«El averno figurado» es un relato corto de terror sobrenatural con humor negro y costumbrismo rural. Un muchacho problemático, un severo terrateniente y un regalo envenenado que nadie sabrá interpretar a tiempo.
EL AVERNO FIGURADO
Relato corto de terror sobrenatural
De madrugada, Miguelito escuchó en su cabeza una voz gutural que le ordenó levantarse. Medio sonámbulo, se puso la ropa de los domingos y salió a la calle. El sonido de las campanas guio sus pasos hasta la iglesia del pueblo. Se le habían adelantado las beatas. Como cuervos agoreros, acudían en oleadas y entraban en la iglesia humillando la cerviz.
Se sintió inspirado y, con la punta de su navaja, talló una cruz invertida en la puerta. Algunas beatas descubrieron la herejía, revolotearon a su alrededor y graznaron acusadoras. Miguelito repelió las embestidas a gorrazos y, para más inri, se jactó de atentar contra el patrimonio histórico del condenado pueblucho que su amo no tardaría en borrar del mapa.
Al mediodía, el pueblo entero era un clamor: «¡Cómo es posible!»; «¿el hijo del Terrateniente?»; «¡ese muchacho se ha vuelto loco!». Cuando don Miguel el Terrateniente se enteró de tamaño sacrilegio, montó en cólera.
—¡Malnacido! —gritó—. ¡Pero cómo se te ocurre…!
Las «travesuras» de Miguelito habían llegado demasiado lejos. En la plaza de la iglesia, delante de sus paisanos, don Miguel le obligó a bajarse los pantalones y, con una regla de madera, le azotó el trasero hasta saciar su sed de escarmiento con la sangre del hereje. Miguelito se disculpó públicamente, besó el anillo del párroco y se comprometió a regalarle un cuadro. Tenía un don para la pintura.
Pero el cuadro destinado a contentar al párroco horrorizó a don Miguel.
—¡¿Qué diablos has pintado?!
Esperaba una escena bíblica o celestial, con querubines y arcángeles, pero aquello parecía la recreación del mismísimo infierno.
—¡Tíralo a la basura ahora mismo!
Propinó a su hijo un sonoro guantazo, fue a la despensa, descolgó un jamón de marrana y puso rumbo a la parroquia. Con tinieblas en los ojos, Miguelito volvió al lienzo y siguió tiñéndolo de colores llameantes. Dio las últimas pinceladas con un gozo siniestro y firmó el cuadro con un triple seis.
Al volante de su Mercedes 500, don Miguel aparcó a la sombra en la calle de la parroquia. Dentro del coche se enjugó el sudor de la frente con un pañuelo de seda. No se encontraba bien. «Es el calor», pensó. No era normal que apretase tanto en septiembre. Sacó el jamón del maletero, se encaminó hacia la parroquia y oyó el tañido de las campanas de la iglesia. Tocaban a muertos.
—¿Quién es el difunto? —preguntó a un paisano.
—El cura.
Aquejado de migraña y fiebre, don Miguel regresó al caserón con un mal presentimiento. Entró en la sala de estudio de Miguelito y se quedó de piedra. En el cuadro se reconoció junto al párroco. Ambos desencajados por el espanto. Condenados para siempre en un averno figurado.
Desde el rincón más sombrío de la estancia, Miguelito también contemplaba la espeluznante creación. Cuando miró a su padre, don Miguel comprendió que aquellos ojos ya no eran los de su hijo.
—¡Perdóname! —suplicó.
Una terrible punzada en las tripas lo hincó de rodillas en el suelo. Juntó las manos delante del pecho y trató de implorar clemencia, pero el esfínter le jugó una mala pasada y el sofoco que le anudaba la garganta convirtió la súplica en un estertor. Ante los ojos impasibles de Miguelito, cayó fulminado.
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Hay monstruos que habitan en las profundidades del infierno. Otros solo necesitan una cabeza donde instalarse. Continúa con Mala simiente.
