Anciana y joven caminan de la mano hacia una intensa luz al final de un sendero rocoso. Cabecera de "Soledades", un relato dramático sobre soledad, compasión, vejez, muerte y esperanza.

Soledades: Relato dramático sobre la soledad

«Soledades» es un relato dramático sobre la soledad, el miedo y el dolor de las personas que se arrastran por la vida con el furtivo deseo de que la muerte acabe con ellos.

En un puente medieval, una anciana beata y un joven marginal se cruzan durante unos segundos. De ese encuentro mínimo nace una historia de espanto, compasión, desgarro y muerte, donde la belleza del paisaje no logra ocultar la intemperie de quienes caminan solos.


El joven se dispone a cruzar el puente del Cabestrero. Aunque llaman la atención, sus holgados ropajes son eclipsados por sus leoninos cabellos, tan largos y frondosos que le caen hasta las lumbares en retorcidas lianas de insólita simetría…

En dirección contraria, resuelta a cruzar el mismo puente, la anciana avanza encorvada y melancólica. Un bastón le sirve de apoyo. Su caminar es lento y pesado, amargamente articulado por golpes de riñón. Su indumentaria, sombría, habla por los codos de escasez y soledad…

… con su distintivo caminar, elástico y desgarbado, se adentra en el puente a grandes zancadas. Se desplaza con movimientos suaves y flácidos, casi invertebrados, impropios de su juventud. El río desciende con bravura y fragor, pero él solo atiende al murmullo de su mente distorsionada. Las formas que le salen al paso se diluyen en su mirada como pastillas efervescentes. Sus ojos, ensimismados, rebosan melancolía por algo que no pudo ser o que el destino le arrebató…

… en su lánguido esfuerzo por avanzar, jadea. Una cruz cuelga de su cuello y se mece como un lastre de cristiana resignación. Se detiene. Suspira. Con un pañuelo de tela que extrae de la manga izquierda, seca el sudor de su frente. Su olor corporal es arcaico, casi extinto, proviene de un tiempo que solo recuerdan los más longevos. A mitad del puente, cabizbaja, se detiene una vez más y coge aliento. Una mano irrumpe en su campo de visión y coge del suelo la colilla de un cigarro. Trata de enderezarse y consigue visualizar al grotesco melenudo: ¡sobresalto!, ¡vértigo!, ¡pánico! Lo tiene a dos pasos de distancia. El espécimen intenta prender el despojo nicotínico que apresan sus dedos amarillentos. La anciana se encomienda a su dios…

… cuando se guarda el mechero, percibe a una anciana que le observa sobrecogida. El joven reacciona. Comprende. Sus ojos descarriados cobran vida; niega con la cabeza y reanuda la marcha. 

… temerosa, la anciana se gira como un caracol y, con ojos de sapo verrugoso, verifica que la amenaza se aleja. Se santigua afligida, pero su dios no consigue apaciguarla…

… apura la última calada y se voltea: la anciana se santigua en mitad del puente. Contra todo pronóstico, una lágrima le rueda por la mejilla. Podría conjeturarse que algo duro y afilado le rasgó el corazón. Metido en su disfraz de eterno caminante, se refugia en su demencia acorazada y se aleja sin volver la vista atrás…

 … la anciana se lleva una mano al corazón, su rostro empalidece y se atiborra de pánico. No puede respirar; rojez en su dramático semblante. Apoyada en la granítica baranda del puente medieval, se tambalea, deja caer el bastón, impacta de rodillas contra los cantos incrustados del suelo, se derrumba de costado y pierde la consciencia…

… ajeno al desplome de la anciana, avanza por el camino de tierra que transcurre paralelo al río Cuerpo de Sirena. En evidente estado de exaltación, toma una trocha tan empinada como las cumbres que señorean el valle. No logra desprenderse de la hiel corrosiva; no consigue sacudirse el rencor y rompe a sudar.

En el ascenso vertiginoso aprieta los dientes, gruñe, resopla, intenta ahuyentar los reveses que le hicieron naufragar. La mirada de espanto de la anciana, como la gota que colma el vaso, regresa a su mente y lo tortura. Es una instantánea condenatoria, un flash recurrente que le inflama la mente y le quiebra el alma. 

La trocha desemboca en una senda. Se toma un respiro y prosigue hacia el sur. Con el cerebro humeante, camina impetuoso, pero de pronto se detiene y lanza un gemido atroz. Fuera de sí, abandona la senda y desciende monte abajo como una bestia herida.

El terreno es abrupto; la maleza se enreda y comprime entre tupidos helechos y laberínticos zarzales. Pero nada lo detiene, se abre paso a trompicones, lanza enajenados puntapiés y se desplaza, a duras penas, sobre el mullido quebradizo que amortigua los pisotones. Atraviesa marañas de agujas, persiste y desgarra sus carnes. A cada paso, ruge. Sus cabellos se enredan sobre enredos y violentan su cuello a más no poder.

Atrás queda un rastro de sangre, mechones pajizos, zarzas rendidas, escobas y brezos tronchados y helechos aplastados. Se detiene a quitarse las púas que muerden sus carnes y frenan su paso. Bufa. Resuella. La hiel que le acidula la sangre lo arroja a las fauces del delirio y, llevado por un mal aire, atraviesa la espesura como un demonio espectral. Grita como un poseso hasta que logra salir de la breña.

Se topa con el río Cuerpo de Sirena. Por el sinuoso margen izquierdo, camina atolondrado hasta que llega a una pequeña charca. Su cuerpo cenceño y sanguino, lacerado, se asemeja al de Cristo en la cruz. Se despoja de los harapos que le cuelgan y ve cómo una rana se zambulle en el agua.

Desnudo, se sumerge en la charca y comprueba que le cubre hasta el pecho. Forma un cuenco con las manos y se moja la cara. Desolado, recuerda lo que debe hacer. Sale del agua, camina hasta los harapos y busca en los bolsillos del pantalón. Saca un objeto, se arrodilla y lo observa con ojos demenciales. El dolor, en su punto álgido, se vierte por sus mejillas como una amarga infusión. 

Observado por la rana que saltó a la charca, vuelve a meterse en el agua. Con su mano diestra, manipula el objeto que extrajo del pantalón. La hoja, refulgente, sale de su escondrijo y revela sus inquietantes cualidades metálicas. Con una expresión indefinible, contempla su brazo izquierdo y conduce la punta de acero hasta la muñeca, que permanece sumergida en el agua.

Con oblicua luminosidad, los rayos solares penetran en la turbia charca y el suicida visualiza la escena: el filo se desliza por su lechoso antebrazo y, desde la muñeca hasta el pliegue del codo, secciona tejidos y venas. Bajo el sol justiciero, el tapiz que contempla cabizbajo se tiñe de un rojizo nubarrón que, alrededor de su pecho, le impide ver el brazo rasgado. No dice nada, no se mueve, es una estatua del museo de los horrores que permanece en el agua cada vez más pálida.

Flaquea, se le nubla la vista y, con piernas temblorosas, desfallece y apenas se sostiene. Sin un ápice de fuerza, su cuerpo se vierte hacia atrás.

El cielo es azul, rotundamente azul, y el sol le ciega por un instante; un segundo, tal vez dos, luego oscuridad y frío, mucho frío.

Sus ojos no están graduados para aquel entorno acuoso. Se hunde a cámara lenta y, por un instante, los dedos de los pies traspasan la superficie de la charca. Pese a la escasa visibilidad, aprecia la columna de plasma rojinegro que mana de su cuerpo y se siente pesado, como un barco hundido al que le llegan, distorsionados, los sonidos del incierto exterior, ese mundo de paso que está a punto de extinguirse.

Frente a sus ojos ascienden burbujas y la vida se le escapa por falta de oxígeno, sangre o lo que sea, lo mismo da. Su cuerpo se agita, se estremece estertóreo en un instante de pánico y se detiene, por fin, en un remanso de gloria bendita. 

***

Entre peces de negra plata y danzantes lianas de ova, divisa a la anciana que se santiguó en el puente. Es ella, sin duda, se dirige hacia él con bastón y todo. Incrédulo, se frota los ojos y vuelve a comprobar que la anciana, con pesados movimientos de hídrico astronauta, camina bajo las aguas y se acaba deteniendo a su vera. 

—Tranquilo, nos vamos a casa —susurra mientras le atusa el cabello leonino. 

A continuación, le acerca a los labios la cruz que lleva al cuello y le indica que la bese. Dentro del agua, la anciana es verde esmeralda. Unas ondas de luz giratoria oscilan en torno a ella componiendo un cuadro sumergido de Vincent van Gogh. El joven besa la cruz y percibe un aumento de luminosidad. Alza la mirada y observa, obnubilado, las cristalinas tonalidades de piedras preciosas que brillan en la acuosa bóveda celeste que lo envuelve todo. 

—¿Qué está pasando? —pregunta. 

Sonriente, la anciana le descubre con el índice una gruta que se abre entre unas rocas ennegrecidas. 

—A lo claro por lo más oscuro —le dice. 

La boca de la gruta se inunda de una luz tan cegadoramente blanca que al joven le parece celestial. Cogidos de la mano, se dirigen a la blancura y, cercados por un intenso resplandor, se convierten en dos seres clarividentes que se acaban desvaneciendo en el más allá.

La muerte unifica lo que la vida separa.


¿Puede la muerte reunir lo que la vida humana se empeña en separar? Te leo en los comentarios

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4 Comentarios

  1. Hana
    17 marzo, 2020

    Sin palabras, ha sido poesía. No sé puede juzgar algo que son puros sentimientos y evocaciones. Sin palabras, de verdad.
    Me ha encantado. Tan familiar que notas los desgarros, enredos y laceraciones en ti.
    No podía tener mejor final que la propia muerte.

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    1. Eugercio
      17 marzo, 2020

      A veces escribir se parece a surfear, sientes que una ola de emociones te conduce a su capricho hasta la conclusión de la historia que tienes en mente, cuyo punto final es un rastro espumoso que fallece sobre la arena de la playa. Supongo que todo esto, el proceso completo de escritura y lectura (sin receptor no se obra el milagro), es una transmisión alquímica de palabras y sentimientos que se convierten en poesía. Gracias por transmitirme, como una ola en su retroceso, las impresiones que dejó en tu alma el reencuentro de la anciana y el joven marginal.

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  2. Fernando
    16 marzo, 2020

    Un grandísimo relato. Me ha encantado la forma de narrar y como utilizas el lenguaje para usar descripciones y palabras que crean una atmósfera de tristeza y soledad. Consigue contar algo muy trágico de una bella y estilizada manera, con un resultado final muy pero que muy bueno. Enhorabuena por este magnífico texto.

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    1. Eugercio
      17 marzo, 2020

      Muchas gracias por compartir las sensaciones que te produjo la lectura. Las horas que invertí (incontables😅) en el relato obtuvieron, con tu valoración, una agradable recompensa. Un abrazo!

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