Oliverio twist segunda parte: imagen de cabecera

Oliverio Twist (segunda parte)

cajetín de autor: Apurito Montoya

Segunda parte de Oliverio Twist. Pincha aquí para leer la primera.

Tiempo estimado de lectura: 10min

¿Estuviste alguna vez en una fiesta de disfraces alocada y surrealista?

Yo sí, presencié el descontrol desde una estanteria y tomé buena nota del comportamiento humano. La experiencia me sirvió para redactar la segunda parte de Oliverio Twist. ¡Feliz lectura!

El relato corto de hoy, se titula:

Oliverio Twist 2: Oliverio y el disfraz de muela

Los mugrosos observaron los cerezos sin moverse del sitio, hasta que Clotilde se impacientó. No dijo nada, la culata de su escopeta habló por ella impactando en la ceja del mozo más grande y robusto. Ignoraba si Clotilde había catado el trullo pero su modus operandi me hizo sospecharlo.

El grandullón, tras encajar el golpe, besó con la rodilla la tierra parduzca y la regó con un hilo de sangre. Los demás se movilizaron nerviosamente. No se aclaraban, chocaban entre sí como pollos sin cabeza. Aquel despropósito pedía a gritos la dirección de una batuta autoritaria.

—¡Uno en cada cerezo! —gritó Isabelo, y los chavales ocuparon sus puestos.

—¡Tú también! —ordenó Clotilde al grandullón ensangrentado.

—¡Escuchadme! —Isabelo reclamó la atención de los presentes—. Quiero que os bajéis los pantalones y me abonéis los pimpollos. Dadas las circunstancias, es el mínimo castigo que se me ocurre para escarmentaros.

—¡Vamos —aulló Clotilde—, a jiñar todo el mundo o se caga la perra!

A pesar de las amenazas, ninguno accedió a cumplir el mandato. Se miraban entre ellos avergonzados y gazmoños, como si de pronto atesoraran una honra y virtud que estaban a años luz de poseer.

—¿Quién es el jefe de la pandilla?

Los chavales, contra todo pronóstico, no dudaron en señalar al que menos pinta tenía de ejercer el mando.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Isabelo.

—Oliver Twist, señor —respondió el mocoso.

—¡Coño, Oliverio Twist; de pequeño me regalaron tu libro! ¡Era mi preferido!

Nos quedamos pensativos. Era cierto que los mugrosos parecían recién salidos del libro, o la película, de Oliver Twist. Habló Isabelo:

—No estás en condiciones de vacilarme, Oliverio.

—Lo sé, señor. Pero no me llamo Oliverio, sino Oliver, y vivo en las calles de Londres con esta panda de malhechores.

—El libro que me regalaron se titula Oliverio Twist, por eso te llamo Oliverio.  Es una edición muy extraña, me lo dijo un amigo que sabe de letras. Pero dime, ¿cómo es posible que los personajes de una novela se hayan colado en mis tierras?

—Lo ignoro, señor, aparecimos de pronto en este insólito mundo. Y en los pueblos vecinos, presenciamos tales prodigios que nos echamos al campo conducidos por el espanto. Luego vimos a esa muela —me apuntó con el índice— cagando en aquella cosa —apuntó al trono de Isabelo— y no pudimos evitarlo, estallamos en carcajadas.

Para nosotros fue el acabose, habíamos visto tantas extravagancias que caímos en una suerte de embrujo, una eufórica embriaguez que nos empujó a pitorrearnos de la muela y del mismísimo Satanás, si nos lo hubiéramos encontrado en esta respetable granja.

—¡Esto es una finca, pelota! —gruñó Clotilde—. ¿¡Dónde coño ves los cerdos o las vacas!?

—Perdone, señora —se disculpó Oliverio con la gorra en la mano.

—Cierra el pico, Clotilde —decretó Isabelo—, deja en paz al muchacho. Es el único que merece la pena. Me caes bien Oliverio, voy a eximirte de jiñar al pie de un cerezo. Puedes irte. Regresa a tu mundo si eres capaz.

—Gracias, señor.

—Y no te preocupes, ya verás como al final todo se arregla. Conozco al dedillo tu historia.

—Es usted muy amable, señor, que Dios le acoja en su gloria.

Oliverio se marchó con los ojos humedecidos. Era como un can abandonado. La misma falta de cariño, la misma gratitud por cualquier diminuta muestra de afecto.

—¿Quién es el jefe? —Isabelo volvió a interrogar a los rateros—. Si volvéis a mentirme ateneos a las consecuencias. Dejaré que mi hermana se ocupe de vosotros.

Los ojos de Clotilde brillaron de orgullo e impiedad.

—Yo sé quién es el jefe —intervine, y señalé al perdulario que había estampado mi propia mierda en la trasera de la muela.

—¿Tú eres Fagin? —Isabelo tenía buena memoria, recordaba el nombre del bellaco que estaba al mando de los carteristas.

Con ojos amenazantes, el aludido echó un vistazo a su alrededor y sus compinches bajaron la mirada. Algunos tragaron saliva.

—Escucha, Fajín. O Fagin. O Fakin; tres cojones me importa como te llames. Si no quieres recibir un tiro bájate los pantalones y ponte a jiñar.

Las palabras de Isabelo surtieron efecto: el maleante, con los ojos en iracunda rendija, procedió al desabotone y de seguido se acuclilló.

—Así me gusta —celebró Isabelo—. Los líderes tienen que dar ejemplo.

La muchachada no dudó en imitar a su jefe. Luigi y Carmelo habían ido a avisar a los demás, y un tumulto abigarrado de personajes carnavalescos presenciábamos el dantesco espectáculo.

—Haremos una cosa para dar emoción —anunció Isabelo—. El que no sea capaz de jiñar se lleva un tiro entre ceja y ceja. —Bromeaba, por su puesto, pero sus dotes interpretativas y su disfraz de Clyde apuntalaron la credibilidad de su amenaza.

—¡Apretad, cagones! — apremió sonriente Clotilde, con una macabra expresión muy acorde con su disfraz de Bonnie.

El júbilo y la guasa campaban a sus anchas entre los presentes. Quién hubiera imaginado que en plena fiesta de disfraces, con todo el mundo colocado por esto o por aquello, los postizos Bonnie and Clyde encañonarían con escopetas reales a la pandilla de carteristas de Oliver Twist, que pese no estar al tanto del historial delictivo de los gánsteres que les tenían con el culo al aire, apretaban con sigilo reconcentrado y con la tez tan colorada como alguno de los espectadores, que se agarraban las tripas doblados por la mitad.

Uno que iba de Popeye, el que pasaba los tripis, se revolcaba por el suelo en compañía de su socio, Lucky Luke, que lanzaba tiros al aire con un revolver de pistones. Luego había unos Pokémon de lo más estrafalarios que no paraban de meter baza con chistosas observaciones. Uno de ellos alzó la voz:

—¡No hay mejor curandero que andar bien del agujero!

Mientras tanto, la muchachada se esmeraba en defecar. Algunos, ante el pitorreo generalizado lo conseguían, se enderezaban y, sin preocuparse de los monstruosos palominos que cosechaban sus gayumbos de la época victoriana, se alzaban los pantalones.

Por otro lado, el céfiro no contenía la acostumbrada profusión de olores silvestres, y cada vez más grosero con nuestros detectores olfativos, nos obligaba a retroceder entre improperios y maldiciones que eran motivo de algarabía.

—¡Pero qué comen estos diablos! —se quejó un Pokémon Psíquico.

—¡A saber qué sopas de coles —respondió Gargamel (el de los Pitufos)— con panes rancios y carne de rata!

El que pasaba más apuros era Fagin. Su preocupación iba en aumento. Veía que sus compinches salían del trance y apretaba con más ganas que ninguno, pero no conseguía descorchar el apestoso mejunje que se negaba a salvarle el pescuezo.

—Escuchadme —a Isabelo le entraron las prisas—, no tenemos todo el día. Las dos primeras jiñadas (quedaban tres por obrarse) salvarán a sus autores y causarán, irrevocablemente, la ejecución del melindroso perdedor.

Los muchachos se esforzaron en entender y más aún en arremeter. Sudorosos y sonrojados, tuvieron suerte adversa: dos lo consiguieron y se pusieron a celebrarlo ante la mirada de Fagin, el indignado perdedor, que pese a todo insistió en apretar. Se negaba a arrojar la toalla y sus ojos, rebosantes de lágrimas e impotencia, lanzaban miradas furtivas a los bulliciosos asistentes.

—Arriba Fagin —ordenó Isabelo—. Ha llegado tu hora.

—Esperé, puedo conseguirlo.

—No importa, voy a matarte igual.

Fagin se levantó exasperado. Mientras se abrochaba, la humillación y la rabia teñían su semblante e inflaban las venas de sus brazos y cogote.

—¿Preparado para morir? —Isabelo alzó el cañón de la escopeta—. ¿O prefieres que te vende los ojos?

Fagin se jiñó encima, pudimos leerlo en su rostro mancillado. Aquello se había ido de madre. Los más jaraneros disfrutaban de lo lindo, pero en líneas generales, el entusiasmo se había transformado en lástima y sentido común.

—Bueno, ya está bien —dijo uno.

—Deja al muchacho —sugerí—. No lo martirices más.

Isabelo depuso su actitud y dejó de encañonarlo.

—Anda, vete con los demás.

Fagin lloraba amargamente. Sacó un pañuelo del bolsillo y procedió a secarse las lágrimas.

—Anda, vete —insistió Isabelo.

—¡De eso nada!

Una brusca detonación me hirió los tímpanos y Fagin se desplomó. Clotilde le había descerrajado un tiro en la sesera. Trocitos de cerebro y chorros de sangre habían saltado por los aires ante el estupor generalizado.

—¡Pero qué has hecho! —gritó Isabelo.

—¡Cumplir tu palabra! —refutó Clotilde, con pedacitos de cerebro afeándola el cutis—. ¡Los hermanos Santa Fe tenemos palabra!

Isabelo y Clotilde Santa Fe intercambiaron coléricas miradas.

—No os pongáis así —terció un Pokémon Fuego—. Todo tiene arreglo en esta vida.

—Menos la muerte —soltó un graciosillo—. Ahí está Fagin para dar fe.

Alguien emitió una risilla ahogada.

—¡Qué te dije en la fiesta! —habló Isabelo—.  ¡Te lo dije, Clotilde, «No te metas coca que te pone de los nervios»!

—Mientes, no me he puesto una sola raya de cocaína.

—Cómo que no, te vi entrar al servicio con el Drogas. Hombre lobo —se dirigió al Drogas, que iba disfrazado de Chewbacca—, ¿algo qué decir al respecto?

 El aludido, ensimismado, estaba sentado sobre la hierba. Se había quitado la cabeza de su peludo disfraz. Al parecer, se debatía entre los agobios internos —suscitados por la clásica ensalada de estupefacientes— y los sofocos que su cuerpo transpiraba a causa del pelaje que lo cubría.

—No voy a darte la razón porque no la llevas —se defendió Clotilde al verse acorralada—. Me metí unos tiros de speed manzana, lo admito, pero no de coca.

—¡Eso es peor todavía! —Isabelo no daba crédito—. ¡Clotilde, la cagaste, soluciona este desastre! El cadáver lo desnudas y lo llevas al comedero. Los buitres harán el resto. Mañana entierras la calavera y los huesos más vistosos. Olvidate de los pequeños, aquello es un vertedero de osamentas.

De mala gana, Clotilde aceptó su misión. Los demás regresamos a la casa y reanudamos la fiesta. El incidente nos había afectado, pero la gente se recompuso con la música, las bebidas y toda la pesca.

El Drogas, fuera de combate, se acopló en un sillón como un peluche desmochado. Los fantasmas le crecían y la angustia, por momentos, hacía presa de él. Lo estuve observando unos minutos con cierta preocupación pero luego pasé del tema y me acerqué a la ventana.

Disfruté de las vistas sin pensar en nada… hasta que el trono de Isabelo me obligó a recordar. Me pregunté si Oliverio Twist y el resto de mugrosos habrían sido capaces de regresar a su dimensión. En tal caso, ninguno echaría de menos al malnacido Fagin, borrado para siempre de las letras universales.

Fagin estaba fuera, excluido de esa gloria de la que nunca fue consciente por ser un miserable personaje de ficción. Su estancia entre los humanos había sido breve y más miserable si cabe.

Se lo merecía, por arruinarme el traje de muela nupcial. Visualicé sus ojos maliciosos, el disparo a bocajarro, los picotazos de los buitres y, por último, sus cuencas vacías. Fagin se había incorporado a la cadena trófica, bolo alimenticio y deshecho excrementicio que caería desde los cielos cual maná redentor.

Pensé en el ciclo de la vida. Los buitres ascenderían conducidos por los flujos de aire; se elevarían, cientos de metros sobre campos, plantaciones, bosques y montañas; sobrevolarían estos parajes y expulsarían, a su capricho, cagarrutas con esencia de Fagin que la tierra acogería de buen grado para absorber sus nutrientes.

Fagin había perdido la inmortalidad en el ámbito de las letras, pero la había conquistado en esta dimensión. Viviría en una brizna de hierba, en una flor, en una seta venenosa o comestible, en un fruto silvestre o de la huerta, dentro de una hormiga o de un rumiante… o tal vez, por esas casualidades de la vida, en el organismo de Clotilde, combinándose químicamente con dosis de coca o de speed manzana, lo mismo da, el caso es que Fagin viviría.

Recursos gráficos de pngtree y pixabay

Soy Apurito Montoya, ¿aún no me conoces?

Mi historia al completo

 

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2 Comentarios

  1. Hana
    14 enero, 2020

    Sensacional “tragicomierda”. Un relato sobre el ciclo de la mierda. Tiene muchos detalles que no pasan inadvertidos para nada. Eso de los Pokémon me ha matado. El personaje de Clotilde genial. Siento como si estuviera visualizando algún cuadro de la serie negra de Goya en El Prado, es grotesco, sórdido, deforme, no entiendes nada y lo entiendes todo porque se explica por si mismo. Una sucesión de absurdos. Y siempre el humor. Te felicito. Está en mi top de mierda favoritas.

    Responder
    1. Eugercio
      15 enero, 2020

      Jajaja! Me apunto la etiqueta “tragicomierda” para enmarcar el relato en su género correspondiente. Por otra parte, ese deleite humorístico que se desprende de tu testimonio lo sentí en mis propias carnes al escribir el relato. Las risotadas casi me parten el innombrable hoyuelo. Espero regresar a la comedia absurda para divertirme yo y encandilar a los lectores como tú. Gracias por las jugosas apreciaciones.

      Responder

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