relato hasta la muerte: imagen de cabecera

Relato: Hasta la muerte

cajetín de autor: Apurito Montoya

Los humanos sois, hasta la muerte, entidades biogenéticas que almacenan e intercambian información y sentimientos. A esto le llamáis vida. Intenté desentrañar este proceso, un embrollo monumental que al no regirse por ciencia alguna, no hay quién lo comprenda.  

Tiempo estimado de lectura: 7min

¿Tiene la vida un sentido concreto para los seres humanos?

Para vosotros, el sentido de la vida es un concepto nebuloso, algo que preferís apartar de vuestro camino para seguir adelante sin preguntaros hacia dónde o por qué. Para aferraros a la vida, ahuyentáis el sinsentido de la muerte y el caos a base de creencias, ceremonias, leyendas y narraciones que os ayudan a superar los miedos y adversidades.

Por eso nacieron los miembros de mi especie, entidades de tinta y papel que reflejan vuestra concepción de la realidad, de las múltiples realidades que los humanos han percibido a lo largo de los siglos.

Hoy te traigo un relato más, otro granito de arena de esa montaña que erigen los humanos, hasta la muerte, para su propio consuelo y conocimiento de causa.

PRELUDIO

De cachorros, los humanos se agrupan en pandillas y juegan a diario. Los veranos son eternos y luminosos…

Pasa el tiempo, y esos amigos de la infancia quedan de vez en cuando en los bares, festejos o reuniones donde beben, conversan, ríen y celebran…

Luego se hacen mayores, algunos se pierden el rastro y otros coinciden de higos a brevas pero ya sin la misma alegría. Vaya, las cosas no son lo que eran…

En el ecuador de sus vidas, se empiezan a encontrar en las iglesias y cementerios. Descubren que la vida también es muerte… y eso es lo que empiezan a compartir… hasta la muerte.

El relato corto de hoy, se titula:

hasta la muerte: la muñeca de pilar

Deshaciéndose en condolencias, la gente se arremolinaba alrededor de los familiares. Me habían dicho que Beatriz asistiría, así que estaba preparado para el duro rencuentro con una vieja amiga devastada por el dolor. ¿Qué palabras emplearía? Qué se puede decir cuando las palabras de consuelo son tan inútiles como un calcetín sin su par. En la puerta de la iglesia, me sentía ridículo.

Cuando sacaron la cajita me estremecí. Todo el mundo se estremeció. Nadie está preparado para encajar un golpe así.

La tumba, de un blanco inmaculado que contrastaba radicalmente con la luctuosa situación, parecía de juguete. Era una caja de bombones gourmet destinada a los ángeles del cielo. Una casa de muñecas del más allá que nos recordaba a los presentes que la vida es tan injusta como breve.

Debía tratarse de un error, las flores vienen al mundo para erguirse y desprender su aroma, no tenía sentido que se echara a perder una fragancia recién destilada. ¿Quién había dictaminado esta sentencia? ¿Bajo qué justificación? Era inaceptable. Cuando el portón del coche fúnebre se cerró, las miradas incrédulas de los que habíamos presenciado el paseíllo abonaron la irrealidad de aquella aciaga jugarreta del destino.

Antes de emprender la marcha hacia el cementerio, me topé con el padre. Las palabras se me atascaron en la garganta. Me limité a pronunciar su nombre y le di un abrazo. Lo encontré más entero de lo previsible. Era un tipo fuerte, sin duda. Me alegré por él, y sobre todo por Beatriz, aquella entereza le ayudaría a soportar el calvario que sucede a una pérdida semejante.

¿Dónde estaba Beatriz? Esperaba encontrarla en cualquier momento, pero no aparecía, hasta que anduve unos pasos para sacudirme la zozobra y enseguida la divisé en un parquecito aledaño a la iglesia. Caminé hacia ella. Estaba sentada en un banco de espaldas a mí, terriblemente quieta, enfrascada en un torbellino psicológico que podía concebir pero no desentrañar.

Hasta la muerte, la lucha había sido larga. Meses de hospitales, angustias y desvelos. Pero también muchos momentos de una clase de amor que tipos como yo solo podemos imaginar. Mientras me acercaba, recordé la última vez que estuve con Beatriz y su pequeña réplica, una muñequita llena de vida que ahora estaba fría e inmóvil, asustada en la oscuridad.  

Abrumado, me planté delante de Beatriz y tragué saliva. Una madre sin su niña, una madeja de dolor insondable en el borde del abismo, una lucha sin cuartel con un trágico desenlace, un pulso a la muerte con un final inadmisible.

—Beatriz —conseguí pronunciar.

La pobre estaba medio ida. Levantó la cabeza y me escrutó con gesto confuso. Para mi sorpresa, esbozó una franca sonrisa que brilló cual arco iris en mitad de un cielo gris. Fue un instante mágico, la Beatriz que yo conocía regresó a la vida durante uno o dos segundos pero imbécil de mí, fulminé aquel destello con el semblante compungido que la situación me obligaba a componer.

Eso fue todo, la mujer que se alegraba de ver a un viejo amigo se volvió a convertir en la madre devastada por el dolor.

—Lo siento —dije, con cara de circunstancias y me incliné para solventar el penoso trámite con una mezcla imprecisa de beso en la mejilla y abrazo.

La expresión de Beatriz era un poema de desconsuelo, incredulidad y turbación. Me aparté para que otros ofrecieran sus condolencias pero ya no volvió a sonreír, se limitó a reflejar un insondable vacío. Su mirada era inaccesible, un abismo en cuyo fondo se apreciaba la sombra de la locura y la crudeza del dolor que sentía. Era necesario adentrarse en esa ignota dimensión para hacerse una idea precisa de la clase de sentimientos que la embargaban.

No volví a verla, el coche fúnebre echó a rodar y me sumé a los apenados que nos encaminamos al cementerio. Un trecho lo recorrí junto a mi primo Saúl.

—Si a mí me pasa esto, me muero —me dijo por lo bajini.

Saúl tenía una niña algo más grande que la extinta criatura que escoltábamos. Pensé en Beatriz, en ese abismo de locura que no paraba de crecer ante sus ojos extraviados. Se había quedado en el banco en compañía de su suegra. ¿Qué podía hacer esa mujer para ayudarla? Nadie podía mitigar su dolor. Las palabras se disolvían en el aire, las presencias humanas eran cúmulos de átomos que pasaban inadvertidos para ella, electrones en movimiento tan faltos de sentido como todo lo demás.

Durante los meses y años posteriores, cada vez que me acordaba de Beatriz volvía a reproducirse en mi cabeza nuestro último encuentro. Por un instante me sonreía, pero mi fúnebre semblante borraba de su cara el arco iris invertido que rutilaba en mi memoria. Me equivoqué, a pesar de las circunstancias, debí celebrar la alegría del reencuentro como hizo ella. Debí sonreírla sin reservas.

El resultado, obviamente, hubiera sido él mismo, porque Beatriz se había internado en solitario en las tinieblas y su dolor siempre estaría presente, pero la vida continuaba, aquel intercambio de sonrisas que no llegó a producirse simbolizaba que llegarían otras ocasiones y lugares para que Beatriz se sintiera acompañada y feliz. Era cuestión de tiempo y resistencia.

Amiga, con qué gusto te hubiera sacado de aquel infierno para llevarte a esos veranos memorables de nuestra eterna juventud. Cuántos momentos luminosos cuyo único fin era el deleite de estar vivos, la dicha de compartir historias, juegos y risas bajo cielos azules o estrellados y sin más interrupción que las voces de nuestras madres a la hora de la comida, merienda o cena.

Allí hubieras estado a salvo. Todos lo estábamos, acuérdate. Éramos seres livianos, incombustibles, al amparo de la ingenuidad, inocencia y frivolidad del paraíso perdido. Daba igual lo que pasara en el mundo, vivíamos ajenos al sufrimiento, con la bendita ligereza que otorga la falta de responsabilidades, pesadumbres y otras cargas inherentes a la edad adulta.

Los primeros años, las noticias que recibía no invitaban al optimismo: Beatriz estaba jodida. Pero más adelante escuché que iba al gimnasio a exprimirse cada mañana. Era una luchadora, convertía su dolor en sudor, había encontrado la motivación necesaria para seguir adelante. Me alegré de corazón. Si había vencido a las tinieblas, estaba capacitada para enfrentarse a lo que fuera.

Con algo de suerte, en un futuro reencuentro, tendría la oportunidad de redimirme con una espléndida sonrisa, el radiante vestigio de esos veranos que compartimos los chicos y chicas del barrio, que a pesar de las distancias y diferencias, perduramos en los recuerdos y corazones de los unos y los otros, hasta la muerte.

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

Soy Apurito Montoya, ¿aún no me conoces?

Mi historia al completo

 

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4 Comentarios

  1. Dantesco L. Johanson
    27 septiembre, 2019

    La introducción de Montoya me encanta, menos mal que están ellos para dejar constancia de nosotros y no perdernos en el caos! Sí hermano Montoya! La vida posee un sentido concreto!
    Respecto al relato, conocía por tu propia voz y experiencia que dedicarías un certero homenaje al suceso, comentarte que has creado belleza de la desolación. No puedo opinar ni recrear sobre el dolor del hecho, es imposible expresar un “sé lo que se siente” o “lo entiendo”.
    Pero que preciosos eran aquellos veranos compartiendo! Qué maravillosa es la oportunidad de redimirse! Solamente somos pura luz, aunque se nos olvida, y más cuando las sombras se ciernen y nos rodean por completo… Esa madre volverá a unirse en un abrazo eterno con su hija para siempre, cuando ella se deje ir y vuelva a ‘casa’.

    Responder
    1. Eugercio
      27 septiembre, 2019

      Gracias por el precioso comentario, Dantesco, yo también estoy convencido de que aquellos días brillantes de nuestra infancia volverán a acogernos en su seno maternal y la luz se impondrá sobre las tinieblas. Ya sabes que soy un idealista.

      Responder
  2. Lorenita
    20 septiembre, 2019

    Nadie tiene las palabras adecuadas en un momento así, ni siquiera tú, que aún con poca edad eres como el más anciano de los chamanes de las tribus, por lo menos en la mía. Ninguna madre debería ir al funeral de su hijo y menos aún si se trata de esas pequeñas personitas que solo desprenden amor y alegría. Muy triste, muy injusto, pero tan real como la vida misma.

    Responder
    1. Eugercio
      21 septiembre, 2019

      Desde luego Lore, no hay consuelo posible ante un hecho tan abrumador. Te agradezco el piropo que contiene tu comentario, es un honor formar parte de tu tribu. Ejo Takata fue un maestro zen que impartió sus enseñanzas en México durante treinta años. Allí lo conoció Alejandro Jodorowsky, aplicado discípulo suyo. Cuenta Jodorowsky que cuando falleció su hijo Teo esperaba que Ejo Takata le dirigiera unas sabias palabras de consuelo, pero él japonés se limitó a ponerle la mano sobre el hombro, diciendo:«Duele». Jodorowsky se sintió decepcionado porque el dolor le consumía y su maestro le había despachado con un monosílabo. Sin embargo, con el paso del tiempo Jodorowsky comprendió que Ejo Takata le había dado una lección de vida: cuando «Duele», duele y no se puede hacer otra cosa que atravesar ese dolor hasta que remita; mientras tanto, ni todas las palabras del mundo sirven de consuelo.
      Un abrazo Lorena, gracias por comentar.

      Responder

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