Hombre observa desde una mesa de bar a una mujer que le devuelve la mirada mientras conversa con otras personas. Cabecera de "La química del amor", un relato sobre atracción, timidez, deseo y segundas oportunidades.

Relato: La química del amor

Hay historias de amor que no terminan de arrancar por culpa de la timidez o el caprichoso destino. «La química del amor» sigue el rastro de una atracción interrumpida que, seis años después, regresa cargada de deseo, complejos y cuentas pendientes con la vida.

Llevaba un pantalón beis clarito que le sentaba de cine. Aunque puede que fuera al contrario, al pantalón le sentaba de cine ceñirse a la anatomía de aquel pedazo de mujer. En cualquier caso, llegó con una amiga y me resultó imposible abstraerme del espectáculo. Ocuparon dos taburetes al final de la barra, a cuatro o cinco metros del barril que nos servía de mesa. Una buena distancia para lanzar miradas furtivas.

Era preciosa. Piel blanca y tersa; ojos castaños, con un halo melancólico pero vitales y expresivos; cabello liso, oscuro, media melena con la raya al medio; boca divina, de labios sonrosados y amplia sonrisa; facciones simétricas, con ángulos, hoyuelos y ondulaciones que parecían diseñados para mi deleite personal.  

Donato y yo, masas encefálicas estimuladas por la doble malta, andábamos enfrascados en una quijotesca conversación con sendas espumosas de por medio. No eran las primeras de la tarde, y todo apuntaba a que no serían las últimas.

Al principio fui cauto. Ojeadas de soslayo que Donato no tardó en percibir, descifrar e imitar. Para nuestra sorpresa, las chicas se contagiaron de nuestra actitud y dieron pie al intercambio de miradas y cuchicheos. Los cuatro jugábamos a lo mismo. Charlábamos, bebíamos y, espoleados por el mutuo interés, sentíamos los efectos de la efervescencia hormonal. 

El camarero, Toni Gandumbas, no tenía mucho que hacer y se acercaba a las chicas y bromeaba con ellas. Optamos por liarnos unos pitis y salimos a echar humo. El cuerpo nos pedía nicotina y, sobre todo, desahogo verbal. Por si acaso, me apresuré en aclarar cuál de las dos me gustaba y Donato se mostró conforme. Coincidimos en la necesidad de mover ficha y acordamos actuar según las circunstancias. Estábamos nerviosos. Eso de pasar a la acción no era nuestro punto fuerte. 

Regresamos a los taburetes. Toni Gandumbas seguía dando palique a las chicas. Donato se acercó a la barra, pidió otra ronda y regresó con las espumosas a nuestra mesa-barril de filósofos epicúreos. Las chicas se divertían. Gandumbas había sacado unas gafas de coña, un antifaz, una nariz de payaso y un sombrero de Charlot. Intercambiaban dichos objetos y se sacaban fotos.

Con estas frivolidades, Toni había desviado la atención hacia su persona y nosotros lo maldijimos internamente. Aunque, por otro lado, se lo agradecimos: nos había quitado el peso de abordar a unas completas desconocidas.

Ellas se fueron primero. Tal vez esperaban que rompiéramos el hielo, pero no lo hicimos. Antes de evaporarse, los ojos castaños que tanto me atraían buscaron los míos y el corazón me atizó en el pecho. Derrotado por la timidez, aparté la mirada y me sentí ridículo. Un verdadero gilipollas. ¿Cuántos trenes rumbo al amor había dejado pasar a lo largo de mi vida? Este desfiló hasta la puerta del bar, me despedí del pantalón beis clarito y se cerró el telón.

Pero ahí no quedó la cosa. Aunque soy una persona discreta, pedí referencias a Toni Gandumbas y me contó que se llamaba Lara. Había llegado al pueblo hace unos meses y trabajaba en el ámbito de la sanidad alimentaria. Nos despedimos de Gandumbas y, de camino a la salida, me abdujo un agujero de gusano. 

Seis años más tarde, aparecí en el mismo pueblo pero en otro bar. Estaba con dos amigos, Jesús y Moisés. Nos habían puesto una tapa de níscalos en salsa y los tres bebíamos cerveza. En diferentes ubicaciones, cuatro pantallas de distintos tamaños tapizaban las paredes del bar con el césped del campo de juego. Un horror verdichillón que acaparaba la atención de buena parte de la clientela. Eché un vistazo a mi izquierda y Lara irrumpió en mi campo de visión. Nos miramos a los ojos fugazmente y supe que me había reconocido. Ella y sus amigos se agenciaron la única mesa que quedaba libre.

Durante los últimos años, nos habíamos visto tres o cuatro veces, pero sin mostrarnos el interés de la primera ocasión. Lógico, tanto ella como yo teníamos pareja, pero las cosas habían cambiado para mí: cuatro años y medio de relación —los tres últimos fuera del pueblo— se habían ido al traste y, desde entonces, no quería saber nada de mujeres. Once meses, para ser exactos, de completa abstinencia. 

Moisés sugirió que nos fuéramos a una mesa recién desocupada. Me pareció una gran idea: en la mesa de al lado estaba Lara y la química del amor había empezado a funcionar. Pedimos unas tostas y otra ronda de cervezas. Lara estaba a las once en punto; orienté mi cuerpo hacia ella. La veía de perfil. Mis amigos hablaban mientras yo disimulaba. El diálogo interno me sacaba constantemente de la conversación. Ponía cara de escuchar, pero estaba pendiente de ella y la historia volvía a repetirse. Esta vez sin terceros: ni su amiga ni Donato estaban implicados en este nuevo lance de vistazos y mutua atracción. ¿Un espejismo? ¿Una jugarreta de la mente? Es posible, pero las mieles de sus ojos absorbían mi atención y regresé a la adolescencia. Las manos me sudaban, y el estómago… ¿centrifugaba?

Nos sirvieron las tostas en la mesa. Con la intención de liberarme del influjo de Lara, probé unos bocados y me integré en la conversación de Jesús y Moisés. Discrepaban sobre un pasaje de la Biblia. Traté de escuchar, pero no me la quitaba de la cabeza. Seis años después, lucía una mirada serena y su pose era tranquila y confiada. Cubiertos de carmín, los labios destacaban en su níveo rostro y sentí la necesidad de besarla. Lo deseaba. Obnubilado por la belleza de sus curvas y facciones, me sentía como un chaval de instituto.

Un rato después, Lara y sus amigos se levantaron de la mesa. Podían pasar meses e incluso años hasta que volviéramos a coincidir. Me vino de frente; se puso la chaqueta sobre la marcha y yo, mientras tanto, disimulé mi nerviosismo. Cuando pasó a mi lado, levanté la cabeza y vi que sonreía, pero al mirarme se puso seria y sus ojos, que ardían de expectación, me fulminaron con las pupilas dilatadas.

Lara me expresó su deseo de estrechar distancias, sus ganas de conocerme, su hambre de besos y caricias, todo concentrado en un segundo, el tiempo que tardé en apartar la mirada sobrepasado por las implicaciones de la química del amor. Los primeros chispazos emocionan y asustan a partes iguales. Los gatos callejeros se protegen del daño, se las entienden perfectamente con la soledad y las inclemencias, pero nunca pierden la esperanza de encontrar un regazo de amor.

SEGUNDA PARTE de la Química del amor.

Cuéntame en los comentarios si alguna vez la timidez te hizo llegar demasiado tarde

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