asunto del bailoteo le había funcionado y no le faltaba razón, las mulatas entraban al trapo y algunas demandaban españoles. «Rabo nacional», como él decía.

La puta que lo parió, el típico colega al loro de las tías, siempre ojo perdiz y vámonos a otro garito que aquí hay mucho rabo, mira esta mira la otra y los zarrios para el final, como última opción, un buen follador está a las duras y las maduras, echando maíz a las gallinas llueva o truene, y así cada noche, lo importante para él era follar aunque nunca lo hiciera, por eso mismo examinaba las curvas y atendía a las miradas y analizaba la situación en la feria del ganado del ambiente nocturno.

Ni hablar, no podía degradarme así, babear y perrear en Bachata Mix no era propio de un tipo como yo. Debía explotar mis recursos intelectuales, el terreno de la charla era mi coto.

Nunca había destacado en lo físico y tampoco podía impresionar a base de cochazo, tarjeta o billetera, pero mi nivel cultural estaba por encima de la media y una vez roto el hielo, tenía conversación. Sabía de historia y geografía, de libros y pintura, de series y cine, de política y temas de actualidad.

Me lo había currado, datos a cascoporro y qué inteligente es este chico, lo que sabe, hay que joderse con el listillo de la clase, el laureado de las ágora griegas. No era para tanto, ni mucho menos, pero me bastaba para deslumbrar a jovencitas superfluas que valoraban la inteligencia por carecer de ella.

¿Inteligencia o consumo de datos? Más bien lo segundo, se trata de rentabilizar esa parte del ego que se infla de tele, Wikipedia y loables idiosincrasias para escupir información a la mínima oportunidad de lucimiento. Cada uno juega sus cartas.

Aunque las mías, por muy marcadas que estuvieran, no habían ganado una partida desde antes de empezar con mi ex. Me acerqué al radiocasete, volví a poner la música y practiqué los pasos básicos de Salsa para principiantes.

Esta vez me sentí menos ridículo. Era cuestión de acostumbrarse. Y del zorro ni rastro. Aguanté unos minutos el frenético bailoteo (el tipo de la cinta se pasaba de entusiasta) y con la frente sudada, aparqué el culo en la silla y me tomé un respiro.

Sin embargo la memoria, siempre en busca de llagas supurantes, se detuvo a hurgar en mi última humillación. El Juanqui también andaba de por medio, él tuvo la idea de grabar el maldito vídeo.

Aunque, la verdadera culpable era mi ex. Víctima de las modas y costumbres, había instaurado en casa la tradición de Santa Claus y yo, que en el primer año de exilio conyugal no quería ser menos, había previsto la doble sesión de regalos (Los Reyes y Papá Noel) pero el coche se me jodió y con él el presupuesto navideño.

Solo me alcanzaba para los Reyes o Papá Noel, y con el ojo en el calendario me decanté por la segunda opción. No podía permitir que mi ex me ganara terreno.

Mis regalos, aunque pequen de modestos, estarán presentes durante todas las Navidades en el nido familiar de donde fui expulsado. Ahora bien, lo del vídeo había sido una cagada. En Nochebuena, bien se habrían pitorreado en la casa de mis exsuegros con la misiva de Juanqui disfrazado de ¿Gaspar?

«Andrea, Carlitos —decía el artista, con una barba blanca de bazar chino, una bata de su madre y una gorra de chulapo puesta del revés—, os traigo un mensaje muy importante. Este año los Reyes Magos estamos muy pero que muy saturados con los envíos de los regalos. Nos hemos repartido el trabajo con Papá Noel. Así que esta noche, vuestro amigo Papá Noel os dejará los regalos de parte de Gaspar, que soy yo, y de parte de Melchor, de Baltasar y sobre todo de vuestro padre, que os quiere mucho mucho mucho. ¿Vale?».

A años luz de atesorar cualquier mínima noción de luminotecnia, se había ubicado ante la cámara de tal modo que cualquier borracho, presidiario o adicto a la heroína hubiera lucido mejor que él. Menudas pintas, y qué manera de menospreciar el discernimiento de las criaturas, ni se había molestado en cambiar el tono de voz.

Carlitos lo reconoció a las primeras de cambio. «¡Si es el Juanqui!», exclamaba en el contravídeo grabado por mi ex con la única intención, estoy convencido, de hacer befa de mi bochorno por todos los medios posibles, incluido, desde luego, el envío masivo del documento audiovisual que reflejaba mi ineptitud y el deplorable estado de mis finanzas.

A mí me había llegado vía wasap, la dolorosa afrenta, con un simpático comentario aderezado con emoticonos a priori inofensivos pero cargados de mala fe y segundas intenciones.

Antes de emprender la enésima ronda, me entregué a la distracción de Salsa para principiantes. Le estaba cogiendo el truquillo. Incluso empezaba a gustarme lo que veía reflejado en el cristal de la garita. No estaba mal dotado y sabía cómo usarla pero necesitaba el visto bueno de una mujer y este tipo de argucias, después de todo, podía hacer que saltara la chispa en la disco Bachata Mix.

Con el pene semierecto, pensé en el generoso trasero de una latina despampanante y algo se cruzó en mi campo de visión. Distinguí el brillo de sus ojos, y una inquietante sonrisa que… ¿Sonrisa? Aquella dentadura, aquella mueca rapaz parecía una sonrisa y era insólito, desde luego, pero todo indicaba que el zorro se reía de mí.

Confuso y ofendido a partes iguales, me acerqué a parar la música y al girarme, el zorro se había evaporado. Desde esta nueva perspectiva, mi reflejo en el cristal había empequeñecido. Puede que fuera por la distancia. Volví a situarme sobre la alfombra plastificada… y me quedé estupefacto.

Tuve la sensación de que había menguado; por lo menos, una cabeza. Miré a mi alrededor y luego hacía el suelo. ¡Joder, qué pasa aquí! Las distancias se habían alterado, me sentía más pequeño, y mi reflejo lo confirmaba sobre el cristal de la garita.

Amplié el alcance de mi vista pegándome al cristal. El zorro estaba missing pero lo mismo daba, tenía que largarme de esta cripta del diablo. Con el juicio seriamente trastocado, recogí mis cuatro cosas y salí al pasillo, la arteria principal de las oficinas. Las luces de emergencia me guiaron hacia la salida y a unos metros de la misma… casi me da un infarto.

El zorro custodiaba la puerta; inmóvil, amenazante, tan oscuro y megalítico que parecía un lobo… o algo más fiero todavía. Un tufo rancio y nauseabundo me sacudió en las narices y la fiera exhibió sus garras y colmillos, se irguió sobre sus patas traseras y camino hacia mí…

Aterrado, salí por piernas y me encerré en la garita y me costó horrores arrastrar el escueto mobiliario para bloquear la puerta. Los objetos pesaban toneladas y la ropa, que me quedaba como un serón, puso mil trabas a mis esfuerzos desesperados.

Volví a mirarme al cristal y era más chico todavía. Superaba el enanismo de un pigmeo e incluso de un enano, del más bajito de los enanos. Debía medir alrededor de un metro.

Al otro lado de la puerta, la fiera respiraba sigilosa. Con los pelos de punta, marqué el número de la poli pero corté la llamada. ¿Quién iba creerme? Si no lo estaba ya, me estaba volviendo loco y por tal me tomarían.

Decidí salir del uniforme, la crisálida textil de pliegues y excedentes que me envolvía. Los calzoncillos, antes ceñidos, se me caían. Me pasé un extremo de la goma por detrás de la cintura y lo encajé al otro lado, a modo de toalla. Entonces, a mis espaldas, escuché una grotesca risotada y me giré de un brinco. Ahí estaba la fiera, con el hocico pegado al cristal de la garita.

Mis ojos se posaron en la puerta de acceso a la nave, también de cristal en su parte superior y al alcance de la fiera. Nunca cerraba con llave aquella puerta. Estaba perdido, el pomo comenzó a girar y la fiera, petrificando cada célula de mi cuerpo, habló:

—Eres un don nadie.

La voz era profunda, grave y envolvente, como emitida desde el fondo de una caverna. La puerta se entreabrió.

—Don nadie, don nadie, don nadie… —repetía, la fiera, más negra que el carbón; y yo, literalmente, me cagué en los calzoncillos y el mojón los empujó hasta el suelo.

—Ja, ja, ja… —Sus carcajadas, restallantes, precedieron la entrada del horrendo ser, que señalando mis vergüenzas con su zarpa renegrida se detuvo a dos pasos de mí.

El olor a mierda era el mismo que desprendía mi existencia desde hace muchos años. Bajé la mirada, la mierda que acababa de soltar era del mismo color que mi futuro, tan oscura como el pelaje y la boca de la fiera.

—Don nadie, don nadie, don nadie, don nadie, don nadie… —repetía.

Tenía razón, y estaba harto de serlo. Estaba harto de la gente. Hasta los cojones de todo. Harto de la traición, de la crueldad, de la violencia, de la engañifa, de la esclavitud, de la rutina, del sinsentido…, harto de mí mismo. Harto de sentir que me ahogaba.

—¡Vamos! —clamé con los brazos en alto, ante aquella bestia hercúlea que amplificaba mi enanismo desmesurado—. ¡Acaba conmigo, hija de puta; me haces un favor!

Me arrepentí en el acto de mi osadía. Las fauces abiertas de la fiera cayeron sobre mí como una secuoya recién talada. Me acurruqué, y se hizo la noche…

Una luz cegadora me impedía abrir los ojos. Lo hice despacio, protegiéndome con las manos y los párpados. Estaba en el playa. Ante mí se extendía, sereno, un acuario inmensurable de embriagador aroma. Era el Mediterráneo. Estaba sentado en la arena y la luz colisionaba con las formas perceptibles y estallaba en pirotecnias de radiantes colores.

Sentí que formaba parte de todo aquello. Irradiaba la misma luz, participaba de la misma energía y mi cuerpo, bronceado, lo celebraba con entusiasmo. Tenía que bucear en mis recuerdos, hasta la niñez, para que aquel sentimiento tuviera parangón.

Sentí un cosquilleo en el cuello. Tenía barba. Seguí palpándome la cara y aprecié las secuelas del paso del tiempo. Arrugas, bendita consecuencia de la sabiduría.

Juanqui apareció de la nada. Venía de la orilla del mar y transportaba un cubo de agua. Su tez morena, sus cabellos largos, su cuerpo desgarbado y más fibroso que nunca, también resplandecían. Me dedicó una sonrisa al pasar junto a mí y entonces recordé nuestra vida actual…

Juanqui y yo, hace ya unos cuantos lustros, habíamos huido del deterioro y la vulgaridad, del hacinamiento y la borregada, habíamos demolido nuestro pasado y ahora nos dedicábamos a la construcción.

Éramos constructores de castillos, palacetes y otros monumentos de arena playera. Los paseantes, en su espejismo de libertad, nos premiaban con pequeñas aportaciones que eran el pan nuestro de cada día.

Alejados del progreso decadente y los becerros de oro, recorríamos la costa en una modesta roulotte y además de construir, confeccionábamos pulseras, colgantes, pendientes y otras piezas de artesanía que vendíamos en los paseos marítimos, plazas o mercadillos. Llevábamos una vida muy sencilla: menos es más y cuanto más mejor.

También pescábamos. Éramos hijos de la mar, la brisa y el sol y andábamos sin camiseta casi todo el día; unos don nadie de pies a cabeza y sin embargo, libres, dueños de nuestros actos y al timón de nuestras vidas.

Rebañábamos el color y sabor que le quedaba al mundo en recovecos donde aún crecía la hierba y se podía respirar. Nos movíamos por lo menos transitado del espacio abarrotado.

¿Unos don nadie? Por supuesto que sí: vaciados de cargas, convenciones y expectativas; en el Mediterráneo, donde todo empezó… y donde todo acabará para nosotros. Espero que antes de la Gran Hecatombe.

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

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2 Comentarios

  1. Mariajosé
    8 noviembre, 2019

    La famosa zona de confort y la búsqueda de la felicidad. El que se va de la zona de confort, es porque lo echan, o porque no era realmente su zona. Buena historia.

    Responder
    1. Eugercio
      8 noviembre, 2019

      En efecto, la búsqueda de la felicidad nos aleja de la zona de confort. Es un viaje para valientes, ya que la incertidumbre contiene todos los escenarios y variables posibles. En este caso, el premio de una vida más libre y auténtica. Gracias por tu comentario, María José.

      Responder

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