En esta segunda parte, Don nadie ya no está solo en la garita. El zorro aparece como una amenaza exterior que, poco a poco, va revelando una realidad más incómodo: el miedo, el ridículo y el desprecio que el personaje lleva años alimentando contra sí mismo.
De este confrontamiento solo puede salir una redención o una caída definitiva.
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DON NADIE 2
Acudo a calentarme al calefactor pensando en el zorro. ¿Cómo pudo colarse? Seguro que lo atrajo el olor de los táperes y bocatas que traemos los empleados. Aunque estos bichos son muy curiosos, puede que se colara por el impulso irrefrenable de husmear. Para un zorro, una aglomeración de maquinaria pesada debía ser como un parque de atracciones.
Desde la silla giratoria, echo un vistazo al exterior, pero no localizo el brillo de sus ojos. Si está buscando una salida, le quedan por delante unas horas de incertidumbre; los vigilantes solo abrimos el portón en caso de emergencia.
La alfombra plastificada de Salsa para principiantes seguía invitándome a mover el esqueleto. Bah, tonterías, no necesitaba recurrir a esa clase de artimañas. Me imaginé en la pista de baile de la disco Bachata Mix, el coto de caza de Juanqui. Pobrecillo, trataba de contrarrestar sus carencias como podía. Muy chistoso, muy majo, pero a pajas desde los catorce.
En realidad, su falta de atractivo chocaba frontalmente con las apetencias sexuales de las mujeres, que, al verlo venir, le otorgaban el estatus de carroñero en la cadena alimentaria de la fauna nocherniega.
Pero el asunto del bailoteo le había funcionado y no le faltaba razón: las mulatas entraban al trapo y algunas demandaban españoles. «Rabo nacional», como él decía. La madre que lo parió. No pensaba en otra cosa, siempre ojo perdiz y «nos vamos a otro garito, que esto es un campo de nabos». Mira esta, mira la otra y los zarrios para el final, como última opción, porque «un buen follador está a las duras y a las maduras» y «llueva o truene, echa de comer a las gallinas». Y así cada noche. Aunque nunca lo hiciera, lo importante para él era mojar y siempre estaba al loro de la feria del ganado.
Ni hablar, no podía degradarme de esta manera, perrear en la disco Bachata Mix no era propio de un tipo como yo. Debía explotar mis recursos intelectuales; mi coto era el terreno de la charla. Nunca había destacado en lo físico y tampoco podía impresionar a base de cochazo, tarjeta o billetera, pero mi nivel cultural estaba por encima de la media; una vez roto el hielo, tenía conversación. Sabía de historia y geografía, de series y cine, de pintura, de novela contemporánea y de temas de actualidad. Me lo había currado: datos a cascoporro y a presurmir de laureado de las ágoras griegas.
No era para tanto, ni mucho menos, pero me bastaba para deslumbrar a la clase de mujeres que valoran el conocimiento. Cada uno juega sus cartas. Las mías, por muy marcadas que estuvieran, no habían ganado una partida desde antes de empezar con mi ex. Me acerqué al radiocasete, volví a poner la música y practiqué los pasos básicos de Salsa para principiantes.
Esta vez me sentí menos ridículo. Era cuestión de acostumbrarse. Y del zorro ni rastro. Aguanté unos minutos el frenético bailoteo —el tipo de la cinta se pasaba de entusiasta— y, con la frente sudada, aparqué el culo en la silla y me tomé un respiro.
Pero la memoria, siempre en busca de llagas supurantes, se detuvo a hurgar en mi última humillación. Juanqui también andaba de por medio; tuvo la idea de grabar el maldito vídeo, pero la verdadera culpable fue mi ex. Víctima de las modas y costumbres, había instaurado en casa la tradición de Santa Claus, y yo, que en el primer año de exilio conyugal no quería ser menos, había previsto la doble sesión de regalos, pero el coche se me jodió y con él el presupuesto navideño. Solo me alcanzaba para los Reyes Magos o para Santa Claus, por eso, con el ojo en el calendario, me decanté por la segunda opción; no podía permitir que mi ex me ganara terreno.
Mis regalos, aunque pecaron de modestos, estuvieron presentes durante todas las Navidades en el nido familiar, pero lo del vídeo fue una auténtica cagada. El día de Nochebuena, en la casa de mis exsuegros, se habrían pitorreado de lo lindo con la misiva de Juanqui disfrazado de ¿Gaspar? «Andrea, Carlitos, os traigo un mensaje muy importante —decía el artista, con una barba blanca de bazar chino, una bata de su madre y una gorra de chulapo puesta del revés—. Este año, los Reyes Magos estamos muy pero que muy saturados con los envíos y nos hemos repartido el trabajo con Papá Noel. Por eso esta noche, vuestro amigo Papá Noel os dejará los regalos de parte de Gaspar, que soy yo, y de parte de Melchor, de Baltasar y sobre todo de vuestro padre, que os quiere mucho mucho mucho. ¿Vale?».
A años luz de atesorar cualquier mínima noción de luminotecnia, se había ubicado ante la cámara de tal modo que cualquier borracho, presidiario o adicto a la heroína hubiera lucido mejor que él. Menudas pintas. Y qué manera de menospreciar el discernimiento de las criaturas; ni se había molestado en cambiar el tono de voz. Carlitos lo reconoció a las primeras de cambio: «¡Es el Juanqui!», exclamaba en el contravídeo grabado por mi ex con la única intención, estoy convencido, de hacer befa de mi bochorno por todos los medios posibles, incluido, desde luego, el envío masivo del documento audiovisual que reflejaba mi ineptitud y el deplorable estado de mis finanzas.
La dolorosa afrenta me había llegado vía wasap, con un simpático comentario aderezado con emoticonos a priori inofensivos pero cargados de mala fe y segundas intenciones.
Antes de emprender la enésima ronda, expulsé de mi cabeza los deshonrosos recuerdos y me entregué a la distracción de Salsa para principiantes. Le estaba cogiendo el truquillo. Incluso empezaba a gustarme lo que veía reflejado en el cristal de la garita. No estaba mal dotado y sabía cómo sacarle partido, pero necesitaba el visto bueno de una mujer y este tipo de argucias, después de todo, podían provocar que saltara la chispa en la disco Bachata Mix. Con el pene semierecto, pensé en el generoso trasero de una latina despampanante, y… algo se cruzó en mi campo de visión.
Distinguí el brillo de sus ojos y una inquietante sonrisa que… ¿Sonrisa? Aquella dentadura, aquella mueca rapaz parecía una sonrisa y era insólito, desde luego, pero todo indicaba que el zorro se burlaba de mí. Confuso y ofendido, me acerqué a quitar la música y, al girarme, el zorro se había evaporado. Por otra parte, desde esta nueva perspectiva, noté que mi reflejo en el cristal había empequeñecido. Puede que fuera por la distancia. Volví a situarme sobre la alfombra plastificada, y… me quedé estupefacto: había menguado por lo menos una cabeza.
—¡Mierda! —exclamé.
Era más pequeño, sin duda, mi reflejo lo confirmaba sobre el cristal de la garita. Avancé precavido, me incliné hacia delante y, pegándome al cristal, amplié mi visión con las manos a guisa de visera. El zorro estaba missing pero lo mismo daba, tenía que largarme a casa de Juanqui, al hospital, al manicomio más cercano o a cualquier otro lugar donde pudieran ayudarme.
Con el juicio seriamente trastocado, recogí mis cosas y salí al pasillo, la arteria principal de las oficinas. Las luces de emergencia me guiaron y, a unos metros de la salida, casi me da un infarto. El zorro custodiaba la puerta; inmóvil, amenazante, tan oscuro y megalítico que parecía un lobo… o algo mucho más feroz. Un tufo nauseabundo me sacudió en las narices, y la bestia exhibió sus garras y colmillos, se irguió sobre sus patas traseras y caminó hacia mí…
Aterrado, salí por piernas, me encerré en la garita y arrastré el escueto mobiliario para bloquear la puerta; me costó horrores, los objetos pesaban toneladas y la ropa, que me quedaba como un serón, puso mil trabas a mis esfuerzos desesperados.
Volví a mirarme al cristal y comprobé que era más chico todavía. Más pequeño que un pigmeo e incluso que el más bajito de los enanos. Debía medir menos de un metro. Al otro lado de la puerta, la fiera respiraba sigilosa. Con los pelos de punta, marqué el número de la poli, pero corté la llamada. ¿Quién iba a creerme? Si no lo estaba ya, me estaba volviendo loco y por tal me tomarían.
Mi uniforme se había convertido en una crisálida textil cuyos pliegues y excedentes me agobiaban. Logré desembarazarme de la camisa y los pantalones. Los calzoncillos, antes ceñidos, me colgaban de las rodillas; pasé un extremo de la goma por detrás de la cintura y lo encajé al otro lado, a modo de toalla. Oí, a mis espaldas, una grotesca risotada y me giré de un brinco: ahí estaba la bestia parda, con el hocico pegado al cristal. Mis ojos se posaron en la puerta exterior de acceso a la garita, también de cristal y al alcance de mi peludo enemigo. Dios mío, nunca cerraba esa puerta con llave y el pomo comenzó a girar. El emisario del averno abrió una rendija y, erizando cada célula de mi organismo, se pronunció:
—Eres un don nadie.
La voz sonó profunda, grave y envolvente, como emitida desde el fondo de una caverna. Se tratara o no de una terrible pesadilla, la puerta se abrió y me quedé petrificado escuchando a la fiera.
—Don nadie, don nadie, don nadie… —repetía. Y yo, literalmente, me cagué en los calzoncillos… y el mojón los empujó hasta el suelo.
—Ja, ja, ja… —Sus carcajadas, restallantes, precedieron la entrada del horrendo ser, que, señalando mis vergüenzas con su zarpa renegrida, se detuvo a dos pasos de mí.
El olor a excremento era el mismo que desprendía mi existencia desde hacía algunos años. Bajé la mirada. La mierda que acababa de soltar, tan oscura como el pelaje del bípedo animal, tenía el aspecto de mi futuro.
—Don nadie, don nadie, don nadie… —repetía.
No le faltaba razón. Y ya estaba harto de serlo. Harto de la gente, de la traición, de la crueldad, de la engañifa, de la esclavitud, de la rutina, del sinsentido…, harto de ahogarme en la pecera de mis propios fracasos. ¡Hasta los huevos de todo!
—¡Vamos! —clamé con los brazos en alto, ante aquella bestia hercúlea que amplificaba mi enanismo desmesurado—. ¡Acaba conmigo, hija de puta, me haces un gran favor!
Me arrepentí en el acto de mi osadía. Más negras que el carbón, las fauces abiertas de la fiera cayeron sobre mí como una secuoya recién talada…
Y se hizo la noche.
Una luz cegadora me impedía abrir los ojos. Lo hice despacio, protegiéndome con las manos y los párpados. Estaba en la playa. Ante mí se extendía, sereno, un acuario inmensurable de embriagador aroma: era el Mediterráneo. Estaba sentado en la arena. La luz colisionaba con las formas perceptibles y estallaba en pirotecnias de colores radiantes. Sentí que formaba parte de todo aquello. Irradiaba la misma luz, participaba de la misma energía y mi cuerpo, bronceado, lo celebraba con entusiasmo.
Tenía que bucear en mis recuerdos, hasta la niñez, para encontrar un sentimiento parecido. Sentí un cosquilleo en el mentón. Tenía barba. Seguí palpándome la cara y aprecié las secuelas del paso del tiempo. Arrugas, bendita consecuencia de la sabiduría.
Juanqui apareció de la nada con su propia colección de arrugas. Venía de la orilla del mar y portaba un cubo de agua. Tez morena, cabellos largos y nevados por la edad, cuerpo desgarbado y más fibroso que nunca. Me dedicó una sonrisa al pasar junto a mí y recordé nuestra vida actual. Éramos prófugos del rebaño desde hace unos cuantos lustros. Mudando la piel, habíamos demolido nuestro pasado y ahora nos dedicábamos a la construcción. Edificábamos castillos de arena playera. Los paseantes, en su espejismo de libertad, nos premiaban con pequeñas aportaciones que eran el pan nuestro de cada día.
Alejados del progreso decadente y los becerros de oro, recorríamos la costa en una modesta caravana y, además de construir fortalezas efímeras, confeccionábamos pulseras, colgantes, pendientes y otras piezas de artesanía que vendíamos en los paseos marítimos, plazas o mercadillos.
También pescábamos. Éramos hijos de la mar, la brisa y el sol. Unos parias de pies a cabeza y, sin embargo, al timón de nuestras vidas. Rebañábamos lo bueno que le quedaba al mundo en recovecos donde aún crecía la hierba y era posible respirar. Nos movíamos por lo menos transitado del espacio abarrotado, y siempre con nuestro lema por bandera: «Menos es más y cuanto más mejor».
Contaminados por mi ex, mis hijos nos percibían como unos don nadie, pero es posible que en un futuro supieran apreciar nuestro modo de vida. Juanqui y yo éramos dos tipos vaciados de cargas, convenciones sociales y expectativas.
La brisa del Mediterráneo decidía por nosotros.
Cuéntame en los comentarios si el final de «Don nadie»te pareció una redención o una huida hacia ninguna parte.
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1 abril, 2026
¡Ah! Interesante giro de tuerca. Aunque quedan algunos apuntes al aire, por ejemplo, la notoria envidia que siente por su amigo. Al despertar la envidia a desaparecido, como que el que despertó no es el mismo que soñaba. También han desaparecido las pretensiones intelectuales. Entiendo muy bien el empequeñecerse ante el zorro como un símbolo de desvalimiento ante la aplastante realidad y un reflejo del miedo de volver a la vida normal. Lo que haría falta sería conectar ese detalle de la envidia en el sueño con la nueva realidad, incluso acotando que esa envidia ha desaparecido, y también acotar lo que ocurrió con su sentimiento de despojo al ser privado de su familia, es decir ¿Qué pasó con ese dolor? ¿Se superó se solucionó? ¿Cuál es la relación ahora con sus hijos? Te comento esto, porque lanzas esos temas en la pesadilla que ocupa la mayor parte del relato y luego, simplemente, desaparecen; si no se va a concluir nada sobre esos temas es mejor no mencionarlos, así tu cuento quedaría más concreto y tendría unidad.
2 abril, 2026
Hola de nuevo, Ray. Me alegra que leyeras también la segunda parte de Don nadie y agradezco mucho tus acertadas observaciones. Es cierto que a veces, sobre todo en los relatos, los autores abordamos los finales con prisas. En este caso, no quería alargarme más porque sobrepasaba con creces la extensión de los relatos cortos que publico en mi web. Hubiera estado bien dar respuesta a las cuestiones que planteas; quizá lo haga en una futura revisión. Lo tomo en cuenta. No obstante, también considero legítimo y válido que el autor deje respuestas en el aire. Cada lector interpreta el relato a su manera y reflexiona, dilucida, obtiene sus propias conclusiones, incluso ata en su imaginario los cabos sueltos que dejó el autor. Forma parte de la experiencia lectora. Gracias por leerme y comentar.
23 marzo, 2021
Me ha encantado tu Don Nadie. Hay muchos de estos por ahí, pero pocos tienen la ocasión, o el valor, de salir de la rueda.
Un abrazo
24 marzo, 2021
En efecto, no es nada fácil salir de la rueda del autoengaño, las malas decisiones y las convenciones sociales. Pero cualquiera puede alcanzar la redención por muy don nadie que sea. Otro abrazo para ti.
14 enero, 2020
Es uno de esos relatos que escribes que me encantan. Por el vocabulario y jerga que empleas, por las imágenes explícitas que evoca el texto, por su genial sordidez y sobre todo por la actitud de autodesprecio y hastío del protagonista. Y es que a veces no hay cosa más cómica que ese autodesprecio, ese mismo que el zorro (a mi parecer representando vestigios de su ego, el poco orgullo o amor propio que le queda) acaba por engullir. Y en ese engullir renace en la playa, recuperando su vida y autoestima. Me ha gustado esa imagen, ese giro cinematográfico en la narración. El autodesprecio y la vergüenza nos hace pequeños, y tú has sabido evocar esa sensación de forma genial.
Cabe mencionar aquí que además me ha encantado la parte del video. Refleja la podredumbre misma del alma y la sordidez de forma magistral.
14 enero, 2020
Hana, me declaro fan de tus análisis. Me servirían para elaborar la sinopsis de los relatos. O para hacer una exploración de los rasgos y devenires de los personajes, ese elenco naufrago-excéntrico-marginal que desfila por este blog para gusto o disgusto de los lectores. No te exploto lo suficiente, en definitiva. Miles de gracias!
14 enero, 2020
Me alegra que te gusten mis comentarios, pero es lo que se merecen estos relatos. El talento lo pones tú.
15 enero, 2020
Hago lo que puedo para expresar mi talento, pero insisto, tus comentarios engrandecen la dimensión de los relatos, así que acepta los méritos que te concedo con todo mi cariño y agradecimiento. Es una orden!
8 noviembre, 2019
La famosa zona de confort y la búsqueda de la felicidad. El que se va de la zona de confort, es porque lo echan, o porque no era realmente su zona. Buena historia.
8 noviembre, 2019
En efecto, la búsqueda de la felicidad nos aleja de la zona de confort. Es un viaje para valientes, ya que la incertidumbre contiene todos los escenarios y variables posibles. En este caso, el premio de una vida más libre y auténtica. Gracias por tu comentario, María José.