Todos llevamos la cuenta de los amores que fueron, pero ¿qué hay de los que no pudieron ser? Muchos se perdieron entre miradas, silencios, miedos o prejuicios. En la segunda parte de «La química del amor», el reencuentro abre una batalla entre el deseo, la inseguridad y esa vida a medias de quien teme salir del caparazón.
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LA QUÍMICA DEL AMOR 2
Relato de atracción y segundas oportunidades
Más tarde, en la cama, en vez de contar ovejitas repasé mentalmente sus gestos y contornos. Estaba convencido de que la química era bidireccional, pero, más allá de mi persona, ¿qué podía ofrecer un tipo como yo a una mujer como Lara? Estaba aferrado a la idea de vivir del arte y, en pos de mis sueños, había renunciado a todo. Puede que mi valía personal cotizara al alza en el mercado del ser, pero era un cero a la izquierda en el mercado del tener.
Al día siguiente, amanecí con inquietud. No podía sacármela de la cabeza. ¿Por qué no di un paso al frente? Debí principiar una conversación; quizá con decir «hola» hubiera sido suficiente, pero no hice nada. Bloquearme, como siempre. De la noche a la mañana, me había convertido en un adicto emocional y el cuerpo me pedía establecer contacto. Pero ¿cómo? ¿Dónde encontrarla? Ignoraba si seguía en el pueblo; podía vivir en cualquier otro lugar. Encendí el ordenador, estiré la desentrenada musculatura y me entregué a mis labores diarias.
El icono cuadrado de Facebook encendió una bombilla en mi cabeza. Accedí a mi perfil y tecleé su nombre. No conseguí dar con ella, pero Toni Gandumbas había dado like a mi última publicación y una nueva bombilla se encendió en mi cabeza: Lara podía figurar en la lista de amigos de Gandumbas. Esperanzado, accedí al perfil del carismático barman; no me sorprendió que tuviera 647 amistades facebucianas. Con un nudo en el estómago, inicié la búsqueda… y no tardé en encontrarla: lub, dub; lub, dub; lub, dub…
Del muro de Lara Fraile no podía extraerse demasiada información: buen síntoma. Nada de política, religión, tauromaquia o banderitas nacionales. Saqué en claro que viajaba. Había publicado fotos de lugares que ensanchaban sus horizontes.
Por otro lado, aunque no parecía vanidosa, deduje que le gustaba la moda. ¿Seríamos compatibles? Carecía de argumentos para emitir un juicio razonable. Éramos dos cables de extremos pelados que al rozarse producían chispazos, pero la química del amor, para consolidarse, tenía que superar la intervención del intelecto: todas esas creencias, gustos y valores que conforman la personalidad de cada hijo de vecino.
A lo largo del día, revisé varias veces sus fotos. Me encantaba, pero mis prejuicios no dejaban de poner reparos. Pensaba en todo lo que podía distanciarnos, en unas diferencias todavía imaginarías que, dada mi situación, se me hacían un mundo. La osadía de internarme en el laberinto de las letras se había traducido en una existencia espartana que entrañaba dedicación y reclusión permanente.
Los escritores de corte ermitaño vivimos a medias. En nuestro régimen de aislamiento, creamos mundos ficticios y procuramos dar la espalda a la realidad. Lara suponía regresar al escenario de ese mundo donde era posible vivir de manera completa. Exponerme de nuevo a compartir, confiar e intimar. En el peor de los casos, me rechazaría. Al menos podría regresar a mi concha de tortuga sin cargar con el reproche de no haberlo intentado.
Pulsé el botón «Enviar mensaje» y se abrió la ventanita del Messenger de Lara. «Un amigo en común: Toni Gandumbas», leí junto a la foto de perfil. Ubiqué el cursor sobre el aspa de cierre y di un toque a la pantalla táctil. Me levanté, estiré la espalda y caminé hasta la ventana del salón.
Vivía en un barrio pintoresco. Desde mi puesto de observación tomaba nota de personas, animales, comportamientos y sucesos que luego convertía en literatura; nimiedades cotidianas que contenían las semillas de los entresijos, metáforas y ocurrencias que mi cerebro procesa con afán creativo. Escribir es un asunto que implica observar, percibir, cavilar y moldear las palabras para establecer multiconexiones a través de la ficción o los hechos reales. No hay límites de espacio ni de tiempo, solo imaginación, creatividad y sentimientos. Hermoso, pero excesivamente idealizado.
Roberto Bolaño afirmó que «escribir es un oficio miserable»: estoy de acuerdo, los únicos que obtienen una recompensa económica acorde a los esfuerzos realizados son los superventas. Los demás, a sacrificarse por el arte, a comer de la ilusión, a preocuparse por llegar a fin de mes y, en resumidas cuentas, cuando los sueños se estrellan contra el muro de la frustración, a buscarse un trabajo de verdad.
El gato blanco y negro que merodeaba por el barrio se paseaba por la acera. Algunos vecinos le daban comida, incluso permitían que se paseara por sus casas. El animal, por su parte, consentía que le pasaran la mano por el lomo y a veces se ponía meloso, pero solo lo necesario. Sabía que su verdadera patria eran la calle y la soledad. Era mi ídolo.
Regresé a la habitación donde pasaba buena parte del día. Demasiadas horas dándole al coco delante de la pantalla del portátil. ¿Había llegado la hora de abrirse a nuevas experiencias? Tenía que decidirme. ¿Renunciaría al amor en aras de mi sueño o le daría una nueva oportunidad? ¿Qué sabía de Lara Fraile? Ni siquiera había escuchado su timbre de voz. Puede que la química no fluyera o que Lara me rechazara a las primeras de cambio. Solo sabía que nuestros ojos, como guiados por la ley de la atracción, se buscaban con intenciones carnales. Lo demás era incertidumbre.
Temía volver a exponerme. Era más cómodo y seguro permanecer en el caparazón, donde mejor se encuentran los complejos y vulnerabilidades. Contactar con Lara Fraile suponía regresar al escenario de la vida, preocuparme otra vez de mi aspecto, de la falta o exceso de pelo, de las partes flácidas de mi anatomía o de la crónica desactualización de mi vestuario.
Comenzar una relación implica describirse desde cero, esforzarse en ocultar defectos y mostrar virtudes, iniciar ese proceso de mutua idealización que, en la mayoría de los casos, acaba en decepción y mutuo desencanto. Sin embargo, es tan bonito cuando la chispa se hace llama.
La vida me brindaba otra ocasión, ¿iba a sabotearla porque no entraba en mis planes? Además, lo más probable es que después de un paseo o una taza de té salieran a relucir las incompatibilidades. Las expectativas sobraban. Se trataba, simplemente, de probar. Atreverme y punto. Asumir lo que el destino me deparase si me dejaba llevar. Tecleé: «Hola, Lara. Me disculpo de antemano por la intromisión. No nos conocemos, pero…».
Dime en los comentarios si alguna vez te quedaste a un mensaje de empezar una historia de amor

17 junio, 2020
¡Pobre Gandumbas! Espero que al final, por lo menos, llegara a encontrarse con Lara.
Me ha gustado tu relato.
17 junio, 2020
Al final, quién sabe, si alguna vez decido continuar el relato sabremos qué ocurrió en esta historia de amor que no acabó de arrancar. Muchas gracias, Mariángeles.
29 noviembre, 2019
Muy identificado en muchos de los sentimientos. De nuevo enhorabuena. Toni Gandumbas tuvo la llave del amor.
29 noviembre, 2019
Tenía que dar relevancia a Gandumbas para contentar a mi reducida pero selecta audiencia. Me alegro de que te gustara, Camueso, gracias por leer y comentar.