Detective solitario vestido con gabardina contempla un escenario dominado por símbolos ocultistas y la figura de un monstruo mientras investiga un crimen ritual. Cabecera de "Caníbal Tartar", un relato policíaco hard-boiled con investigación criminal, terror psicológico, novela negra y misterio sobrenatural.

Caníbal Tartar: Relato policíaco hard-boiled

«Caníbal Tartar» es un relato policíaco hard-boiled sobre un detective que persigue desde hace años a un asesino en serie apodado el Minotauro. Entre crímenes rituales, insomnio, vísceras y una investigación malsana, Peterson avanza hacia una verdad que no promete justicia, sino descenso, obsesión y un último cara a cara con el monstruo.


En este cochino mundo, tratamos de ser felices hasta que pasa lo inevitable: la cotidianidad es golpeada por la tragedia y una bruma de dolor, traspasando los límites del tiempo y el espacio, se las arregla para colarse por las rendijas de nuestra psique y nos tortura allá donde estemos. En mi caso, en una silla, frente a una pantalla salpicada de bilis, voraces gusanos y trocitos de entraña.

Estoy acostumbrado a la barbarie homicida; lidiar con ella forma parte de mi trabajo, pero… ¿qué clase de monstruo puede hacer algo así? El escenario del primero de sus crímenes permanece intacto en mi memoria; se refleja en las superficies donde mi subconsciente, a su capricho, proyecta los horrores que la mente no supo digerir. Algunas cosas se olvidan y otras se superan, pero el horror nos acompaña para siempre.

Cuando arrecia el insomnio, observo su retrato robot sin encontrar respuestas. El alba mitiga la inquietud, pero solo es una tregua; las pesquisas continúan y los tipos que se cruzan en mi camino, con semblantes impregnados de odio y falsedad, componen un laberinto en cuyo centro habita la bestia que me roba el descanso.

Seis años después de su primera carnicería, el Minotauro anda suelto por la ciudad y sigo obsesionado con atraparlo. Hace tiempo que no actúa y cada vez es menos salvaje, pero no puedo bajar la guardia: es un artista de lo macabro cuyas señas de identidad son dos astas de toro que introduce por la garganta y el ano de las víctimas. La cirugía es tan precisa que las puntas de los cuernos coinciden en el centro del corazón.

Cada noche, un fétido efluvio se cuela en mi sueño y me pone tras la pista del Minotauro. El hedor me conduce por callejones sin salida que confluyen entre sí retorciéndose en infernales simetrías. El silencio, angustioso, amplifica el sonido de mis pisadas y el latir de mi corazón.

También oigo el crepitar de los huesecillos de mi oído interno, el crujir de las falanges de los dedos de mis pies y hasta el flujo sanguíneo que recorre mis venas. Es completamente demencial. Con el rabillo del ojo, percibo sombras chinescas que se burlan de mí, fugaces irrupciones que se evaporan en cada uno de mis giros.

Con la náusea que me produce la peste a matadero, sigo el rastro de la bestia y visualizo los flashes de su primera escabechina: ensartada en un trapecio de cuernos y cadenas, Linda Middleton se mece con las cuencas vacías impulsada por una suave corriente. Se me anuda la garganta. Un tumulto de gusanos devora las entrañas pendulares que, al compás del chirriante trapecio, lamen el suelo con un pringoso vaivén… hasta que logro despertarme, sin aire en los pulmones y empapado en sudor.

En la cocina, me sirvo un café largo con cinco terrones de azúcar —bastante amarga es la vida— y me dirijo al ventanal. Acomodado en la banqueta, me tomo el café a pequeños sorbos. Las luces nocturnas agonizan y la ciudad despierta de su letargo.

Durante meses, la prensa se hizo eco de la muerte del Minotauro y todo el mundo lo celebró, pero estoy convencido de que sigue entre nosotros, con la misma necesidad de saciar a la bestia que lleva dentro. Su retorcida mente se ocupa de los cálculos y detalles, pero un impulso homicida tan atroz no es tan solo un asunto neuronal; existe una conexión con el Maligno que altera su conciencia, un arranque demoniaco que se nutre de oscuridad y no precisa del cerebro para activarse; el Minotauro está al acecho y volverá a las andadas.

Salgo de la ducha y oigo el teléfono. Demasiado temprano. Receloso, atiendo la llamada:

—Diga.

—¿Peterson?

—Sí. ¿Quién es?

—Rodríguez.

—Permíteme que use mis dotes de adivino: ¿castigado por mala praxis?

—Ya sabes cómo funciona esto. He perdido la cuenta de las veces que me encerraron en este antro por hacer mi trabajo como es debido.

Rodríguez hacía las cosas a su manera. Cuando se portaba mal, lo sacaban de la calle una temporada para que atendiera el teléfono y otras mierdas por el estilo. En nuestro argot, nos referíamos a esta jodienda como «chupar oficina». 

—El comisario me ha pedido que te pase una dirección —me informa. 

—¿Un asunto feo?

—Feísimo.

Tengo un mal presentimiento.

—¿Minotauro?

—No. Bueno, no creo. La víctima está despedazada, pero…

—¿Es una mujer?

—Sí. Pero nadie me habló de brochetas humanas.

Anoto la dirección y me pongo en marcha. El mal presentimiento se pone al volante y, en cada curva o semáforo en rojo, deja impresa en el asfalto la huella de mi ansiedad. Seguro que es él. Actúa con otro modus operandi. Las astas de toro espetaban a su última víctima oficial, mujer blanca de veinticuatro años, pero no había más señales de violencia. La descendente brutalidad de sus crímenes se interpretó como un signo de redención, un ritual purificante cuyo final era el sacrificio de la bestia.

Tras la ola de crímenes atroces, el cuerpo del supuesto Minotauro apareció rodeado de inscripciones satánicas y velas consumidas. Se trataba de Morgan Caruso, varón blanco de treinta y nueve años, operario en el sector de la metalurgia desde los veintidós.

El cadáver yacía desnudo encima de una mesa ceremonial; en los huesos temporales del cráneo, una cornamenta de toro pegada con cola de contacto; sobre el vientre, un plato de steak tartar a medio comer. Lo consultamos con el chef Jeffrey Díaz. «La ejecución del plato es impecable», opinó el experto. «Como todas las ejecuciones del Minotauro», murmuré.

El equipo forense determinó que la carne cruda del steak tartar contenía una dosis de arsénico capaz de matar a un caballo. Debajo del plato encontramos una nota elaborada con recortes de periódico: «Hecha la obra, el artista se funde con la eternidad».

El steak tartar infectado de arsénico procedía de los glúteos de Linda Middleton, la primera víctima del Minotauro. Tuvo la sangre fría de conservar congelada la carne hasta que el ciclo de crímenes concluyó con el suicidio de la bestia. A mi modo de ver, aquello fue un montaje. 

Aparco junto a una boca de riego y, con el mal presentimiento marcándome el paso, camino hacia el escenario del crimen. Por desgracia, mi teoría está a punto de confirmarse: Morgan Caruso no es el Minotauro. El auténtico fue el artífice del teatral sacrificio y el comisario Brown mordió el anzuelo. Traté de convencerlo, pero las evidencias cuadraban y el departamento necesitaba un culpable: caso cerrado.

El centro de estética donde hallaron el cadáver está acordonado. Demasiada presencia policial, un imán para la prensa y los curiosos. No soporto los espectáculos pirotécnicos de los zampadónuts. Tampoco a los listillos del FBI —volvieron a tomarme la delantera—. Detesto demasiadas cosas en este condenado mundo. Tantas que Lisa no lo pudo soportar. Tampoco Shirley. Ni siquiera Agnes, con lo bien que nos iba en la cama. Las tres coincidían en que soy «demasiado crítico». Tres divorcios a las espaldas son demasiado, pero la carga más pesada no usa falda ni tacones: necesito concentrarme en capturar al Minotauro.

Antes de acceder al escenario del crimen, me paseo entre los curiosos con cara de póquer. Observo sus fachadas y gestos corporales. Es inútil: cualquiera de los presentes que dan el perfil en cuanto a edad y complexión podría ser el Minotauro. La ciudad es un hervidero de trastornados mentales, imposible distinguir al psicópata que persigo con un simple examen visual. Los manuales de criminología hacen gestos de asombro e impotencia ante la oscura complejidad de la mente humana. Nosotros, brazos de la ley instruidos por hombres cabales, nos enfrentamos a los sicarios del Maligno con las limitaciones de la lógica y la moral: una batalla perdida de antemano.

Atravieso el cordón policial y me dirijo al lugar de los hechos. Como siempre, mantengo la compostura, pero el corazón me bota en el pecho y siento el malestar que precede al hallazgo del cadáver. ¿Qué método habrá empleado? ¿Qué macabro plan le hizo volver a las andadas? El mal presentimiento vaticina que un nuevo ciclo de atroces asesinatos me aguarda al otro lado de la puerta. Vuelvo a sentir la extraña mezcla de asco, morbo y miedo. Un miedo apabullante que me acompaña al interior del local.


¿Crees que Peterson persigue al Minotauro por justicia, por deber o porque ya solo le queda la opción de darle caza?

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10 Comentarios

  1. Fernando
    21 octubre, 2020

    Simplemente genial Javier. Me considero ante todo un lector y cinéfilo de género, en cuanto a novela policiaca no he leído mucho más allá de los clásicos de Hammett y Chandler a los que adoro pero, he visto entre tus líneas como has actualizado ese «Hard-Boiled» mezclándolo con tu estilo y con la investigación psicológica del asesino y del detective. Me ha encantado que solamente con el párrafo en el que nombra a sus exparejas ya nos has presentado emocionalmente al personaje principal, dos frases y «pum» ya empatizamos con él y sabemos lo que sacrifica por su trabajo. Las descripciones son tan detallistas y cuidadas que hasta los actos más salvajes los dotas de belleza y sensibilidad. Me ha encantado en todo y, lo mejor, es ver cómo adaptas tu estilo a cualquier género sin perder ni una pizca de tu voz literaria. Mi más sincera enhorabuena por este gran relato, ahora espero con muchas ganas la continuación del mismo. Un enorme abrazo.

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    1. Eugercio
      22 octubre, 2020

      Significa mucho para mí que un lector de este género ensalce mi primera incursión en el mismo. Mis referencias del policíaco son más televisivas que literarias. Nunca me atrajeron los libros, pelis o series detectivescas como Poirot, Colombo o Sherlock Holmes (ni mucho menos CSI o cosas por el estilo), pero se ve que True Detective y Manhut Unabomber (ambas series me encantaron) dejaron un poso en mí que afloró en la redacción de Caníbal Tartar. Por lo demás, no seguí ninguna pauta; tiré del hilo a partir de una idea y llegué hasta el final por puro instinto. El resultado superó mis expectativas y me animó a continuar este relato. Lo haré más adelante🧐

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  2. Patricia
    10 octubre, 2020

    No soy muy fan del género policíaco; pero he de confesar que tu estilo le da un cariz de belleza, de armonía de lo atroz… cosa poco habitual en este tipo de relatos. Sólo me queda decir: ¡Sigue adelante!

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    1. Eugercio
      11 octubre, 2020

      Muchas gracias, Patricia. Muy interesante lo que me cuentas. La mirada del lector nos ayuda a conocer más a fondo nuestro propio estilo. El género negro no es mi especialidad, pero esta incursión fue tan positiva que lo tendré más en cuenta a partir de ahora.

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  3. Hana
    9 octubre, 2020

    Siendo fan del género he de decir que me ha encantado, pero no sólo por la temática sino porque en ella se puede entrever tu sello personal, lo único y genuino de tu estilo, que encaja a la perfección con el género. Está claro que dominas el arte de narrar los bajos fondos de la psique humana y sus escenarios. Espero que escribas muchos más relatos como éste. Se nota que dominas el género: los diálogos internos, los escenarios, el estilo explícito, los tiempos, el suspense… Yo soy solo una simple fan, no soy especialista, pero he visto unas cuantas series policiacas y de misterio y tu relato no tiene nada que envidiarles.
    Así que mucho ánimo y espero seguir leyendo relatos así.

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    1. Eugercio
      9 octubre, 2020

      Seguro que viste más series policíacas que yo. A mí las clásicas no me van mucho, pero cuando los polis son tipos duros e irreverentes, la cosa cambia. Caníbal Tartar me está dando muchas alegrías. Esta, la mayor de todas. Creo que tienes razón, debería adentrarme en las sombras del noir. Es posible que mis cualidades narrativas se adapten bien a este género. Tenía pensado continuar este relato, y tus palabras de ánimo son un estupendo combustible para activar mi cerebro en esta dirección. Muchas gracias, Hana.

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  4. Estrella Vega
    2 octubre, 2020

    Llevas el suspense con maestría. La descripción consigue que el lector focalice la trama y visualiza la escena como si estuviese presenciándola. En tu línea inconfundible. ¡Necesito el resto!

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    1. Eugercio
      2 octubre, 2020

      ¡Yo necesito más lectoras como tú! Me llevará tiempo, porque tengo muchos frentes que atender, pero cuenta con la continuación de este relato. No sé de qué modo verá la luz, pero la historia del Minotauro y el detective Peterson se merece una oportunidad. Muchas gracias, Estrella.

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  5. Mariangeles Prat
    1 octubre, 2020

    Espeluznante. Muy en la la línea de True Detective tal y como anuncias, te felicito. Me quedo con la intriga de saber un poco más.

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    1. Eugercio
      1 octubre, 2020

      No sé cuándo podré retomarla, pero tengo nuevas ideas para seguir con esta historia. Si tiro del hilo podría convertirse en una novela negra y, salvando las diferencias argumentales, estaría en sintonía con Terrorhome. Gracias por validar mis intenciones narrativas respecto a True Detective😉.

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