Hombre solitario contempla una grieta luminosa en la pared de una habitación deteriorada y casi vacía.

10 microcuentos para reflexionar

Jon Fusta: antihéroe de Prosa Visceral

Dando guerra en el bando de las letras

Estos diez microcuentos para reflexionar abordan la vida, el poder, el miedo, la espiritualidad y la estupidez humana. Son textos breves de mirada crítica que plantean más preguntas que respuestas.

Diez microcuentos para reflexionar

También en versión ilustrada

Estos microrrelatos cuentan también con una versión ilustrada que amplía y, en algunos casos, completa el juego narrativo. Al final de cada texto puedes verla o descargarla.

A los 57 años, cansado de verme en el espejo, fundé la primera escuela de desaprendizaje. En la primera charla informativa, los asistentes descubrieron los beneficios de desaprender: deshacerse de la programación para ver el mundo con nuevos ojos y experimentarlo sin los prejuicios acumulados. Sin renovación, somos agua estancada. «Y ya sabemos lo que ocurre con el agua estancada», dije al terminar la charla, mientras borraba la pizarra hasta dejarla en blanco.

© Jon Fusta

Una oleada de crímenes asola el país. «La culpa es de los negros —afirman los reaccionarios—. Fortifiquemos las fronteras con muros y alambradas». «Un momento —intervienen los sabios—, los negros solo cometen el 12 % de los crímenes». Los reaccionarios murmuran entre ellos. «Pintemos de negro a los demás criminales», sugiere su portavoz.

© Jon Fusta

Era una sombra sin nombre ni hogar. Acababa de mearse encima y estaba solo, enfermo, hambriento y deprimido. En la calle donde mendigaba había veintisiete pisos vacíos, pero nadie tenía la culpa de que él no se esforzara en adaptarse. Era demasiado negativo y no estaba en sintonía con el cosmos. No generaba las vibraciones necesarias para atraer la felicidad. Por eso, mientras la gente positiva triunfaba, asumió la derrota y dejó de ocupar su esquina. Ganó él, ganó el escaparate social y ganaron los contribuyentes cuyas monedas lo sustentaban.

© Jon Fusta

El filósofo proclamó «Dios ha muerto» y desde entonces me pregunto: «¿Quién lo mató?». Sospecho de los mesías digitales, que arrojaron a las llamas los textos sagrados y con el humo crearon la realidad virtual. Sospecho de los teólogos de las finanzas, que edificaron mercados bursátiles y los llenaron de fariseos. Sospecho de los ídolos de masas, becerros de oro ensimismados en su propia grandeza. Cierro el portátil. La pantalla negra me devuelve mi reflejo. Sospecho que entre todos lo matamos.

© Jon Fusta

Una vez hablé con un lobo y me pareció un buen muchacho. Llegamos a estar a un metro de distancia, ambos sentados y mirándonos a los ojos, pero la magia se disolvió cuando sospeché que quería robarme la empanada que llevaba en la mochila. Me puse en pie, cogí un palo y el lobo retrocedió. El miedo se interpuso entre el hombre y la bestia; nunca sabré si aquel diálogo existió ni qué diablos sucedió entre nosotros. Tal vez, sin el instinto primitivo que me puso en guardia, las cosas hubieran sido diferentes. Recuerdo su mirada y me invade la tristeza. Eran los ojos de un amado amigo. El lobo se introdujo en la espesura y desde entonces, cada vez que disparan a uno de los suyos, siento un vacío en el corazón.

© Jon Fusta

En todo el mundo, gentíos desesperados se congregaron en las calles bozal en mano. Sin nada que perder, desafiaron a los perros guardianes y bozalescas pirámides ardieron en miles de plazas. Los robotitos uniformados se vieron tan superados que dejaron de obedecer. La pandemia siguió progresando hasta la extinción. La vida humana también. ¿Qué había ocurrido con el Homo sapiens sapiens? El dios forense se pronunció: «El virus responsable del fin de la humanidad se llama “estupidez”».

© Jon Fusta

«Dios aprieta, pero no ahoga», dice el obrero mientras se deja estrangular por el millonario. El líder sindical, mientras tanto, comulga con ruedas de molino en la santa iglesia del Estado de bienestar. Y el obispo, a Dios rogando y con el mazo dando, desvía la recaudación de las parroquias a un paraíso fiscal. Es un cristiano modélico, pero a veces siente el aguijón de la culpa y, para lavar sus pecados, acude al confesionario de su aliado de fechorías.

© Jon Fusta

—Queridos feligreses, ¡hay que ver cómo está el mundo! —exclama el cura desde el púlpito—. No encuentro límites ni justificación para la locura del ser humano y el sufrimiento que esta genera.

Suena un teléfono móvil. El cura se palpa la sotana. Es el suyo. Busca a tientas entre los pliegues mientras el tono insiste. Los fieles cruzan miradas; unas contenidas, otras socarronas. Por fin, el móvil deja de sonar y el cura se enjuga el sudor de la frente con la manga.

—Bueno… Como iba diciendo. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo aguantaremos esta locura que amenaza con destruirnos? Antes de que el diablo se salga con la suya, debemos recuperar los auténticos valores cristianos.

El móvil vuelve a sonar.

© Jon Fusta

Los muros y alambradas seguían en pie. Las razas, naciones y culturas estaban cada vez más separadas y enfrentadas.

—¡Somos de la misma especie! —clamó una científica danesa en la Cumbre Mundial por el Futuro Común—. ¿Cuándo lo vamos a entender?

Los mandatarios llevaban tres días discutiendo sobre fronteras, aranceles, inmigración y soberanía, pero la amenaza del asteroide era un secreto a voces entre los jefes de Estado. Todos sabían que se estaba calculando su trayectoria, aunque nadie sabía cuándo habría un resultado. Un funcionario entró en la sala y entregó una nota a la científica, la más indicada para dar la noticia. Leyó la nota en silencio y alzó la vista.

—Señores, ya es oficial. El asteroide colisionará con la Tierra.

—¿En qué país caerá? —preguntó uno de los mandatarios.

—En todos.

© Jon Fusta

Consciente de lo que pasa en el mundo, me cuesta sentirme inocente. Al fin y al cabo, la sociedad es un reflejo de sus integrantes y, en este juego de espejos, nadie está a salvo del juicio, la crítica y la condena. Somos un hatajo de primates adictos a señalar al prójimo. En la rueda de reconocimiento, levanto la vista. Aunque este crimen solo tiene un autor, veo a cinco culpables. Siete, contando con mi reflejo y el de la inspectora.

© Jon Fusta


¿Qué te parecieron estos microcuentos para reflexionar? ¿Cuál destacarías? Te leo en los comentarios

8 Comentarios

  1. Bárbara
    10 mayo, 2025

    Acabo de descubrir estos microcuentos y, por ende, a su autor.
    Me he deleitado muchísimo. ¡Qué maravilla!
    Los compartiré con mis estudiantes.
    Definitivamente, siempre se descubren genialidades.

    Saludos

    Responder
    1. Jon Fusta
      11 mayo, 2025

      Muchas gracias, Bárbara. Por conectar, por comentar y, sobre todo, por compartir los microcuentos con tus estudiantes. Qué importante es estimular a los jóvenes para que desarrollen el juicio crítico que pretenden robarnos. ¡Enhorabuena por tu labor!

      Responder
  2. Marcia
    19 julio, 2024

    Hola!
    Me gustaron mucho los microcuentos «Desaprender» y «Exrema derecha».
    Saludos. Marcia desde Argentina.

    Responder
    1. Jon Fusta
      22 julio, 2024

      Hola, Marcia. Me alegra que te gustaran esos micros que mencionas y te agradezco mucho el comentario.

      Responder
  3. Yoselyn Obreque
    5 junio, 2024

    Me parecen excelentes tus escritos, nunca había leído microcuentos con crítica social. Te felicito!!

    Responder
    1. Jon Fusta
      7 junio, 2024

      Muchas gracias, Yoselyn, me alegra saber que aprecias mis textos. ¡Un saludo!

      Responder
  4. Relatos
    12 agosto, 2023

    Muy buenos!
    Te felicito.
    Te guardo en marcadores.
    Un placer haberte encontrado

    Responder
    1. Jon Fusta
      14 agosto, 2023

      ¡Muchas gracias! Me pasaré por tu web.

      Responder

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