Futbolista caricaturesco vestido con bata de reponedor lee un libro en el almacén de un supermercado. Cabecera de "El verdadero Messi 2", una parodia surrealista sobre fama, identidad, trabajo, fútbol y cultura de masas.

Parodia de Messi segunda parte: El verdadero Messi 2

En esta parodia de Messi segunda parte, el astro no se limita a reponer latas, esquivar fans y sobrevivir bajo los fluorescentes: también escribe poemas, presta libros irreverentes y demuestra que incluso los dioses del balón pueden esconder una vida interior bastante más extravagante de lo que sospechan sus devotos.

El crack del balón resulta ser un empleado sensible, lector inesperado y poeta de arrebatos dudosos. Entre libros de Bukowski y Balones de Oro, «El verdadero Messi 2» se burla del tópico del futbolista simple y deja claro que las apariencias también hacen trampas fuera del terreno de juego.

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Con el tiempo descubrí que el crack azulgrana era un tipo ingenioso y sensible. Le gustaba componer poesía. Una mañana se me acercó tímidamente con una hoja plegada en la mano. «Míster, dígame qué le parece». En el papel que me entregó, bajo el título Cuerda rota, figuraban manuscritos los siguientes versos:

Jamás platicaba de su pasado…
pero sus ojos expresaban
que no lo había podido superar.

La cuerda se había roto…
pero trataban de enlazarse sus extremos:
esfuerzo tenaz y espíritu ciego.

Y trayendo la esperanza a su maltrecho corazón,
resuenan tonadillas que apaciguan su dolor;
bello es su trino, de incesante pundonor,
sagrada es esa mina a la que adoro con fervor.

Sos tan linda, mi dulce cuerda rota…
y es tan lindo poderlo contemplar:
el intento serpentino, osado y procaz,
que hacen tus extremos por volverse a unificar,
entre tangos y boliches, quilombos y carmín,
braguetas encendidas y esmerado subsistir.

Con hiperbólico encomio, manifesté que el poema me había fascinado y el crack tuvo el detalle de regalármelo.

—Echa una firma, figura —le pedí, con la intención de subastarla en el futuro.

Más adelante, volvió a sacarme el tema de la poesía. Se presentó con un libro del escritor norteamericano Charles Bukowski. Al verme interesado, quiso aprovechar la coyuntura para estrechar vínculos: «Se lo presto, míster». (Por cierto, menuda irreverencia la del tal Bukowski, la madre que lo parió.)

Pasaron los días y el astro me tomó confianza. Se atrevió a pasarme un poema que me dejó patidifuso. Jamás hubiera imaginado que el figura pudiera componer semejante cosa. ¿Cómo describirlo? Era un despropósito visceral, inspirado nada menos que en la psicomagia de Jodorowsky, según me confesó. El poema se titulaba Liberación. Impreso en dos folios grapados, arrugados y doblados en cuatro, decía lo siguiente:

Che, boludo, las cosas que sus mayores le prohibieron, 
¡hágalas!
Si no le permitieron ensuciarse, ¡defeque!
¡Agarre sus excrementos y restriéguelos por la casa!
Porque los pibes para ser pibes necesitan enmugrecerse.
Nuestros traumas están ahí y nos subyugan atenazándonos:
¡destruyámoslos!
Y por muy repugnantes que sean,
Jesús celebrará cada uno de nuestros actos.

Che, boludo, las cosas que sus mayores le impusieron,
¡exorcícelas!
Si le obligaron a confesarse, ¡reniegue!
¡Talle cruces invertidas en la puerta de una iglesia!
Porque los pibes vienen sin culpa y nadie debe contaminarlos.
Nuestros traumas están ahí y nos subyugan atenazándonos:
¡destruyámoslos!
Y por muy macabros que sean,
Jesús celebrará cada uno de nuestros actos.

Che, boludo, las cosas que sus mayores le prohibieron,
¡forníquelas!
Si padeció restricciones de dulce de leche, ¡desnúdese!
¡Vierta un saco de azúcar y revuélquese sobre él!
Porque los pibes no necesitan obsesionarse con la salud.
Nuestros traumas están ahí y nos subyugan atenazándonos:
¡destruyámoslos!
Y por muy extravagantes que sean,
Jesús celebrará cada uno de nuestros actos.

Che, boludo, las cosas que sus mayores le negaron,
¡reivindíquelas!
Si no le prestaron oídos, ¡proteste!
¡Agarre un megáfono y cáguese en el copón bendito!
Porque los pibes necesitan ser tenidos en cuenta.
Nuestros traumas están ahí y nos subyugan atenazándonos:
¡destruyámoslos!
Y por muy escandalosos que sean,
Jesús celebrará cada uno de nuestros actos.

Che, boludo, las cosas horribles que sus mayores le hicieron,
¡denúncielas!
Si sufrió algún tipo de maltrato, ¡desquítese!
¡Haga que los culpables reciban su merecido!
Porque en los pibes que se arrugan solo caben las penas.
Nuestros traumas están ahí y nos subyugan atenazándonos:
¡destruyámoslos!
Y por muy encarnizados que sean,
Jesús celebrará cada uno de nuestros actos.

Che, boludo, los lastres que sus mayores le endilgaron,
¡avéntelos!
Si le enseñaron a tener miedo, ¡atrévase!
¡Agarre una valija y lárguese a tierras extrañas!
Porque en los pibes medrosos anida la desgracia.
Nuestros traumas están ahí y nos subyugan atenazándonos:
¡destruyámoslos!
Y seguro que así será:
Jesús celebrará cada uno de nuestros actos.

Y todavía quedaba la traca final. Al figura, que resultó ser una caja de sorpresas, también le interesaba la literatura erótica. Digamos que era un poco guarrete. Lo digo porque cierto día me pasó un microrrelato que, según me confió, pensaba enviar a un concurso literario bajo el seudónimo «El pibito macanudo». Se titulaba Pensando en vos y decía:

Sumamente excitado, visualizo un tercer dedo introduciéndose en tu santa concha… Estás a punto de caramelo. Tus vibrantes gemidos resuenan cada vez más agudos. Visualizo el fino barniz que recubre, humedece y estiliza tus lechosas bragaduras. Imagino los viscosos hilitos que, adheridos a tus dedos, realzan tu lascivo y excitante percutir.

Finalmente, cuando los gritos ahogados hieren tu garganta, deduzco que estás llegando. Entonces lo agito con más y más fuerza y comienzo a sentir la ebullición. Al unísono, alcanzamos el clímax. A miles de kilómetros de aquí, te retuerces entre espasmos con los ojos entornados mientras yo, escurriendo las últimas gotas de brillante elixir, apuro mi placer susurrando tu nombre. ¡Cuánto necesito regresar a vos!

Sin comentarios…

Como broche final, nunca olvidaré lo que me dijo al despedirse. Tras consultarlo con la almohada, había decidido colgar la bata de mozo y se presentó en mi oficina con ella en la mano. «Che míster —me dijo—, vengo a decirle que renuncio. Sé que no está la cosa para ir dejando laburos, pero ya sabe: a veces hay que arriesgar».

Su explicación me dejó perplejo. «Tengo que agarrar un vuelo —prosiguió—. Ya me pasaré a firmar el finiquito. Ah, por cierto, no se olvide de regresarme el libro de Bukowski que le presté. Téngalo por acá cuando vuelva de la gala». «¿Qué gala?», quise saber. Pero el figura se limitó a despedirse: «¡Chau, míster!». Sin mirar hacia atrás, levantó la mano diestra en señal de despedida, dobló al final del pasillo y le perdí de vista.

Por lo demás, al día siguiente le entregaron su segundo Balón de Oro, y no tardó en presentarse a firmar el finiquito, un montante inferior a los seiscientos euros. Huelga decir que se llevó el libro de Bukowski que me había prestado.

Tras su paso por el súper, siguieron corriendo turbulentos los ríos de tinta. El figura, como es natural, nunca pudo deshacerse de su fama de pesetero. Tampoco del popular estereotipo que tilda a los futbolistas de ignorantes y simplones. Sin embargo, me consta que Messi es un tipo instruido y con grandes capacidades para la creación literaria. Como suele ocurrir, las apariencias componen un velo que distorsiona la realidad.

El dios del balón dejó su huella en mi vida. Cuando habla un futbolista en la tele, por manido que sea su discurso de obviedades balompédicas, me abstengo de emitir juicios de valor.

Cuéntame en los comentarios qué te pareció este Messi pluriempleado que compagina el balón con los poemas, la psicomagia y las calenturas literarias

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