Relojes de pared: imagen de portada

Relato: Relojes de pared

imagen de autor: Javier Eugercio

Apurito Montoya me cedió su espacio para presentar un relato muy especial para mí: Relojes de pared.

Con el presente relato, a fecha de ayer (31 de octubre de 2019), obtuve el primer premio del IV Concurso de Historias del viaje, del prestigioso Club de Escritura Fuentetaja.

Tiempo estimado de lectura: 6min.

Valoraciones de Relojes de pared

La mayor ventaja del Club de Escritura Fuentetaja es que los relatos presentados a las distintas convocatorias (concursos literarios de régimen interno) están a disposición de todos los miembros (unos 100.000) y algunos de ellos, además de leerte, te dejan un comentario con su valoración.

Aprovechando esta ventaja, he seleccionado algunas valoraciones del relato que estás a punto de leer.

«Siento que has elegido cada palabra y construido cada frase con una intencionalidad tal que es imposible pasar sin ser afectado (en el buen sentido).»

Miguel Ruiz

«La sociedad crea autómatas, relojes de pared. Escribir es también una forma de rebeldía. Tu relato es valiente, un hachazo de realidad. Me encantó.»

Ginimar de Letras

«No encontré ni una palabra que sobrara, cada oración bien pulida, atrapante. El tono elegido para el narrador está muy bien logrado y el resultado es desgarrador, como lo es toda la cotidianidad.»

Mauricio Rojas

«Tratas de una manera brillante la imposibilidad de escapar de los caparazones, ya sean de cal o de humo o de lo que sean, en los que nos acomodamos las personas sin saber en ocasiones ni por qué. Me encanta tu prosa, llena de imágenes estupendas.»

Julia Lucas

«Un relato que oprime el pecho y te zarandea, te invita a salir del cascarón y a no dormirte en la autocomplacencia de las rutinas que adormecen las ilusiones. No es que haya en él esperanza, si no que precisamente porque no la hay obliga al lector a replantearse su propia existencia. Es un texto profundo sobre el significado de la vida (o la falta de él) y el paso del tiempo.»

Moraima Feijoo

Aprovecho para dar las gracias a todos los que comentaron Relojes de pared y termino con la reseña del jurado:

«Relojes de pared es un bellísimo relato que narra el surrealismo de la cotidianidad. El autor, con una profunda mirada poética, consigue con su escritura hacer literatura a partir de nimiedades del día a día. Las metáforas que impregnan el relato conquistan al lector que, poco a poco, se adentra en la tragedia personal del narrador y su pareja, quienes a pesar de “viajar” juntos están separados por un abismo de incomunicación.»

Relojes de pared (Javier Eugercio): cabecera del relato

Como una tortuga, la anciana asomó la cabeza y salió renqueante al balcón. Apoyada en la baranda, echó un vistazo a la calle. No pasaba nadie. No pasaba nada. Se quedó allí plantada como un arbusto leñoso con blusa y pantalón. Yo mientras tanto, en la ventana, echaba el humo hacia afuera para no irritar a Natalia (bastante tenía con los críos).

Al cabo de unos segundos la anciana se dio media vuelta, alzó la vista y examinó su nívea fachada con aparente inquietud. Aunque, agotada por el esfuerzo físico o visual, no tardó en inclinar la cabeza y sus ojos se clavaron en el suelo del balcón. Era triste contemplarla…

Ensimismado, di la última calada (con idéntica avidez que la primera), apagué la colilla, cogí el cenicero del alféizar y advertí, al girarme, que la anciana había alzado su bastón para rasgar la pared con el extremo del mismo. Con un movimiento lento y costoso, se esforzaba en frotar lo que debía ser una mancha o una diminuta telaraña. En cualquier caso, la anciana quedó satisfecha o se dio por vencida y, como una tortuga desnuda, accedió lentamente a su gigantesco caparazón de encalada superficie.

Al día siguiente se calcó la misma escena, y al otro también. La anciana salía, rasgaba la pared y volvía a introducirse en su concha de tortuga. Me recordaba a esos relojes de los que sale un muñeco, realiza una acción determinada, regresa a su encierro y vuelve a repetir el numerito cada equis tiempo.

Con el mecanismo del reloj en mente, cogí el cenicero del alféizar y regresé a mi realidad cotidiana (estaba de vacaciones, pero dentro de otra rutina en cuyo eje central anidaban los críos: todo giraba en torno a ellos).

—Ya estás con el vicio —escuché.

Natalia me repetía, una o dos veces por semana, que debía plantearme dejar el tabaco. Yo permanecía callado, sabía cómo evitar una discusión.

—¿Fregaste los cacharros del desayuno? —me preguntó.

—Sí.

—Pues vámonos al parque, los niños están que se suben por las paredes.

Pasamos por debajo del balcón de la anciana, el solárium de su concha de tortuga. Imaginé el interior de la vivienda: un televisor encendido y chismorreo, bazofia y falsedad en la pantalla; sobre la mesa, un pastillero de doce compartimentos y un vaso de agua.

Cuando el reloj de pared se lo ordenase, aletargada y silenciosa, la anciana saldría para rasgar la superficie de su locura. Estaba atrapada en un tiempo teresiano: «Vivo sin vivir en mí». Aunque lo cierto es que yo también lo estaba. No era dueño de mi vida y Natalia menos aún. Los gemelos sí, pero solo en parte, también acabarían encerrados en relojes de pared. Tiempo al cochino tiempo que vuela y exaspera cual mosquito zumbón.

—¡No cruces sin mirar! —chilló Natalia—. ¡Alberto, cuántas veces tengo que decirte que mires antes de cruzar!

Ya no soportaba aquellos juegos de palabras. Prendí un cigarrillo.

—¡Venga, los dos ahora mismo delante de mí! ¡Mario, ven que te suene los mocos!

Pensé que este viaje sería diferente. Por fin, después de seis años (los mismos que tenían los gemelos) nos habíamos alejado de la costa levantina pero aquí, en el interior, al resguardo de las graníticas montañas, me sentía más encerrado que nunca en la continua repetición.

Todo el mundo tiene un límite, ¿a cuánta distancia me encontraba yo del mío? Quién sabe, pero estar al volante siete horas no me había alejado de mis problemas existenciales, solo me había servido para relacionarme con ellos desde una nueva perspectiva. Mis sueños: fallecidos. Los gemelos: conflicto irresoluble de sentimientos contrapuestos. El amor conyugal: niebla disipada en los albores del mutuo desencanto.

Arrojé una bocanada de humo y pensé una vez más en la anciana. Visualicé cómo rasgaba la pared. Ella y sus rasgaduras eran lo mismo que yo y mis cigarrillos. El mismo polvo de estrellas atrapado en el tiempo. El mismo furtivo deseo de abandonar para siempre la concha de tortuga.

John Kennedy Toole, hundido en la miseria del fracaso literario, dejó una nota a su madre y se quitó la vida. Yo carezco de esa clase de agallas, por eso tuve que renunciar a mi sueño de ser escritor. Intuía una lucha sin cuartel, una existencia inestable y solitaria, un pulso contra el rechazo y la locura que podía acabar bien o de la peor de las maneras.

Ahora me arrepiento, justifiqué mi miedo al fracaso con los hijos, la hipoteca, la imperante necesidad de ingresar todos los meses un sueldo decoroso. Qué fácil lo tenemos los cobardes, la sociedad de consumo nos tiene agarrados por las pelotas y estamos obligados a resignarnos, pero lo cierto es que nuestras cargas son autoimpuestas, el precio que pagamos por esa comodidad y supuesto bienestar que en la mayoría de los casos entraña una renuncia y una herida purulenta.

Natalia se me acercó y me cogió de la mano. Nuestros dedos entrelazados denotaban complicidad, eran una comparsa sigilosa que certificaba nuestra unión ante los ojos del mundo.

—Qué a gusto estamos —me dijo—. ¿A que sí?

Traté de corresponderla, pero incapaz de contagiarme de su aparente entusiasmo sonreí con melancólico histrionismo.

—Sí —afirmé para reforzar mi patética actuación.

Ella se dio por satisfecha y se centró en vigilar a los niños, cuyos impulsos innatos les exhortaban a rebelarse. No lo pude evitar, volví a sentirme gobernado por una fuerza subyugadora; sentí que mis pies no eran míos, que mis pasos los daba otro, que mis impulsos por rebelarme eran ecos extinguidos que ahora palpitaban en el pecho de mis hijos.

Natalia ejercía de pastora, yo de mastín y los gemelos de reses, pero lo cierto es que todos cumplíamos la misma función, éramos mecanismos encajados en relojes acuciantes, autómatas programados para acoplarse a los distintos sistemas en los que tarde o temprano, sucumbíamos.

En el instante en que enterramos nuestros sueños nos convertimos en muertos vivientes, figuras animadas de relojes de pared que rasgan fachadas o fuman cigarrillos.

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10 Comentarios

  1. Eduardo J
    2 diciembre, 2019

    Excelente relato my friend

    Responder
    1. Eugercio
      2 diciembre, 2019

      Encantado de recibirte por aquí, Edu, me alegra que te haya gustado.

      Responder
  2. Dantesco L. Johanson
    19 noviembre, 2019

    Enhorabuena por ese primer puesto! De nuevo releo este relato corto que habrá levantado ampollas a más de un desprevenido lector. Zas! He de reconocer que me han encantado las valoraciones.
    Respecto a los personajes, como continúen intentando encontrar la verdad en el exterior, mal. Podrían mirarse un poco dentro de ellos mismos. Les vendría muy bien ver un par de vídeos del Dr. Dyer.
    Espero que no me ocurra nunca ser como esa señora mayor en bucle perpetuo. En ese caso, espero que continúe nuestro contrato de aplicarnos el ‘matarile’ en semejante situación.

    Responder
    1. Eugercio
      19 noviembre, 2019

      Gracias señor Dantesco, por tus felicitaciones y agudas apreciaciones. Las valoraciones, como viste, merecía la pena incluirlas a modo de carta de presentación. Los escritores del Club Fuentetaja hacen una labor encomiable en su faceta de comentaristas. No te preocupes, si no prospera el asunto de la eutanasia nuestro acuerdo verbal sigue en pie, nos echamos un cable con el fokin matarile. También podemos recurrir a Matarife o Marcel, los piezas de Comando Matarile.

      Responder
  3. Rebeca
    7 noviembre, 2019

    La rutina que nos asfixia en su forma circular, y que hace de todos, autómatas alienados.

    Muy bien contado. Formidables metáforas.

    Un abrazo.

    Responder
    1. Eugercio
      7 noviembre, 2019

      Muchas gracias por comentar, Rebeca. Otro abrazo para ti.

      Responder
  4. Estrella Vega
    5 noviembre, 2019

    Un relato profundo, donde analizas a cada uno de los personajes. Representa los roles que nos aplicamos a nosotros mismos y a los que nos rodean. La realidad en estado puro y en donde somos cómplices de la sociedad que nos ha encerrado en una jaula fabricada por sueños rotos y deseos banales. Una gran historia. Enhorabuena!

    Responder
    1. Eugercio
      6 noviembre, 2019

      Hola Estrella, un gusto leer tu interpretación del relato. Es una historia muy personal que, sin embargo, se extrapola a un sinnúmero de individuos y a los respectivos sistemas en los que están atrapados. Muchas gracias por comentar.

      Responder
  5. Ricardo Pastor Plasencia
    3 noviembre, 2019

    Pura, agobiante y cruel realidad. Extraordinario.

    Responder
    1. Eugercio
      4 noviembre, 2019

      Gracias por expresar las sensaciones que te produjo la lectura. Ya sabes, las consecuencias de indagar en la sombra. Todos queremos luz. En cuanto brilla el sol, sacamos los cuernecitos cual caracoles felicianos. Pero las respuestas están en la oscuridad.

      Responder

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