En «Oliverio Twist segunda parte», la parodia escatológica del clásico juvenil cruza la linde del delirio rural. Lo que empezó como una aventura de pandilla acaba convertido en una fiesta de disfraces donde los cafres toman la palabra y la escopeta de una energúmena dicta la ley.
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OLIVERIO TWIST 2
Relato satírico
Los mugrosos observaron los cerezos sin moverse del sitio, hasta que Clotilde se impacientó. No dijo nada. La culata de su escopeta habló por ella impactando en la ceja del grandullón que se había negado a fajarse conmigo. El modus operandi de Clotilde me hizo sospechar que sus lomos habían catado los jergones del trullo.
Tras encajar el golpe, el grandullón besó con la rodilla la tierra parduzca y la regó con un hilo de sangre. Los demás se movilizaron nerviosamente. No se aclaraban, chocaban entre sí como pollos sin cabeza. Aquella desatinada coreografía pedía a gritos la dirección de una batuta autoritaria.
—¡Uno en cada cerezo! —gritó Isabelo, y los chavales ocuparon sus puestos.
—¡Tú también! —ordenó Clotilde al grandullón ensangrentado.
—¡Escuchadme! —Isabelo reclamó la atención de los presentes—. Quiero que os bajéis los pantalones y me abonéis los pimpollos. Dadas las circunstancias, es el mínimo castigo que se me ocurre para escarmentaros.
—¡Vamos!—aulló Clotilde—. ¡Todo el mundo a jiñar o me cago en vuestros muertos!
A pesar de las amenazas, ninguno accedió a cumplir el mandato. Se miraban entre ellos avergonzados y gazmoños, como si de pronto atesoraran una honra y virtud que estaban a años luz de poseer.
—¿Quién es el jefe de la pandilla?
Los chavales, contra todo pronóstico, no dudaron en señalar al que menos pinta tenía de ejercer el mando.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Isabelo.
—Oliver Twist, señor —respondió el mocoso.
—Coño, ¡Oliverio Twist! De pequeño me regalaron tu libro y era mi preferido.
Iba contra las leyes de la lógica, pero lo cierto es que los mugrosos parecían extraídos del libro o la película de Oliver Twist.
—No estás en condiciones de vacilarme, Oliverio —le advirtió Isabelo.
—Lo sé, señor. Pero no me llamo Oliverio, sino Oliver, y vivo en las calles de Londres con esta panda de malhechores.
—El libro que me regalaron se titula Oliverio Twist. Es una edición muy extraña, me lo dijo un amigo que sabe de letras. Pero dime, ¿cómo es posible que los personajes de una novela se hayan colado en mis tierras?
—Lo ignoro, señor. Aparecimos en este insólito mundo y presenciamos tales prodigios en los pueblos vecinos que nos echamos al campo conducidos por el delirio y la sinrazón. Por eso, cuando vimos esa muela —me apuntó con el índice— cagando en aquella cosa —señaló con la barbilla el trono de Isabelo—, nos poseyó el histerismo. Caímos en una suerte de embrujo demoníaco que nos empujó a pitorrearnos de la muela y del mismísimo Satanás, si nos lo hubiéramos encontrado en esta respetable granja.
—¡Esto es una finca! —gruñó Clotilde—. ¡¿Dónde coño ves el ganado?!
—Perdone, señora —se disculpó Oliverio con la gorra en la mano.
—Cierra el pico, Clotilde —decretó Isabelo—, deja en paz al muchacho. Es el único que merece la pena. Me caes bien, Oliverio, voy a eximirte de jiñar al pie de un cerezo. Puedes irte. Regresa a tu mundo, si eres capaz.
—Gracias, señor.
—Y no te preocupes, ya verás como al final todo se arregla. Conozco al dedillo tu historia.
—Es usted muy amable, señor, que Dios le acoja en su gloria.
Oliverio se marchó con los ojos humedecidos. Era como un can abandonado. La misma falta de cariño, la misma gratitud por cualquier diminuta muestra de afecto.
—¿Quién es el jefe? —Isabelo volvió a interrogar a los rateros—. Si volvéis a mentirme, ateneos a las consecuencias; dejaré que mi hermana se ocupe de vosotros.
Los ojos de Clotilde brillaron de orgullo e impiedad.
—Yo sé quién es el jefe —intervine, y señalé al perdulario que había estampado mi propia jiñada en la trasera de mi disfraz.
—¿Tú eres Fagin? —Isabelo recordaba el nombre del mandamás de los carteristas.
Con ojos sagaces, el aludido bellaco echó un vistazo a su alrededor y sus compinches bajaron la mirada. Algunos tragaron saliva.
—Escucha, Fagin. O Fajín. O Fakin; tres cojones me importa cómo te llames. Si no quieres recibir un tiro, bájate los pantalones y ponte a jiñar.
Las palabras de Isabelo surtieron efecto: el maleante, con los ojos en iracunda rendija, procedió al desabotone y de seguido se acuclilló.
—Así me gusta —celebró Isabelo—. Los líderes tienen que dar ejemplo.
En efecto, la muchachada no dudó en imitar a su jefe. Luigi y Carmelo habían avisado a los demás y todos presencábamos el espectáculo escatológico, convertidos en un tumulto abigarrado de personajes carnavalescos.
—Haremos una cosa para dar emoción —anunció Isabelo—. El que no sea capaz de jiñar se lleva un tiro entre ceja y ceja. —Bromeaba, por supuesto, pero sus dotes interpretativas y su disfraz de Clyde apuntalaron la credibilidad de su amenaza.
—¡Apretad, cagones! —apremió sonriente Clotilde, con una macabra gesticulación muy acorde con su disfraz de Bonnie.
El júbilo y la guasa campaban a sus anchas entre los presentes. Quién hubiera imaginado que en plena fiesta de disfraces, con todo el mundo colocado por esto o por aquello, los postizos Bonnie y Clyde encañonarían con escopetas reales a la pandilla de carteristas de Oliver Twist, que, pese no estar al tanto del historial delictivo de los gánsteres que los tenían con el culo al aire, apretaban con sigilo reconcentrado y con la tez tan colorada como la de los espectadores que, partiéndose el ojete, se agarraban las tripas doblados por la mitad.
El que pasaba los tripis, disfrazado de Popeye, se revolcaba por el suelo en compañía de su socio, Lucky Luke, que lanzaba tiros al aire con un revólver de pistones. Por otra parte, unos estrafalarios Pokémon no paraban de meter baza con chistosas observaciones. Uno de ellos alzó la voz:
—¡No hay mejor curandero que andar bien del agujero!
Mientras tanto, la muchachada se esmeraba en defecar y algunos lo conseguían, se enderezaban y, sin preocuparse de los monstruosos palominos que cosechaban sus gayumbos de la época victoriana, se alzaban los pantalones con el pitorreo generalizado como telón de fondo. Y la fétida brisa, lejos de contener la acostumbrada profusión de olores silvestres, nos obligaba a retroceder entre improperios, maldiciones y cómicos lamentos que avivaban las burlas y carcajeos.
—¡Pero qué comen estos diablos! —se quejó un Pokémon Psíquico.
—¡A saber qué sopas de coles —respondió Gargamel, el de los Pitufos— con panes rancios y carne de rata!
El que pasaba más apuros era Fagin. Cada vez más preocupado, veía que sus compinches salían del trance y apretaba con más ganas que ninguno, pero no conseguía descorchar el apestoso mejunje que se negaba a salvarle el pescuezo.
—¡Escuchadme! No tenemos todo el día —A Isabelo le entraron las prisas—. Las dos primeras jiñadas (quedaban tres por obrarse) salvarán a sus autores y causarán, irrevocablemente, la ejecución del melindroso perdedor.
Los muchachos se esforzaron en entender y más aún en arremeter. Sudorosos y sonrojados, tuvieron suerte dispar: dos lo consiguieron y se pusieron a celebrarlo ante la mirada de Fagin, el abatido perdedor, que pese a todo insistió en apretar. Se negaba a arrojar la toalla y sus ojos, rebosantes de lágrimas e impotencia, lanzaban miradas furtivas a los bulliciosos asistentes.
—Arriba, Fagin —ordenó Isabelo—. Ha llegado tu hora.
—Espere, puedo conseguirlo.
—No importa, voy a matarte igual.
Fagin se levantó exasperado. Mientras se abrochaba, la humillación y la rabia teñían su semblante e inflaban las venas de sus brazos y cogote.
—¿Preparado para morir? —Isabelo alzó el cañón de la escopeta—. ¿O prefieres que te vende los ojos?
Fagin se jiñó encima; sus tripas rugieron y pudimos leerlo en su rostro mancillado. La broma se había pasado de castaño oscuro. Los más jaraneros disfrutaban de lo lindo, pero, en líneas generales, el entusiasmo se había transformado en lástima y sentido común.
—Bueno, ya está bien —dijo uno.
—No lo martirices más —sugirió otro.
Isabelo depuso su actitud y dejó de encañonarlo.
—Anda, vete con los demás.
Fagin lloraba amargamente. Sacó un pañuelo del bolsillo y procedió a secarse las lágrimas.
—Deja de llorar y vete con tus amigos —insistió Isabelo.
—¡De eso nada!
Una brusca detonación me hirió los tímpanos y Fagin se desplomó. Clotilde le había descerrajado un tiro en la sesera. Trocitos de cerebro y chorros de sangre habían saltado por los aires ante el estupor generalizado.
—¡¿Qué hiciste?! —gritó Isabelo.
—¡Cumplir tu palabra! —replicó Clotilde, con pedacitos de cerebro afeándole el cutis—. ¡Los hermanos Santa Fe tenemos palabra!
Isabelo y Clotilde Santa Fe intercambiaron coléricas miradas.
—No os pongáis así —terció un Pokémon Fuego—. Todo tiene arreglo en esta vida.
—Menos la muerte —soltó un graciosillo—. Ahí está Fagin para dar fe.
Alguien emitió una risilla ahogada.
—¿Qué te dije en la fiesta? —preguntó Isabelo. Clotilde arrugó el entrecejo con en señal de desafío—. ¡Te dije que no te metieras coca, que te pone de los nervios!
—¡No me puse de coca!
—¡Cómo que no! Te vi entrar al servicio con el Drogas. Hombre lobo, ¿quién miente de los dos? —se dirigió al Drogas, que iba disfrazado de Chewbacca.
El Drogas no se dio por aludido. Sentado sobre la hierba, se había quitado la cabeza de su peludo disfraz y, al parecer, se debatía entre los agobios internos —suscitados por la clásica ensalada de estupefacientes— y los sofocos provocados por el pelaje que lo cubría.
—No voy a darte la razón porque no la llevas —se defendió Clotilde al verse acorralada—. Me puse de speed manzana, pero la farla ni la caté.
—¡Eso es peor todavía! —Isabelo no daba crédito—. ¡La cagaste, Clotilde! Ocúpate de solucionar este descalabro. Lleva el cadáver al comedero y los buitres harán el resto.
De mala gana, Clotilde aceptó su misión; los demás regresamos a la casa y reanudamos la fiesta. El incidente nos había afectado, pero la gente se recompuso con la música, las bebidas y toda la pesca. El Drogas, fuera de combate, se acopló en un sillón como un peluche desmochado. Los fantasmas le crecían y la angustia, por momentos, hacía presa de él. Observé el paranoico espectáculo hasta que, aburrido de sus rayadas mentales, me acerqué a la ventana.
Me dediqué a disfrutar de las vistas con la mente en blanco, pero el trono de Isabelo reavivó el episodio de la muela de mierda. Me pregunté si Oliverio Twist y el resto de mugrosos habrían sido capaces de regresar a su dimensión. En tal caso, ninguno echaría de menos al malnacido Fagin, borrado para siempre de las letras universales. El estreñido cabecilla estaba fuera, excluido de esa gloria de la que nunca fue consciente por ser un miserable personaje de ficción. Su estancia entre los humanos había sido breve y más miserable si cabe. Se lo merecía, por arruinarme el traje de muela nupcial. Visualicé sus ojos maliciosos, el disparo a bocajarro, los picotazos de los buitres y, por último, sus cuencas vacías. Fagin se había incorporado a la cadena trófica, convertido en bolo alimenticio y desecho excrementicio que caería desde los cielos cual maná redentor.
Pensé en el ciclo de la vida. Con sus portentosas alas, los buitres se elevarían cientos de metros y, a lomos de las corrientes de aire, sobrevolarían sus agrestes dominios y expulsarían, a su capricho, cagarrutas con esencia de Fagin que la tierra acogería con el fin de absorber los nutrientes. El siniestrado malandrín había perdido la inmortalidad en el ámbito de las letras, pero la había conquistado en estos parajes. Viviría en una brizna de hierba, en una flor, en una seta venenosa o comestible, en un fruto silvestre o de la huerta, dentro de una hormiga o de un rumiante. O tal vez, por esas casualidades de la vida, en el organismo de Clotilde, combinándose químicamente con dosis de cocaína o speed manzana, lo mismo da, el caso es que Fagin viviría.
Cuéntame en los comentarios qué te pareció el grotesco destino de Fagin y su poco honorable regreso al ciclo de la vida
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Si te divierten las parodias que sacan a los mitos de su mundo, continúa con El verdadero Messi.

23 febrero, 2021
Me troncho de la risa… Pero como siempre acaba genial, Fagin forma parte del ciclo de esta vida. Qué sensibilidad, Javier, casi lloro de la emoción…
23 febrero, 2021
Me daba en las narices que te iba a gustar el humor escatológico. Exacto, más allá de la risa, la moraleja del relato nos vincula con el ciclo de la vida y todos estamos en el mismo barco, hasta los personajes de ficción. Me alegra esa emoción que sentiste al leerme. Gracias por cerrar el círculo de las emociones.
14 enero, 2020
Sensacional «tragicomierda». Un relato sobre el ciclo de la mierda. Tiene muchos detalles que no pasan inadvertidos para nada. Eso de los Pokémon me ha matado. El personaje de Clotilde genial. Siento como si estuviera visualizando algún cuadro de la serie negra de Goya en El Prado, es grotesco, sórdido, deforme, no entiendes nada y lo entiendes todo porque se explica por si mismo. Una sucesión de absurdos. Y siempre el humor. Te felicito. Está en mi top de mierda favoritas.
15 enero, 2020
Jajaja! Me apunto la etiqueta «tragicomierda» para enmarcar el relato en su género correspondiente. Por otra parte, ese deleite humorístico que se desprende de tu testimonio lo sentí en mis propias carnes al escribir el relato. Las risotadas casi me parten el innombrable hoyuelo. Espero regresar a la comedia absurda para divertirme yo y encandilar a los lectores como tú. Gracias por las jugosas apreciaciones.